Beyond the Crown Parte 1
“Beyond the Crown”
Capítulo I: “La propuesta”
“Saben, mi historia tiene un punto en el que dejo de ser yo mismo y me convierto en uno con el auto. Sentir la adrenalina, la velocidad y, lo más importante, sentirse vivo. No hablo solamente del amor que tengo por las carreras; hablo también de los motores, de la pasión que corre por mis venas desde que era niño.”
Silverstone, Reino Unido — 2018
La mañana era fresca en Silverstone, uno de los circuitos más emblemáticos del automovilismo. Al volante del monoplaza se encontraba Oscar Gómez, un experimentado piloto de Fórmula 1 que atravesaba una de las peores temporadas de su carrera.
Su equipo, Orión Formula Team, llevaba años estancado en el fondo de la parrilla. Los resultados eran decepcionantes y la frustración crecía carrera tras carrera. Después de una larga sesión de prácticas, Oscar regresó al garaje dispuesto a expresar su opinión.
—¿Qué clase de basura es esta? —exclamó mientras se quitaba los guantes—. Vamos, equipo. Se supone que practicamos para mejorar, ¿no? ¿Dónde está Roger?
—Salió a tomar un té. Dijo que regresaría pronto —respondió uno de los mecánicos.
Oscar soltó un suspiro de frustración.
Unas horas después, tras ducharse y cambiarse de ropa, abandonó el circuito decidido a encontrar al propietario del equipo.
No tardó demasiado.
Roger se encontraba en una cafetería de un pequeño pueblo cercano, disfrutando tranquilamente de la tarde.
—¿Así es como gastas el dinero de los patrocinadores? —reclamó Oscar apenas lo vio—. Se supone que deberías estar trabajando con nosotros.
Roger levantó la mirada con tranquilidad.
—Vamos, Oscar. Toma asiento y relájate. Deja el trabajo a los mecánicos. Yo solamente soy el dueño del equipo.
—Ese es precisamente el problema.
—Además, el dinero va y viene.
La respuesta irritó todavía más a Oscar.
—Si sigues actuando así terminarás llevando al equipo a la ruina.
Roger dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—¿Y qué vas a hacer tú al respecto? Ningún equipo quiere contratarte. ¿Qué harás cuando tu contrato termine?
Aquellas palabras golpearon a Oscar más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Será mejor que empieces a sumar puntos —continuó Roger—. Porque si no lo haces, serás tú quien se quede sin trabajo.
Oscar regresó al paddock con el ánimo por los suelos.
Al entrar al garaje, Leila, su representante y amiga de confianza, notó inmediatamente que algo iba mal.
—¿Qué te dijo Roger?
Oscar se dejó caer contra una pared.
—Tiene razón. Si no consigo puntos esta temporada, perderé mi asiento. No estoy listo para abandonar las carreras.
—Lo sé.
—Y lo peor es que desperdicia el dinero de los patrocinadores mientras nosotros intentamos salvar este desastre.
Leila permaneció en silencio durante unos segundos antes de hablar.
—Hay algo que debo contarte.
Oscar levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
—Red Bull me contactó hace unas semanas. Quieren que sea la representante de uno de sus nuevos pilotos.
La noticia cayó como una bomba.
El silencio se apoderó del garaje.
Después de casi tres años trabajando juntos, ambos comprendían que su futuro estaba lejos de estar asegurado.
En ese momento, un mecánico apareció sosteniendo un sobre.
—Oscar, te llegó esto.
—¿De quién es?
—No lo sé. Viene de Austin, Texas.
Oscar tomó el sobre y observó el remitente.
“Healy Sport”
—¿Healy Sport? —preguntó Leila—. ¿La empresa de autos deportivos?
Oscar abrió rápidamente la carta.
Dentro encontró un boleto de avión y una nota escrita a mano.
“Hola, Oscar.
Ha pasado mucho tiempo. Sé que esto es inesperado, pero tengo una propuesta que me gustaría hacerte en persona.
Espero que puedas venir.
Atentamente, Bruno Moretti.”
Oscar quedó inmóvil.
Bruno Moretti.
Su antiguo compañero de karting.
Su mejor amigo de la infancia.
Y ahora, el director ejecutivo de una de las compañías automotrices más importantes de Estados Unidos.
—¿En serio piensas abandonar el equipo por alguien a quien no ves desde hace más de quince años? —preguntó Leila, claramente desconcertada.
—No es exactamente por eso. Tengo curiosidad y necesito saber qué es lo que quiere realmente —respondió Oscar.
—Entonces deberías llevarme contigo.
La propuesta tomó a Oscar por sorpresa.
—¿Lo dices en serio?
Leila sonrió levemente antes de negar con la cabeza.
—No. Prefiero algo más estable. No quiero poner en riesgo mi carrera por una apuesta incierta. Pero te deseo la mejor de las suertes. Espero que algún día volvamos a trabajar juntos.
Horas después, Oscar se encontraba en la sala de espera del aeropuerto. Mientras observaba distraídamente una de las pantallas, una noticia captó su atención.
—Última hora. El equipo Orión Formula Team ha rescindido de manera inmediata el contrato del piloto argentino Oscar Gómez debido a su bajo rendimiento durante la temporada.
La sangre le hirvió.
No solo era mentira, sino que ni siquiera se habían dignado a informarle personalmente de su despido.
Si la propuesta de Bruno no era una oferta de trabajo, lo había perdido todo.
Minutos después abordó el avión rumbo a Texas.
El automovilismo era lo único que había conocido durante toda su vida. No se trataba únicamente de una pasión personal; era una tradición familiar que se remontaba varias generaciones atrás. Desde su bisabuelo hasta él, todos habían vivido de una u otra forma ligados al mundo de los motores.
Sin embargo, alguien más joven estaba a punto de cruzarse en su camino y compartir esa misma pasión.
Tras varias horas de vuelo, el avión aterrizó en Austin, Texas.
Oscar salió de la terminal y observó el horizonte. Había llegado, pero no tenía idea de dónde debía ir.
Entonces un Chrysler 300C negro se detuvo frente a él.
La ventanilla trasera descendió lentamente.
Dentro se encontraba una joven rusa de aproximadamente veinticuatro años, vestida con un elegante traje oscuro.
—¿Usted es Oscar Gómez? —preguntó con voz fría.
—Sí, soy yo.
—Suba. El señor Moretti quiere verlo.
Oscar obedeció sin hacer más preguntas.
Austin, Texas 19:40
La sede de Healy Sport era mucho más pequeña de lo que había imaginado para una empresa de automóviles de lujo tan reconocida.
Cuando llegaron al estacionamiento, la mujer descendió primero del vehículo.
—La oficina del jefe está en el tercer piso. Solo sigue las señales hacia los elevadores.
Oscar asintió.
Al entrar al edificio quedó impresionado. El vestíbulo estaba decorado con mármol, acero y cristal. Además, varios prototipos de automóviles se exhibían bajo focos que resaltaban cada detalle de sus diseños.
Tomó el elevador y se dirigió al tercer piso.
Cuando estaba a punto de llegar a la oficina de Bruno, una recepcionista lo detuvo.
—Disculpe, señor. ¿Tiene una cita programada?
—No exactamente. Bruno Moretti me pidió que viniera.
—Lo siento, pero sin una cita registrada no puedo permitirle el acceso.
—Le aseguro que él me está esperando.
—Señor, le he explicado que sin una cita no puede pasar. Si insiste tendré que llamar a seguridad.
Justo entonces la puerta de una oficina se abrió.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó una voz.
Era Bruno.
—Lo siento, señor Moretti —respondió la recepcionista—. Este hombre insiste en entrar sin autorización.
Bruno observó a Oscar durante un segundo.
Luego sonrió de oreja a oreja.
—¡Sabía que vendrías!
La recepcionista quedó completamente confundida.
—Déjalo pasar. Es un invitado personal.
Ya dentro de la oficina, Bruno soltó una carcajada.
—Perdónala, es nueva.
—Nueva o no, casi hace que me expulsen del edificio.
—Créeme, eso habría sido divertido.
Ambos rieron.
Después de tantos años sin verse, la conversación fluyó de forma natural. Hablaron sobre sus carreras, sus éxitos y sus fracasos.
Finalmente llegaron al tema importante.
—Cuando les conté esta idea a los demás, dijeron que estaba loco —confesó Bruno—. Pero si tú aceptas, vamos a demostrarles que estaban equivocados.
—Deja de jugar conmigo y dime de una vez cuál es la propuesta.
Bruno apoyó los brazos sobre el escritorio.
—Escuché lo de tu despido. Y nosotros queremos darte la oportunidad de cumplir tu mayor sueño.
Oscar frunció el ceño.
—¿La Triple Corona?
—Exactamente.
Por unos segundos reinó el silencio.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
Oscar apenas podía creerlo.
—No sé qué decir...
—No digas nada todavía —respondió Bruno—. Solo acepta convertirte en el piloto principal de Healy Sport.
La propuesta era tan inesperada como tentadora.
Y también la más peligrosa de toda su carrera.
Después de la reunión, Bruno le entregó a Oscar la dirección de unos departamentos donde podría alojarse temporalmente mientras avanzaba el proyecto. Aquella noche se le hizo eterna. No solo había recuperado una oportunidad laboral cuando parecía haberlo perdido todo, sino que ahora cargaba con una incertidumbre aún mayor.
La Triple Corona.
Un logro que únicamente una persona había conseguido completar. Pensar en ello hacía que la presión aumentara con cada segundo que pasaba.
A la mañana siguiente, alguien llamó a la puerta de su habitación.
Oscar abrió y se encontró con la misma mujer rusa que lo había recogido en el aeropuerto.
—Buenos días —saludó cordialmente.
—El jefe quiere verte. Vístete. El vehículo sale en quince minutos.
Su tono seguía siendo tan frío como el día anterior.
Oscar asintió y se preparó rápidamente.
Poco después, ambos viajaban en silencio hacia las instalaciones de Healy Sport.
—Por cierto, nunca me dijiste tu nombre —comentó Oscar intentando romper el hielo.
La mujer lo observó por un instante.
—¿Y por qué quieres saberlo?
—Solo curiosidad. Si no quieres decirlo, está bien.
Ella volvió a mirar por la ventana.
—Natalia.
—Mucho gusto, Natalia.
La mujer no respondió.
El resto del trayecto transcurrió en silencio.
Al llegar al edificio, Bruno ya los esperaba en la entrada.
—Por fin. Empezaba a creer que no vendrían.
—El tráfico no ayudó —respondió Oscar.
—No importa. Necesito hablar con ambos ahora mismo.
Los tres se dirigieron directamente a la oficina.
El ambiente se volvió serio en cuanto tomaron asiento.
—Los dos ya conocen el proyecto de Healy Sport —comenzó Bruno—. Sin embargo, hay un problema que pasamos por alto.
Oscar y Natalia intercambiaron una mirada.
—¿Qué problema?
Bruno se apoyó sobre el escritorio.
—Necesitamos otro piloto.
El silencio se apoderó de la sala.
—¿Otro piloto? —preguntó Oscar.
—Sí. Queremos inscribir dos autos en la competición y todavía nos falta una persona de confianza para completar la alineación.
Natalia fue la primera en responder.
—Tengo algunos contactos en Alemania. Son jóvenes, pero tienen talento.
Bruno negó con la cabeza.
—No. Necesito a alguien en quien ustedes confíen plenamente. Si este proyecto sale mal, no quiero problemas internos ni conflictos legales.
Oscar permaneció pensativo durante unos segundos.
Entonces una idea cruzó por su mente.
—Creo que conozco a la persona indicada.
—¿De verdad? —preguntó Bruno.
—Sí. El único problema es convencerla de aceptar.
Bruno pareció recuperar el ánimo.
—Haz lo que sea necesario. Este proyecto depende de las personas que formen parte del equipo.
Oscar asintió.
—Lo intentaré.
Entonces recordó algo.
—Por cierto, todavía no me has dicho en qué categoría vamos a competir.
La expresión de Bruno cambió inmediatamente.
Por primera vez desde que comenzó la reunión parecía nervioso.
—Bueno... la competición que tenemos en mente no es precisamente sencilla.
—Me dijiste que me ayudarías a conseguir la Triple Corona. Eso significa que empezaremos por las 500 Millas de Indianápolis, ¿verdad?
Bruno evitó mirarlo durante unos segundos.
—No exactamente.
—¿Entonces?
Bruno respiró profundamente.
—Oscar... vamos a empezar por Le Mans.
La respuesta cayó como una bomba.
Oscar se quedó inmóvil.
—¿Le Mans?
—Así es.
—¿Las 24 Horas de Le Mans?
Bruno asintió.
Oscar se levantó de golpe.
—¿Estás loco?
Le Mans era una de las carreras más exigentes y prestigiosas del mundo. Una prueba donde la velocidad, la resistencia física y la concentración eran llevadas al límite durante veinticuatro horas.
Y ahora pretendían lanzarlo directamente a ese desafío.
Esa noche, ya de regreso en su departamento, Oscar no pudo dormir.
Se sentó junto a la ventana mientras observaba las luces de la ciudad.
Todavía tenía dudas.
Todavía tenía miedo.
Pero tampoco podía dar marcha atrás.
Había aceptado la propuesta.
Además, aquella era su única fuente de ingresos y probablemente su última oportunidad de mantenerse dentro del automovilismo profesional.
Faltaban apenas cinco meses para la carrera.
Cinco meses para prepararse para uno de los mayores desafíos de su vida.
Su mente no dejaba de dar vueltas.
Sin embargo, una cosa era segura.
Si quería seguir siendo piloto, tendría que enfrentarse a Le Mans.
Y el tiempo corría en su contra.
Las horas pasaron lentamente.
Incapaz de concentrarse en otra cosa que no fuera Le Mans, Oscar decidió salir a despejar la mente. Caminó hasta un parque cercano y se sentó en una banca bajo la sombra de un árbol.
Intentó relajarse.
Intentó dejar de pensar en la carrera.
No funcionó.
Su mente seguía atrapada entre la emoción y el miedo.
Mientras observaba distraídamente a la gente pasar, algo llamó su atención.
A unos metros de distancia estaba Natalia.
Vestida con ropa deportiva, corría por uno de los senderos del parque siguiendo una rutina de entrenamiento.
Oscar se levantó y caminó hacia ella.
—Hola, Natalia. Qué coincidencia encontrarte aquí.
La joven se detuvo y lo observó con cierta sorpresa.
—¿Qué haces aquí? Creí que estarías en la oficina.
—Necesitaba despejar la mente. Todo esto me tiene un poco inquieto.
Natalia arqueó una ceja.
—¿Un piloto de Fórmula 1 nervioso?
Oscar soltó una pequeña risa.
—Aunque hubiera ganado diez campeonatos del mundo, seguiría sintiendo miedo.
La respuesta pareció tomarla por sorpresa.
—Al menos eres sincero.
—¿Por qué no habría de serlo? —preguntó Oscar—. En este deporte siempre existe la posibilidad de que algo salga mal. Puedes terminar una carrera con heridas... o no terminarla en absoluto.
Natalia permaneció en silencio.
La crudeza de aquellas palabras la incomodó.
No porque fueran exageradas.
Sino porque eran ciertas.
Después de todo, ambos sabían perfectamente los riesgos que implicaba el automovilismo.
Durante un rato caminaron juntos por el parque.
Oscar intentaba liberar la presión que llevaba encima.
Natalia, por su parte, trataba de olvidar la inquietante realidad que acababa de recordarle.
Poco a poco la conversación se volvió más relajada.
Cuando el sol comenzó a ocultarse, regresaron al edificio donde se alojaban.
—Bueno, supongo que te veré mañana en la oficina —dijo Oscar mientras se dirigía hacia la entrada.
—Oscar.
Él se detuvo.
—¿Sí?
—Esta mañana mencionaste a una persona que podría ayudarnos con el equipo. ¿Quién es?
Oscar sonrió levemente.
—Mi hermana menor.
Natalia abrió los ojos con sorpresa.
—¿Tienes una hermana?
—Sí. Se llama Elizabeth Gómez.
—Nunca la habías mencionado.
—Porque casi nunca hablo de ella.
Natalia esperó a que continuara.
—Actualmente compite en Fórmula 4. Y según me cuentan, es bastante buena.
—¿“Según te cuentan”? —preguntó confundida—. ¿No la has visto correr?
La sonrisa desapareció del rostro de Oscar.
—Hace años que no hablamos.
Natalia guardó silencio.
—Cuando me mudé a Europa para competir, el dinero apenas alcanzaba para sobrevivir. Tuve que tomar una decisión. Trabajé y corrí todo lo que pude para que ella y mi madre no tuvieran que preocuparse por nada.
Bajó la mirada durante unos segundos.
—Al final terminé alejándome de ellas más de lo que me hubiera gustado.
Natalia comprendió inmediatamente el peso de aquellas palabras.
Por primera vez veía algo más que al piloto.
Veía al hermano mayor que había sacrificado parte de su vida por su familia.
—Estoy segura de que se alegrará de verte —dijo con una sonrisa.
Oscar observó el cielo teñido por los colores del atardecer.
—Eso espero.
Y por primera vez en mucho tiempo, deseó que el futuro llegara más rápido.
Capitulo II: “La Primera Prueba”
A la mañana siguiente, Oscar despertó temprano, como de costumbre.
Preparó el desayuno, ordenó su habitación y trató de mantener la mente ocupada. Sin embargo, apenas terminaba de limpiar cuando su teléfono comenzó a sonar.
Era Bruno.
—Buenos días, Oscar. Necesito que tú y Natalia vengan lo antes posible.
Su tono sonaba extrañamente emocionado.
—¿Ocurre algo?
—Ya lo verán cuando lleguen.
La llamada terminó antes de que pudiera hacer más preguntas.
Poco después, Oscar y Natalia llegaron a las oficinas de Healy Sport.
Sin embargo, el lugar parecía desierto.
—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Natalia.
Antes de que Oscar pudiera responder, el teléfono de ella vibró.
Era un mensaje de Bruno.
“Estoy en el Circuito de las Américas. Ya envié transporte para recogerlos. Prepárense.”
Ambos intercambiaron una mirada de confusión.
—¿El Circuito de las Américas? —preguntó Oscar.
—Supongo que la sorpresa tiene algo que ver con un auto —respondió Natalia.
No tuvieron tiempo para pensar demasiado. Un vehículo de la empresa apareció apenas unos minutos después.
Durante el trayecto, ambos intentaron adivinar el motivo de aquella reunión.
—Quizá el coche que vas a conducir ya está listo —comentó Natalia—. O tal vez sea otra campaña publicitaria.
Oscar observó por la ventana.
—No lo sé. Para ser sincero, todavía me cuesta creer que voy a competir en Le Mans. Todo esto sigue pareciéndome irreal.
Natalia lo miró de reojo.
—¿Tienes miedo?
Oscar soltó una pequeña risa.
—Mucho.
Por un momento se hizo el silencio.
Entonces Natalia tomó suavemente una de sus manos.
Oscar se quedó inmóvil.
—Sé que estás nervioso —dijo ella con una sonrisa cálida—. Pero si alguien puede hacerlo, eres tú. Tu dedicación y tu pasión por este deporte son las cosas que más admiro.
Aquellas palabras tuvieron un efecto inmediato.
Por primera vez en días, Oscar sintió que parte del peso que cargaba sobre los hombros desaparecía.
Horas después llegaron al Circuito de las Américas.
Nada más bajar del vehículo fueron recibidos por una multitud de fotógrafos y periodistas.
Los flashes iluminaban cada rincón.
—Vaya recibimiento —murmuró Oscar.
—Creo que alguien quiere llamar la atención —respondió Natalia.
El personal de seguridad los escoltó rápidamente hacia el interior del circuito.
Allí los esperaba Bruno.
—¿Qué les parece? —preguntó con una enorme sonrisa—. Ni yo esperaba semejante espectáculo.
—Muy bonito todo —respondió Oscar—. Ahora dime cuál es la sorpresa.
Bruno sonrió aún más.
—Damas y caballeros... están a punto de ver el primer automóvil oficial de Healy Sport.
En ese momento se escuchó el rugido de un motor acercándose.
Un profundo sonido proveniente de un seis cilindros en línea biturbo resonó por todo el paddock.
Poco a poco, el vehículo apareció frente a ellos.
Era un BMW M4 pintado en un elegante tono rojo vino, decorado con franjas blancas y negras que recorrían toda la carrocería.
El coche se detuvo justo frente al grupo.
Natalia quedó fascinada.
—Es una obra de arte...
Oscar tampoco pudo apartar la mirada.
Cada detalle parecía diseñado para transmitir velocidad.
—Quiero conducirlo.
Bruno soltó una carcajada.
—Sabía que dirías eso.
Minutos después, Oscar ya se encontraba enfundado en el equipo de seguridad.
Subió al asiento del conductor, ajustó el cinturón y encendió el motor.
El rugido del BMW llenó el circuito.
Al salir de boxes aceleró con decisión.
No conducía únicamente por trabajo.
No conducía por dinero.
Conducía por pasión.
Por amor a la velocidad.
Por la sensación de libertad que solo un automóvil podía ofrecerle.
Y mientras completaba vuelta tras vuelta en el Circuito de las Américas, recordó exactamente por qué había dedicado toda su vida al automovilismo.
Natalia y Bruno observaban la pantalla de telemetría completamente asombrados.
—Ni siquiera parece que esté conduciendo —murmuró Bruno.
El BMW M4 recorría el Circuito de las Américas con una precisión casi imposible.
Lo más sorprendente era que aquel vehículo todavía estaba lejos de ser perfecto. Era un prototipo experimental lleno de defectos que los ingenieros aún no habían logrado resolver.
Sin embargo, Oscar lo manejaba como si fuera el coche más equilibrado del mundo.
En cada curva encontraba el límite exacto.
En cada frenada parecía saber cuánto podía exigirle al automóvil sin comprometer la estabilidad.
—Está compensando los errores del coche con sus propias manos —comentó uno de los ingenieros.
—Ahora entiendo cómo llegó a la Fórmula 1 —respondió otro.
Después de varias vueltas, el BMW regresó a boxes.
Oscar estacionó el vehículo frente al garaje y se quitó el casco.
—¿Qué te pareció? —preguntó Bruno.
Oscar tomó una botella de agua antes de responder.
—No está mal.
Los ingenieros sonrieron.
—Pero...
Las sonrisas desaparecieron inmediatamente.
—La caja de cambios no es adecuada para el tipo de proyecto que quieren desarrollar. Necesitan una transmisión de competición.
Uno de los ingenieros tomó nota rápidamente.
—Además, el coche es demasiado pesado. Hay piezas que no aportan nada al rendimiento y solo aumentan el peso total.
Bruno observó a sus ingenieros.
Ninguno dijo una sola palabra.
Oscar acababa de identificar varios problemas que ellos mismos no habían detectado.
Y lo había hecho después de unas pocas vueltas.
—Sabía que eras bueno —dijo Bruno mientras sonreía—, pero esto es otro nivel.
Oscar se encogió de hombros.
—Solo digo lo que siento al conducir.
—Pues acabas de darle trabajo a medio departamento de ingeniería.
Las risas llenaron el garaje.
—Vamos —continuó Bruno—. Tenemos una rueda de prensa esperándonos.
Minutos después, ambos se encontraban sentados frente a una multitud de periodistas.
Micrófonos, cámaras y flashes apuntaban directamente hacia ellos.
Apenas tomaron asiento, comenzaron las preguntas.
—Señor Gómez, ¿qué puede decirnos sobre el segundo piloto de Healy Sport?
Bruno respondió primero.
—Todavía estamos evaluando opciones. Cuando tomemos una decisión oficial, lo comunicaremos públicamente.
Otro periodista levantó la mano.
—¿Cree que su despido de la Fórmula 1 fue una estrategia para reemplazarlo por otro piloto?
Oscar mantuvo la calma.
—Sinceramente, desconozco los motivos de la decisión.
Durante varios minutos las preguntas continuaron.
Hasta que una en particular cambió el ambiente.
—Señor Gómez, si no cumple con las expectativas de Healy Sport, ¿qué ocurrirá con usted?
La sala quedó en silencio.
Oscar no respondió de inmediato.
Por un instante volvió a sentir el mismo peso que lo había acompañado desde que perdió su asiento en la Fórmula 1.
Las dudas.
La presión.
El miedo a fracasar.
Bruno intervino antes de que pudiera responder.
—Por lo que hemos visto hasta ahora, dudamos mucho que Oscar nos decepcione.
La conferencia continuó, pero aquella pregunta permaneció en la mente del piloto
Más tarde, Oscar se encontraba solo en las gradas del circuito.
Observaba la pista mientras el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte.
Escuchaba únicamente el viento.
Hasta que alguien se sentó a su lado.
Era Natalia.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
—La prensa puede ser bastante molesta, ¿verdad? —preguntó finalmente.
Oscar soltó una pequeña risa.
—No tienen idea de lo difícil que es estar ahí dentro. Como ellos no son quienes arriesgan todo en la pista, les resulta fácil cuestionar cada decisión que tomamos.
Natalia asintió.
—Porque buscan una reacción. Un titular. Un espectáculo.
Oscar bajó la mirada.
—Tal vez tengan razón.
—No.
Natalia apoyó una mano sobre su hombro.
—Quieren que dudes de ti mismo. Eso es todo.
Oscar permaneció en silencio.
—¿De verdad vas a dejar que te intimiden?
Aquellas palabras lo hicieron levantar la cabeza.
Frente a él estaba el Circuito de las Américas.
El mismo lugar donde unas horas antes había vuelto a sentirse piloto.
Y por primera vez desde que llegó a Texas, ya no veía la pista con miedo.
La veía con determinación.
Porque si había alguien capaz de demostrar de lo que estaba hecho, era él.
Y porque cada vez que las dudas aparecían, Natalia encontraba la manera de hacerlas desaparecer.
Al día siguiente, Oscar continuó con las pruebas del BMW. Vuelta tras vuelta seguía encontrando detalles que corregir para mejorar el rendimiento del auto. Mientras analizaba las telemetrías junto a los ingenieros, Bruno apareció en el pitlane, impecablemente vestido con uno de sus costosos trajes.
—Buenos días. Parece que todos están muy ocupados —saludó mientras se acercaba.
—Lo estamos. El auto todavía está lejos de ser perfecto —respondió Oscar sin apartar la vista de las pantallas—. Hay muchas cosas que mejorar.
—Bueno, haré todo lo posible para ayudar económicamente, aunque en realidad vine por otra cosa —dijo Bruno.
Oscar levantó una ceja.
—¿Qué sucede?
—Necesito que esta semana traigas al otro piloto. En menos de un mes comienzan las 12 Horas de Sebring y necesitamos completar el equipo cuanto antes.
Natalia intervino.
—Bruno, tengo dos preguntas. La primera: si Healy Sport fabrica superdeportivos, ¿por qué no competimos con uno de ellos?
—Porque ninguno de nuestros modelos tiene la homologación necesaria para competir oficialmente —explicó Bruno—. Hasta que la FIA apruebe un proyecto propio, debemos utilizar otra plataforma.
—Entiendo. Entonces la segunda pregunta: ¿crees que el otro piloto acepte?
Bruno sonrió.
—Si alguien puede convencerla, son ustedes dos.
Se dio media vuelta para marcharse, pero Oscar lo alcanzó antes de que abandonara el taller.
—Espera. ¿Quieres que vayamos hoy mismo?
—Oscar, necesito que me hagas este favor. Los patrocinadores, la prensa y los inversionistas quieren ver el equipo completo. Ayúdame con esto, por favor.
Oscar suspiró.
—Está bien. Iré por ella.
Horas después, Oscar y Natalia viajaban rumbo a Europa.
Durante el vuelo, Natalia observó cómo su compañero no dejaba de mirar por la ventanilla.
—¿Crees que tu hermana quiera unirse a nuestra pequeña causa? —preguntó.
Oscar tardó unos segundos en responder.
—No lo sé.
Natalia notó la tensión en su voz.
—¿Estás nervioso?
—Han pasado siete años desde la última vez que la vi. No sé cómo reaccionará cuando me vea aparecer de la nada.
Natalia guardó silencio unos instantes.
—Sea como sea, al menos tendrás la oportunidad de verla otra vez.
Oscar asintió lentamente.
—Sí... supongo que ya es hora de enfrentar ese capítulo de mi vida.
Oscar y Natalia estaban de camino a buscar al piloto que completaría el equipo. Durante el vuelo, Natalia observó que Oscar no había dejado de mirar por la ventanilla desde que despegaron.
—¿Crees que tu hermana quiera unirse a nuestra pequeña causa? —preguntó ella.
—Aún no lo sé —respondió Oscar.
Su voz sonaba más tensa de lo normal. Natalia notó el nerviosismo que intentaba ocultar.
Las horas pasaron lentamente hasta que la voz del piloto resonó por los altavoces.
—Señores pasajeros, comenzaremos nuestro descenso en aproximadamente treinta minutos.
Aquellas palabras hicieron que Oscar se pusiera aún más nervioso. Después de siete años sin verla, no sabía cómo reaccionaría Elizabeth al encontrarse con él de nuevo.
Natalia lo observó durante unos segundos antes de recargar suavemente la cabeza sobre su hombro.
—Tranquilo —dijo con una leve sonrisa—. Todo saldrá bien.
Oscar soltó una pequeña risa.
—Ojalá tengas razón.
La cercanía de Natalia consiguió calmarlo un poco. Por primera vez desde que abordaron el avión, sintió que podía respirar con normalidad.
Media hora después, el avión aterrizó.
Al bajar, Oscar observó el aeropuerto y sonrió con cierta nostalgia.
—Natalia, bienvenida a Italia.
—¿Italia? —preguntó ella sorprendida—. Creí que íbamos a Argentina. ¿No eras argentino?
—Lo soy, pero según mis contactos, Elizabeth está entrenando aquí.
Natalia observó el lugar por unos instantes y luego volvió la mirada hacia él.
—Bueno, supongo que llegó la hora de la verdad.
Él la miró sorprendido durante un instante, pero terminó correspondiendo el gesto.
Después de todo, estaba a punto de enfrentarse al momento que llevaba siete años evitando.
Mientras caminaban por la terminal, Oscar sentía que el corazón le latía más rápido de lo normal.
Había enfrentado carreras de Fórmula 1, miles de aficionados y circuitos donde un solo error podía costarle la vida.
Sin embargo, ninguna de esas experiencias lograba ponerlo tan nervioso como el encuentro que estaba a punto de tener.
Habían pasado años desde la última vez que vio a Elizabeth.
Años de llamadas perdidas.
Años de cumpleaños ausentes.
Años en los que eligió perseguir un sueño lejos de casa.
—¿Estás bien? —preguntó Natalia.
Oscar tardó unos segundos en responder.
—No lo sé.
Natalia poso su mano en el hombro de Oscar.
—Entonces vamos a averiguarlo.
Por primera vez desde que aterrizaron en Italia, Oscar sonrió.
Tal vez no estaba listo para reencontrarse con su hermana.
Pero al menos ya no tendría que enfrentarlo solo.
Al salir del aeropuerto, se dirigieron al estacionamiento. Ambos esperaron unos minutos hasta que una Chevrolet Suburban negra, enviada por Bruno, se detuvo frente a ellos.
Subieron al vehículo y emprendieron el camino hacia el circuito.
Durante el trayecto, Natalia repasaba mentalmente los documentos que había preparado. Tenía argumentos, contratos e incluso posibles respuestas para convencer a Elizabeth de unirse al proyecto.
Sin embargo, no podía dejar de pensar en lo incómodo que sería el encuentro.
Después de todo, estaba a punto de presenciar una reunión entre dos hermanos que llevaban años sin verse.
Al llegar al circuito de Fórmula 4, Natalia descendió del vehículo con seguridad.
Oscar, en cambio, parecía cada vez más nervioso.
Cada paso se sentía más pesado que el anterior.
Había enfrentado cientos de carreras.
Había corrido bajo la lluvia.
Había competido frente a millones de espectadores.
Pero nada de eso se comparaba con volver a ver a su hermana.
Finalmente llegaron a la recepción.
—Buenas tardes. ¿Podría comunicarme con la piloto Elizabeth Gómez? —preguntó Oscar.
La recepcionista frunció el ceño.
—Mi scusi, non ho capito. Potrebbe ripetere?
Oscar se quedó inmóvil.
Antes de que pudiera responder, Natalia intervino.
—Vogliamo parlare con la pilota Elizabeth Gómez.
—Ah, certo. Lascia che ti metta in contatto con lei.
Los hicieron esperar en una pequeña sala.
Cinco minutos.
Diez minutos.
Veinte minutos.
Treinta minutos.
Cada segundo aumentaba la tensión.
Oscar no dejaba de mover la pierna.
Natalia fingía leer unos documentos.
Finalmente, la puerta se abrió.
La recepcionista apareció nuevamente.
—Ecco la pilota. La campionessa di Formula 4.
Detrás de ella apareció una joven de cabello oscuro y mirada decidida.
Vestía el mono de competición parcialmente abierto por la cintura y llevaba los guantes en una mano.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo una sola palabra.
La joven observó a Oscar de arriba abajo.
La voz apenas le salió.
Oscar sintió un nudo en la garganta.
La última vez que la había visto era apenas una adolescente.
Ahora tenía frente a él a una piloto.
A una mujer.
Y por primera vez en muchos años, no supo qué decir.
Capítulo III: “La pieza que falta”
Elizabeth reconoció a su hermano en cuanto lo vio, pero no hubo ninguna reacción por su parte.
En cambio, Oscar se levantó de golpe de su asiento.
Después de tantos años, por fin volvía a ver a su hermana.
Sin embargo, aquel reencuentro no tenía nada de mágico.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Elizabeth con frialdad.
—Lizzy... mírate. Ya eres toda una mujer —dijo Oscar con una sonrisa nostálgica.
—No tienes derecho a llamarme así. Desapareces durante años y de repente apareces aquí creyendo que voy a correr a tus brazos.
La molestia en su voz era imposible de ocultar.
—Sé que te dejé a ti y a mamá, pero no fue porque quisiera...
—¡Te fuiste cuando yo tenía once años! —lo interrumpió ella—. No tienes idea de lo difícil que fue crecer sin ti.
—Lizzy, si me dejaras explicarte lo que pasó en realidad...
—¡Cállate! ¡Desaparece como lo hiciste hace siete años!
Oscar bajó la mirada.
Antes de que pudiera responder, Natalia intervino.
—¿Y tú quién eres? —preguntó Elizabeth.
—Soy Natalia Volkov, manager de Healy Sport. Tu hermano y yo viajamos durante horas para venir hasta aquí. Lo mínimo que puedes hacer es escucharnos.
—No quiero nada que tenga que ver con él.
Natalia respiró profundamente antes de continuar.
—Escúchame, Elizabeth. Healy Sport quiere reclutarte. Hemos recibido excelentes referencias sobre tu desempeño en la Fórmula 4 y creemos que puedes aportar mucho al proyecto.
Oscar la observó sorprendido.
Natalia estaba ocultando la verdadera razón por la que habían viajado hasta Italia.
—¿Y qué proyecto es ese? —preguntó Elizabeth.
—Queremos competir en las 24 Horas de Le Mans.
Por primera vez, Elizabeth pareció interesada.
—Así que piénsalo con calma. Te dejamos el contrato y la dirección del hotel donde nos hospedaremos. Tienes doce horas para tomar una decisión.
Natalia le entregó la documentación y ambos se marcharon.
Durante el trayecto al hotel, Natalia seguía molesta por la forma en que Elizabeth había tratado a Oscar.
Sin embargo, él parecía extrañamente feliz.
—¿De verdad no vas a decir nada sobre cómo te habló? —preguntó ella.
—Nat, acabo de ver a mi hermana después de siete años. Ahora mismo no podría estar más feliz.
Natalia negó con la cabeza.
—No sé si eres un ingenuo por no enfadarte o simplemente alguien demasiado bueno para guardar rencor.
Oscar soltó una pequeña risa.
—Tal vez un poco de ambas.
Mientras tanto, Elizabeth permanecía sentada en el garaje junto a su monoplaza.
Su mente era un caos.
Entonces apareció el dueño del equipo.
—Vaya, tienes mala cara. ¿Acaso viste un fantasma? —preguntó con una sonrisa.
—Mi hermano vino a verme.
—¿Después de tantos años?
Elizabeth asintió.
—Después de siete años aparece como si nada hubiera pasado.
—Ya veo... ¿Y qué piensas hacer?
Ella bajó la mirada.
—Lo odio por abandonarme.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
El dueño del equipo guardó silencio durante unos segundos.
—¿Y si te dijera que las cosas no son exactamente como crees?
Elizabeth levantó la vista.
—¿De qué está hablando?
El hombre abrió un cajón y colocó varios sobres sobre la mesa.
—Debí mostrarte esto hace mucho tiempo.
Ella tomó uno de los sobres y comenzó a revisarlo.
Dentro había copias de transferencias bancarias y cheques por miles de euros.
Uno tras otro.
Mes tras mes.
Año tras año.
—¿Qué es todo esto?
—Tu carrera.
Elizabeth lo miró sin comprender.
—Tu hermano financió gran parte de tus gastos como piloto. Inscripciones, viajes, entrenamientos, neumáticos... Incluso cuando estaba al otro lado del mundo, jamás dejó de apoyarte.
Las manos de Elizabeth comenzaron a temblar.
—No...
—Sí.
El dueño del equipo tomó el casco de competición y se lo entregó.
—Así que deja de pensar que te abandonó y demuéstrale que todo el esfuerzo que hizo por ti valió la pena.
Las lágrimas terminaron por escapar.
Elizabeth abrazó el casco contra su pecho.
—Gracias... gracias por decirme la verdad.
Por primera vez en muchos años, comenzó a preguntarse si había juzgado a su hermano demasiado rápido.
Al cabo de unas horas, Elizabeth llegó al hotel y tocó la puerta de la habitación.
Fue Natalia quien abrió.
La rusa se cruzó de brazos y se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Y bien? ¿Cuál es tu respuesta? —preguntó.
Sin decir una palabra, Elizabeth le entregó los documentos firmados.
Natalia los revisó rápidamente.
—Perfecto. Mañana espéranos en el aeropuerto a las ocho de la mañana.
Acto seguido, le entregó un boleto de avión.
—No llegues tarde.
Elizabeth asintió antes de retirarse.
Natalia regresó a la habitación.
Oscar estaba sentado junto a la alberca del hotel, con los pies sumergidos en el agua.
Parecía perdido en sus pensamientos.
—Oscar, tu hermana firmó los papeles.
Al escuchar aquello, Oscar levantó la mirada.
Natalia se sentó a su lado y apoyó ligeramente la cabeza sobre su hombro.
—Aún sigues pensando en lo que te dijo, ¿verdad?
Oscar suspiró.
—No sé qué hacer. No sé cómo disculparme ni cómo explicarle las cosas sin que termine explotando contra mí.
—Dale tiempo.
—¿Tiempo?
—Sí. Acaba de descubrir una verdad que ha ignorado durante años. Necesita asimilarlo.
Oscar permaneció en silencio.
—Ya verás que las cosas mejorarán.
Las palabras de Natalia consiguieron tranquilizarlo.
—Eso espero.
Natalia sonrió.
—Pero mientras eso sucede, deberíamos aprovechar el tiempo libre antes de que empiece el verdadero estrés.
Antes de que Oscar pudiera preguntar a qué se refería, Natalia lo empujó a la alberca.
—¡¿Qué demonios?!
La rusa soltó una carcajada.
Oscar salió a la superficie empapado.
—Ahora sí te pasaste.
Sin pensarlo dos veces, la tomó de la muñeca y tiró de ella.
Natalia cayó al agua con un grito de sorpresa.
Ambos comenzaron a reír.
Desde la distancia, Elizabeth observó la escena.
Sintió un extraño vacío en el pecho.
Ahora conocía la verdad.
Sabía que Oscar nunca la había abandonado realmente.
Y aun así no encontraba las palabras para disculparse.
Ni con él.
Ni con Natalia.
Tras unos segundos de reflexión, decidió marcharse.
A la mañana siguiente, los tres se encontraban esperando su vuelo.
Mientras Oscar compraba algunos snacks, Elizabeth observó a dos hermanos pequeños sentados cerca de la puerta de embarque.
El mayor ayudaba al menor a acomodar su mochila.
Aquella simple escena hizo que la culpa volviera a aparecer.
Quiso acercarse a Oscar.
Quiso disculparse.
Pero las palabras seguían sin salir.
Horas más tarde aterrizaron nuevamente en Texas.
Sin embargo, apenas descendieron del avión fueron rodeados por periodistas.
Micrófonos.
Cámaras.
Fotógrafos.
Preguntas lanzadas desde todas direcciones.
Finalmente, el personal de seguridad consiguió abrirles paso hasta una Ford Explorer de la empresa.
—Pensé que este era un proyecto nuevo —comentó Elizabeth mientras subía al vehículo.
—Lo es —respondió Natalia—. Pero somos una empresa de automóviles de lujo. Por alguna razón, la prensa siempre encuentra información antes de que la hagamos pública.
La camioneta abandonó el aeropuerto.
—Llegaremos al circuito dentro de unas horas —añadió Natalia mientras revisaba varios mensajes en su teléfono.
El silencio reinó durante unos minutos.
Hasta que Oscar decidió romperlo.
—Espero que las nuevas actualizaciones hayan mejorado la estabilidad del coche.
Aquello llamó la atención de Elizabeth.
—¿Todavía no tienen un auto completamente desarrollado?
—Lo tenemos, pero aún quedan muchas cosas por mejorar.
—¿En qué circuito están haciendo las pruebas?
—En el Circuito de las Américas.
Elizabeth asintió.
—Es un buen lugar para desarrollar un coche.
Oscar dirigió una mirada hacia ella.
Por primera vez desde que se reencontraron, estaban manteniendo una conversación normal.
Y aunque fuera un pequeño paso, era un paso, al fin y al cabo.
Al llegar al circuito, Elizabeth no entró de inmediato.
Se quedó unos minutos observando las instalaciones.
Respiró profundamente mientras el viento golpeaba su rostro.
No solo intentaba relajarse.
También estaba a punto de entrar en un mundo completamente distinto al que conocía.
El automovilismo profesional de alto nivel.
—Oye, Eli.
La voz de Oscar la sacó de sus pensamientos.
Él la esperaba junto a la entrada.
—Nos están llamando.
Elizabeth lo observó durante unos segundos.
Luego asintió.
Y por primera vez en muchos años, caminó a su lado.
Capitulo IV: “La Prodigio”
Al entrar al circuito, Elizabeth fue recibida por Bruno.
—Elizabeth, vaya... la última vez que te vi tenías unos ocho años. Ya eres toda una mujer.
Elizabeth sonrió al reconocer una cara familiar. Se acercó a él y le estrechó la mano.
—Bruno, sí que ha pasado tiempo.
—¿Qué tal estuvo el vuelo? —preguntó mientras acomodaba su traje.
—Tranquilo, aunque la prensa fue un poco molesta. Ya sabes cómo son; siempre quieren una declaración, incluso cuando uno no tiene nada que decir.
Bruno soltó una pequeña risa.
—Lamentablemente, eso nunca cambia.
Mientras recorría los pasillos del circuito, Elizabeth observó a través de una ventana una de las sesiones de entrenamiento.
Al otro lado del cristal estaba Oscar.
Por primera vez en años, lo veía conducir de nuevo.
Y lo hacía de una forma que la dejó impresionada.
Cada movimiento parecía calculado.
Cada frenada era precisa.
Cada curva parecía ejecutada a la perfección.
—Tu hermano es increíble —comentó Natalia, que acababa de encontrarla.
—Siempre tuvo talento para esto —respondió Elizabeth sin apartar la mirada de la pista.
Natalia sonrió.
—Tengo entendido que tú también eres bastante buena. ¿Por qué no nos lo demuestras?
Elizabeth arqueó una ceja.
—¿Me estás retando?
—No. Quiero ver cómo conduces. Eres piloto, ¿no? Ve a divertirte.
Natalia le entregó un mono de competición y un casco.
—Te esperamos en el garaje dentro de quince minutos.
Y sin decir nada más, se marchó.
Un rato después, Oscar regresó al pitlane.
Se quitó el casco mientras discutía con los ingenieros.
—El coche sigue siendo inestable en el sector tres. Sobre todo, en la salida de las curvas rápidas.
Los mecánicos tomaban notas mientras revisaban la telemetría.
Fue entonces cuando Elizabeth apareció completamente equipada.
Oscar levantó la vista.
—Eli... te ves muy bien.
Ella sonrió ligeramente.
—Gracias. Entonces, ¿qué coche vamos a usar?
Oscar señaló el BMW M4.
Elizabeth se acercó para examinarlo.
Observó el exterior.
Luego el interior.
Y finalmente se agachó para revisar la parte inferior del vehículo.
—¿Qué problema tiene?
—Inestabilidad en el sector tres. Ya hemos cambiado la configuración de la suspensión varias veces y nada parece funcionar.
Elizabeth continuó observando.
Entonces señaló una sección específica del chasis.
—Ahí está el problema.
Los ingenieros se acercaron de inmediato.
—Esa pieza está generando turbulencias. El flujo de aire no es limpio y provoca que el coche pierda estabilidad a alta velocidad.
Los mecánicos intercambiaron miradas.
Nadie lo había notado.
Sin perder tiempo, comenzaron a desmontar y sustituir la pieza.
Una hora más tarde, el BMW estaba listo para volver a pista.
Elizabeth tomó asiento tras el volante.
En el garaje reinaba el silencio.
Ingenieros.
Mecánicos.
Técnicos.
Todos observaban las pantallas.
La salida de boxes.
Primer sector.
Segundo sector.
Tercer sector.
Vuelta tras vuelta.
Y muy pronto todos llegaron a la misma conclusión.
Era tan rápida como Oscar.
Quizá incluso más.
Cuando cruzó la línea de meta, el cronómetro se detuvo.
2:03.4.
Un segundo más rápida que la mejor vuelta registrada por Oscar.
El garaje estalló en aplausos.
Los ingenieros observaban incrédulos las pantallas.
Pero quien más llamó la atención fue Oscar.
No parecía molesto.
No parecía preocupado.
Estaba orgulloso.
Profundamente orgulloso.
Las cámaras interiores mostraban a Elizabeth trabajando al volante.
Cada curva.
Cada frenada.
Cada aceleración.
Todo parecía ejecutado con una naturalidad extraordinaria.
Como si el coche y la piloto fueran una sola cosa.
Y en ese instante, Oscar comprendió algo.
Su hermana ya no era una promesa.
Era una piloto de verdad.
Después de las prácticas, todo el equipo comenzó a guardar herramientas y almacenar el equipo para el día siguiente.
Mientras tanto, un ingeniero de pista se dirigió a la oficina de Bruno.
El empresario estaba sentado detrás de su escritorio, tomando café mientras firmaba algunos cheques de pago.
—Señor Moretti, aquí están los resultados de las pruebas.
El ingeniero dejó varios documentos sobre la mesa.
Bruno tomó los papeles y comenzó a revisar las telemetrías.
Apenas vio los resultados, escupió el café que tenía en la boca.
—¡Perdón!
Rápidamente le entregó una servilleta al ingeniero.
—Es una piloto increíble —comentó el ingeniero mientras se limpiaba el traje.
Bruno continuó revisando los datos.
—Si duda de sus pilotos, es porque aún no los conoce —añadió el ingeniero.
Bruno volvió a mirar las hojas.
No podía creer lo que veía.
No solo tenía un buen equipo.
Tenía el equipo perfecto.
Si todo salía bien, podrían dominar el automovilismo durante años.
Más tarde, los pilotos regresaron a sus habitaciones.
Elizabeth quería hablar con Oscar.
Quería disculparse por lo ocurrido en Italia.
Sin embargo, cuando se acercaba a la entrada del edificio, dos ingenieros la interceptaron.
—¡Elizabeth! ¡Qué vuelta acabas de hacer! ¿Cómo descubriste el problema del coche?
—¿Cómo supiste que el chasis estaba afectando la estabilidad?
—¿Fue por experiencia o por intuición?
Las preguntas llegaban una tras otra.
Mientras intentaba responder, vio cómo Oscar desaparecía poco a poco de su vista.
Entonces apareció un mecánico.
—Ya déjenla en paz. La piloto estrella necesita descansar.
Los ingenieros se dispersaron entre risas.
Elizabeth soltó una pequeña carcajada.
—Gracias, aunque tampoco me estaban molestando.
—Oh, lo siento mucho.
—No pasa nada. Solo intentabas ayudar.
El mecánico sonrió.
—Por cierto, soy Daniel Herrera. Mecánico del equipo.
Extendió la mano.
—Elizabeth Gómez. Piloto.
Ambos se estrecharon la mano.
—Debo admitir que eres increíble al volante.
Daniel parecía algo avergonzado al decirlo.
—Gracias. Han sido años de entrenamiento.
Elizabeth notó el nerviosismo del mecánico.
Curiosamente, su compañía le resultaba agradable.
—Bueno... será mejor que descanses —dijo Daniel mientras daba un paso atrás.
—No me molesta hablar un rato. De hecho, prefiero la compañía a estar sola.
—¿Segura?
—Claro.
—Lo digo porque mañana tú y tu hermano tienen conferencia de prensa.
Elizabeth suspiró.
—Si te soy sincera, odio la prensa.
—¿Por qué?
—Porque cambian tus palabras, inventan historias y buscan cualquier cosa para generar polémica.
Daniel asintió.
—Si te sirve de consejo, responde solo lo necesario. Mientras menos les des, menos podrán manipular tus respuestas.
—Gracias, Daniel.
Elizabeth sonrió.
—Me gusta tener a alguien con quien hablar.
El mecánico sintió cómo sus mejillas se calentaban ligeramente.
—No hay de qué.
Comenzó a alejarse, pero antes de marcharse se giró una última vez.
—Nos vemos mañana, Promesa.
Elizabeth arqueó una ceja.
—¿Promesa?
—Porque creo que dentro de unos años todo el mundo sabrá quién eres.
Ella no pudo evitar sonreír.
—Buenas noches, Daniel.
—Buenas noches, Elizabeth.
Y por primera vez desde que llegó a Texas, Elizabeth sintió que quizá estaba empezando a encontrar un lugar al que pertenecer. Capitulo V: “Bajo Presión”
Marzo de 2018:
El día de Elizabeth comenzaba a las cinco de la mañana.
Realizaba ejercicios de cuello y reflejos, además de salir a correr varios kilómetros antes del amanecer. Después de entrenar, preparó un desayuno sencillo, se duchó y se dirigió al circuito.
Fue la primera en llegar.
Mientras el resto del equipo aún dormía, ella estudiaba datos, memorizaba puntos de frenada y analizaba las mejores trayectorias.
Poco a poco los mecánicos comenzaron a llegar.
Todos se sorprendieron al verla allí tan temprano, aunque nadie hizo comentarios.
Elizabeth pidió utilizar el BMW para seguir probándolo y nadie se opuso.
Conforme avanzaba la mañana, continuó detectando pequeños detalles que podían mejorarse. Algunas piezas fueron sustituidas por componentes más eficientes y otras simplemente fueron reajustadas.
Las horas pasaron rápidamente.
Entonces apareció Oscar.
—¿Dónde estabas? —preguntó el ingeniero de pista.
—En el simulador. ¿Por qué? —respondió mientras observaba a su hermana completar otra vuelta.
El ingeniero le entregó una carpeta llena de anotaciones.
—Llegó dos horas antes que nosotros. Y para cuando entramos al garaje ya había encontrado más problemas que varios de nuestros ingenieros.
Oscar revisó la lista.
—No me sorprende.
—¿No te preocupa?
—No. Así es ella.
El ingeniero soltó una pequeña risa.
—Ahora entiendo de dónde salió tanto talento.
—De hecho, vengo por ella. Hoy tenemos la primera conferencia de prensa oficial del equipo.
Poco después, ambos caminaban hacia la sala de conferencias.
El silencio reinó durante varios minutos.
Oscar fue el primero en romperlo.
—¿Estás bien?
Elizabeth se sobresaltó ligeramente.
—Sí... solo estoy un poco nerviosa.
Oscar sonrió.
—Tranquila. Estamos juntos en esto.
Le apoyó una mano sobre el hombro.
Elizabeth respiró profundamente.
—Oscar... quiero disculparme por lo de Italia.
Él la miró en silencio.
—Solo hablé desde el enojo. Ni siquiera te dejé explicarte.
Oscar negó con la cabeza.
—Tenías tus razones. No te culpo por sentirte así.
Elizabeth sintió cómo un enorme peso desaparecía de su pecho.
Por primera vez desde su reencuentro, las cosas parecían mejorar.
Al entrar en la sala, los flashes de las cámaras comenzaron a iluminar el lugar.
Los periodistas levantaron la mano de inmediato.
—Señor Oscar, ¿cómo se siente al compartir equipo con una mujer? —preguntó un reportero.
—Es una experiencia increíble. Elizabeth es una gran piloto y ha contribuido mucho al desarrollo del coche.
Oscar sonrió con orgullo.
—Señorita Elizabeth —intervino una reportera—. Usted es una de las pocas mujeres que compiten profesionalmente en resistencia. ¿Cree que las mujeres pueden dominar un deporte históricamente ocupado por hombres?
Elizabeth mantuvo la calma.
—No compito para demostrar que un género es mejor que otro.
La reportera insistió.
—Entonces, ¿está diciendo que hombres y mujeres son iguales en este deporte?
Elizabeth comprendió inmediatamente lo que buscaba.
No quería una respuesta.
Quería un titular.
Quería una polémica.
Por eso respondió con tranquilidad.
—Estoy diciendo que cuando se apaga el semáforo, nadie pregunta quién eres. Solo importa quién es más rápido.
La sala quedó en silencio durante unos segundos.
—Yo no compito para representar una ideología ni para iniciar discusiones. Compito porque amo correr y porque quiero ganar.
Varios periodistas comenzaron a tomar notas.
Por primera vez en la conferencia, la reportera se quedó sin una pregunta preparada.
Después de la entrevista, los reporteros y camarógrafos abandonaron la sala uno por uno. Los miembros de seguridad comenzaron a despejar el lugar mientras los pilotos se preparaban para regresar al garaje.
Sin embargo, una periodista permaneció allí.
No parecía satisfecha con las respuestas que había recibido.
Decidida, caminó directamente hacia Elizabeth.
—Disculpe, ya no se aceptan preguntas —dijo uno de los guardias mientras le bloqueaba el paso.
La periodista apenas le prestó atención.
—Señorita Elizabeth, mi nombre es Emily Carter. Soy periodista.
—Le repito que la conferencia ha terminado —insistió el guardia, cada vez más impaciente.
Elizabeth levantó una mano para tranquilizarlo.
—Tranquilo, Ron. Solo se está presentando.
El guardia retrocedió un paso, aunque sin apartar la mirada de la periodista.
Emily sonrió.
—Gracias. Solo quería decir que su respuesta fue interesante. No suele verse a alguien manejar tan bien la presión de la prensa.
—Supongo que tendré que acostumbrarme —respondió Elizabeth con una pequeña sonrisa.
—Entonces espero volver a entrevistarla pronto.
—Si quieres seguir hablando, nos veremos en Sebring. Será nuestro primer evento importante como equipo.
Emily asintió mientras anotaba algo en una libreta.
—Estaré allí.
—Perfecto. Entonces nos vemos en Florida.
Elizabeth se despidió con un gesto de la mano y abandonó la sala junto a Oscar.
Emily permaneció inmóvil durante unos segundos.
Luego observó las notas que acababa de escribir.
Había algo en aquella piloto que despertaba su curiosidad.
Talento.
Confianza.
Popularidad.
Demasiadas cosas para alguien que acababa de llegar.
Mientras guardaba su libreta, una ligera sonrisa apareció en su rostro.
—Nos veremos pronto, Elizabeth Gómez.
Lo que Elizabeth no sabía era que acababa de conocer a la primera persona que convertiría su carrera en una batalla fuera de la pista. Todos regresaban a sus respectivos cuartos. Sin embargo, Elizabeth decidió quedarse un rato afuera; quería disfrutar de un poco de tranquilidad antes de que comenzara nuevamente el alboroto del día siguiente.
—Me sorprende que prefieras quedarte aquí en lugar de ir a descansar —dijo Daniel mientras se acercaba lentamente.
—Hola, Daniel. Perdón, no te vi llegar —comentó Elizabeth.
—¿Cómo te sientes después de esa conferencia? —preguntó el mecánico.
—Fue algo ruidosa, aunque no tanto como imaginaba —respondió ella mientras disfrutaba de la suave brisa nocturna.
—Créeme, cuando seas famosa vas a extrañar esta paz y tranquilidad —comentó Daniel con una sonrisa.
—Ni lo menciones. Por ahora me gusta seguir siendo una don nadie —respondió ella en tono burlón.
—Entonces te recomiendo que abandones este proyecto, porque eres demasiado buena para que nadie lo note.
Elizabeth soltó una pequeña risa.
—Me alegra que todos tengan tantas expectativas sobre mí, pero sigo siendo solo una piloto de una categoría menor.
—Lo eras. Ahora eres la primera piloto de Healy Sport —corrigió Daniel, que comenzaba a ganar confianza con ella.
—Sí... y eso es precisamente lo que me pone nerviosa, aunque no lo parezca.
—Tranquila. Ya superaste la parte más difícil.
—¿Cuál?
—Sobrevivir a la prensa. No es algo que cualquiera pueda hacer en su primera conferencia.
Elizabeth sonrió.
—Supongo que tienes razón.
Durante unos segundos ambos permanecieron en silencio, observando las luces del circuito a lo lejos.
—Bueno, será mejor que me vaya a dormir. Nos vemos mañana —dijo Daniel mientras daba un paso hacia atrás.
—Sí, nos vemos mañana —respondió Elizabeth.
Daniel levantó la mano a modo de despedida antes de alejarse.
Elizabeth lo observó marcharse. Por alguna razón, hablar con él resultaba fácil. No había preguntas incómodas, ni expectativas imposibles, ni periodistas buscando una historia.
Solo una conversación tranquila.
Y, después de las últimas semanas, era exactamente lo que necesitaba.
A la mañana siguiente, Elizabeth, como ya era costumbre, comenzó el día entrenando. Realizó ejercicios físicos, estudió la estrategia para las 12 Horas de Sebring y repasó cada sector del circuito. Como siempre, fue la primera en llegar al taller, incluso antes que los mecánicos y los ingenieros.
Durante las prácticas también fue la primera en salir a pista.
Y, como siempre, Oscar llegó tarde.
—Si sigues llegando tarde te van a despedir —comentó su ingeniero de pista al verlo entrar.
—Oye, estaba ocupado —respondió Oscar.
—Tan ocupado que hasta te dio tiempo de comprar un café, ¿eh?
—Como siempre, tan amable y comprensivo.
Oscar tomó asiento frente a las pantallas de telemetría y observó a su hermana dar vueltas al circuito.
—Es muy buena marcando tiempos. Incluso sugirió que cambiáramos de proveedor de neumáticos, ¿puedes creerlo? —comentó el ingeniero.
—Jajaja, ¿y qué dijo Bruno? —preguntó Oscar entre risas.
—Aceptó la propuesta y pidió que iniciáramos las pruebas con otros compuestos.
Oscar no pudo evitar reírse. Elizabeth se tomaba aquel proyecto demasiado en serio. Siempre encontraba algo que mejorar, por mínimo que fuera.
Mientras revisaban las telemetrías del vehículo, algo ocurrió de repente.
—Espera... ¿qué fue eso? —preguntó uno de los ingenieros.
Todas las miradas se dirigieron hacia las pantallas.
En la vuelta quince, el BMW perdió estabilidad al entrar en una curva rápida. La parte trasera comenzó a deslizarse y Elizabeth intentó corregir la trayectoria.
Por un instante pareció que recuperaría el control.
Pero no fue suficiente.
El automóvil salió despedido hacia el exterior de la pista y terminó impactándose contra el muro de protección.
—¡Bandera amarilla!
—¡Auto de seguridad!
El taller entero quedó en silencio.
—¡Elizabeth! ¿Estás bien? —preguntó su ingeniero por la radio, incapaz de ocultar la preocupación.
Durante unos segundos solo se escuchó estática.
—Sí, estoy bien —respondió finalmente—. Solo me pasé de frenada.
Un suspiro colectivo recorrió el pitlane.
Los vehículos de emergencia llegaron rápidamente al lugar del accidente. Bomberos, personal médico y comisarios rodearon el coche para asegurarse de que todo estuviera bajo control.
Pocos segundos después apareció otro vehículo de seguridad.
Oscar descendió apresuradamente y corrió hacia su hermana.
—¿Estás bien? —preguntó mientras la examinaba de arriba abajo.
—Sí, estoy bien. Te prometo que sigo completa —respondió Elizabeth con una pequeña sonrisa.
Oscar observó el coche destrozado y luego volvió a mirarla.
—Me importa más que estés tú entera que el auto.
Elizabeth bajó la mirada por un momento.
—Lo siento.
—No te disculpes. Los accidentes pasan. Lo importante es que saliste caminando.
Detrás de ellos, los mecánicos ya comenzaban a evaluar los daños del BMW.
Sebring estaba cada vez más cerca.
Y aquella había sido una dura, pero necesaria, lección para todos.
Después del accidente, todo pareció volver a la normalidad.
Bueno, casi todo.
Bruno estaba encerrado en su oficina, sosteniendo el teléfono con fuerza mientras observaba por la ventana el movimiento en el pitlane.
—¿Miles de millones de dólares invertidos en este proyecto para que una piloto novata destruya el coche en cuestión de segundos? —reclamó una voz al otro lado de la línea.
Bruno apretó los dientes.
—Con todo respeto, señor, Elizabeth es una excelente piloto. Según el informe de los ingenieros, el accidente fue provocado por una falla en el sistema de frenos.
—No me interesan las excusas.
La respuesta fue inmediata.
—Los medios hablan de un accidente. Los patrocinadores hablan de un accidente. Los accionistas hablan de un accidente. ¿Ve algún titular diciendo que los frenos fallaron?
Bruno guardó silencio.
—Permítame recordarle por qué está dirigiendo este proyecto y no la compañía.
Aquellas palabras hicieron que su expresión se endureciera.
—Le dimos esta oportunidad porque insistió durante años en que podía convertir a Healy Sport en una marca reconocida dentro del automovilismo.
—Y lo haré.
—Entonces demuéstrelo.
La voz hizo una breve pausa.
—Porque si para Sebring no obtenemos resultados favorables, no solo perderá el financiamiento.
Bruno sintió cómo se le tensaban los músculos.
—También perderá su puesto dentro de la empresa.
El silencio invadió la oficina.
—¿Me he explicado?
—Perfectamente.
—Me alegra escuchar eso.
La llamada terminó.
Bruno lanzó el teléfono sobre el escritorio.
Por primera vez desde que comenzó el proyecto, parecía verdaderamente enfadado.
No estaba molesto con Elizabeth.
No estaba molesto con Oscar.
Ni siquiera con los ingenieros.
Estaba molesto porque un error mecánico que ni siquiera había sido culpa del piloto estaba poniendo en riesgo todo aquello por lo que había luchado durante años.
Miró una fotografía enmarcada que descansaba sobre su escritorio.
En ella aparecían él y Oscar cuando eran niños, sosteniendo dos trofeos de karting.
—No pienso dejar que nos quiten esto ahora —murmuró.
Luego se levantó de su silla y salió de la oficina.
Sebring estaba cada vez más cerca.
Y ahora ya no solo estaba en juego una carrera.
También estaba en juego su futuro.
Después de aquella llamada, la puerta de la oficina se abrió lentamente.
—Hola, hermano. ¿Todo está bien? —preguntó Oscar al ver a Bruno sentado detrás de su escritorio.
Bruno soltó una risa amarga.
—No, Oscar. Sinceramente, no estoy bien.
Oscar tomó asiento frente a él.
—¿Qué pasó?
—Los ejecutivos se enteraron del accidente de Elizabeth. Dicen que el proyecto es demasiado costoso y que no estamos dando resultados. Si no obtenemos un buen resultado en Sebring, podrían quitarme el puesto.
Por primera vez en mucho tiempo, Oscar vio miedo en el rostro de su amigo.
No era el miedo de perder dinero.
Era el miedo de perder todo aquello por lo que había trabajado durante años.