Caramel Macchiato

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Sinopsis

A veces, las mejores historias comienzan en silencio. Él vive oculto detrás de la fama, atrapado en una vida donde ser perfecto es una obligación. Ella vive una vida sencilla, sirviendo café sin imaginar que el mundo que admira está más cerca de lo que cree. Cuando él entra a su cafetería con el rostro cubierto, no es un idol. Es solo un chico más buscando un lugar donde respirar. Y sin saberlo, ambos comienzan a convertirse en el refugio del otro. . . . Gracias por darle una oportunidad. Espero que esta historia, con olor a nostalgia y café, logre acompañarte y te guste tanto como a mí escribirlas.

Genero:
Romance
Autor/a:
Nunu
Estado:
En proceso
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

I








Mudarse a otro país nunca fue parte sencilla del sueño.

Mucho menos cuando habías pasado toda la vida bajo la protección de alguien más.

Con apenas dieciocho años, Hazel consiguió lo que durante años pareció imposible: una plaza en una de las universidades más prestigiosas de Corea del Sur.

No fue cuestión de suerte.

Hubo madrugadas enteras estudiando idiomas, certificados acumulándose sobre el escritorio, solicitudes enviadas una tras otra y una cantidad incontable de personas diciéndole que estaba apuntando demasiado alto.

Nunca les creyó.

Si ella confiaba en que podía lograrlo, ¿por qué iba a darle más valor a las dudas ajenas que a las propias?

Los primeros meses en Seúl fueron otra historia.

Encontrar trabajo resultó mucho más difícil de lo que imaginó. La matrícula estaba cubierta gracias a la beca, pero la comida, el alquiler y las cuentas no se pagaban solos.

Y con un currículum prácticamente vacío, las oportunidades parecían desaparecer antes siquiera de comenzar.

Durante semanas sobrevivió gracias al dinero que su madre insistía en enviarle cada mes.

Hazel lo aceptaba.

Pero cada transferencia venía acompañada de la misma culpa.

Había cruzado medio mundo para demostrar que podía salir adelante por sí sola.

No quería seguir dependiendo de nadie.

Por eso sintió que el universo, Dios o cualquier fuerza empeñada en equilibrar las cosas finalmente le sonreía cuando consiguió trabajo en Home.

Una pequeña cafetería ubicada a pocas cuadras de la universidad y a solo unos minutos caminando de su departamento.

No era el empleo de sus sueños.

Pero terminó convirtiéndose en el lugar donde aprendió que preparar café también podía parecerse a construir pequeños refugios.

Mientras otros solo veían bebidas, Hazel prefería pensar que estaba preparando pociones mágicas.

Era la única forma de hacer divertida una jornada que casi siempre terminaba oliendo a café recién molido, vainilla y canela.

No todo fue sencillo.

Hablar coreano detrás de una caja registradora resultaba muy distinto a responder exámenes de gramática.

Los nervios le jugaban malas pasadas.

En más de una ocasión confundió pedidos, entregó bebidas equivocadas o tardó demasiado intentando entender a un cliente.

De no haber sido por Mee —su compañera de trabajo y, probablemente, la persona más paciente que había conocido desde que llegó a Corea—, estaba segura de que la habrían despedido durante su primera semana.

Con el tiempo mejoró.

Tres meses después ya podía atender una fila completa sin sentir que el corazón iba a escapársele del pecho.

O al menos eso era lo que le gustaba creer.

Eran poco más de las cinco y media de la tarde.

A esa hora, el sol comenzaba a esconderse entre los enormes edificios de Seúl, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados que parecían mezclarse con el cristal de los ventanales.

Hazel solía detenerse unos segundos para contemplarlo.

Le recordaba que, incluso en una ciudad desconocida, había cosas que seguían siendo iguales.

Aunque aquel día no tuvo ese privilegio.

Mee había intercambiado turno con ella, dejándola a cargo de toda la cafetería durante el horario de mayor movimiento.

Mientras algunos clientes ocupaban las mesas junto a los ventanales, otros esperaban sus pedidos frente al mostrador.

Y Hazel corría de un lado a otro intentando que nadie notara el ligero caos que reinaba detrás de la barra.

En la cocina, el aroma del café recién molido envolvía el ambiente.

Frente a ella, una taza esperaba ser llenada.

Su poción mágica favorita.

El capuchino.

Era una de las bebidas más solicitadas del menú y, después de tres meses, podía prepararlo casi de memoria.

Terminó de espolvorear la canela y acomodó la taza sobre la bandeja.

Justo cuando iba a salir, el sonido de la puerta anunció la llegada de un nuevo cliente.

Apresuró el paso.

Entregó el pedido en la mesa correspondiente y regresó enseguida al mostrador.

Respiró hondo.

Acomodó distraídamente algunos mechones de cabello detrás de la oreja.

Y dibujó la sonrisa amable que reservaba para cada persona que cruzaba la puerta de Home.

—Sea bienvenido a Home. ¿Qué desearía ordenar? —preguntó, con la mirada todavía perdida por un instante en el atardecer que se extendía detrás de los enormes ventanales.

—Hola —respondió el chico, sonriendo detrás del cubrebocas con unos marcados eyesmile—. ¿Qué me recomienda usted?

Hazel dejó escapar una pequeña risa nerviosa.

—Creo no ser la más apta para darle una recomendación —respondió sin apartar del todo la vista del paisaje tras él, manteniendo una voz tranquila, aunque ligeramente distraída—, pero guiándome por los olores que desprenden los cafés, le recomendaría el caramel macchiato. Si desea algo más fuerte puede optar por un expreso.

Fue entonces cuando levantó la mirada.

Por primera vez reparó realmente en el joven que tenía delante.

El cubrebocas ocultaba buena parte de su rostro.

La boina cubría parte de su cabello.

Y el abrigo, varias tallas más grande de lo que parecía necesitar, terminaba por esconder casi cualquier rasgo que pudiera distinguirlo entre la multitud.

Aun así…

Había algo extrañamente familiar en él.

—¿No ser apta? ¿A qué se refiere? —preguntó inclinando ligeramente la cabeza, sin apartar la vista de los ojos avellana de la muchacha.

—Oh, es que… no me gusta el café. —Sonrió con cierta vergüenza—. Disculpe… a veces hablo de más.

El calor comenzó a subirle hasta las mejillas.

¿Por qué había dicho eso?

Trabajaba en una cafetería.

Confesar que no le gustaba el café probablemente era una de las cosas más absurdas que podía hacer frente a un cliente.

—Descuida —sonrió enternecido ante tal aclaración—. Me guiaré de tus recomendaciones y por esta vez probaré el caramel macchiato.

Hazel asintió rápidamente.

—S-si, claro, se lo preparo en unos momentos. —Bajó la cabeza, intentando ocultar la vergüenza que todavía sentía—. Lo querrá para llevar o…

—Si no es mucha molestia, gracias.

—B-bien. ¿Cuál es su nombre? —preguntó mientras tomaba un bolígrafo para escribir el pedido sobre el vaso.

—Solo escriba Park.

Hazel anotó el apellido con rapidez.

—Yap, lo llamaré cuando culmine con su pedido.

Sin añadir nada más, volvió a internarse en la cocina.

El sonido de la máquina de espresso volvió a llenar el silencio.

Mientras la leche comenzaba a espumar, su mente regresó inevitablemente al extraño cliente.

Había algo en él.

No sabía exactamente qué.

Quizá era su voz.

O la tranquilidad con la que hablaba.

O aquella manera tan despreocupada de vestir.

Fuera cual fuera la razón, no conseguía apartarlo de sus pensamientos.

En Corea apenas comenzaba el otoño.

Las mañanas eran frescas.

Las tardes, agradables.

Y los últimos rayos del sol seguían aportando suficiente calor antes de desaparecer por completo.

Por eso le llamó la atención lo exageradamente abrigado que iba.

El abrigo parecía demasiado grueso para septiembre.

Las mangas caían más allá de sus muñecas y la ropa lucía varias tallas más grande de lo necesario.

Como si estuviera intentando esconderse.

O pasar desapercibido.

Hazel sonrió para sí.

Quizá era alguien famoso.

O quizá simplemente era una de esas personas que vestían como querían, sin preocuparse por la estación del año ni por las miradas ajenas.

—Wow… eso sería tan cool… —susurró mientras terminaba de decorar el café.

Ella jamás había tenido ese valor.

Siempre pensaba demasiado en lo que los demás pudieran decir.

En si aquella prenda combinaba.

En si estaba de moda.

En si llamaría demasiado la atención.

Ver a alguien ignorar todo eso le resultaba admirable.

Aunque solo fueran suposiciones nacidas de una primera impresión.

Minutos después salió nuevamente al salón con el caramel macchiato entre las manos.

Llamó al joven por su apellido.

Él se acercó, tomó el vaso con una pequeña inclinación de cabeza a modo de agradecimiento y, tras despedirse, abandonó la cafetería con la misma tranquilidad con la que había llegado.

La puerta se cerró lentamente detrás de él.

El murmullo de los clientes volvió a ocupar el lugar.

El atardecer continuó apagándose al otro lado de los ventanales.

Y Hazel permaneció inmóvil unos segundos, observando el sitio por donde acababa de desaparecer.

Frunció ligeramente el ceño.

Estaba segura de conocer a ese joven.

No sabía de dónde.

Ni cuándo.

Solo tenía la extraña sensación de que aquella no había sido la primera vez que escuchaba esa voz.

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