Chapter 1"Un mal augurio"
Finales de 198X. Tras la llamada Gran Guerra Fría —rebautizada después como “El cementerio de inocentes”— el mundo intentaba levantarse de entre sus propias cenizas.
Comenzaba lo que los historiadores llamarían la época dorada de la industrialización: fábricas rugiendo día y noche, metrópolis expandiéndose como una plaga de acero y la tecnología floreciendo en los rincones más privilegiados. Sobre el papel, la humanidad avanzaba hacia la luz.
Hasta que, tres años después, la inercia se detuvo. Nadie supo explicar el origen ni el motivo, pero el índice de asesinatos se disparó de forma súbita, casi antinatural. Fue como si una sombra hubiera aguardado en silencio, paciente bajo el ruido de las máquinas, hasta reclamar su lugar en la nueva era.
Entre el mar de violencia que estremecía al mundo, surgió una figura que pronto abandonó la realidad para volverse leyenda; un rastro de escenas tan perturbadoras que parecían arrancadas de la peor de las pesadillas.
El Segador Carmesí. Así comenzó a conocérsele, no a través de titulares oficiales, sino por medio de susurros. El nombre se propagó como una infección en la penumbra, viajando de boca en boca hasta que el origen del rumor se perdió en el miedo colectivo. Cada crimen llevaba su firma: cuerpos hallados en callejones tan apartados y sombríos que la luz parecía negarse a entrar... salvo para aquellos que eran arrastrados allí como presas acorraladas.
La composición era siempre la misma: la víctima, con la espalda hundida contra el muro, y tras ella una mancha escarlata extendiéndose como el lienzo de un pintor obsesionado con el caos. Al acercarse, el verdadero horror se revelaba: el torso abierto en un surco limpio desde el cuello hasta el abdomen, dejando los órganos expuestos al aire... salvo uno.
El corazón. Ese nunca aparecía.
Era como si la propia muerte hubiera decidido reclamar su tributo.
Nuestra historia se traslada hacia el extremo sur del planeta, a Kytherra: una tierra de suelos fértiles y clima templado donde la prosperidad brotaba con la misma naturalidad que las flores en primavera. Mientras las naciones del norte aún lidiaban con las cicatrices abiertas de sus guerras, Kytherra —protegida por su aislamiento geográfico y una neutralidad cimentada en la ciencia médica— se permitía el lujo de mirar solo hacia adelante.
Pronto se convirtió en un faro de progreso, alzándose como pionera en el intercambio de bienes y el avance médico. La vida allí fluía bajo un orden casi perfecto; una utopía que el resto del mundo admiraba y que otros, desde la distancia, respetaban por pura necesidad estratégica. En Kytherra, la guerra era un eco lejano, una historia de terror que solo les ocurría a los demás.
Sin embargo, incluso el muro de aislamiento más alto proyecta sombras. Como polillas atraídas por la claridad, las desgracias comenzaron a posarse sobre este oasis, concentrándose en el alma productiva del país: la ciudad de Rosa Blanca.
Rosa Blanca no era solo un enclave estratégico, sino el símbolo vibrante del éxito en la región; el jardín donde florecía el recurso más valioso de la nación y la base sobre la cual se sostenía su prestigio médico. En sus calles impecables, la preservación de la calma se había vuelto una prioridad absoluta. En este entorno de excelencia se alzó una preparatoria, pequeña pero prestigiosa, famosa por ser la cuna de las disciplinas que daban vida a la región: medicina y comercio. No obstante, bajo el ala de estas facultades hermanas, existía una tercera, más silenciosa pero igual de rigurosa: criminología.
Fue en esta última donde comenzó a destacar Roset Valmont, una joven de diecisiete años. Su cabello castaño oscuro, de un brillo profundo, caía hasta su cintura, enmarcando un carácter que, aunque amable y sereno, poseía una firmeza inquebrantable cuando la situación lo exigía. Lo más cautivador, sin embargo, eran sus ojos: de un azul tan claro que parecían haberle robado un fragmento al cielo. Era una mirada que no solo observaba, sino que parecía buscar algo oculto tras la superficie, dejando una huella indeleble en quienes se cruzaban con ella.
Roset vivía bajo una fascinación casi obsesiva por los enigmas, alimentada por un pasado que se negaba a convertirse en olvido. A los ocho años, el mundo tal como lo conocía se detuvo; perdió a sus padres y a su hermano en un suceso que marcó su alma para siempre. Desde entonces, su existencia se había reducido a una sola meta: desenterrar la verdad que le fue arrebatada junto con su familia, sin importar el tiempo o los medios… o eso creía ella.
14 de julio de198X.
Rosa Blanca amanecía envuelta en una energía vibrante. Las calles, bañadas por los primeros rayos del sol, se llenaban con el eco de risas tempranas y el murmullo de quienes abrían sus tiendas o preparaban los puestos del mercado. A lo lejos, los tranvías metálicos —robustos, cromados, en esa frontera estética entre lo clásico y lo futurista— recorrían sus rieles con un silbido grave que marcaba el pulso de la ciudad.
Roset Valmont inició su trayecto desde la primera zona residencial. Solo dos avenidas conectaban su hogar con el bullicio urbano; eligió la principal, donde el camino se elevaba en un puente de piedra de río. Los bloques, de un blanco cenizo que viraba al gris bajo la luz matutina, sorteaban el paso de agua con una elegancia sólida. Desde lo alto, observó la unión del lago pequeño con el grande: una superficie de plata que devolvía el brillo de la mañana antes de desembocar en la Plaza Central. A su derecha quedaba la avenida secundaria, ese trayecto más breve que se perdía bajo la sombra del área boscosa, ocultando el sendero que conectaba discretamente con el sector residencial vecino.
Al dejar atrás la piedra de los puentes y entrar en la plaza, el aroma de los rosales blancos se volvió intenso, mezclándose con la fragancia del pan recién horneado y el café de los locales cercanos. Hacia el sur, la imponente silueta del Gran Hospital General se recortaba contra las montañas; una mole de arquitectura serena que parecía vigilar, con su sola presencia, la salud y el equilibrio de toda la región.
Roset se adentró entonces en la zona comercial. Allí, el aire se volvía más denso, cargado con el rastro áspero del aceite de motor de los talleres mecánicos, donde el trabajo manual contrastaba con las líneas refinadas de los edificios. Esquivando el movimiento de los restaurantes, enfiló el último tramo hacia el extremo este de la ciudad.
Finalmente, allí se erguía la Academia Santa Veridian. Sus muros de piedra lisa y ventanales amplios le otorgaban un aire solemne; una estructura que parecía diseñada para custodiar el conocimiento más que para simplemente impartirlo. Para Roset, aquel recinto era mucho más que un centro de enseñanza: representaba el propósito y la promesa de hallar, al fin, las herramientas necesarias para descifrar las sombras que habían marcado su vida.
Mientras avanzaba por el camino de acceso al campus, levantó la vista hacia el cielo despejado. Sus ojos, de ese azul tan puro que rivalizaba con el firmamento, brillaban con una determinación serena, la misma con la que la ciudad entera parecía avanzar hacia un porvenir lleno de paz.
El sendero, flanqueado por ejemplares jóvenes y faroles de hierro, se extendía en línea recta hasta el límite del complejo, donde el paisaje se transformaba. Allí, dos ejemplares centenarios se alzaban como guardianes silenciosos; sus copas se inclinaban hacia el centro, entrelazando sus ramas para formar un umbral natural que custodiaba el paso hacia un espacio distinto. Tras cruzar aquel arco de follaje y recorrer los últimos metros, se revelaba el edificio principal, cuyas enormes puertas de madera permanecían abiertas de par en par.
Frente al acceso, la vida estudiantil bullía en pequeños grupos que charlaban entre risas, hojeaban apuntes de último momento o compartían el último café antes del primer toque de campana. El murmullo del alumnado se mezclaba armónicamente con el canto lejano de las aves y el zumbido metálico de los tranvías que seguían su curso más allá de los muros de la institución.
Roset estaba tan absorta en la escena que no notó la figura que se aproximaba por detrás.
—¡Roset! —exclamó una voz alegre, justo antes de que unos brazos la rodearan en un abrazo fugaz.
Era Elise Keller. De estatura media y con una sonrisa traviesa que parecía invitar a los problemas en lugar de evitarlos, Elise irradiaba una vitalidad contagiosa. Su cabello corto y ondulado, del color de la miel tostada, brillaba bajo el sol mientras sus ojos inquietos buscaban la reacción de su amiga.
—Una vez más te atrapo con la guardia baja —rio ella—. Eso es un punto más a mi favor.
Roset soltó una carcajada y, lejos de apartarla, se inclinó ligeramente para cargar a su amiga sobre su espalda en un gesto de familiaridad absoluta. Sosteniendo el peso de Elise con naturalidad, respondió sin abrir los ojos:
—Está bien, tú ganas… pero no te acostumbres. La próxima vez no será tan fácil.
—¡Qué cruel! —bromeó Elise mientras Roset la bajaba con cuidado para que pudiera ajustarse la mochila sobre su ropa de tonos cálidos.
—Cruel sería dejarte sin desayuno —replicó Roset. Con un gesto afectuoso, puso una mano sobre la cabeza de su amiga, despeinando ligeramente sus rizos antes de que el mismo movimiento la guiara suavemente a avanzar—. Anda, camina, que si llegamos tarde será por tu culpa.
Elise la miró con una sonrisa pícara, ladeando la cabeza.
—No sería la primera vez, ¿verdad? —remató con tono travieso.
Roset volvió a reír, negando con la cabeza mientras retomaban el paso.
—En serio que a veces eres una mala influencia, ¿sabias?.
Aquella confesión terminó por disolverse en risas mientras ambas avanzaban hacia el acceso principal. Para Roset, esos instantes eran un tesoro: sabía bien que la vida podía arrebatar lo que uno amaba en un parpadeo, y por eso se permitía saborear cada broma y cada risa compartida como si fueran irrepetibles.
A medio camino se les unió una figura alta y pausada, distinguible por su impecable abrigo morado: Liliane Albrecht. De cabello negro y liso que caía con pulcritud hasta la mitad de su espalda, Liliane emanaba una calma académica tras sus lentes rectangulares. Su porte era solemne, pero sus ojos delataban un ingenio mucho más afilado de lo que su apariencia sugería.
Mientras la energía de Elise parecía eléctrica, Liliane aportaba el contrapeso necesario. Entre charlas ligeras y el bullicio de la mañana, Roset pensó que aquel sería un día igual a cualquier otro… sin sospechar que terminaría grabado a fuego en su memoria.
Al atravesar las enormes puertas de madera tallada, el vestíbulo principal las recibió con la majestuosidad de una catedral. El espacio se abría en una coreografía de altas columnas de marfil que se alzaban a ambos lados, sosteniendo arcos que convergían en delicadas bóvedas. La luz del sol se filtraba a través de los ventanales emplomados, tiñendo el aire de matices vivos que otorgaban al recinto una atmósfera irreal.
Los vitrales, con sus intrincados diseños de balanzas, plumas y libros abiertos, proyectaban sobre el suelo destellos que parecían danzar al ritmo de sus pasos. El murmullo constante del alumnado se fundía con el eco de las pisadas sobre los mosaicos pulidos, mientras que, a lo largo de los pasillos, los retratos de figuras históricas y antiguos académicos observaban con una mirada perpetua desde sus marcos dorados.
Sin embargo, aquella solemnidad no resultaba fría. Había en ella una calidez discreta, como si cada piedra y cada arco susurraran que allí la curiosidad era bienvenida y la disciplina se consideraba el más alto de los honores.
De camino al aula, Roset permitía que su mirada recorriera aquellos detalles que, aunque familiares, nunca dejaban de cautivarla. Los grabados minuciosos en los marcos de las puertas y los vitrales que bañaban las baldosas en azul, carmesí y dorado, conformaban un espectáculo que, tras dos semestres, no había perdido ni un ápice de su encanto. Para ella, la Academia ya no era solo un edificio de enseñanza, sino un santuario donde la rutina se entrelazaba con el asombro; un espacio donde cada jornada representaba la oportunidad de seguir puliendo el intelecto y despojar al mundo de sus capas de incertidumbre.
Ya en clase, Roset y sus amigas se dirigieron a su lugar predilecto: la última fila, junto a uno de los amplios ventanales. No solo apreciaban aquel rincón por la libertad para conversar sin ser advertidas, sino porque Roset disfrutaba perdiéndose en la vista exterior mientras procesaba sus apuntes.
Faltaban apenas unos minutos para el inicio de la jornada cuando un estudiante entró apresuradamente, con la respiración agitada. Sus pasos resonaron con fuerza sobre el mosaico y la puerta se cerró tras él con un golpe seco, atrayendo la atención de todos los presentes.
Durante unos segundos permaneció de pie, recuperando el aliento, antes de incorporarse con gesto solemne para soltar la noticia:
—Viene un alumno nuevo. Lo acabo de ver hablando con el profesor en la sala de docentes.
Un murmullo recorrió el aula como una marea. Algunos estudiantes intercambiaron miradas de fastidio por la interrupción de la dinámica del grupo, mientras otros dejaban traslucir una curiosidad inmediata. Roset, desde su posición junto al cristal, frunció el ceño con una intriga silenciosa.
—¿Cómo crees que sea? —preguntó Elise, inclinándose hacia ella con esa chispa habitual en sus ojos.
—Con nuestra suerte —replicó Roset, medio en broma pero sin apartar la vista de la entrada—, seguro es alguien demasiado serio para tu gusto… o tan animado que terminará metiéndonos en problemas antes de que acabe el mes.
Las expectativas quedaron flotando en el aire, cargando el ambiente de una tensión inusual. Todas las miradas se anclaron en la puerta de madera, impacientes por ver quién cruzaría el umbral para unirse a su tercer semestre.
El murmullo se apagó en seco cuando el profesor cruzó el umbral. No necesitó alzar la voz; su sola presencia bastó para imponer silencio. Con una sonrisa burlona, dejó el maletín sobre el escritorio y recorrió el aula con la mirada antes de hablar.
—Como seguramente ya se habrán enterado por Norman —dijo, dedicando un gesto cómplice al estudiante que había dado el aviso—, gracias por el reporte, Norman. Hoy se incorpora un nuevo compañero que viene del extranjero, así que compórtense como humanos y no como animales, por favor… que ya los conozco lo suficiente.
Un estallido de risas recorrió el aula. La broma disolvió la rigidez del ambiente, dejando claro el carisma y la cercanía que el docente mantenía con el grupo.
—Puedes pasar y presentarte —indicó, haciendo una señal hacia la puerta.
El joven que entró provocó un impacto inmediato. No fue solo su presencia, sino la forma en que la luz de los ventanales lo envolvió al dar el primer paso, resaltando un cabello corto y rizado, blanco como la nieve recién caída, que parecía emitir un brillo propio. De estatura media y complexión aparentemente delicada, sus ojos amarillos y felinos analizaban cada rincón con una mezcla de calma y curiosidad, acentuados por unas ojeras que sugerían un cansancio profundo bajo su expresión amable.
El silencio se volvió tan denso que hasta el zumbido lejano de un tranvía resonó como un estrépito en la distancia. Todos lo observaban, conteniendo la respiración, hasta que el joven habló con una voz tranquila, suave y sorprendentemente cálida:
—Es un gusto conocerlos. Mi nombre es Zack Vossler y, como mencionó el profesor, soy de fuera. Vengo de Orvantis; me mudé a Kytherra porque escuché que tienen una de las mejores academias del continente, especialmente en el área de Criminología, una disciplina poco valorada en mi país. Espero que nos llevemos bien… y si en algún momento causo problemas, les prometo que no será mi intención.
La reacción fue instantánea: un par de risas nerviosas y un murmullo que recorrió el salón como una corriente eléctrica. Incluso Roset, que rara vez se dejaba impresionar por las apariencias, sintió un escalofrío leve. No era miedo, ni tampoco atracción; era esa punzada incómoda que surge cuando la cortesía impecable y la sonrisa pícara de alguien parecen no coincidir, por apenas un milímetro, sus palabras no terminaba de encajar .
El profesor, notando que la curiosidad del grupo estaba a punto de desbordarse, levantó una mano para recuperar el control.
—Muy bien, por las caras que están poniendo, mejor los detengo antes de que conviertan esto en un interrogatorio policial —dijo con una media sonrisa—. Guarden las preguntas para después y empecemos con la clase.
Se giró hacia Zack y señaló la parte posterior del salón con un gesto relajado:
—Puedes ocupar cualquiera de los tres asientos de la penúltima fila.
Mientras Zack avanzaba por el pasillo central, las miradas lo siguieron con esa mezcla de fascinación e intriga con la que se observa una pieza extraña en un museo. Algunos estudiantes se inclinaban discretamente para captar mejor los detalles de su apariencia; otros, simplemente, no se molestaban en disimular.
Finalmente, el joven se detuvo en el asiento del extremo izquierdo, justo antes de llegar a la pared. La ubicación lo situaba a escasos pasos de Roset y directamente frente a Elise. Esta última contuvo un pequeño jadeo de entusiasmo, mordiéndose el labio para reprimir una risa nerviosa. Al acomodarse, Zack le dedicó una mirada fugaz, un reconocimiento silencioso que pareció confirmar que no le había pasado desapercibida su reacción.
Roset, desde su posición junto al ventanal, procesó la escena de reojo. No estaba segura de qué le resultaba más inquietante: si la serenidad casi imperturbable de Zack al ser el centro de atención, o la velocidad con la que Elise ya parecía estar trazando su próximo movimiento.
Las primeras cinco sesiones transcurrieron con la cadencia habitual: el rascado de las plumas sobre el papel, el monótono discurso de los docentes y algún bostezo disimulado tras una mano. Sin embargo, el aula tenía un nuevo centro de gravedad; cada tanto, las miradas se desviaban hacia Zack de forma inevitable. Él permanecía sereno y atento, como si nada pudiera perturbar su concentración o, quizás, fingiendo con maestría no notar el escrutinio al que era sometido.
Cuando el reloj marcó las diez, la campana del receso vibró con un eco grave. Un suspiro de alivio colectivo recorrió el salón: el arrastre de las sillas y el golpe seco de las mochilas marcaron el inicio de la pausa, mientras el bullicio de conversaciones inundaba los pasillos en cuestión de segundos.
Para Zack, era el primer respiro en su nuevo entorno. Para el resto, la oportunidad perfecta de abordar al recién llegado. Elise, sentada justo detrás, no perdió un segundo; se inclinó hacia adelante y dio un par de golpecitos juguetones en el respaldo de su silla.
—Oye… ¿tu cabello es realmente blanco natural? —preguntó con los ojos brillantes—. ¡Jamás había visto un color tan bonito!
Zack giró apenas la cabeza, con una sonrisa ligera que aceptaba el juego.
—Sí, es natural. ¿Te gusta? —respondió con voz suave.
—¡Me encanta! —exclamó ella, antes de morderse el labio con una idea repentina—. ¿Puedo… tocarlo?
Tras la petición, Zack soltó una pequeña risa y asintió con un gesto despreocupado. Elise, sin hacerse de rogar, hundió los dedos en los rizos blancos y, en un arrebato de entusiasmo, terminó por revolvérselos con energía.
—¡Es increíble! ¡Parece algodón! —soltó ella, fascinada.
—Me alegra que pase la prueba de calidad —bromeó Zack—. Pero por favor, no me dejes totalmente despeinado; todavía es muy temprano para eso.
—¡Lo siento, lo siento! —se disculpó Elise entre risas, retirando las manos rápidamente.
Aquel gesto fue el puente que el resto necesitaba. Un chico de otra fila, animado por la escena, se acercó y apoyó los codos en el pupitre de Zack.
—¿Y cómo terminaste viniendo a esta escuela? —intervino—. Escuché que, fuera de nuestras fronteras, estudiar aquí se considera algo… bastante intenso.
Zack inclinó la cabeza, evaluando la pregunta, y con amabilidad respondió:
—Tengo un interés profundo en la especialidad y, como dices, se sabe que este lugar es el ideal si buscas un verdadero reto. Quería aprender de los mejores, por así decirlo.
En cuestión de minutos, su pupitre se transformó en el epicentro del aula. Saludos, preguntas sobre Orvantis y bromas ligeras sobre sus ojos se cruzaban en el aire. Zack respondía a todos con una paciencia impecable, integrando a Elise en la charla con miradas frecuentes, como si ella fuera su ancla natural en ese nuevo mundo.
Roset sonrió levemente ante la curiosidad inagotable de su amiga. Sabía que Elise era capaz de convertir cualquier novedad en un juego, así que decidió no darle más vueltas al asunto por el momento.
—Bueno, yo creo que ya es hora de comer —dijo, ajustándose la mochila al hombro—. ¿Vamos?
Liliane asintió con su calma habitual y ambas se alejaron del grupo que aún rodeaba a Zack. Al salir, el aire fresco les acarició el rostro, impregnado con el aroma de pan recién horneado y los guisos que emanaban de los puestos cercanos, abriendo el apetito de cualquiera que cruzara el patio. Detrás de ellas, Elise permaneció junto al recién llegado, inclinada sobre su pupitre como si no quisiera perderse ni un solo segundo de aquella nueva y fascinante conversación.
—Oye, Roset —comentó Liliane mientras bajaban los escalones de piedra que conectaban el patio con el pasillo exterior—. No creo poder terminar sola el trabajo de cálculo. ¿Crees que podrías ayudarme fuera de la escuela?
Roset la miró de reojo, esperando la propuesta completa.
—Podríamos ir a la cafetería que está cerca de la iglesia, en el centro —continuó Liliane con una sonrisa cómplice—. Sé que te encantan los panes que preparan allí, así que… considéralo mi pago por tu tiempo.
Roset giró la cabeza hacia ella de inmediato. Liliane no pudo evitar soltar una risita al ver cómo los ojos azules de su amiga brillaban con una emoción genuina, casi como los de un cachorro al que le prometen su golosina favorita; aquella chispa en su mirada era la confirmación de un trato hecho.
—Realmente te gustan los dulces, ¿no es así? —comentó Liliane, divertida por haber dado en el blanco con tanta facilidad.
El timbre que marcaba el final del receso resonó por todo el campus, arrastrando a los estudiantes de vuelta a las aulas como una corriente inevitable. Las horas siguientes se diluyeron entre el constante sonido de los apuntes y explicaciones densas.
Finalmente, a las tres de la tarde, la campana de salida liberó un torrente de murmullos y pasos apresurados. Los pasillos se inundaron de mochilas y planes para la tarde, mientras la Academia Santa Veridian comenzaba, poco a poco, a vaciarse.
Al salir del edificio principal, Elise no dejaba de parlotear sobre su encuentro con el recién llegado, contagiando su entusiasmo habitual a cada paso.
—Sigo sin creer que a él también le guste esa serie —exclamó con un gesto triunfal—. Al fin alguien con gustos refinados en este lugar.
Roset soltó una pequeña risa y la miró de reojo.
—Vaya, pues perdónanos a Liliane y a mí por no tener gustos tan «sofisticados» como los suyos —replicó con un sarcasmo juguetón.
—Te perdono, Roset —respondió Elise, dándole palmaditas en el hombro—. Aunque tampoco es del todo tu culpa; mis gustos fueron moldeados por mis hermanos, así que juego con ventaja.
Liliane, que caminaba al otro lado escuchando con una sonrisa, aprovechó la mención para intervenir:
—Por cierto, hablando de tus hermanos, ¿cómo se encuentra Joshua? ¿Ya se le pasó la gripe?
—¡Totalmente recuperado! —presumió Elise, dándose un golpecito en el pecho—. Gracias a mis excepcionales cuidados, por supuesto.
—Pero si fuiste tú quien lo enfermó en primer lugar —soltó Roset sin previo aviso, mirándola de golpe ante tal afirmación.
El comentario provocó que Liliane soltara una carcajada repentina, sabiendo perfectamente a qué se refería. Elise, por su parte, se puso roja de inmediato e intentó excusarse agitando las manos.
—¡Que no fue mi culpa! —protestó—. ¡No tuve otra opción que bañarlo con agua fría porque los otros tres decidieron hacerle una broma pesada! Además, ya los regañé como es debido.
Liliane, terminando de reírse, se secó una pequeña lágrima del ojo.
—Siento pena por esos pobres niños —comentó—. Elise da miedo cuando entra en «modo hermana mayor».
—Tienes toda la razón —asintió Roset con fingida gravedad—. Por eso yo prefiero tratarla como a mi hermana menor; es mucho más seguro para todos.
Elise infló las mejillas en un puchero indignado, aunque sus ojos seguían brillando con diversión.
—¡Oye! Que yo no doy tanto miedo... creo —murmuró, aunque su protesta fue interrumpida por la realidad del horario—. Pero bueno, tengo que irme. Papá se va hoy y necesita que le ayude con unas cosas en casa. ¡Nos vemos mañana!
Con un último saludo enérgico, Elise se despidió y tomó el sendero que conducía hacia la salida, perdiéndose entre el ir y venir de estudiantes y el eco lejano de un tranvía que pasaba fuera del recinto.
Por su parte, Roset y Liliane cruzaron entre los dos enormes árboles que flanqueaban la entrada y dejaron atrás el recinto de la Academia. Al entrar en la ciudad, tomaron la avenida principal; el aire allí era distinto, cargado con el aroma de los puestos de flores y ese perfume sutil que se escapaba de las boutiques cercanas.
En la plaza, varios grupos de adultos se concentraban en sus partidas de ajedrez bajo la sombra de los faroles antiguos. Sus voces graves contrastaban con los gritos de los niños que todavía corrían por los alrededores. El sonido de la ciudad era una mezcla constante: el murmullo de la gente y el repiqueteo metálico de los tranvías que marcaban el ritmo de sus pasos.
Entre charlas sobre sus planes para el fin de semana y las dudas de Liliane sobre el trabajo de cálculo, avanzaron tranquilas hacia su destino. Al llegar a la cafetería junto a la iglesia, el olor a pan recién horneado y café las envolvió como una manta tibia. Era un lugar acogedor, iluminado por lámparas de luz ámbar que hacían que te olvidaras del reloj en cuanto te sentabas.
Eligieron una mesa junto al ventanal. Desde allí, el centro de la ciudad se veía como una película en pausa: gente con bolsas de compras, parejas paseando y algún ciclista que pasaba sin ninguna prisa.
Pidieron sus bebidas y bocadillos, y pronto el murmullo suave de los pocos clientes se mezcló con sus propias risas. Entre sorbos de café y migas de pan dulce, la tarde se les escapó de las manos. Cuando finalmente miraron el reloj de pared, se llevaron una sorpresa: ya eran las diez y media de la noche.
Afuera, el bullicio de la tarde había desaparecido. Las calles ahora pertenecían a otros: trabajadores que volvían a casa tras una jornada larga, jóvenes caminando sin rumbo fijo y vendedores que montaban discretamente sus puesto para la noche. Las farolas proyectaban halos dorados sobre los adoquines, que brillaban por la humedad, haciendo que la ciudad pareciera respirar en un silencio pausado.
—¡Carajo! ¿Ya es tan tarde? —exclamó Roset, mirando el reloj con los ojos muy abiertos.
—Tienes suerte… a mí me va a regañar mi madre —murmuró Liliane, resignada ante el sermón que ya podía escuchar en su cabeza
—Como si no pudieras librarte diciendo que estábamos estudiando —replicó Roset, inflando las mejillas en un puchero exagerado—. Además, vives mucho más cerca que yo.
—Jajaja, touché —respondió Liliane, con una sonrisa que era más de victoria que de aceptación.
Con las tareas terminadas y ya frente a la puerta de la cafetería, las dos chicas se detuvieron. Al salir, el aire nocturno las golpeó de golpe; era un contraste seco y estimulante frente al calor denso y dulzón que habían dejado atrás, entre las lámparas ámbar y el vapor del café.
Liliane, antes de separarse, le lanzó una mirada seria a su amiga.
—Ve con cuidado, ¿de acuerdo?
Roset asintió con una sonrisa ligera, aceptando el consejo sin discutirlo. Se despidieron con un gesto rápido y Liliane se alejó en dirección contraria, perdiéndose calle abajo.
Roset emprendió su propio camino. Ahora que estaba sola, las luces de la ciudad parecían brillar con más intensidad sobre los adoquines húmedos. El parpadeo intermitente de un farol roto y el chirrido metálico de unos cables de alta tensión balanceándose por el viento acompañaban sus pasos, marcando el compás tranquilo de la noche. Avanzaba con las manos en los bolsillos de su chaqueta, dejando que el eco de sus botas sobre el suelo de piedra fuera el único sonido constante en la acera. Las farolas proyectaban sombras largas que se estiraban y encogían a su paso, mientras el frescor de la noche mantenía sus sentidos alerta.
A lo lejos, una figura apareció caminando en dirección contraria. Era un hombre alto y delgado, con un abrigo café oscuro que le caía sobre los hombros y un gran estuche rectangular colgado a la espalda. Su andar era pausado, como si no tuviera prisa alguna. El cabello rubio, desordenado por la brisa, enmarcaba un rostro inclinado hacia el suelo, mientras la sobriedad de su camisa negra asomaba bajo el abrigo. Todo en él proyectaba una calma que se sentía fuera de lugar.
Cuando pasaron uno al lado del otro, el hombre se detuvo.
—Es bastante tarde para que una chica como tú esté fuera a estas horas —comentó. Su voz era grave y tranquila, cargada de un matiz difícil de definir.
Roset se detuvo también, pero no se giró.
—No era mi intención estar fuera hasta tan tarde —respondió con tono neutro, manteniendo la vista al frente.
El silencio que siguió fue absoluto. El ruido de la ciudad pareció apagarse por un instante, como si el entorno hubiera decidido contener la respiración.
—Entonces… ¿qué excusa vas a dar si algo te pasa? —dijo él, con una calma que rozaba la provocación.
La pregunta le pinchó el orgullo. Roset giró bruscamente sobre sus talones para enfrentarlo, pero el aire se le atascó en la garganta. El hombre estaba allí, a apenas un paso de distancia. Podría jurar que, un segundo atrás, estaba mucho más lejos.
La observaba con unos ojos ámbar de párpados caídos pero penetrantes, como si estuviera memorizando cada rasgo de su rostro. Había en su mirada una paciencia inquietante; la de alguien que no tiene prisa por obtener respuestas porque cree que ya las conoce. Roset frunció el ceño, apretando los puños dentro de sus bolsillos para ocultar el ligero temblor de sus manos.
Una leve sonrisa, apenas un movimiento de comisuras, apareció en el rostro del extraño.
—Perdona… no era mi intención asustarte.
—No importa —soltó ella, deseando cortar la conversación.
Dio un paso para alejarse, pero antes de que pudiera reaccionar, él extendió una mano y tomó un mechón de su cabello. El roce fue tan ligero que apenas lo sintió, pero bastó para que un escalofrío helado le recorriera la nuca. El hombre acercó el mechón a su rostro y cerró los ojos, aspirando el aroma con una parsimonia que hizo que a Roset se le erizara la piel.
—Como creía… —murmuró, casi para sí mismo—. Huele bien.
Roset se quedó inmóvil, de piedra. Él soltó el cabello, dejando que cayera con suavidad sobre el hombro de la chica, y sin decir nada más, retomó su camino. El estuche rectangular se balanceaba levemente a su espalda mientras su figura se desdibujaba, poco a poco, en la oscuridad de la avenida.
Ella permaneció allí, clavada en los adoquines. El aire que finalmente entró en sus pulmones se sentía liberador, pero era incapaz de sacudirse la sensación de que algo invisible se le había quedado pegado a la piel.
Tras dejar atrás aquella escena y retomar su camino, Roset sintió cómo el agotamiento finalmente le pasaba factura. No era solo el peso de la mochila o el ardor en sus pies tras la larga caminata desde la Academia; era el desgaste psicológico. El encuentro con aquel hombre había drenado sus energías, dejándola con una tensión residual que la empujaba a querer llegar a casa cuanto antes. Al acercarse a la Plaza Central, miró por encima del hombro: ya no había rastro del extraño y el mundo parecía haber recuperado su pulso normal.
A diferencia de la soledad irreal de hacía unos minutos, la ciudad seguía viva. En la plaza, vio a los últimos grupos dispersándose y escuchó el eco de las conversaciones de quienes aún se resistían a terminar la noche. Ante ella se abrían las dos avenidas que nacían de la plaza hacia las zonas residenciales. La primera, su ruta habitual, implicaba un rodeo más largo pero mejor iluminado. La segunda, en cambio, cortaba directamente hacia su sector, ofreciendo un trayecto mucho más corto.
—Ya se fue… y no voy a dar toda la vuelta solo por un susto. Necesito descansar —murmuró, ajustándose la correa de la mochila.
Elegir la segunda avenida fue una decisión dictada por la pura fatiga. Giró hacia la izquierda, adentrándose en la vía. A medida que avanzaba, el bullicio de la plaza quedó atrás, sustituido por el murmullo de los televisores y las luces que se filtraban por las ventanas. Sin embargo, conforme se alejaba de la arteria principal y se internaba en las calles que conectaban los bloques residenciales, el aire comenzó a espesarse. La luz de los faroles parecía más tenue, como si la noche se volviera más cerrada en los puntos ciegos de la zona.
Entonces lo escuchó: un grito ahogado.
Fue un sonido seco, tan breve que por un segundo dudó de sus propios oídos. ¿Había venido de la siguiente calle o era su mente proyectando el eco de su nerviosismo? Roset se detuvo en seco, sintiendo el corazón golpear contra sus costillas. Era demasiada coincidencia que algo así ocurriera justo cuando ella pasaba por allí.
Intentó convencerse de que era el cansancio jugándole una mala pasada, pero su cuerpo reaccionó antes que su lógica y sus pasos se aceleraron. Tras doblar una esquina estrecha para cortar más camino, se encontró de frente con un callejón largo y sin salida. La penumbra allí era casi total, y el frío que emanaba de las paredes de piedra hizo que el instinto de peligro, aquel que había desarrollado gracias a sus estudios, se encendiera como una alarma roja en su cabeza.
Entonces lo percibió: un olor metálico, ferroso y penetrante, como el de una herramienta oxidada bajo la lluvia. Roset frunció el ceño. No supo identificarlo de inmediato, pero le provocó una aspereza en la garganta que volvía el aire casi irrespirable. Sabía que debía seguir de largo, pero algo en ella —esa curiosidad que tantas veces la había metido en problemas— la ancló al suelo.
Un sonido apagado, como un golpe suave contra metal, resonó en la oscuridad. Su mente buscó explicaciones racionales: un gato hurgando en la basura o quizá un perro callejero. Nada que no pudiera manejar. Pero si era algo más… no podía marcharse sin saberlo.
Avanzó despacio, notando cómo la penumbra se cerraba a su alrededor. De pronto, sintió algo extraño bajo la suela de su bota: una textura pegajosa y fría. Al bajar la mirada, distinguió un charco oscuro, imposible de identificar con la escasa luz del callejón. Siguió el rastro con la vista hacia el fondo… hasta que notó algo.
Apoyada contra la pared, con la cabeza caída, se divisaba una figura humana. Por un instante, Roset pensó que se trataba de un ebrio que se había perdido de camino a casa. Se acercó un paso más y la forma comenzó a definirse con una claridad aterradora. Lo que vio la detuvo en seco, clavándole un nudo de hierro en la garganta.
Ante ella yacía un cuerpo abierto de forma quirúrgica y brutal, desde el cuello hasta el abdomen. Los órganos estaban expuestos, brillando bajo la luz mortecina, pero faltaba algo: el corazón había desaparecido. El torso abierto parecía un libro al que le hubieran arrancado sus páginas más íntimas, y el hueco negro y vacío en el centro del pecho resultaba más perturbador que la sangre misma.
El charco oscuro se extendía lentamente por los adoquines, y las paredes del callejón devolvían un reflejo húmedo y macabro. El silencio se volvió tan absoluto que incluso el goteo constante de la sangre sobre el suelo parecía ensordecedor.
El estómago de Roset dio un vuelco violento y un escalofrío eléctrico le recorrió la espina dorsal; sus ojos, fijos en el horror, se negaban a apartarse. Quiso dar un paso atrás, pero sus piernas no respondieron. El instinto le gritaba que corriera, que huyera de esa visión infernal, pero su cuerpo estaba bloqueado por un shock hipnótico.
El frío del callejón se intensificó, volviéndose gélido, y un silencio ominoso se instaló a su alrededor, como si la ciudad misma hubiera decidido apartar la vista. Roset estaba allí, sola, enfrentada al rastro de una atrocidad que jamás esperó presenciar; pero lo peor no era el cadáver, sino la certeza de que el asesino podía estar todavía allí.
Intentó retroceder de nuevo, pero un escalofrío le recorrió la espalda como si una advertencia invisible la atravesara. Entonces, en mitad del silencio, percibió un leve golpeteo metálico, rítmico, que descendía desde lo alto. No tuvo tiempo de buscar su origen.
De pronto, una figura cayó desde la azotea con una precisión inhumana, aterrizando justo delante del cadáver. El impacto agitó el charco de sangre violentamente, salpicando en todas direcciones y manchando el suelo con nuevas gotas oscuras. La tela de su capa se abrió de golpe, como alas negras desgarradas, antes de plegarse de nuevo contra su cuerpo, mientras el hedor metálico de la sangre fresca inundaba el aire.
La capucha profunda proyectaba una sombra impenetrable, y el cuello alto y rígido de su abrigo ocultaba cualquier rasgo de su rostro. Entre ambos, lo único visible era un par de ojos rojos que brillaban en la penumbra, fijos en Roset como los de un depredador que evalúa a su presa. La figura permaneció agachada unos segundos, inmóvil, como si midiera la distancia entre ambos. Luego comenzó a incorporarse lentamente… y fue entonces cuando Roset se dio cuenta de su verdadera estatura. Era enorme, fácilmente un metro noventa, y su sola presencia parecía llenar el estrecho callejón. El abrigo, largo y de líneas angulosas, caía hasta las botas altas, y en sus costados se adivinaban bolsillos ocultos entre los pliegues.
Entre la capa, el cuello y la capucha, no había forma de distinguir un solo rasgo más allá de esos ojos que no parpadeaban. De entre los pliegues surgió lo que parecía una hoz, su filo captando un destello fugaz de la escasa luz. Roset sintió que cada músculo de su cuerpo se tensaba, consciente de que cualquier movimiento en falso podía sellar su destino.
El instinto de supervivencia se impuso al shock. Sin pensarlo más, salió corriendo a toda velocidad, sin voltear atrás, atravesando el callejón de vuelta y adentrándose en las calles estrechas y laberínticas de la zona residencial, con el corazón golpeándole en el pecho y la adrenalina recorriendo cada fibra de su ser. Sabía que esa cosa podría alcanzarla en cualquier momento, así que, como un escudo desesperado contra el terror, murmuró entre jadeos:
—No hay de otra… lo que sea que Dios quiera.
El eco de sus pasos se mezclaba con su respiración agitada. Ya no escuchaba el golpeteo metálico ni sentía aquella mirada roja clavada en su espalda. Por un instante, creyó haberlo dejado atrás.
El corazón le seguía golpeando las costillas con fuerza y sus pulmones ardían, pero no se detuvo. Corría casi a ciegas por las calles laterales hasta que, de pronto, un tirón firme en el brazo la hizo perder el equilibrio. Alguien la arrastró hacia la penumbra de un recoveco, interponiendo su propio cuerpo para amortiguar la caída. La espalda de su captor golpeó contra el muro mientras la envolvía contra su pecho, y una mano le cubrió la boca de inmediato para ahogar cualquier sonido.
El susto la paralizó por completo. Quedaron agachados en la oscuridad, resguardados en ese rincón. Roset estaba a punto de forcejear cuando una voz, apenas un soplo calmado cerca de su oído, susurró:
—No grites.
Roset giró la cabeza lo justo para ver a quien la retenía. Al encontrarse con el cabello blanco y el destello amarillo de sus ojos, lo reconoció de inmediato: era Zack, que vigilaba el entorno asegurándose de que nadie los viera. A ras de suelo, la diferencia de estatura desaparecía; él la mantenía firme contra su pecho, resguardándola en el ángulo de la pared con un control absoluto. El simple hecho de saber que era él, interponiéndose entre ella y lo que la perseguía, bastó para que su respiración comenzara a estabilizarse.
Incapaz de reaccionar de inmediato, Roset asintió levemente, obedeciendo la advertencia. El miedo seguía latiendo en su pecho, pero la serenidad del chico pareció filtrarse en ella como un bálsamo inesperado. Esperaron en un silencio absoluto hasta que la tensión más urgente pareció disiparse.
—Tranquila… —murmuró él con voz suave pero segura—. No pasará nada mientras estés conmigo.
Roset parpadeó, sorprendida por la templanza del chico. Poco a poco, la adrenalina comenzó a bajar, aunque su mente seguía atrapada en las preguntas que no se atrevía a formular: ¿Quién era él exactamente en realidad y cómo sabía que estaba en peligro?
Zack suavizó su agarre y, con un gesto cuidadoso, le ayudó a levantarse tomándola de la mano para guiarla fuera de las sombras. Aunque la tensión seguía vibrando en el aire, la forma en que sus manos se entrelazaban transmitía una cercanía imprevista; era un apoyo silencioso que, en ese instante de vulnerabilidad, ambos parecían necesitar.
No tomaron el camino de regreso hacia la Plaza Central. En su lugar, Zack la condujo por un corredor estrecho que serpenteaba entre casas bajas y jardines cerrados. Las ventanas apagadas de las viviendas parecían ojos que los observaban en un silencio cómplice, mientras el aire gélido los empujaba a apresurar el paso.
—¿Qué… qué haces aquí? —preguntó Roset, todavía con la respiración entrecortada y la garganta ardiéndole por la carrera.
Zack la miró de reojo sin soltar su mano. En su rostro apareció una media sonrisa, extrañamente tranquila para el caos que acababan de dejar atrás.
—Podría preguntarte lo mismo…
Doblaron una esquina donde el asfalto cedía el paso a unos adoquines irregulares que bajaban en pendiente hacia la zona residencial. Roset exhaló un largo suspiro, intentando recuperar la compostura antes de hablar:
—Salí de la cafetería y… pensé que ganaría tiempo si cortaba por los callejones. Estaba cansada y no quería dar toda la vuelta, pero me salió el tiro por la culata. Tu turno.
—Yo vivo cerca —explicó Zack, guiándola con paso firme hacia un pasaje más ancho—. Estaba en la cabina hablando con mi tío. Como queda justo en la plaza, te vi de reojo cuando te metiste en el callejón.
Pasaron junto a un muro cubierto de enredaderas que crujían con el viento. Zack continuó con naturalidad:
—No le di mucha importancia… pero unos minutos después escuché un grito. Me preocupé y salí corriendo para ver qué pasaba. Y bueno, así llegamos a esto.
Roset lo observó en silencio mientras caminaban. A pesar de todo lo que había pasado, Zack se movía con una claridad y rapidez que no encajaban con la imagen del chico despreocupado que proyectaba en la Academia. Ahora la guiaba con una seguridad que le resultaba extrañamente tranquilizadora, aunque una parte de ella no podía evitar preguntarse si realmente todo había sido fruto del azar.
El pasaje desembocó en una calle más amplia, bordeada por muros traseros y portones de servicio: la parte posterior de la primera zona residencial. Desde allí, podían ver a lo lejos las luces vibrantes de la avenida principal, aunque todavía las separaban varias manzanas.
La luz cálida de los faroles y el murmullo de un televisor encendido tras una ventana cercana hicieron que Roset respirara con más tranquilidad.
—Gracias… —susurró, apenas audible, mientras retiraba lentamente su mano de la de Zack.
—No hay de qué —respondió él, con una sonrisa apacible. Luego, su tono se volvió más serio—. Solo… ten más cuidado la próxima vez. Estos callejones no son lugar para andar sola, especialmente de noche.
Roset asintió, todavía buscando las palabras. La figura de Zack se recortaba contra la penumbra iluminada, y por un momento todo parecía normal… salvo por el recuerdo del callejón, el olor ferroso y aquellos ojos rojos que aún ardían en su memoria.
—Por cierto… ¿no te habías mudado hace nada? ¿Cómo sabías por dónde ir? —preguntó ella con una curiosidad que no pudo contener.
—Ah, es verdad —respondió Zack con un gesto pensativo—. No estabas cuando todos se me acercaron a bombardearme con preguntas.
Roset tuvo un pequeño sobresalto, más por la precisión de la observación que por su tono.
—Ammm… sí, no me parecía tan urgente hablarte en ese momento. Perdón —admitió ella con cierta torpeza—. Aunque, como excusa, había demasiada gente, así que tampoco era fácil acercarse.
Zack ladeó la cabeza y la observó unos segundos en silencio, hasta que de pronto soltó una risa ligera.
—Jajaja, sí, tienes razón. Responder a todo eso fue agotador; en cierto modo, te agradezco que no estuvieras ahí. Fue toda una batalla. —Su tono era animado y su sonrisa, esta vez, parecía del todo sincera.
Con un gesto más pausado, añadió:
—De todas formas, no soy tan nuevo. Llevo algunos meses viviendo aquí. Me estoy quedando con mi tío, que tenía que resolver unos asuntos antes de que empezaran las clases.
—Ya veo… —respondió Roset, asintiendo. En silencio, no pudo evitar pensar: «Vaya... sí que es fácil hablar con él».
—Bueno… creo que aquí nos separamos —dijo Zack, haciendo una breve pausa antes de añadir—. ¿No quieres que te acompañe hasta tu puerta?
Roset sonrió con suavidad y negó con la cabeza.
—No te preocupes. Ya no pienso meterme en problemas; iré por donde haya luz y gente.
—Está bien —aceptó él, aparentemente aliviado pero con un rastro de preocupación en la mirada—. Entonces… nos vemos mañana.
—Nos vemos —repitió Roset, levantando la mano en un gesto de despedida.
Zack respondió con una última sonrisa y se giró en dirección a la avenida principal. Roset se quedó un momento allí, observando cómo su figura se alejaba por la acera siguiendo la hilera de faroles, hasta que la distancia y la luz lo fueron desdibujando entre el tráfico disperso de la noche. Por un momento, todo parecía haber vuelto a la normalidad… aunque, en el fondo, sentía que nada volvería a ser igual.
Roset dejó escapar un suspiro largo, como si con él intentara expulsar el miedo que aún le pesaba en el pecho. Se llevó las manos al rostro, apretando los párpados como si pudiera borrar la imagen del callejón de un solo gesto.
—Realmente necesito un baño —murmuró para sí, y una sonrisa cansada se le escapó a pesar de todo.
Apenas dobló la última esquina, la familiar silueta de su casa apareció frente a ella. Estaba situada justo en el límite trasero de la primera zona residencial, con la fachada posterior dando directamente hacia la segunda. Aquella ubicación explicaba por qué, de vez en cuando, optaba por cruzar los bloques vecinos para acortar camino; aunque esa noche había sido todo menos una ventaja.
Se acercó a la puerta trasera, la abrió con cuidado y entró sin hacer ruido, dejando que la penumbra del hogar la envolviera. El calor familiar y el silencio absoluto del interior comenzaron a devolverle la normalidad que tanto ansiaba. Dejó sus cosas a un lado y fue directo al baño; necesitaba quitarse de encima el sudor, la tensión y, sobre todo, el rastro invisible de aquel encuentro.
El agua tibia, resbalando por su piel, no solo arrastraba el cansancio físico, sino también la sensación pegajosa y gélida que parecía habérsele quedado adherida en el callejón.
Ya más tranquila, se secó, se puso ropa cómoda y se dejó caer sobre la cama. El murmullo lejano de la calle se fue desvaneciendo poco a poco, y su respiración comenzó a acompasarse con el lento parpadeo de sus ojos. Con cada segundo, el agotamiento la fue envolviendo como una manta cálida que la invitaba a rendirse.
El techo se volvió borroso, sus pensamientos se tornaron difusos… y finalmente, Roset se dejó llevar por el sueño.
Un chillido desgarrador la sacudió.
Roset abrió los ojos de golpe y, de pronto, estaba de nuevo en el callejón. El aire, denso y viciado, se adhería a su piel como una membrana húmeda. El hedor metálico la golpeó con tal violencia que se cubrió la nariz instintivamente, intentando filtrar aquel aroma que le revolvía el estómago. A su alrededor, la penumbra parecía retorcerse, como si las sombras mismas tuvieran pulmones y vida propia.
El cuerpo mutilado seguía allí, pero ahora los ojos del cadáver estaban abiertos. La miraban fijos, vidriosos, lanzando una súplica muda que le heló la sangre. Roset retrocedió, y cada pisada sobre el suelo húmedo devolvió un eco hueco que no parecía pertenecerle a ella, sino a algo que caminaba a su lado.
Entonces lo oyó: el arrastre del metal. Un sonido áspero, de cuchilla raspando la piedra, que avanzaba lentamente. Cada raspón marcaba el ritmo de su terror como un reloj fúnebre, contando los segundos de su condena.
La figura emergió detrás de ella. Alta, imponente, con la capucha y el cuello rígido devorando cualquier rastro de humanidad. Arrastraba la hoz a su costado, dejando un rastro de sangre que goteaba en intervalos rítmicos; cada gota estallaba contra el suelo con la fuerza de un latido macabro. El eco metálico se multiplicaba en las paredes estrechas, como si el callejón entero se burlara de su impotencia.
Roset intentó correr, pero sus pies estaban clavados al suelo. Sus músculos temblaban y su respiración se quebraba en espasmos. El callejón comenzó a deformarse, alargándose y estrechándose a la vez, como una garganta que quisiera tragársela. A lo lejos, el aullido de un perro se fundió con un grito humano distorsionado, mientras algo sin rostro ni forma se deslizaba por las paredes, acechando. La sensación de peligro crecía, duplicándose y triplicándose hasta que el aire mismo se volvió una fuerza que la empujaba hacia el abismo.
Un jadeo desesperado escapó de su garganta, pero no produjo sonido alguno. El miedo la había silenciado por completo. La pesadilla la arrastraba de nuevo al fondo del horror, como si el callejón y la figura de los ojos rojos no tuvieran la más mínima intención de dejarla escapar jamás.
Roset despertó de golpe, jadeando y con el corazón desbocado. La luz tenue de la madrugada se filtraba por la ventana, dibujando líneas pálidas y frías sobre las paredes. Por un instante, la confusión y el miedo la envolvieron de nuevo, como si las garras del sueño se resistieran a soltarla.
Permaneció acostada, apretando los párpados con fuerza y hundiéndose el rostro en las manos. El eco de la hoz raspando el suelo y la mirada ardiente de aquellos ojos rojos seguían grabados en su mente, tan vívidos que casi podía sentir el aire denso del callejón pesando en sus pulmones. Se quedó así durante varios minutos, respirando hondo, obligando a su pulso a recuperar un ritmo normal y convenciéndose de que, finalmente, estaba a salvo.
Bajó las manos y soltó un bufido cargado de ironía.
—Me tienes que estar… ¿Cómo es posible que mi sueño haya sido peor que lo que realmente pasó? Genial, empezamos bien —murmuró para sí misma.
Con un suspiro, se incorporó lentamente, como si cada movimiento fuera un esfuerzo físico por sacudirse los restos de la pesadilla. Se dirigió al baño y dejó que el agua fría sobre su rostro disipara el último rastro de aquel ambiente opresivo.
A partir de ahí, se aferró a su rutina matutina como si fuera un salvavidas. Cada gesto —lavarse los dientes, peinarse, vestirse y ajustarse la bufanda— se convirtió en un acto de resistencia contra la oscuridad de la noche anterior. Mientras se miraba en el espejo, su mente intentaba separar los hechos reales de las distorsiones de su subconsciente, usando la rutina como un ancla para no derivar hacia el pánico.
Al salir por la puerta principal, el aire fresco de la mañana le llenó los pulmones, limpio y renovado, barriendo el recuerdo del olor a óxido. Las calles de Rosa Blanca comenzaban a llenarse de estudiantes con mochilas y transeúntes apresurados. El bullicio, lejos de incomodarla, le resultaba tranquilizador: era la prueba irrefutable de que el mundo seguía girando y de que ella seguía formando parte de él.
De camino por la avenida principal, Roset decidió evitar cualquier distracción hasta alcanzar el campus. Una vez allí, el sendero se extendía recto ante ella; el suelo de piedra clara resonaba bajo sus botas y los pequeños bancos de hierro a los lados servían de refugio para estudiantes que descansaban o hojeaban sus libros. A lo lejos, los dos grandes árboles de la entrada se alzaban como centinelas, marcando el umbral hacia el recinto académico.
Al cruzar entre ellos, el imponente edificio apareció frente a ella, solemne y familiar, con sus amplios ventanales devolviendo el reflejo de la luz dorada del sol. El murmullo constante de las charlas y el repiqueteo de los pasos sobre el empedrado le recordaron que, a pesar de la brutalidad de la noche anterior, la vida seguía su curso y ella debía concentrarse en su jornada.
Roset respiró hondo, ajustándose la bufanda y hundiendo las manos en los bolsillos para protegerse del frío remanente. Avanzó por la avenida interna del campus con paso firme, saludando con un leve gesto a algunos compañeros que se cruzaban en su camino. Cada saludo era automático, casi mecánico, pero cumplía su función: recordarle que pertenecía a algo más grande que sus propios miedos.
Frente a la entrada principal, el aroma a café recién hecho y pan horneado de las cafeterías cercanas le arrancó una pequeña sonrisa, un placer cotidiano que se sentía como una victoria sobre el horror. Con un último aliento para armarse de valor, cruzó las puertas de la academia y se adentró en el vestíbulo, dispuesta —o al menos intentando convencerse de ello— a enfrentar un nuevo día.
Avanzando por los pasillos sin detenerse y con la mirada fija en la puerta de su aula, Roset no tenía ánimos para distracciones. Lo único que deseaba era sentarse y dejar que la rutina la arrastrara lejos de las imágenes que todavía daban vueltas en su cabeza. Giró el picaporte y, apenas dio un paso al interior, una voz resonó demasiado cerca de su oído:
—¡Buuu!
El corazón de Roset dio un brinco violento y, casi por instinto, dejó escapar un pequeño grito que resonó en el aula vacía. El sonido fue tan inesperado que incluso Elise, autora de la broma, se sobresaltó y abrió los ojos como platos, llevándose una mano al pecho.
—¡Oye, Roset! —exclamó, genuinamente sorprendida—. ¿Qué sucede? Es la primera vez que logro asustarte de verdad…
Roset respiraba de forma agitada, con la mano presionando su pecho como si intentara mantener el corazón en su sitio. Tardó unos segundos en recomponerse antes de bajar la mirada, apenada.
—Lo siento… no quise preocuparte. Es que… tuve un mal sueño anoche y todavía me siento un poco extraña.
Los ojos de Elise se suavizaron al instante, perdiendo toda su picardía. Sin pensarlo dos veces, dio un paso adelante y rodeó a Roset con un abrazo frontal, apretándola con fuerza, como si quisiera resguardarla de cualquier cosa que pudiera dañarla.
—No pasa nada, estoy aquí —dijo con una dulzura que sonaba a promesa—. No voy a dejar que nada te lastime.
Roset, al principio rígida por la sorpresa, dejó que el calor del gesto la reconfortara poco a poco. Su respiración se calmó y, agradecida, alzó una mano para acariciar suavemente la cabeza de Elise en un gesto breve pero sincero.
—Gracias, Elise. Contigo… me siento más segura.
Elise se separó apenas lo suficiente para mirarla a los ojos y regalarle una sonrisa cálida, una de esas que parecen iluminar más que la propia luz de la mañana. Fue en ese instante cuando Liliane apareció en el marco de la puerta, deteniéndose en seco al ver la escena.
—¿Y esto? —preguntó, arqueando una ceja con una sonrisa pícara—. ¿Por qué tan dulces desde tan temprano?
Roset, todavía entre los brazos de Elise, parpadeó confundida, como si su mente intentara procesar la interrupción.
—Eh… no lo sé… simplemente pasó —respondió con torpeza.
—Oh, entiendo —dijo Liliane con naturalidad, avanzando unos pasos.
Pero antes de que Roset pudiera reaccionar, Liliane se unió al gesto, rodeándola también con los brazos en un abrazo repentino y envolvente. Atrapada entre ambas, Roset se quedó inmóvil, sintiendo cómo el calor de sus dos amigas la protegía por completo. Sus mejillas comenzaron a arder, y no sabía si era por la sorpresa o por la pura vergüenza.
—¿Y eso por qué fue? —preguntó en voz baja, más desorientada que otra cosa.
Liliane la miró divertida, con una chispa traviesa en los ojos.
—Pues… solo porque quería hacerlo.
Elise soltó una pequeña risa y, sin soltar del todo a Roset, añadió con tono ligero:
—Bueno, parece que hoy te tocó doble dosis de cariño.
Roset bajó la mirada, intentando ocultar el sonrojo que se extendía por su rostro. No encontraba palabras, pero en el fondo sentía una certeza reconfortante: con ellas dos a su lado, incluso las noches más oscuras se volvían un poco más llevaderas.
Un salto en el tiempo bastó para dejar atrás la escena en la puerta. Ahora las tres estaban en sus respectivos asientos, conversando de manera casual mientras el aula se llenaba poco a poco. El murmullo constante de los estudiantes y la calidez de la mañana recuperaban su ritmo habitual. Roset, sin embargo, permanecía más callada de lo normal; su mirada se perdía entre los pupitres, volviendo una y otra vez al asiento vacío de Zack, como si su ausencia tuviera un peso propio.
Entonces, un pensamiento incómodo se abrió paso en su mente: ¿Cómo era posible que todo siguiera tan normal? Nadie murmuraba nada, no había revuelo ni el más mínimo rumor sobre lo ocurrido en el callejón. Era como si la noche anterior no hubiera existido.
La única explicación lógica que encontraba era aterradora: la figura encapuchada debía haber limpiado la escena con la misma precisión con la que había aparecido. Esa idea le heló la sangre. No solo se enfrentaba a algo letal, sino a alguien extremadamente cuidadoso. Una parte de ella deseaba, con todas sus fuerzas, que nada de aquello hubiera sido real.
Pasaron apenas unos minutos cuando la puerta se abrió. Zack entró con paso tranquilo, saludando a los presentes con una naturalidad impropia de un recién llegado.
—¡Buenos días! —dijo con una sonrisa ligera, alzando la mano en un gesto relajado.
Varios estudiantes respondieron con entusiasmo; algunos incluso le dedicaron palabras amistosas como si lo conocieran de toda la vida. Él correspondía a cada gesto con la misma cercanía, irradiando una confianza contagiosa. Roset lo observaba en silencio, presa del desconcierto. La facilidad con la que Zack se desenvolvía frente a todos contrastaba violentamente con la oscuridad de la noche anterior. Justo antes de apartar la vista, él giró la cabeza y sus ojos amarillos se encontraron con los de ella. No hubo palabras, solo un destello fugaz que Roset no supo interpretar… pero que la dejó con más preguntas que respuestas.
Antes de que Zack llegara a su sitio, Elise no pudo contener su energía.
—¡Zack! —exclamó, levantando la mano con entusiasmo..
—¡Buenos días, Elise! —respondió él, con la misma intensidad.
Con paso ligero, se dirigió a su pupitre. Apenas se acomodó, Elise apoyó los codos en el respaldo de su silla para seguir la conversación. Entre risas y gestos, ambos comenzaron a platicar como viejos amigos.
—Oye, ¿y qué te pareció mi recomendación? —preguntó Elise con curiosidad.
—Me sorprende no haber sabido de esa serie antes —confesó Zack, sonriendo con sinceridad—. Tenías razón, es realmente divertida.
Roset los observaba desde la distancia. La calidez de la escena la fue envolviendo, arrancándole una sonrisa suave; había algo tan inocente en ellos que le recordaba a dos niños riendo, ajenos a cualquier preocupación. Por un instante, se permitió creer que la normalidad finalmente la había alcanzado, aunque esa espina de sospecha siguiera clavada en un rincón de su mente.
Fue entonces cuando Liliane, que acababa de sentarse en su pupitre frente a Roset, habló sin girarse:
—Se ven bastante animados, ¿no? —comentó con tono ligero, refiriéndose a la pareja que conversaba detrás de Zack.
Roset asintió apenas, con una expresión enternecida.
—Sí… es lindo verlos así —respondió, dejando escapar un suspiro tranquilo, encontrando en esa pequeña escena un respiro de paz necesario.
El timbre del receso sonó poco después, y el murmullo del aula se transformó en un bullicio creciente que se desbordó por los pasillos. Roset, Elise y Liliane caminaron juntas hacia la cafetería, abriéndose paso entre la multitud. El aroma a comida caliente las envolvió apenas cruzaron el umbral: el tintinear de las bandejas, las risas cruzadas y el olor a pan recién horneado creaban una atmósfera vibrante y acogedora.
Mientras buscaban una mesa libre, una voz conocida se dirigió directamente a Roset:
—Hola, Roset —la llamó Zack, acercándose con una sonrisa tranquila—. ¿Llegaste bien a casa ayer?
La pregunta la tomó por sorpresa, pero Roset asintió con rapidez, sintiendo un leve vuelco en el estómago.
—Sí, llegué bien… de verdad te lo agradezco. Me ayudaste más de lo que imaginas.
De repente, Zack bajó levemente la cabeza, como si intentara ocultar su expresión.
—No hace falta que me lo agradezcas de nuevo, ¿sabes? Si lo haces… me vas a poner en aprietos.
Roset lo observó, notando una incomodidad genuina en sus palabras y la manera en que parecía querer esconderse de la situación. Jamás hubiera imaginado que él pudiera reaccionar así. Para sus adentros, pensó con un dejo de ternura: «Nunca creí que pudiera avergonzarse por algo tan simple».
Antes de que Roset pudiera responder, Elise y Liliane se acercaron con curiosidad felina, habiendo detectado el cambio en el lenguaje corporal de Zack.
—Oye, oye… ¿qué es esa cara, Zack? —preguntó Elise con una sonrisa traviesa, inclinándose hacia él—. ¿Acaso te estás sonrojando?
Zack levantó la vista, con un gesto entre incómodo y resignado.
—No realmente… —murmuró, intentando sonar firme, aunque su voz traicionó un leve titubeo.
Liliane, tomando un sorbo de su café con parsimonia, sonrió con picardía.
—¿Sabes que pareces un pequeño tomate ahora mismo, verdad? —remató, disfrutando de la escena.
Elise estalló en una risa ligera y Roset no pudo evitar sonreír también, contagiada por la calidez del momento. Zack volvió a bajar la cabeza, claramente más avergonzado, lo que solo provocó que las tres lo miraran con más afecto que burla. Las chicas, riendo, se adelantaron hacia una mesa libre, dejando a Roset a solas con él por un instante. El bullicio de la cafetería pareció atenuarse, creando una pequeña burbuja de privacidad.
—Zack… ¿tenías que decirme algo antes de que llegaran las chicas? —preguntó Roset, ladeando la cabeza.
Zack se aclaró la garganta y recuperó un poco la compostura. Su tono se volvió serio, pero se mantuvo tranquilo.
—Sí… me gustaría que pudiéramos vernos al terminar la escuela.
Roset asintió sin dudar:
—Está bien, no hay problema.
—Genial —dijo Zack con una leve sonrisa—. Entonces nos vemos en las escaleras de la salida.
Él se despidió con un gesto y se perdió entre las mesas. Roset lo siguió con la mirada hasta que desapareció, quedándose pensativa. «Tal vez quiera hablar sobre lo de anoche… no creo que haya problema en ir con él; después de todo, se lo debo», razonó para sí misma.
Con un suspiro breve, se dirigió a la mesa donde sus amigas ya la esperaban. Mientras ellas charlaban animadamente, Roset repasaba mentalmente las horas que faltaban para la salida, sintiendo cómo una expectativa silenciosa comenzaba a crecer en su interior.
Al final de las clases, mientras recogían sus pertenencias, Roset se volvió hacia Elise y Liliane.
—Hoy no podré ir con ustedes —comentó, intentando que su voz sonara casual—. Saldré con alguien.
Elise reaccionó antes de que Roset terminara la frase.
—¿Con Zack? —soltó con una chispa de emoción bailando en sus ojos.
Roset dio un pequeño respingo, sorprendida por la puntería de su amiga. «En serio, Elise tiene demasiada buena intuición», pensó.
—A veces me da miedo lo buena que eres adivinando, ¿sabes? —confesó, entre divertida y asombrada.
Elise soltó un “jejeje” triunfante, saboreando su victoria. Roset terminó de guardar sus cosas en la mochila con cierta prisa, intentando que su pulso no delatara la mezcla de nervios y anticipación que la invadía.
—Bueno, nos vemos luego —dijo Liliane, despidiéndola con una sonrisa de suficiencia—. Que la pases bien.
—Gracias, nos vemos mañana —respondió Roset, encaminándose hacia la salida.
Al llegar al punto de encuentro, se detuvo un instante. El murmullo de los estudiantes que abandonaban el edificio llenaba el aire y el sol de la tarde bañaba las escaleras con una luz cálida y dorada. Se preguntó si Zack ya estaría allí o si le tocaría esperar.
De repente, un escalofrío helado recorrió la espalda de Roset, tan intenso que le erizó la piel y le cortó la respiración. El ruido de la multitud se apagó de golpe, como si alguien hubiera silenciado la realidad. Giró con violencia, con el corazón martilleándole en la garganta, y se encontró cara a cara con Zack. Él tenía la mano levantada, a punto de rozarle la espalda para llamar su atención.
Zack la observó con evidente preocupación.
—¿Estás bien? —preguntó con esa voz suave pero firme que parecía romper el extraño silencio.
Roset lo miró durante unos segundos, todavía agitada por la descarga de adrenalina. Sin embargo, al ver la seriedad genuina en su rostro, sintió cómo la tensión se deshacía poco a poco, como si un nudo en su pecho se hubiera aflojado.
—Sí… sí, estoy bien. No te preocupes —respondió finalmente, soltando el aire que contenía.
—Está bien —dijo Zack, recuperando una sonrisa ligera—. ¿Nos vamos?
Roset asintió y lo siguió. Juntos abandonaron el edificio principal, dejando atrás el murmullo de las aulas para adentrarse en la tarde. Atravesaron la avenida interna del campus y pasaron junto a la plaza de acceso, donde la fuente central marcaba el límite del recinto. Desde allí, el camino descendía suavemente hacia la ciudad.
Mientras caminaban por la avenida principal, todavía vibrante por el final de la jornada, Zack rompió el silencio con una propuesta inesperada:
—Hey, encontré un lugar donde hacen unos helados realmente buenos —dijo, con una calma contagiosa—. ¿Quieres que vayamos?
Los ojos de Roset brillaron al instante y una sonrisa amplia, sin filtros, iluminó su rostro.
—¡Sí! —exclamó con un entusiasmo que no pudo (ni quiso) ocultar.
Zack soltó una risa breve, divertido por la reacción tan pura de Roset. Entonces comenzaron a caminar con paso ligero, dejando atrás el ambiente solemne del campus mientras la ciudad se abría ante ellos con sus ruidos y colores de tarde.
Sin embargo, al llegar al límite donde el camino de la Academia se funde con las primeras calles, algo más captó la atención de la chica. Roset divisó a lo lejos un pequeño puesto de dulces callejeros y sintió que el helado podía esperar unos minutos más. Sin detenerse a pensarlo, movida por un impulso repentino, tomó a Zack de la mano y lo arrastró hacia el puesto.
Zack, tomado por sorpresa y con un leve rastro de sonrojo subiéndole por las mejillas por el contacto inesperado, apenas pudo seguirle el paso.
—¿A dónde vamos tan rápido? —preguntó, desconcertado.
—Antes de llegar a la heladería se me antojó algo más sólido —respondió Roset con una sonrisa traviesa—. ¡Vi algo que se ve delicioso!
Ya frente al puesto, Roset pidió una de las especialidades mientras Zack se quedaba un paso atrás, observando la mercancía con una curiosidad casi hipnótica. Sus ojos recorrían desde los dulces empaquetados hasta las bandejas de unicel con postres recién preparados. Roset se percató de su expresión: Zack miraba los dulces como si fueran artefactos de una civilización perdida, como si nunca hubiera visto nada parecido en su vida.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, ladeando la cabeza—¿Es que afuera no hay de estos dulces? —
Zack reaccionó de golpe, rascándose la nuca con cierta vergüenza.
—No es eso… es solo que nunca tuve tiempo para comer cosas así.
Roset lo observó en silencio un segundo, formulando una teoría en su mente: tal vez sus padres o su tío eran personas extremadamente estrictas que no permitían distracciones tan banales. Sintiendo una punzada de ternura, le acercó lo que acababa de comprar: unas galletas cubiertas con un malvavisco esponjoso, rellenas y bañadas en un jarabe brillante.
—Entonces es el momento perfecto para que los pruebes —le ofreció ella.
Zack se quedó mirando la galleta con una duda casi cómica. Al ver que no se decidía, Roset cambió de táctica; tomó el dulce con firmeza y lo "amenazó" con una mirada juguetona.
—Si no le das un bocado por tu cuenta, te lo voy a dar en la boca como si fueras un niño pequeño —advirtió, aguantando la risa.
Ante la perspectiva de morir de vergüenza en plena calle, Zack cedió de inmediato y le dio un mordisco al dulce. Roset se quedó expectante, escudriñando su reacción. Zack abrió los ojos con sorpresa, casi fascinado por la explosión de azúcar.
—Está… realmente rico —admitió, con una honestidad que desarmó a Roset.
—¡Claro que está rico! Los escogí yo —respondió ella con orgullo y una sonrisa radiante.
Ambos retomaron el camino, dejando que el murmullo rítmico de la ciudad y el aire fresco de la tarde los envolvieran mientras terminaban los dulces, bromeando sobre sus extraños gustos culinarios. Por primera vez en todo el día, Roset se permitió simplemente estar ahí, disfrutando de la calidez de esa compañía inesperada sin darle vueltas a nada más. El cielo comenzaba a teñirse de un violeta profundo y el reflejo de los primeros letreros de neón empezaba a bailar sobre el pavimento, dándole a las calles un aire casi mágico.
Siguieron avanzando entre charlas ligeras hasta que, de pronto, Zack se detuvo en seco. Su mirada se clavó en la boca de un callejón oscuro a su derecha y su expresión cambió de forma casi imperceptible: la mandíbula se tensó, sus ojos amarillos se afilaron y, por un instante, su rostro transmitió una advertencia muda. Era como si estuviera diciéndole a algo —o a alguien— que no se acercara.
Roset, ajena a lo que él había percibido, solo notó que Zack se había quedado petrificado. El aire alrededor pareció enfriarse de golpe, como si la calidez de la tarde no hubiera sido más que una ilusión pasajera.
—¿Pasa algo? —susurró ella, invadida por una inquietud repentina.
Zack permaneció unos segundos observando la penumbra, absolutamente inmóvil, como si evaluara una amenaza invisible que acechaba desde la oscuridad. Finalmente, negó suavemente con la cabeza.
—Nada, debí imaginarlo —dijo, restándole importancia mientras retomaba la marcha con una calma que, a ojos de Roset, se sentía casi artificial.
Sin embargo, un parpadeo rápido cruzó su mirada; fue apenas un destello, pero suficiente para que ella sintiera que él había reconocido algo allí dentro. La expresión tranquila que Zack volvió a mostrar parecía demasiado calculada para ser real. Aunque Roset lanzó una mirada furtiva al callejón al pasar, no vio más que oscuridad vacía, pero la sensación persistía: algo había ocurrido en ese rincón... algo que escapaba a su comprensión.
Al dejar atrás aquel callejón y adentrarse más en el laberinto de edificios de la ciudad, el silencio se volvió denso, roto únicamente por el eco de sus pasos sobre el pavimento. Roset caminaba con la mirada fija al frente, pero su mente era un caos de análisis: ¿debía ignorar lo que acababa de pasar o mantener la guardia arriba para evitar que la realidad se convirtiera en otra pesadilla? El hecho de que Zack ni siquiera intentara excusarse le confirmaba sus sospechas: no obtendría una respuesta real aunque preguntara.
Fue Zack quien, de forma inesperada, rompió el muro de hielo.
—Por lo que veo, lo de hace un momento te incomodó bastante —comentó él, observándola de reojo.
Roset se tensó, sorprendida por su franqueza.
—Sí… bueno, me tomó bastante desprevenida —admitió, midiendo sus palabras.
Zack suspiró y detuvo ligeramente el paso, con una expresión que rozaba la timidez.
—Lo siento por eso. Es que… no pude evitar reaccionar así después de ver a ese gato en el callejón.
Roset se detuvo en seco, totalmente confundida.
—¿Un gato?
—Tal vez no lo parezca, pero tengo una debilidad absoluta por ellos —confesó él, rascándose la mejilla con un gesto avergonzado—. Lo que viste ahí atrás fue solo mi intento de resistirme a ir a acariciarlo. No quería perder mi fachada de "chico misterioso" por algo como eso frente a ti.
Roset lo observó en silencio. Su instinto le gritaba que aquello era una distracción, una cortina de humo demasiado improvisada para ser verdad. Sin embargo, al ver la expresión "avergonzada" de Zack, se encontró en una encrucijada: ¿enfrentarlo o seguirle el juego? Finalmente, decidió que la paz de la tarde valía más que una confrontación que no llevaría a nada.
—No creo que eso te quite lo misterioso —respondió ella, forzando una sonrisa ligera para sellar el pacto tácito—. Al contrario, creo que te hace más interesante.
Zack soltó una risa genuina, visiblemente aliviado.
—Solo espero que puedas guardarme el secreto ante las chicas, o se burlarán de mí por el resto del semestre.
—Tu secreto está a salvo conmigo —prometió Roset.
Con la tensión casi disipada bajo esa mentira compartida, el ambiente recuperó su ligereza. Pocos metros después, el brillo de un letrero de neón parpadeante y el olor a barquillo dulce les indicó que, finalmente, habían llegado a su destino.
Medio oculta en un estrecho callejón, la tienda destacaba con letras desgastadas por el tiempo, como un secreto que pocos conocían. Dentro, el ambiente era acogedor: paredes en tonos fríos y el aroma a helado recién servido mezclándose con la brisa fresca de afuera.
Roset observó el local con genuina sorpresa. A pesar de llevar algunos años viviendo en la ciudad, jamás había visitado la heladería ni sabía de su existencia.
—¿Cómo es que nunca había visto este sitio? —preguntó, mirando los viejos carteles de las paredes.
Zack se encogió de hombros, metiendo las manos en los bolsillos.
—Es normal, está un poco escondido. La única razón por la que lo conozco es porque mi tío viene aquí cuando quiere tomar algo.
Roset se detuvo un segundo, extrañada por la mención.
—¿Tomar? ¿A qué te refieres con eso?
Zack se giró hacia ella, esbozando una sonrisa un tanto burlona.
—Ah, cierto... Se me olvidó decirte que esta heladería también funciona como bar por las noches. Perdón, debí mencionarlo.
La revelación la dejó un instante en un limbo entre la confusión, la preocupación y una ligera diversión por la elección de su guía. Las únicas palabras que pudo formular fueron:
—¿Sabes que aún somos menores de edad, verdad?
—No hay problema siempre y cuando nos vayamos de aquí antes de que empiece el horario del bar —respondió él con total despreocupación, antes de encaminarse hacia la barra.
Al ver la soltura con la que se movía, a Roset se le escapó un gesto de complicidad involuntario, dejándose llevar por el ambiente y siguiéndolo de cerca.
Una vez frente al mostrador, Zack se apoyó contra la madera.
—Pide lo que quieras, es el pago por los dulces que me compartiste —ofreció con generosidad.
Desde detrás de la barra, una voz interrumpió el momento. El hombre que atendía desprendía una presencia llamativa y relajada: llevaba el cabello oscuro con tonos rojizos recogido en un moño, del que caían algunos mechones sobre su frente, unas gafas de sol con cristales tintados de verde y un cigarrillo entre los labios. La camisa roja, desabrochada a la altura del pecho, dejaba asomar la tinta de un tatuaje en el cuello, a juego con el aro plateado de su oreja. Sonrió con picardía, exhalando una ligera bocanada de humo antes de hablar:
—En realidad, el que paga es tu tío, Zack. Apostaría a que me pedirás que lo cargue a su cuenta.
Zack se encogió de hombros con una naturalidad casi ensayada.
—Bueno, técnicamente aún soy menor de edad. Es justo que el adulto se haga cargo de este tipo de gastos.
El hombre soltó una carcajada vibrante, dándole la razón con un gesto de cabeza mientras exhalaba el humo.
—Buen punto, amigo. Aprovecha mientras puedas y deja seco al viejo —respondió, antes de quitarse las gafas de sol por un segundo para observar a Roset con curiosidad—. No les hagas mucho caso a este par de locos. Soy Alan, dueño del local y amigo de su tío. Es un gusto conocerte.
—El gusto es mío, soy Roset —respondió ella, devolviéndole el saludo antes de mirar el menú—. Creo que pediré un helado de mora azul, por favor.
Alan asintió, dejando el cigarrillo a un lado mientras lo apagaba en un cenicero cercano con un movimiento fluido.
—De inmediato.
Roset se volvió hacia Zack, levantando una ceja con curiosidad al notar que él no pedía nada para sí mismo.
—¿Supongo que tú no vas a pedir nada?
Antes de que el chico pudiera responder, Alan intervino de espaldas mientras tomaba los ingredientes. Con fingido dramatismo y un tono quejumbroso, comentó:
—Créeme, jovencita. De todas las veces que han venido aquí, ni una sola vez se ha dignado a pedir algo. Me hiere un poco en el orgullo de barman.
Zack lo fulminó con la mirada, aunque una mueca forzada en sus labios intentaba disimular su evidente fastidio.
—Y si sigues molestando así, menos voy a pedir algo, idiota.
El hombre soltó una risita mientras comenzaba a servir la orden, y Roset, contagiada por la dinámica, no pudo evitar soltar una pequeña carcajada, sintiendo cómo la tensión anterior quedaba, al menos por ahora, muy lejos.
Alan se movió con destreza detrás de la barra. En cuestión de segundos, terminó de servir la orden: un brillante espiral azul presentado en una elegante copa de cristal, delicadamente adornado con pequeños dulces que destellaban bajo la luz tenue del local. Al entregárselo, Roset no pudo evitar mirar el postre con emoción; la presentación era tan cuidada que daba casi pena comerlo.
En ese instante, una voz desde el interior requirió la atención de Alan, llamándolo hacia la parte trasera del establecimiento. El hombre asintió y comenzó a retirarse, no sin antes detenerse un segundo con un gesto pícaro.
—Este va por la casa. Como dueño, tengo que dejar una buena primera impresión si es que quiero que vuelvan —comentó.
Roset le agradeció con un gesto amable, mientras que Zack, por su parte, se limitó a cruzar los brazos y a clavarle una mirada que prometía cobrarle el detalle más tarde. Ante la advertencia silenciosa, Alan se limitó a reír antes de desaparecer por la puerta del fondo.
Con la copa en la mano, Roset se dispuso a probarlo. En cuanto la primera cucharada tocó sus labios, una explosión de sabor a mora azul la fascinó por completo; era dulce, refrescante y tenía una textura suave que contrastaba con el toque crujiente de los dulces brillantes. Fascinada por la exquisitez del postre, no tardó en terminar la copa, saboreando cada instante de aquel nuevo descubrimiento.
—¿Y de qué querías hablar conmigo, Zack? —preguntó Roset de repente, apoyando los codos en la madera y acercándose un poco a él.
Zack bajó la mirada, guardando silencio un instante mientras ordenaba sus pensamientos.
—Sí… es algo importante.
Roset arqueó una ceja, intrigada por el cambio de atmósfera.
—¿Algo importante? Me pregunto qué podría ser tan urgente como para invitarme hasta aquí.
Zack respiró hondo y adoptó una expresión grave, casi solemne, como si estuviera a punto de confesar un secreto que cambiaría el curso de sus vidas.
—¿Podrías ayudarme con mi tarea de dibujo? —soltó de golpe, manteniendo la misma seriedad.
—¿Eh? —Roset parpadeó, completamente descolocada por la inesperada petición.
Zack, con el gesto imperturbable, continuó:
—Es que no soy nada bueno dibujando, y en la clase de dibujo forense necesito plasmar rasgos y emociones con precisión. No logro diferenciar ciertos detalles ni proyectar la expresión correcta en los rostros. En resumen: soy un asco con el lápiz y por eso… necesito tu ayuda.
Roset se llevó una mano al rostro para ocultar la risa que amenazaba con escaparse. No era una burla malintencionada, sino la pura ironía de haber esperado algo trascendental para terminar hablando de deberes escolares. Tras recomponerse, lo miró con un brillo de diversión en los ojos.
—Está bien, Zack. Te ayudaré.
Él dejó escapar un largo suspiro de alivio y sus hombros se relajaron visiblemente.
—Gracias, Roset —dijo, esta vez con un gesto mucho más auténtico—. De verdad… hoy me has salvado la vida. Recuérdame después que te debo una grande.
Roset, aún entretenida por la situación, respondió con naturalidad:
—Entonces, el pago por mi tutoría será que tú cubras todo lo que consumamos hoy.
Mientras hablaba, un pensamiento fugaz cruzó su mente: Es realmente curioso que me sienta tan aliviada solo porque no mencionó nada sobre lo que pasó anoche.
Zack la miró con una chispa de sorpresa fingida y soltó una risa breve.
—Vaya, qué rápido agarraste confianza… y yo que pensaba que era el audaz por traerte a este lugar.
Ambos compartieron una carcajada y se acomodaron en una mesa frente a la ventana, alejados de la barra. Comenzaron a esparcir los materiales sobre la superficie y, entre bocetos y explicaciones técnicas, el ambiente se volvió ligero, salpicado de comentarios sobre los rostros que Zack intentaba retratar sin mucho éxito.
En un momento dado, Roset levantó la vista de su propio cuaderno y preguntó:
—Por cierto, ¿cómo supiste que yo podía ayudarte con esto?
—Fue Elise —respondió él sin dudar—. Me lo dijo en cuanto me vio sufriendo en clase.
Roset no pudo evitar una mueca interna. ¿Por qué será que no me sorprende?
—Además —añadió Zack, bajando un poco el tono—, Elise me aseguró que la forma más efectiva de sobornarte sería invitarte a comer algo… aunque, para ser honesto, no creí que fuera tan fácil.
Roset prefirió no profundizar en ese detalle y se limitó a pensar para sí misma: En serio… es ridículo lo barato que sale comprar mi ayuda.
Ambos se concentraron tanto en la tarea que el tiempo pareció desvanecerse a su alrededor. Entre correcciones de trazos y lecciones sobre anatomía facial, las horas se deslizaron sin aviso, hasta que las mesas vacías y el cambio en la música ambiental delataron que el día había terminado.
—Chicos, ya casi es medianoche —les advirtió Alan desde la barra, mientras guardaba los recipientes de helado y sacaba cristalería más fina—. El ambiente va a empezar a ponerse pesado y, sinceramente, no pienso hacerme responsable de lo que les pase si se quedan. Así que, fuera de aquí.
Roset consultó su reloj: las 11:45. Un leve escalofrío le recorrió la espalda, acompañado de un punzante sentimiento de déjà vu al ver la hora.
—¡Ya te oímos, Alan! ¡No nos extrañes demasiado! —exclamó Zack con sarcasmo mientras metía sus cuadernos en la mochila a toda prisa.
Roset lo imitó, pero entonces una silueta recortada contra la penumbra del callejón captó su atención en la esquina más lejana de la calle. Se quedó paralizada, con el cierre de su bolso a medio camino. Entre los reflejos del neón y la oscuridad exterior, lo reconoció al instante: era él. Aquel hombre del estuche y el abrigo café que la había incomodado la noche anterior.
No estaba solo. Permanecía recargado contra la pared de un edificio contiguo, conversando en voz baja con un sujeto de complexión robusta y traje oscuro, cuya sola postura irradiaba una peligrosidad silenciosa.
El corazón de Roset dio un vuelco violento. Sintió un nudo oprimiéndole la garganta y, por un instante, el aire de la heladería se volvió denso, casi irrespirable. Observó cómo el hombre del abrigo asentía ante algo que el sujeto de traje decía, ignorando el resto del mundo, como si fuera dueño del lugar.
—¿Roset? ¿Pasa algo? —la voz de Zack la trajo de vuelta. Él la observaba con el ceño fruncido, notando su repentina palidez.
Roset parpadeó con fuerza, obligándose a apartar la vista de la ventana. Forzó una mueca que pretendía ser una sonrisa, aunque sus ojos seguían dilatados por el miedo.
—No, nada... Es solo que no puedo creer que me esté quedando fuera de casa tan tarde otra vez —respondió, usando la frase como una excusa ligera para ocultar el pánico presente—. Después de lo de ayer, debería haber aprendido la lección.
Zack la examinó un segundo de más, escudriñando su expresión como si no terminara de creerse la excusa, pero finalmente asintió y le hizo un gesto para que avanzara.
Al salir del local, el aire frío de la noche los golpeó de lleno, purificando por un momento sus pulmones. Sobre sus cabezas, el cartel de neón del bar parpadeaba con un zumbido eléctrico, anunciando que la inocencia de la heladería había muerto para dar paso a un mundo muy distinto. Ambos intercambiaron un último saludo con Alan antes de internarse en la oscuridad de la calle.
Al doblar la esquina para salir a la avenida principal, la zona del mercado se desplegó frente a ellos como un mundo aparte. El lugar se había transformado bajo el manto de la noche; donde antes flotaba el aroma a fruta fresca y pan recién horneado, ahora el aire pesaba con el olor a carne asada, especias intensas y frituras que chisporroteaban en parrillas improvisadas. Los vendedores nocturnos se habían adueñado del asfalto, y las luces colgantes —algunas parpadeantes y cansadas— bañaban la calle en tonos cálidos y desiguales. El bullicio de risas, regateos y platos chocando creaba la sensación de un mercado paralelo, una entidad vibrante y efímera que solo cobraba vida cuando el sol se ocultaba.
Sin embargo, a medida que se alejaban del gentío y avanzaban hacia la plaza central, el sonido se fue apagando hasta quedar reducido a un eco lejano y distorsionado. No había transeúntes a esa hora. La luz de los faroles, débil y amarillenta, dibujaba sombras exageradas que se estiraban y encogían con el vaivén del viento, como dedos negros tanteando el suelo.
Roset sintió, casi por instinto, cómo su cuerpo buscaba la cercanía de Zack, reduciendo el espacio entre ambos. Él notó el movimiento y la miró de reojo. Su expresión era seria, pero su voz mantuvo una calma reconfortante al hablar:
—Roset… ya es bastante tarde y estas calles están muertas —comentó, deteniendo el paso un momento—.Tal vez te sorprenda lo que voy a decir, porque se me acaba de ocurrir y espero que no te incomode, pero… ¿qué te parecería venir a mi casa? No me quedaría tranquilo si te dejo regresar sola. Podría acompañarte, pero, siendo honesto, toda la zona no me da buena espina a estas horas.
Hizo una pequeña pausa, rascándose la nuca con cierta timidez que no le conocía.
—Tal vez ayer di la impresión de que nada me asustaba, pero entre lo nerviosa que estás y la hora que es, mi valentía se esfumó hace rato. Mi casa está mucho más cerca y es un lugar seguro; podríamos descansar allí sin preocuparnos por nada más esta noche.
Roset se quedó en silencio unos segundos, procesando la propuesta. El reciente encuentro con el sujeto del estuche y su escolta la había dejado con los nervios de punta, pero lo que más le aterraba era la posibilidad de cruzarse de nuevo con la figura encapuchada. La situación parecía repetirse punto por punto, y no quería tentar al destino.
Giró la cabeza hacia la avenida principal: el camino era largo y llevaba a la primera zona residencial. Estaba desierta. A pesar de la buena iluminación, la distancia parecía una invitación a que cualquier cosa ocurriera en el trayecto. Luego miró hacia la segunda zona residencial: calles estrechas, faroles dispersos y rincones oscuros donde cualquier sombra podría cobrar vida. Ambas opciones le parecieron igual de hostiles.
—Está bien… vamos a tu casa —murmuró al fin con un suspiro de rendición, dejando que la calma que emanaba de Zack la guiara.
Zack esbozó una sonrisa ligera, relajando los hombros y tomando la iniciativa en el paso. Ambos continuaron caminando juntos, ahora con un destino claro, acompañados únicamente por el eco rítmico de sus pasos y el susurro inquietante del viento entre los árboles.
Dejando atrás la Plaza Central, Zack guio a Roset hacia el ala derecha, donde el pavimento común cedía el paso a un sendero de piedra natural cuidadosamente alineada. El cambio de zona era evidente: las calles aquí se ensanchaban y el aire se sentía más limpio, filtrado por las hileras de jardineras de piedra que flanqueaban el camino. Grandes árboles de copas frondosas y arbustos bien podados se erguían a los costados, dejando caer una alfombra de hojas secas que crujían bajo sus pies con cada paso.
A diferencia de la Segunda Zona Residencial, con sus edificios apretujados y humildes, o la Primera, de carácter más funcional y sencillo, esta área respiraba una comodidad discreta. No llegaba a la opulencia de los distritos de lujo, pero el mantenimiento de las fachadas y la calidez de la iluminación sugerían que quienes vivían allí disfrutaban de una estabilidad envidiable.
Roset caminaba con la mirada fija en la espalda de su acompañante y los hombros todavía rígidos. Sus oídos seguían filtrando cada susurro del viento como una posible amenaza, manteniendo ese instinto de alerta que no la había abandonado desde que salieron de la heladería.
Zack se detuvo de improviso, obligándola a frenar en seco para no chocar de lleno contra él. Se giró a medias, observándola con una mezcla de diversión y seriedad.
—Roset… —comenzó él, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta—. Si sigues caminando así de asustada, voy a empezar a creer que de verdad quieres que te lleve de la mano otra vez.
Ella sintió un calor súbito subirle a las mejillas. Se apresuró a negar con la cabeza, lanzándole una mirada de reproche que intentaba ocultar su vergüenza.
—¡Claro que no! Ni que fuera niña chiquita —protestó, ajustándose la correa del bolso con nerviosismo.
Zack soltó una risita y le hizo una seña con la cabeza para que se acercara.
—Entonces camina a mi lado. Me pone los nervios de punta tener a alguien moviéndose a mis espaldas; me hace sentir que me van a asaltar en cualquier momento.
Roset soltó un suspiro, relajando finalmente los hombros, y acortó la distancia hasta quedar hombro con hombro con él. El cambio de posición, aunque sutil, la hizo sentir extrañamente más resguardada.
—Mucho mejor —añadió Zack, retomando la marcha—. Mi casa no está muy lejos de la entrada. Deberías aprovechar para disfrutar un poco del aire; aquí es mucho más tranquilo que en cualquier otra parte de la ciudad.
Roset lo miró de reojo. Era obvio lo que estaba haciendo: intentaba distraerla y suavizar el impacto de los últimos minutos con una charla trivial. No pudo evitar que una pequeña mueca de agradecimiento se dibujara en su rostro antes de asentir en silencio.
Al cruzar el límite de la zona, el silencio se volvió casi absoluto. Roset no pudo evitar observar con detenimiento la enorme diferencia entre este lugar y su propio vecindario: aquí las casas estaban contadas, separadas por extensas áreas de jardín que daban una sensación de privacidad y calma envidiables. Sin embargo, a medida que avanzaban unos metros, notó que hacia el fondo de la calle todavía se veían estructuras a medio terminar y maquinaria detenida; el sector seguía en construcción, lo que acentuaba esa sensación de ser un pequeño refugio aislado del resto de la ciudad.
Al llegar a la quinta vivienda, Zack se dirigió a la entrada. Le indicó que ya habían llegado, y Roset notó de inmediato que todas las ventanas estaban a oscuras. No había ni un solo rastro de luz filtrándose por las cortinas, lo que envolvía a la propiedad en un silencio absoluto y sugería que no había nadie más en el interior.
Le resultó extraño que, a pesar de lo tarde que era, la casa se sintiera tan deshabitada. No pudo evitar preguntarse si Zack realmente pasaba gran parte del tiempo solo en aquel lugar tan amplio, o si simplemente quienquiera que viviese con él acostumbraba a volver mucho después de la medianoche.
Zack sacó sus llaves con movimientos mecánicos y abrió la puerta principal. Al entrar, accionó el interruptor y una serie de luces blancas y tenues cobraron vida, revelando un interior moderno pero funcional. El resplandor no era cegador, sino lo suficientemente suave como para mantener la calma que traían del exterior.
—Bienvenida, siéntete como en tu casa —dijo Zack, haciéndose a un lado para dejarla pasar y cerrando la puerta tras de ellos con un clic definitivo—. Puedes dejar tus cosas en la mesa, junto a la entrada.
Roset asintió y colocó su mochila con cuidado, siguiendo la indicación. Mientras él subía al segundo piso para dejar sus pertenencias en su habitación, ella permaneció en la primera planta, dejando que su mirada recorriera el espacio.
La limpieza y el orden eran impecables: muebles perfectamente alineados, superficies libres de rastro alguno de polvo y una iluminación tenue que resaltaba cada rincón. Sobre la mesita de centro descansaban un par de tazas de café, y frente al gran sofá que dominaba casi toda la estancia, destacaba un televisor de pantalla amplia que lucía completamente nuevo.
A pesar de la seguridad que le inspiraba el entorno, no podía evitar preguntarse si su presencia a esas horas resultaría una molestia para el dueño de la casa. Inhaló profundamente, dejando que la calidez del hogar y el rastro residual de café en el ambiente la envolvieran, intentando anclarse en la inesperada quietud de la casa.
Zack bajó las escaleras poco después y sonrió al verla todavía absorta en los detalles de la planta baja.
—Perdón si tardé —dijo, pasándose una mano por el cabello para acomodarse algunos mechones rebeldes.
—No, no te preocupes —respondió Roset, devolviéndole una sonrisa en la que todavía asomaba un rastro de timidez.
Zack señaló hacia la derecha, indicando el arco que conducía a la cocina.
—Oye, ¿quieres algo de tomar? Estaba por prepararme un chocolate caliente.
Ante la mención del chocolate, los ojos de Roset brillaron y asintió de inmediato con un entusiasmo que rompió su postura rígida:
—¡Sí, por favor! Me encanta el chocolate caliente.
La expresión de Zack se iluminó con un gesto mucho más espontáneo y natural, como si su propia tensión también se hubiera disipado.
—¡Genial! Entonces ven conmigo, así me haces compañía mientras lo preparo —dijo, invitándola a seguirlo mientras se encaminaba hacia la cocina.
Roset siguió a Zack hacia la cocina, un espacio que se sentía funcional y extrañamente silencioso bajo la luz blanca y tenue. Buscando un lugar donde no estorbar, se acomodó en uno de los taburetes de la barra, observando cómo Zack se movía con una familiaridad mecánica. Él se mantuvo de espaldas, ocupado entre el siseo de la leche al calentarse y el sonido rítmico de las tazas al chocar suavemente contra la encimera.
El aroma dulce comenzó a llenar el aire, logrando que la rigidez en los hombros de Roset cediera un poco por primera vez en la noche.
—Oye, Zack… —comenzó ella, jugueteando con sus dedos sobre el borde de madera de la barra—. ¿Tu tío suele llegar tan tarde? Lo último que quiero es ser una molestia o que se lleve una impresión extraña al verme aquí a estas horas.
Zack no se giró. Se limitó a inclinar un poco la cabeza mientras buscaba algo en un estante superior.
—No te preocupes. A él no le molesta que traiga amigos —respondió con sencillez—. Además, hoy no va a volver; le toca el turno nocturno en la comisaría.
Roset arqueó una ceja, procesando la información.
—¿En la comisaría? ¿Es policía?
Zack giró levemente la cabeza, lo justo para dedicarle una sonrisa de reojo por encima del hombro antes de volver a lo suyo.
—Casi. Es detective.
—¡Vaya! —exclamó Roset, permitiéndose un tono más ligero y espontáneo—. Eso suena genial. ¿Entonces estoy ante un linaje de detectives o algo por el estilo?
Zack soltó una risita seca, cargada de un deje extraño que ella no supo identificar.
—Ya me gustaría que fuera así —murmuró él.
Roset captó la distancia en su tono y prefirió dar un paso atrás.
—Oh… Supongo que es algo personal.
Zack se concentró en verter el chocolate humeante en dos tazas de cerámica gruesa. Guardó silencio un segundo, como si midiera sus palabras a través del vapor que subía de la vajilla.
—Perdona, no quería que sonara tan serio —dijo, todavía de espaldas—. Es solo que a mi familia nunca le ha hecho gracia el trabajo de mi tío. Ya sabes, por lo peligroso que es y todo eso. De hecho, se opusieron bastante a que viniera a vivir con él por eso mismo.
—¿Por eso elegiste Criminología? —preguntó ella con suavidad—. ¿Por él?
Zack se quedó inmóvil un instante.
—Algo así —admitió en voz baja—. La verdad es que lo admiro bastante. No solo por el cargo que tiene, sino por cómo lo hace. Está dispuesto a ayudar y proteger a la gente de verdad, pase lo que pase. Además, ha sido el único al que he podido acudir cuando me he sentido perdido… me ha apoyado más de lo que nadie imagina en estos años.
Roset lo observó en silencio. Había algo en la forma en que Zack defendía la labor de aquel hombre y el respeto profundo con el que se expresaba que le resultó conmovedor. Verlo así, tan desprevenido mientras hablaba de la única persona en la que parecía confiar plenamente, hizo que una sonrisa cálida se dibujara en su rostro sin que ella pudiera evitarlo.
—Seguro que está orgulloso de que sigas sus pasos —comentó ella.
Zack finalmente se dio la vuelta, sosteniendo las dos tazas humeantes. Al ver la expresión sincera de Roset, sus facciones se suavizaron por completo devolviéndole la sonrisa.
—Sí… seguramente lo está, conociéndolo —respondió, dejando una de las tazas frente a ella.
Con las tazas humeantes en mano, Zack y Roset salieron de la cocina para acomodarse en la sala. Él le indicó con un gesto que podía ponerse cómoda en el sillón y ella aceptó, dejando la taza sobre sus rodillas mientras se recostaba ligeramente. Zack, en cambio, permaneció de pie a su izquierda, sosteniendo su propia taza en un silencio que se integraba con la tranquilidad de la casa.
La sala estaba tenuemente iluminada por el foco del techo, cuya luz blanca caía directamente sobre ellos, dejando las esquinas sumidas en penumbra. El vapor ascendía despacio desde las tazas, difuminándose en el aire mientras el silencio llenaba el espacio con una calma casi doméstica.
—¿Y tú? —preguntó Zack de pronto, rompiendo la serenidad del momento—. ¿Por qué decidiste entrar a esta carrera? Si no está mal que pregunte.
Roset llevó la taza a sus labios y bebió un sorbo lento, dejando que el calor le recorriera la garganta. Bajó el recipiente despacio, sosteniéndolo con ambas manos, y sus ojos se quedaron fijos en el líquido oscuro antes de responder con una sinceridad que rara vez se permitía mostrar:
—Porque… necesito averiguar la verdad sobre la muerte de mis padres —su voz sonó firme, aunque en el fondo vibraba un matiz de dolor—. Esa es la razón principal por la que elegí criminología.
Zack no dijo nada de inmediato. El silencio se extendió unos segundos, volviéndose denso, casi incómodo, hasta que finalmente murmuró en voz baja:
—Lo siento.
Roset mantuvo la mirada clavada en su taza, incapaz de levantarla por la vulnerabilidad del momento. Negó suavemente con la cabeza, queriendo restarle importancia al nudo que sentía en el pecho.
—No tienes por qué disculparte.
Zack tampoco apartó la vista de su propia taza, cerrando los dedos con fuerza alrededor de la cerámica.
—Sí, sí debo disculparme… —su voz se tornó grave, cargada de un pesar que parecía brotar desde lo más hondo—. Porque en verdad no quería tener que matar a alguien buena como tú.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas e irreales. Roset parpadeó, todavía sin comprender del todo, aferrada a la taza como si de ella dependiera su estabilidad.
—¿Qué… qué quieres decir con eso? —preguntó, con un hilo de voz que apenas rompió el silencio.
Zack cerró los ojos un instante; cuando los abrió, lo hizo con una serenidad perturbadora.
—No es necesario que lo entiendas.
El eco de esas palabras retumbó en su mente y su respiración se detuvo. Con un sobresalto, levantó la vista hacia él… y el mundo pareció desmoronarse.
El aire en la sala se volvió gélido de golpe. La figura encapuchada estaba de pie a su lado, tan cerca que Roset podía sentir cómo su sombra la envolvía físicamente. Su corazón se agitó en un vuelco violento y el pánico le subió por la garganta, pero sus labios apenas lograron abrirse. La figura movió lentamente la taza que sostenía; ese gesto tan cotidiano, tan absurdo en ese momento, la hirió con una verdad insoportable: la habían engañado desde el principio.
El aire se le escapó de los pulmones.
—Tienes… tienes que estar bromeando —murmuró con la voz quebrada.
Entonces, como un relámpago en mitad de la noche, la certeza la atravesó. En el fondo siempre había albergado una sospecha latente, un presentimiento oculto en los silencios de Zack, en su comportamiento y en su extraña calma. Pero su sonrisa cálida y la seguridad que le había brindado terminaron por demoler sus defensas. Todo se había sentido tan natural, tan genuinamente humano, que bajó la guardia por completo. Ahora comprendía, con un súbito escalofrío, que aquella cercanía había sido un escenario fríamente construido con una precisión aterradora.
La figura giró hacia ella. Bajo la sombra de la capucha, un par de ojos rojos brillaron como brasas, atravesándola sin piedad.
—No te preocupes… —dijo una voz grave, ajena, imposible de asociar al chico que había estado riendo con ella hacía apenas unos minutos—. No dejaré que sientas dolor.
Un cansancio extraño e invencible invadió su cuerpo. Sus párpados pesaban toneladas, su visión se tornaba borrosa y el calor de la taza en sus manos comenzó a desvanecerse junto con su conciencia.
Entre la neblina del desmayo, alcanzó a escuchar un último susurro:
—Adiós, Roset.
Entonces, el mundo se apagó.
Fin del capitulo 1.