Y así empieza...
—El inconveniente del ático es que no cuenta con baño, así que no puedes mantener esa mala costumbre de andar desnudo; ten en cuenta que esta no es tu casa —dijo ella en tono imperativo.
—No te preocupes por eso, solo lo he hecho contigo en el departamento, sabiendo que estamos solos.
—Bueno, debes bajar las escaleras para ir al baño; es la segunda puerta a la izquierda. Así que, cuando vayas, ve vestido, no con la toalla a la cintura ni semidesnudo, porque hay menores en la casa.
—Ya, Maru, está bien, lo entendí, sé muy bien donde está el baño —respondí resignado y algo hastiado.
A veces se torna intensa; esa obsesión por controlarlo todo surgió desde que decidimos mudarnos aquí. Sin embargo, ya me estaba habituando a ella. La mudanza a la casa de mis suegros la había puesto algo nerviosa. Esperaba que se relajara una vez que nos instaláramos en nuestra propia casa. Mi hábito de estar desnudo en el departamento siempre le había molestado, pero por ahora estaría más tranquila al no poder moverme con tanta libertad.
Ella no quería mudarse aquí, pero no teníamos alternativa. Mientras durase la construcción de nuestra vivienda, no podíamos seguir costeando el alquiler del lujoso departamento donde residíamos.
Llevaba tres años casado con María Eugenia, a quien todos llaman Maru, mi novia durante dos años antes de la boda. Ella tenía entonces 24 años y yo 30; la verdad, nos iba muy bien. El único desliz fue una aventura que ella descubrió cuando éramos novios, lo que casi arruina nuestro futuro matrimonio. Desde entonces, cada vez que se enfadaba, me lo reprochaba, como es típico en muchas mujeres. A partir de ese momento, me he comportado bien, y nuestra relación prosperaba.
Me llamo Pedro Miguel Antón Mendoza. Habíamos decidido invertir en la construcción de una casa en una zona exclusiva de la ciudad, una de las mejores, lo que nos dejó con pocos recursos para seguir pagando el elevado alquiler del departamento. La obra tomaría al menos un año y consumiría gran parte de una pequeña herencia que recibí de una tía muy querida, quien falleció recientemente y que me acogió desde los 15 años cuando fallecieron mis padres. Mi suegro nos propuso amablemente mudarnos a su casa mientras terminaban nuestra vivienda, permitiéndonos ahorrar en el alquiler. Sin más opciones, Maru aceptó tras rechazar inicialmente las propuestas de su padre.
Una vez instalados, mi suegro no nos permitió contribuir con los gastos de la casa, ni siquiera con la comida; no era necesario, pues él tenía mucho dinero, y tener a su hija predilecta cerca le llenaba de alegría.
Él le había ofrecido regalarle una casa cuando nos casamos, pero Maru, siempre orgullosa, no aceptaba nada sin esfuerzo, que quizás más adelante. Quería alcanzar sus metas por sí misma. También rechazó un puesto importante en la empresa de su padre; prefería crecer sola y, con más experiencia, hacerse valer en la compañía, de la que, al fin y al cabo, era una de las herederas.
La casa de mi suegro no es una mansión, pero es grande y amplia. Tiene siete habitaciones: la principal, cuatro en uso, una de huéspedes y una de servicio. Solo cinco cuentan con baño. Además, hay un ático inmenso, un estudio, una sala que parece un salón, un comedor para catorce personas, una sala de juegos lo bastante grande con una mesa de billar, una pantalla gigante para ver juegos televisados y películas, butacas y, por supuesto, un bar bien surtido. El terreno del patio incluye un jardín con grandes árboles que ofrecen sombra, una gran y hermosa piscina, un área de parrilla, un garaje para seis autos y un cuarto de herramientas equipado, donde yo me entretenía en mis ratos libres.
Nos asignaron el espacio más amplio: el ático. Maru no quiso usar su antigua habitación, aún decorada como cuando era adolescente, ni la de huéspedes. Mi suegro nos recomendó el ático por ser más grande, ideal para tener privacidad y hacer vida de pareja en un ambiente con casi todas las comodidades necesarias, incluso para recibir visitas en un entorno más íntimo.
Claro, tiene sus inconvenientes: en algunas partes, el techo es bajo por la inclinación, obligando a agacharse, y no tiene baño. Aun así, disponíamos de una cama tamaño king, una nevera, un televisor grande, un juego de muebles, mesas, una butaca reclinable; solo faltaban cocina y baño para ser un departamento perfecto. Lo habían acondicionado recientemente para nosotros.
Al subir a las habitaciones, hay dos pasillos: uno corto a la derecha hacia la habitación principal y otro largo a la izquierda con siete puertas, tres a cada lado. Al fondo del pasillo está la entrada al ático; al abrirla, unas escaleras ascienden, con un giro a la izquierda con descanso a mitad de camino. A ambos lados de la puerta del ático están las habitaciones de los menores: Mario José, conocido como Marito, de 11 años, y María Lourdes, a quien todos llaman Malu, de 18 años. El baño más cercano, al lado de la habitación de Malu, lo comparten, pues ninguna de sus habitaciones tiene baño propio. Frente al baño, la habitación de Carola y las dos siguientes enfrentadas, la de Maru y la de huéspedes.
Déjenme describirles a mi familia política. Mi suegro, Mario Andrés Salvatierra, es un hombre bonachón y robusto, pero atractivo. En su juventud fue todo un galán de portada de revista. A sus 60 años, que no los aparenta, es una persona calmada, relajada; nunca se apresura ni se altera, siempre está de buen humor y disfruta haciendo bromas. Nos parecemos mucho en eso, y no me extraña que Maru viera en mí algo de su padre. En las reuniones familiares, él es el centro; le encanta ver a todos reunidos, por lo que los fines de semana siempre hay actividad, ya sea en casa, en la playa o en el yate familiar.
Su esposa, mi suegra, María José Ferrer, es una mujer de origen español de 50 años, muy bien conservada, con un cuerpo atlético y piel blanca. Su rostro, hermoso, refleja que fue una diosa en su juventud, con líneas de expresión marcadas, pero sin ser arrugas de vejez. Tiene algunas cirugías, incluyendo una operación de senos que luce espectacular, y mantiene su figura con visitas frecuentes al gimnasio. De carácter fuerte y autoritario, dirige la casa sin que nadie, ni siquiera mi suegro, la contradiga. Es moderna, elegante, pero de trato sencillo, muy lejos de ser una mujer arrogante.
Maru, mi esposa, es la hija mayor, de 24 años. Hermosa, con cabello castaño claro, ojos marrones claros, un cuerpo excepcional, senos operados, cintura estrecha y caderas pronunciadas, heredó de su madre un trasero prominente. Su figura es curvilínea. Tiene un temperamento fuerte, es algo celosa —por no decir bastante—, obsesionada con el orden y la limpieza, y cuestiona todo. Su personalidad imponente destaca en cualquier reunión, aunque odia ser el centro de atención y es muy orgullosa.
Tiene tres hermanos. María Carolina, conocida como Carola, de 20 años, tiene piel blanca como su madre y cabello negro azabache. Su rostro es delicado y su belleza es exótica; iguala o supera a la de Maru. Físicamente, es la más impresionante: atlética, con un cuerpo esculpido como el de una diosa griega, musculosa pero con poca grasa. Ha competido en maratones y eventos aeróbicos. Su carácter es hosco, parece siempre de mal humor y, al menos conmigo, ha sido siempre antipática; apenas hemos tenido trato.
María Lourdes, o Malu, de 18 años recién cumplidos, es una rubia deslumbrante. Tímida al principio, se vuelve vivaz al tomar confianza. Delgada, con un cuerpo estilizado como el de una modelo de pasarela, pero tonificado, tiene un trasero respingón y perfecto que no pasaba desapercibido, sobre todo en la playa o la piscina. Sus senos son pequeños, pero su belleza es superior; se destaca entre las hermanas, con ojos entre verdes y grises como los de su padre, pecas en pecho, hombros y mejillas, y una fina pelusa que la hace parecer delicada. Mide unos 1,68 metros, ni muy alta ni baja, una combinación encantadora.
Con Malu siempre me llevé bien, quizás porque la conocí cuando comencé a salir con Maru. Nuestro trato es afectuoso; ella dice que soy su cuñado favorito, y yo bromeo diciendo que me siento afortunado siendo el único. La he visto crecer desde los 13 años. Con Carola, en cambio, la relación fue distante; me ve como un intruso y a veces me mira con desagrado, tal vez por mi robustez. No soy feo, tengo mi atractivo pese a tener un par de kilos de más, pero para ella, tan atlética, estoy pasado. Me llama payaso por mis bromas y no entiende qué vio Maru en mí. Actualmente, Carola estudia en la capital y no volverá hasta las vacaciones de verano, en casi dos meses.
El menor se llama Mario Andrés, igual que su padre, tiene 13 años y lo llaman Marito. Fanático de los videojuegos, pasa el día con su Nintendo o PlayStation cuando está en casa.
Los primeros dos meses en la casa transcurrieron con normalidad. Por las mañanas, todos salían a trabajar, Malu al liceo —próxima a graduarse— y Marito a la escuela. Quedaban tres empleadas: una para la limpieza, otra para la cocina y una que ayudaba en ambas tareas, hasta las 6 de la tarde. Al mediodía, casi todos almorzaban en casa; Malu y Marito llegaban de clases y pasaban la tarde solos. Mi suegra salía a visitar amigas, de tiendas, cafeterías o en reuniones de caridad con las Damas Salesianas.
Yo, rara vez almorzaba allí, pues en la oficina trabajaba corrido hasta las 3:30 o 4 de la tarde. Todos regresábamos después de las 6; a veces pasaba por Maru y llegábamos juntos.
A mediados de julio comenzaron las vacaciones escolares. Una semana después fue la graduación de Malu, con actos, misas y actividades de fin de curso. Como regalo, la familia planeó un viaje al Caribe en el yate de mi suegro a mediados de septiembre, después de que el yate volviera del astillero. Es algo que todos disfrutaban. Anualmente, había un viaje largo de dos semanas por el Caribe y otros cortos de hasta una semana, repartidos en distintas fechas.
Pensé en tomar vacaciones también. Llevaba tiempo sin descanso y, siendo supervisor en la empresa familiar, decidí pedir dos meses, desde mediados de julio, tras la graduación de Malu, hasta mediados de septiembre, para supervisar la construcción de la casa y relajarme. Maru tomaría las suyas en septiembre, así viajaríamos juntos en el paseo familiar y luego viajaríamos solos, cosa que no hacemos desde la luna de miel.
Dos días después de iniciar mis vacaciones, me quedé hasta tarde viendo televisión. Me levanté cerca de las 10, adormilado, en short, sin camisa y con una toalla al cuello, aprovechando que Maru no estaba. Bajé descalzo las escaleras del ático, salí al pasillo y me dirigí al baño. La puerta estaba entreabierta. Al abrirla más, vi a Malu desnuda entrando en la ducha. Me quedé inmóvil, desperté por completo en el acto, observando como su cuerpo delicado es más hermoso sin ropa: sus senos pequeños, perfectamente redondos, con pezones rosados y unas nalgas abombadas como esferas cuasi perfectas, cubiertas de una fina vellosidad, era la perfección misma.
Las puertas de la ducha, de vidrio polarizado, me impedían verla una vez dentro, pero ella podía verme. Me retiré rápidamente. Al girar, noté una erección creciendo. Cerré la puerta del ático y me senté en las escaleras a esperar que saliera, acariciándome suavemente por encima del short, con mi mente acelerada por ese cuerpo. No sabía qué hacer, pero debía actuar rápido para no perder la oportunidad.
Me levanté con la erección evidente, dejé la toalla en las escaleras y, con sigilo, me asomé en las escaleras: las empleadas estaban abajo limpiando y cocinando. Volví y me coloqué junto a la puerta del baño. Esperé a que apagara la regadera para enjabonarse y lavarse el cabello. Entonces, fingiendo estar somnoliento, con los ojos entrecerrados y la erección a plena vista, entré.
Cerré la puerta tras de mí. Ella no dijo nada, lo que me desconcertó un poco; esperaba un grito que me diera la excusa para salir, mostrando todo. Me detuve frente al lavamanos, bostecé y estiré los brazos desperezándome, resaltando la protuberancia en el short. Metí las manos en la prenda, lo saqué un instante y murmuré, lo bastante alto para que me oyera:
—¿Tú nunca descansas? ¡Siempre estás parado!
Lo guardé, me lavé la cara y comencé a afeitarme. En el suelo estaba su bata, que miré disimuladamente por el espejo, fingiendo no notarla. No había ruido tras la regadera. Me distraje afeitándome, y la erección disminuyó. Aproveché para ir al inodoro, frente a las puertas de vidrio, saqué el miembro y oriné largamente. Saber que ella estaba allí, mirándome, me excitó de nuevo. Hice presión para terminar rápido antes de que creciera demasiado y dije:
—Tú no te cansas, ¿vale? Espera a que llegue Maru al mediodía a encargarse de ti.
Lo sacudí un poco, endureciéndolo más. Pensé en masturbarme allí, pero lo descarté como una locura. Hice ademán de bajarme el short y exclamé:
—¡Mierda! Olvidé la toalla.
Me lo subí, salí y entrecerré la puerta del ático. Escuché que ella cerró el baño con seguro y siguió bañándose. Tomé la toalla, me apoyé en la pared junto a la puerta y esperé, fantaseando con su cuerpo, con la erección intacta. Me quedé dormitando, perdido en pensamientos prohibidos, sin notar cuánto tiempo pasó.
De pronto, ella abrió la puerta y salió apresurada, chocando conmigo. Mi erección la rozó justo bajo el ombligo, y su rostro golpeó de lleno mi hombro. Asustada, gritó, aún mojada y mal secada. La toalla se le cayó. La miré a los ojos; ella, sonrojada, desnuda, bajó a recoger la toalla rápidamente y, al levantar el rostro, se topó con el bulto frente a su cara. Se sobresaltó, se envolvió nerviosa en la toalla y, roja de vergüenza, me pidió disculpas antes de pasarme por un lado y correr a su habitación.
Sonriendo, entré al baño, cerré la puerta y me recosté en ella. Todo había sucedido en segundos. Reviví la escena: sus senos pecosos, redondos y firmes, con pezones rosados y erectos. Pasos en el pasillo me sacaron del trance; era una empleada que tocó la puerta de Malu. Ella explicó que había tropezado conmigo y se asustó, pero que no pasó nada.
Ese momento marcó el inicio de una serie de eventos apasionados, que se desatarían en cada rincón de esa casa.