Capítulo 1
La luz del sol entraba entre las cortinas del carruaje. Una luz brillante y penetrante que si quisiera dejaría a cualquier ser de las sombras hecho cenizas. Cenizas que se irían lentamente con la suave brisa del otoño entrante.
Aparté con los dedos la gruesa cortina morada que evitaba que entrase cualquier tipo de claridad dentro del espacio cerrado. El paisaje mostraba el frío y el calor mezclados en una imagen que se volvía de colores neutros por cada día que pasaba lentamente. Pronto la alegría que reflejaban esos colores se volvería seriedad. La seriedad que se necesitaría para enfrentar a todos los representantes de las razas que habitaban en este mundo. Las mismas que hacían que las estaciones representasen esas emociones tan latentes.
Si la vida fuese de otra manera, no estaría aquí.
La frase favorita de mi abuela pasó lentamente por mi mente. La misma oración que se pasó de generación a generación. Llegando a trazar una línea continúa de prosperidad y legados persistentes, imposibles de evitar ni rechazar. Nadie podía huir del destino que esa familia traía y representaba para la sociedad.
Volví a posar mi espalda en el respaldo del asiento. Suspirando con suavidad para que nadie notara la presencia de mi descontento y molestia.
Sentía cómo el corsé comprimía más mis costillas con cada movimiento de mi respiración. Era imposible que no quisiera romper esas ropas en ese momento. Pero necesitaba controlar mi angustia hasta terminar la visita. No podía “armar un escándalo” por no conformarme con mi vestimenta.
Así eran las normas para visitar el castillo Crashfall. Utilizar los trajes reglamentarios que los altos rangos facilitaban para su presencia. No mostrar ninguna emoción ni sentimiento mientras permanezcas en el castillo. Evitar mirar fijamente los rostros descubiertos de nuestros maestros ni los desterrados. Mantenerse callados mientras no nos den el permiso para hablar. No pisar por los pasillos en dónde ellos estén ni hacer los mismos pasos que ellos. Evitar el contacto físico con todos. En la noche cada uno debe encerrarse con llave en sus aposentos, sin salir en ningún momento de ellos hasta que el primer rayo de sol ilumine el castillo...
Eran demasiadas reglas para demasiadas personas. Aunque pareciese increíble, todos las cumplían. No por compromiso ni adoración, sino por temor. Los maestros eran muy estrictos, demasiado devotos a sus normas. Y quien las rompiese, no volvería a la vida.
Escuché como los gritos del cochero se alzaban entre el estruendo del trote de los caballos. El carruaje empezó a detenerse poco a poco.
Volví a apartar la cortina para observar el exterior. La edificación de piedra empezaba a hacerse visible entre los árboles. Una edificación con años de antigüedad, con malezas y grietas por cualquier lugar al que pasases.
– Ya hemos llegado – un suspiro resonó de su boca con un tono nervioso.
Puse mis ojos en él, sin ánimos de seguirle la conversación. Harold se veía tanto nervioso como emocionado por nuestra llegada. Se veía como un niño queriendo llegar a lo que desea, obtener su premio.
Su sonrisa se ensanchó al ver los primeros carruajes que habían llegado antes que nosotros. Carrozas oscuras, moradas, doradas... En todas ellas llegaban los diferentes rangos que convivirían con nosotros en aquellas tierras. Aquellos seres que tenían demasiado poder para acabar con nuestra existencia.
– ¡Pronto llegaremos al castillo Crashfall! – gritó el cochero desde afuera.
Los nervios erizaron mi nuca con temor. Cada vez que llegaba a ese lugar una sensación de inseguridad e incertidumbre llenaba mi interior como si me advirtiera sobre algo.
El carruaje comenzó a detenerse poco a poco. Harold cruzó sus piernas mientras se recostaba otra vez de una forma relajada sobre el asiento de tela. Se notaba que le encantaba esa situación, lo que ocurriría dentro de ese lugar.
– Recuerda las normas – llamé su atención al verlo muy confiado.
– No te preocupes, hermana – sus brazos se extendieron sobre el asiento. – Aún no hemos llegado...
La puerta se abrió de golpe, dándonos visibilidad a las puertas del castillo. Le lancé una mirada de advertencia y puse el velo que llevaba sobre mi cara. Nadie debe saber quienes son las mujeres que entran y salen de ese lugar. Y menos aún a la hija de la familia Osbern.
Harold se levantó rápidamente mientras me disponía a bajar de la carroza ayudada por el guardián que nos servía durante el viaje. Observé a mi alrededor reconociendo cada carruaje y el lugar dónde nos quedaríamos la noche entera.
Un escalofrío recorrió mi espalda dejando una punzada dolorosa a su paso. Inspiré con profundidad con ganas de terminar nuestro trabajo de una vez. No podía permitirme retroceder en ese momento tan decisivo.
La sombra de la sombrilla tapándome hizo que alzase mi rostro para observar a Harold. Parecía más severo y controlado. Su nerviosismo era visible en sus ojos. Pero nadie podía verlo. No ahora que la máscara tapaba su rostro.
Enganché mi brazo alrededor del suyo para indicarle que era la hora de entrar. Nuestros pasos se sincronizaron, con elegancia y decisión caminamos hasta la entrada. Las miradas no visibles de los demás seres estaban presentes en nosotros. Lo notaba y era imposible no escucharlos murmurar. Éramos los más afortunados del lugar, sin tener en cuenta a nuestros maestros.
– ¡Tened cuidado!
El grito de uno de los presentes hizo que nos detuviéramos a mirar lo que ocurría. Mis ojos no pudieron evitar abrirse al presenciar tal escena.
Harold tiró la sombrilla al suelo y se interpuso entre mí y el carruaje que venía hacía nosotros.
No podía entender lo que estaba pasando, pero me aferré a la espalda de Harold y cerré mis ojos esperando el impacto.
Un impacto que nunca llegó.
– ¡¿Quiénes sois para interponeros en nuestro camino?! – una voz grave resonó cerca de nosotros, furiosa.
Alcé mi cabeza para observar detrás de mi hermano quién era aquel ser que exigía nuestra respuesta.
Un hombre de traje, completamente tapado como la normativa exigía, con una máscara de hierro se presentó frente a nosotros con aires de soberano y autoritario.
– Usted no es quien para exigirnos esa información – Harold se puso rígido ante la presencia de aquella persona. – Usted es quién debería disculparse por tanto alboroto – puntualizó señalando con su cabeza el carruaje que estaba detrás de él.
El hombre rió con gracia ante las palabras de mi hermano. Entrecruzó sus brazos de forma relajada en su pecho y elevó su barbilla con más arrogancia.
– No tengo porqué disculparme con un par de seres inferiores...
En ese momento lo entendí. Esos ojos negros reflejaban la destrucción a su paso. Me fijé mejor en su traje y su máscara, cada especie tenía una vestimenta representativa para diferenciarlos.
Harold apretó sus puños y su mandíbula con rabia.
Le agarré del brazo con fuerza, deteniéndolo para que no lo enfrentara más. Él giró su cabeza para mirarme tras su máscara. Entendía que estaba frustrado, que odiaba la idea de que nos despreciaran de esa manera. Pero no debíamos meternos con ese demonio.
– Vámonos – ordené con firmeza mientras me ponía a su lado, – no tenemos tiempo que perder por alguien así.
Noté los ojos de ese ser en mí, penetrándome, queriendo saber quién era.
– Tienes razón, tenemos mejores cosas que hacer – respondió Harold con una tranquilidad falsa, siendo aún era latente su enfado por lo que había pasado.
Volvió a envolver mi brazo en el suyo.
– Debes ser familiar.
Me detuve, sorprendida, al verlo tan cerca de mí. Se había puesto frente a mí con una rapidez inhumana. Él siguió descifrándome con sus ojos, buscando una pequeña grieta en la tela que tapaba mi rostro para descubrir mi identidad.
– Eso no es de interés para un ser como tú – dije con seriedad sin temer por el corto espacio que teníamos entre nosotros.
Sus ojos se achinaron, felices por mi contestación. Por alguien que no titubeaba.
Su risa se hizo audible dentro de su ocultación. Mi ceño se frunció al notar que esto podía continuar por más tiempo.
– Veo que la hija de los Osbern tiene demasiadas agallas para estar aquí...
La sangre se agrupó en mis pies, dejándome helada con su contestación. Una pizca de miedo se hizo notable dentro de mi pecho, con ganas de gobernar la situación, de huir. No era posible que supiera...
– ¡Aléjate de ella, demonio!
Harold se interpuso entre nosotros, enfrentando a aquel ser de aura oscura. No podíamos crear problemas en el primer día de la reunión.
El hombre rio con malicia, como si planeara algo más. Fulminando con sus ojos nuestras presencias.
– Detente, Lastor – una voz profunda salió detrás de él. – Pelear conprotegidosno resultará en mucho.
Llevamos nuestras miradas a aquella persona que se hizo ver en ese momento.
Bajaba del carruaje, con elegancia y tranquilidad. Sus vestimentas eran las mismas que su acompañante, oscuras. Su máscara de hierro se había forjado de una manera más lisa y limpia que la del otro ser.
No aparté mis ojos de él. Esa aura que lo rodeaba no era tan destructiva como el de los ojos negros.
Sus pasos se dirigieron hacia nosotros. Más bien, hacia mi persona.
Me tensé. ¿Alguien de su misma calaña podría emanar ese tipo de energía?
El ser se detuvo frente a mí, a un paso de distancia, y con una postura de relajación, elegante y desarmada.
– Disculpen a mi acompañante – comenzó a hablar, con una suavidad y elocuencia envolvente. – No está acostumbrado a estas ceremonias...
Descifrar si mentía o no era difícil. Sus ojos estaban cubiertos por rejillas, evitando el contacto directo con ellos.
Pero, claramente mentía. Todos los demonios mienten.
Alcé una de mis cejas curiosa por su reacción. Estaba apaciguando la situación para evitar cualquier castigo divino hacia ellos.
Demasiado inteligente de su parte, señor demonio...
– Está bien – la voz de Harold salió gruesa detrás de mí. – Olvidemos todo este asunto.
Aquel ser simplemente asintió levemente con su cabeza.
Noté el brazo de mi hermano rodeando mis hombros y cómo agarraba con delicadeza mi mano para guiarme hasta la entrada del castillo.
Una punzada ardiente comenzó a formarse en mi hombro derecho. No era doloroso ni desgarrador. Era un aviso.
Posé mi mano sobre él, sabiendo que algo no estaba bien.
Volteé un poco mi cabeza para volver a observar a aquellos seres que dejábamos atrás de nosotros. Entrecerré mis ojos para vislumbrarlos mejor entre la tela. Ellos seguían inmóviles en el mismo sitio. Esperando. O seguramente visualizándonos hasta nuestra desaparición tras las puertas del edificio.
Algo no iba a estar bien.
De eso estaba segura.