Bienvenida
Arco: Presentación
¿Te has preguntado alguna vez qué pasa con aquellos entes o personajes que alcanzan tanto poder que ninguna historia es capaz de contenerlos?
Lo sé, sé que suena ridículo en primera instancia, pero es real: existe un lugar del multiverso en donde estos terminan.Y, por el contrario de lo que se creería, no, ellos no habitan un mundo alocado, o donde el poder se desborde.
Todo lo contrario.
Viven en el mundo más ordinario de todos.Donde, fuera de su espacio, todo es monótono, gris, sin magia, aura, tecnología extravagante o cualquier otra muestra de narrativa alocada.
Aquí, en la Casa de los Michis, llegan para aprender una lección muy importante:
Contenerse.
Deben aprender que ninguna historia fluye sin tensión.Que la narrativa tiene un orden.Pero, sobre todo, que en medio del más cotidiano y simple de los hogares —uno lleno de pelos y croquetas— se esconden las más profundas e intensas historias: unas entrañables, otras cómicas, incluso irreverentes y absurdas.
Así fue como llegó el último integrante del hogar: Tlaloc, un dios destructor, capaz de aniquilar toda la existencia con un chasquido.
Ningún ser, ya fuera héroe, villano o entidad, era capaz de hacerle sombra en su mundo.Su historia ya no tenía a dónde moverse: todo llegaba a él.
Un nuevo villano... Tlaloc lo vencía.Una calamidad... Tlaloc la corregía.
Nada, absolutamente nada, cambiaba ese hecho… y los lectores se aburrían de que la trama ya no tuviera tensión.Así que ese día apareció frente a él:
El primigenio.El fundador de la casa.El Michonte.
Nombre de gato: Mauricio.
—¡Hey! ¿Quién diablos eres tú? —dijo Tlaloc.
El dios se mostraba en ese momento como una bruma de gas, una de las tantas formas que podía tomar.
—No lo puedo creer… que aquí, en medio de la nada, del vacío absoluto, mi lugar de descanso, esté un simple gato gris —dijo Tlaloc con asombro, una emoción muerta hace eones en él. —Yo soy Mauricio. Algunos me conocen como el Ying, como lo viejo, como el orden… pero prefiero que tú me conozcas con mi nombre original: Michonte. —¿Cómo es posible que puedas hablar conmigo? Lo peor… no puedo leer tu mente, ver tu pasado o tu futuro… eres algo único —dijo Tlaloc. —Sé cómo te sientes. Confundido… pero, sobre todo, aburrido. Es hora de que dejes a los demás respirar —dijo Mauricio. —¿A qué te refieres? Aquí todos me aman, yo soy su todo —respondió Tlaloc, lleno de arrogancia. —Error. Tú asfixias a todos. Nadie puede crecer, ni como individuos ni como personajes. Es hora de que vengas conmigo —respondió Mauricio. —¡Jamás! Yo me quedo —dijo Tlaloc.
En ese instante parpadeó… y toda la materia a millones de años luz se hizo añicos.Sin embargo, Mauricio seguía ahí, sin haber recibido cambio alguno.
—¡¿Qué?! ¿Pero cómo? —dijo exaltado Tlaloc, no acostumbrado a que alguien se opusiera a su poder. —No debo obligarte, así no funciona la casa… pero te recomiendo hacerlo. Si no, puede que llegues igual, pero en otra condición. Tú decides —dijo Mauricio.
El gato comenzó a caminar por el vacío como si hubiera tierra… y, así como si nada, desapareció.
Tlaloc intentó rastrearlo, saber de dónde vino, a dónde se fue… pero nada vino a su mente.
—Es imposible… Desde aquí he podido leer la mente de cualquiera, ver su futuro y su pasado, seguir su huella energética, saber qué líneas concuerdan con él… pero en el caso de ese gato… nada.
Sin embargo, Tlaloc comenzó a observar.
Pensó en lo que aquella criatura peluda había dicho.Que él asfixiaba a los demás.Que impedía el crecimiento.
Y entonces… observó.
—¡Hay una amenaza nueva! ¿Qué hacemos? —gritó una mujer de un mundo lejano.—¡Es un monstruo inmenso! —gritó un niño corriendo detrás de ella.
Pero el grupo de hombres frente a ellos —todos guerreros relucientes con armaduras ostentosas, hechas de oro y adornadas con rubíes y diamantes—, los protectores de ese mundo…
—Ahhhh sí… nos encargamos. Ustedes resguárdense —dijo uno de los guerreros.
La población corrió hacia sus casas.Entonces, en el fondo, apareció un dragón inmenso, de seiscientas cabezas.
—¿Qué hacemos? —preguntó uno de los guerreros, el más joven.—Nada. Ya vendrá Tlaloc y se encargará… vámonos —respondió otro, uno ya maduro.
Tlaloc cerró los ojos.
Se preparó para ir.Hizo aparecer su espada de combate… la sostuvo un instante.
Pero se detuvo.
El filo vibraba con una ansiedad contenida, como si el mundo mismo esperará su intervención.
Pasaron un par de segundos.
—No, no… no le daré la razón —dijo Tlaloc.
La espada desapareció.El caos continuó… sin él.
Por primera vez, no hizo nada.
Permaneció en reposo.Pasaron un par de días.
Volvió a ver.
Esta vez vio el reino más vasto de su dominio: la corte real.
—Debemos reducir el presupuesto destinado a nuevos guerreros —dijo un parlamentarista.—Sí… en realidad no sirve para nada, solo adornos bonitos salen de ahí —dijo otro.—¿Qué hacemos con el presupuesto de tributos al dios Tlaloc? Se ha vuelto un problema para algunas aldeas pagarlo —dijo un parlamentarista, angustiado.—¡No digas tonterías! Eso no se toca —respondió otro.—Pero es necesario… morirán de hambre —insistió el primero.—¡Silencio! —dijo un guardia.
El murmullo murió al instante.
Entonces sonaron trompetas.
Fanfarria.
La reina habló.
—Lo que tenga que ver con Tlaloc no se toca. Hemos aprendido a obedecer… a temer…
Nadie volvió a hablar.
Nadie discutió.
Nadie cuestionó.
El salón, lleno de oro y poder… se sentía vacío.
Tlaloc permaneció en silencio.
Observando.
Esperando que alguien se levantara.Que alguien se opusiera.Que alguien decidiera actuar sin él.
Nadie lo hizo.
Volvió a centrarse en sí mismo.
En la bruma, se formó un rostro.
Su expresión… ya no era arrogante.
Era algo peor.
Decepción.
—Normalmente habría salvado el día… —murmuró— pero… tiene razón.
Su mirada se endureció, pero no por orgullo.
—Se han vuelto flojos… dependientes… —hizo una pausa— …y me temen.
El silencio lo rodeó.
—Ya nadie vive esta historia… solo esperan a que yo aparezca.
Bajó la mirada.
—Siempre lo resuelvo yo todo… y todo gira en torno a mí.
Por primera vez…
Eso no sonó como orgullo.
Sonó como un error.El dios tomó forma.
Era un guerrero humano, musculoso, de piel morena y adornos en oro, pero, sobre todo, un enorme penacho de plumas hermosas adornaba su cabeza.
—Y también… es aburrido.
Materializó un espejo y se miró.
—De verdad he hecho tanto daño… he matado la épica de este lugar… es hora. Tomaré vacaciones —dijo Tlaloc a sí mismo a través del espejo.
Su mirada se volvió rígida, la boca seria, y dijo:
—¡Hey gato! Estoy listo, acepto tu propuesta… ¿Quiero conocer tu mundo?
De pronto, un sonido seco y retumbante rompió el vacío.
¡Plop!
Una nube de gas grisáceo apareció… y, tras ella, un gato gris, parado en la nada, lamiéndose las patas.
—Sabía que entenderías —dijo Mauricio sin dejar de acicalarse.—Mmm… no seas tan arrogante. Solo quiero conocer algo más… me llamaste la atención. Tu mundo debe ser fantástico considerando tu poder —respondió Tlaloc.—Ahhhh, lo es… pero no como tú te lo imaginas —respondió Mauricio.—¿A qué te refieres?
Mauricio no respondió.Levantó una de sus patas traseras y la lamió.Pasó casi un minuto.
—¿Listo? —¡Ya te había dicho que SÍ! —respondió Tlaloc molesto.
Un aura inmensa comenzó a acumularse alrededor de él.Parecía que iba a destruirlo todo: rayos inmensos surcaban galaxias enteras a su alrededor.La energía empezaba a desintegrar todo lo cercano.
—¿No me has dicho a qué te referías? —añadió Tlaloc con la mirada iracunda.
Entonces Mauricio terminó, regresó lentamente su pata a una posición cómoda… y lo miró.
—Listo.
¡Ploc!
Un sonido ligero, casi cómico.
Toda la energía y los rayos desaparecieron sin más, sin consecuencia alguna.Mauricio, poco después, también… se esfumó como si fuera niebla.
De pronto…
Un callejón.
Una ciudad ordinaria.
Estrecho, sucio, lleno de botes de basura.La lluvia reciente dejaba arroyos que corrían por el suelo, mientras goteras constantes caían desde las alturas.
Y ahí… apareció Tlaloc.
—¡¿Qué?! ¿Dónde estoy? —dijo desconcertado.
Una voz respondió en su mente:
—Ven a casa… apuesto a que puedes llegar. Búscame… usa tu nariz.—¡Llévame donde estás, no seas miserable! —gritó Tlaloc.
No hubo respuesta.
Lo primero que intentó fue teletransportarse hacia donde sentía el origen de la voz… nada pasó.Después intentó volar… teletransportarse otra vez… tampoco.
—¿Qué me pasa? —pensó, angustiado.
Comenzó a caminar.
Salió del callejón.Todo le resultaba extraño… incómodo… nuevo.
—Esto se siente… mmm… tan mundano… —dijo Tlaloc mientras seguía caminando.
Entonces pasó frente a una tienda.
Humanos.Personas entrando y saliendo.
Corrió hacia ella, queriendo preguntar… pero se detuvo en seco.
La puerta de cristal reflejaba su imagen.
Y entonces lo vio.
Su reflejo.
Era un gato.
Simple.Pequeño.Peludo.
Era un michi siamés.








