Capítulo 1: La amiga de siempre
Uno aguanta tanto que cuando sale a contar todo, la gente dice:
—¿De verdad esta chica aguantó todo eso? ¿Cómo hizo?
Y la verdad es que ni yo sé cómo hice.
Creo que simplemente me acostumbré.
Me acostumbré a callarme las cosas.
Me acostumbré a ser la amiga que escucha.
La amiga que aconseja.
La amiga que siempre está.
Yo siempre estuve para ellas.
Las escuché llorar por personas que les rompieron el corazón.
Las escuché hablar mal de ellas mismas cuando no se sentían suficientes.
Las escuché cuando sentían que el mundo se les caía encima.
Y siempre intenté ayudarlas.
Porque yo sí sabía ser una buena amiga.
Lo que nunca imaginé era que algún día me iba a dar cuenta de que no todas sabían serlo conmigo.
A veces llegaba a casa cansada.
No físicamente.
Cansada por dentro.
Pero aun así respondía mensajes, escuchaba problemas y seguía sonriendo.
Porque pensaba que eso era lo que hacían las amigas.
Estar.
Sin importar qué.
Sin importar cuánto doliera.
Sin importar cuánto costara.
Y durante mucho tiempo funcionó.
Hasta que empezó a no funcionar más.
Porque por cada vez que yo estaba para alguien, había momentos en los que sentía que nadie estaba para mí.
Y aunque intentaba ignorarlo, algo dentro de mí comenzaba a romperse.