Para siempre
“Antes de que te des cuenta, estaremos juntos de nuevo “

El sol iluminaba su cara, sus pecas brillaban como diamantes.
Sergio caminaba sin rumbo sobre el campo de tulipanes, con el viento moviéndole suavemente su cabello levemente rizado.
Había una tranquilidad tan profunda que casi dolía: un silencio que lo envolvía todo y que hacía que Sergio sintiera, por un momento, que el mundo se había detenido solo para él. No sabía si quería huir de esa sensación o quedarse atrapado en ella para siempre pero lo que sí sabía era que ese lugar era tan cálido, como si fuera su verdadero hogar.
Estaba perdido en sus pensamientos hasta que a lo lejos vio a una persona que le resulto conocida, Sergio se acercó curioso. Al llegar, levantó su mano con la intención de descubrir quién era aquella familiar figura, y justo cuando está apunto de ver su rostro...

Despertó agitado, con el pecho ardiéndole y los ojos húmedos por culpa de ese sueño que seguía persiguiéndolo desde aquel suceso. Siempre terminaba igual: justo cuando estaba a punto de ver el rostro de aquella extraña persona.
Miró la hora en la pantalla del celular, el brillo de este le lastimó los ojos, haciéndolo parpadear varias veces. Lo primero que vio fue varios mensajes de su grupo, todos preguntando cómo estaba, por qué se alejaba tanto, y él porque parecía querer desaparecer. Sergio solamente puso un simple "estoy bien".
Al levantarse sintió que su cuerpo pesaba el doble. Caminó hacia su baño y al levantar la vista hacia donde estaba el espejo sintió un nudo en la garganta. Apenas se reconoció: estaba más delgado, más pálido, como si alguien hubiera robado el brillo que solía acompañarlo toda su vida.

Para él, su vida ya no tenía sentido, y la vida parecía recordárselo. Siempre se preguntaba cómo se suponía que debía seguir respirando, caminando, existiendo, después de una pérdida tan repentina. ¿Por qué Dios lo habría castigado de esa manera? ¿Por qué a él?
Siempre recordaba esa fecha con dolor: 26 de enero, su cumpleaños, esa día donde se supone que debía ser feliz fue todo lo contrario. Todavía podía ver la escena cuando cerraba los ojos, como si no hubiese pasado ni un minuto.
La sangre en sus manos y toda su ropa, aquel ser inhumano que le arrebató lo que más quería pero entre todo eso siempre, hay algo que lo ha marcado para siempre "Antes de que te des cuenta, ya estaremos juntos de nuevo", esa simple frase, lo dejaba llorando por horas, sintiendo un vacío en su corazón.
Desde aquel día Sergio no volvió a ser el mismo, fue al psicólogo por un año pero ningún consejo podía enseñarle cómo vivir sin una mitad que no estaba, dejó de hablar con las personas que lo querían, se quedaba en su casa todo el día, lo raro es que para él esa ya no era su casa solamente era un lugar donde él se quedaba porque no sabía a dónde más ir.
A veces, cuando la casa estaba completamente en silencio, Sergio creía escuchar esos mismos pasos que tanto había amado.
Y por un instante levantaba la cabeza, con un poco de esperanza, pero como siempre, no había nada, excepto el sonido lento y pesado de un corazón roto que seguía latiendo por pura costumbre.
Había días donde Sergio se quedaba sentado en la orilla de su cama, esperando sentir esa sensación de calidez que solo alguien le podía brindar. Sus amigos le decían que el tiempo lo curaría, pero el tiempo no lo había tocado.
Seguía viviendo dentro del mismo día, atrapado en esa fecha que ya no podía pronunciar sin que le temblara la voz.
El sabía que aunque todos los relojes avanzaran, su vida se había quedado detenida exactamente allí, en el momento en que el mundo decidió seguir sin él y entonces, en ese momento decidió hacer algo que cambiaría todo para siempre.

En aquella casa que ya no tenía voz, solamente se podía escuchar el arrastre torpe de una silla y la respiración temblorosa de alguien que llevaba demasiado tiempo callando. Sergio sabía cuál era su destino, pero también sabía que no podía irse sin despedirse de los que estuvieron con el.
Tomó el teléfono con manos que parecían no pertenecerle y escribió, lo último que sus amigos leerían de el:
"Chicos, muchas gracias por preocuparse mucho por mí todo este tiempo, también muchas gracias por estar cuando paso eso...
Sinceramente, ya no puedo más, he intentado con todas mis fuerzas quedarme pero ya no puedo, necesito descansar, necesito estar bien.
Muchas gracias a todos ustedes por no dejarme solo, créanme que siempre los querré y los estaré cuidando donde sea que esté. Cumplan todo sus sueños, no se rindan como yo lo estoy haciendo.
Los amo 🫶🏻"
Cuando envió el mensaje, alzó la mirada. Y por un segundo, sintió una calma extraña, como si el mundo lo hubiera envuelto en silencio para que pudiera escuchar su propio latido por última vez.
Sergio bajó la mirada. En sus ojos, el mundo ya no era el mismo, estaba hecho de recuerdos desordenados.
Respiró.
Una inhalación larga, temblorosa, como quien intenta atrapar en su pecho alguna emoción nueva. Buscó guardar un último recuerdo pero no sabía cuál, tal vez una de las cuantas risas que tuvo con sus amigos, una mano que lo sostuvo siempre, un atardecer que lo había hecho sentir vivo alguna vez.
Y entonces, con los ojos húmedos y el alma hecha pedazos invisibles, empujó la silla. El sonido se perdió en la casa vacía y el silencio que siguió fue tan profundo que dolía.

Ahí estaba de nuevo, el campo de flores con el cual siempre había soñado, lo raro es que ahora se sentía distinto, como con una mezcla de emociones, Sergio caminó como en su sueño pero esta vez se puso a admirar el paisaje, los tulipanes que se movían como al ritmo de una melodía y entonces ocurrió
—Pecas... —susurró una voz, tan suave que parecía pronunciada por el viento mismo.
Sergio giró de inmediato. Su corazón reconoció esa voz incluso antes que su mente. Y allí, entre los colores del campo, lo vio.
Max
Su Max.
Sus ojos azules con un brillo que Sergio jamás había visto; un brillo que parecía contener todas las palabras que no pudieron decirse. Su cabello brillaba bajo la luz del sol, como si el propio día lo hubiera estado esperando. Se veía tan hermoso, tan perfecto, tan real como la última vez que lo tuvo entre sus brazos.
Sergio sintió cómo todo dentro de él se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. No logro decir ni una sola palabra. Solo corrió hacia Max y lo abrazó con desesperación, aferrándose a él como alguien que por fin encontró lo que más amaba en el mundo.
Sus lágrimas empezaron a salir sin control, sentía que estaba en su hogar de nuevo, con cada sollozo y con cada sollozo dejaba escapar un pedazo del dolor que había estado guardando tanto tiempo.
—Tranquilo pecas, todo estará bien, ya estás conmigo- dijo Max con una serenidad que hizo que Sergio poco a poco se tranquilizara.
—Te extrañé demasiado, Max- dijo Sergio haciendo que Max le regalara una abrazo con la cual le expresó que él también.
—Te lo prometí, pecas —respondió Max, acariciando su mejilla con ternura.
— Antes de que te dieras cuenta, íbamos a estar juntos de nuevo.
Y entonces, tomó su mano, para comenzarlo a guiar hacia su nuevo hogar. El campo de tulipanes pareció empezar a iluminarse por una luz que no venía del sol, sino del reencuentro mismo. Avanzaron despacio, y con cada paso el aire se hacía más tibio. Las flores susurraban al rozarse, como si celebraran su regreso.
El viento, llevaba el eco de risas pasadas y el murmullo de un destino que finalmente se cumplía.
Sergio apoyó la cabeza en el hombro de Max, y por un instante entendió que todo su dolor había sido un puente, un hilo que lo conducía a ese momento donde el amor, al fin, no tenía bordes ni despedidas.
Y mientras avanzaban, el cielo se volvió más claro, como si también quisiera acompañarlos. Los colores se fundieron en tonos dorados y rosados, envolviéndolos en una calma que no se puede describir, solo sentir.
De la mano, se adentraron en un nuevo comienzo , donde no había relojes ni despedidas, donde el amor no tenía que luchar para existir.
Un lugar donde, por fin, incluso la eternidad parecía quedarse corta para ellos.
Fin
