Chapter 1
El primer recuerdo que tengo donde me dí cuenta que jamás volvería a vivir el instante que estaba viviendo y que el mundo, mi mundo, yo; acabaría en algún momento. Fue cuando tenía ocho años. Tal vez un pensamiento un poco muy egocentrista y con mucho peso para una niña. Que en realidad no era tan así, pero con esa corta edad y tan poco conocimiento de todo, creía que era cierto.
Me encontraba debajo del árbol de mandarinas con el uniforme del colegio a punto de irme a clases. Unos pantalones azules de tela horrible que en invierno no cubren nada y en verano te sofocan. Pero, lo peor era la chomba, blanca y áspera los trescientos sesenta y cinco días del año. ¡Y que Dios te salve si llegabas a comer un helado de chocolate y te caía una mancha!
Había un profundo olor a mandarinas dulces y un aire un poco frío, y recuerdo ver el piso de tierra, ver mis pies. Esto es lo único que tengo, es lo único que existe, no hay más oportunidades y este instante jamás se volverá a repetir.
Y, a pesar, de que aquel pensamiento era un deslumbramiento que todos pasamos en la vida. El aceptar que todo se termina. Conllevo a mi a sentir que yo estaba muy alejada del mundo exterior. Incluso alejada de mí misma.
Según cuentan mis papás era una niña alegre, pero que ignoraba a todo el mundo. Siempre muy metida en mis pensamientos, en mis mundos internos. Lo cuál es normal si pensas: “Bueno, ES SOLO SU PERSONALIDAD”
Pero, cuando comencé a mostrar signos de dislexia ahí ya se preocuparon, ya que mis Profesoras no entendían una sola palabra mía y menos mis compañeros. Así que, me llevaron al centro de psicología y psicopedagogos de Córdoba Capital: APINEP.
Mis hermanas, también pequeñas, sabían que iba a ese lugar. Pero a mis primos les decían: “Zoe está en el médico”. En términos técnicos, sí, lo estaba, pero nunca se sintió así.
Cuando asistía a APINEP y llegábamos muy temprano con mi papá al lugar. Solíamos hacer una escapada a las cafeterías que había alrededor. Siempre me pedía café con leche o el famoso Submarino. Eran recuerdos muy bonitos rodeados del humo del café y el crujido de las medialunas.
Mi psicopedagoga se llamaba Debora, una mujer de rulos negros que siempre se vestia formal, pero con muchos colores. Recuerdo que pensaba que era medio hippie. Era una mujer dulce y muy empática. Digo “Era” porque no la he vuelto a ver cómo en diez años. Pero la cuestión, es que siempre que iba jugábamos mucho. Muchos juego de mesa y virtuales. Me divertí mucho. Después de unos meses, me asignaron una compañera menor que yo, llamada Josefina. Una nena de pelo marrón que parecía entenderme en medio de toda mi dislexia. Tal vez era adivina o presentaba un potencial talento para la fonoaudiología.
Un día pasé una gran vergüenza que me marcó para casi todas las reacciones. Jugábamos un juego de mesa que trataba de conocimiento general con Debora y Josefina. Nunca he sido buena para ese tipo de juegos de “A ver cuánto sabe cada uno”, obviamente estaba perdiendo y me frustré tanto. Comencé a llorar frente a ellas. Jose se sintió muy mal y después me quería dejar ganar. Debora quisó cambiar el juego y consolarme. Después de eso, hasta mis veinte años, intento no frustrarme ante los retos. Siempre es como un: “Y bueno, Dios por algo decidió que no ganará”
Lo contrario de la psicopedagoga era ir a la fonoaudióloga, que sino mal recuerdo se llamaba: Laura. Una mujer que usaba traje y colores más sólidos. El contraste total con Debora. Era una mujer amable, pero bastante dura por cómo se comunicaba.
Siempre lloraba en su consultorio, pero no porque ella me hablará feo. Sino, porque encontraba allí el lugar con una persona sólida y fuerte que pudiera no ablandarse con mi llanto y a la vez, poder contenerme. Lloraba mucho. Un día le dije: “Perdón, es que soy muy llorona” y ella me dijo: “¿Por qué te llamabas a ti misma con esa palabra?” Y ahí noté mi baja autoestima con siete años.
En el centro médico era agradable dentro del consultorio, pero la parte fea era cuando esperaba a mis papás en la sala de espera. El lugar era una gran casa reformada para ser un centro de atención. Pero ese contraste entre médicos y casa me tensaba. Siempre me sentaba en el borde del sillón y esperaba nerviosa. A veces, había niños, con peores casos que los míos, que actuaban de forma extraña y se movían raro.
Recuerdo patente que un día cuando esperaba que me buscarán, en el sillón de enfrente había un niño que parecía de mi edad. Lo saludé de cortesía y él no me devolvió el saludo, solo comenzó a reírse y a doblarse en el sillón. Vaya que fue un momento incómodo para mí, pero fue de las primeras y únicas interacciones que tuve con niños así.
Para mi pequeña mente, de aquel momento, de siete años, era como: “Si ellos son raros y tú estás aquí con ellos, tú también eres rara” Pensamiento un poco acertado porque nunca me explicaron porque estaba allí, que no era sólo por una dislexia.
Odiaba la clase de música, odiaba las matemáticas, odiaba la lengua, sí me gustaba la clase de ciencias naturales. Ironicamente, mi gemela, Evangelina Rodriguez, terminó estudiando la Licenciatura en Bioquímica y yo terminé estudiando la Licenciatura en Comunicación Social. Amando la lengua y la literatura. Terminé encariñandome con la música, aprendiendo piano y en un futuro, guitarra. Sigo siendo mala en matemáticas, pero me encantaría tomar un curso solo para agregar un personaje en alguno de mis libros que sea un prodigio en la matemática.
En secundaria cada año me llevé inglés, con Montechiari ; Una profe estricta en su materia, pero agradable como persona. No tuve un solo verano libre, cualquier persona que me buscó me encontraba estudiando inglés porque no entendía ni mierda. Juraba y re juraba que incluir el inglés como materia obligatoria en los colegios había sido la cúspide de la decadencia de la educación. A mis diecinueve años terminé dando clases particulares de inglés porque recordaba cada regla de ese idioma. Y recuerdo que el padre de una amiga me dijo en su cocina: “Odias tanto el inglés que terminarás dando clase” Yo juraba y re juraba que nunca pasaría eso. La vida da muchas vueltas, ¿No?
Un día en la casa de una amiga mía que le llamaremos Emma, porque perdí contacto con ella después de una gran discusión (de la cuál hablaremos luego). Ella vivía un poco lejos de mi casa así que no podía ir tan seguido a visitarla. Vivía en una pequeña casa humilde con sus papás y su hermano. Una familia muy agradable, que siempre intentaban hacer sentir cómodos a sus invitados. Tenían una regla que siempre recuerdo cada tanto: Prohibido ir al baño con el celular. ¿Por qué de esa regla? No lo sé. Tal vez su papá quería que sus hijos vivan más en el mundo analógico o que se limpiaran bien y no distraerse con el celular. Vaya Dios a saber.
Con esa chica tuve mi primer libro fanfic, escribíamos en whatsapp un libro de Shingeki no Kyojin, turnándonos para ir avanzando en los escenarios. Fue muy divertido. El jueguito nos duró como dos años.
Pasaba horas frente al celular creando aquella historia, que muy mala escrita, pero a mí me brindaba una euforia inexplicable.
En aquél momento solo tenía tres amigas en mi curso. 2018 eramos el curso “A” de Primer año de Secundaria. Era bastante tímida por aquél entonces. No sabía bien relacionarme con mis otros compañeros, me daba pavor incluso estornudar en el aula.
Tampoco intentaban acercarse mucho a mí. Decían que era bastante “reservada”, un término bastante elegante para decir: “No tenemos ni puta idea de cómo acercarnos”
Era pleno 2018 y acaba de estallar el movimiento LGTB.
Para una pre-adolescente que recién arranca con las hormonas, también me entusiasme por el movimiento. Recuerdo qué pintaba siempre parejas lésbicas en mi cuaderno, me corté el cabello pixie muy corto, y leía Boys Love en los mangas. También, recibí muchas amonestaciones por llevar una campera grande de color celeste, pero no tenia mucha plata para comprar otra y me gustaba como me quedaba.
Mis papás no entendían muy bien que sucedía, pero intentaban pilotearlo. Hubo muchas discusiones y reconciliaciones, por aquél momento. Al final, todo salió bien.
Recuerdo qué hubo una chica de quinto año que era amiga mía, ella se declaraba abiertamente como lesbiana. La llamaremos Clara. Era de cuarto año de secundaria, más grande que yo, pero era muy hermosa. Así que la diferencia de edad no me importaba mucho. Tenía el pelo rubio y la piel clara, además de que era alta. Era sencillo charlar con ella y nos divertimos en las pocas conversaciones que tuvimos.
Una vez, estábamos en el baño de chicas charlando de Animes y, de manera inesperada, me acorraló contra la pared. Mi espalda chocó contra la pared, y se acercó lentamente a mí. Por primera vez, noté que ella tenía un olor muy dulce. Nunca volví a encontrar a alguien que huela de esa manera. Realmente, olía a rosas.
Fue un beso inesperado, pero sus labios eran delicados y suaves. Al igual que con su perfume, nunca volví a sentir un beso de ese estilo. Fue como besar una flor. Su boca era cálida y el beso empezó a tomar un ritmo lento, tierno, que me hizo olvidar por completo que estábamos en el baño del colegio. Podía oler su perfume y sentir el calor de su respiración en mi mejilla. Sentía euforia. Extasis. Nervios.
Y así fue mi primer beso. Una muy buena experiencia, en mi opinión.
Duramos como pareja una semana. En principió porque ella fue a un boliche y me mandó diferentes audios borracha y me contó como un chabón le robó un beso. La verdad no me enojé, ni sentí celos. Fue como: “Uh, que mal”. Y me sentía un poco mal por la falta de importancia que tuvo en mí.
Mis papás se enteraron de mi relación y me pidieron que terminara, que era muy joven para todo lo que conlleva una relación, que las experiencias que ganaría iban a sobrepasar mi edad y mi madurez, y yo acepté. No quería más problemas de los que ya tenía y por aquél momento, noté que no me gustaba sentirme encerrada en una relación si comenzaba muy deprisa, y de alguna forma podía entender el miedo de mis papás. Aunque, recordando aquella sensación que tuve, desearía haber seguido ese instinto años más tarde.
Nota de autora:
Me gusta ser vanguardista con los títulos de mis capítulos así que están en un código cifrado. La pista es la número 5.