Los Origenes
Las sombras ya tocaban las piedras altas de Kendor cuando Astar terminó de recoger las hojas negras del estanque. Su magia se llevaba mal con la materia orgánica, así que prefería hundir las manos y hacer el trabajo manualmente. Había algo honesto en la sensación del agua fría y la película viscosa que las algas dejaban entre los dedos, aunque al principio le había resultado asqueroso. Ahora, después de meses, sentía que la suciedad se pegaba menos a la piel y más al recuerdo.
En el margen de la escalinata, Nessa observaba. La joven limpiaba con alta precisión los fragmentos carbonizados de una rama de roble. No los barría ni los empujaba: los separaba en grupos, probablemente según gustos que sólo ella entendía, y luego los hacía desaparecer uno por uno con un sutil destello rojo en la punta de su dedo índice. Cada vez que la partícula se desvanecía, quedaba un rastro de aire más limpio, como si la ceniza no sólo abandonara el mundo físico.
—¿Por qué no usas la red? —preguntó Nessa sin apartar la vista de su trabajo.
Astar se encogió de hombros. Se le había olvidado que la red existía; de hecho, era probable que la hubiera usado como marcapáginas en algún tomo de la biblioteca, y desde entonces nadie la había reclamado.
—Me relaja —dijo, y la frase le supo mentira, aunque fuera cierta.
Nessa emitió un sonido que, si no fuera por lo controlada que tenía la respiración, Astar habría interpretado como una risa. Cuando Nessa reía de verdad, lo hacía de una sola vez, como quien deja salir un estornudo reprimido.
—¿Te relaja o buscas excusa para pensar con las manos ocupadas? —insistió.
Astar no respondió. No era un gran secreto que él sólo podía organizar sus pensamientos si antes había organizado algo físico. Sus recuerdos estaban llenos de tardes de infancia dedicadas a alinear ramitas en la orilla de un arroyo, mientras la conversación de los adultos se arremolinaba alrededor sin entrar nunca del todo en su cabeza. Años después, la sensación persistía: cuando el trabajo era mecánico, lo invisible se dejaba ver.
—Estaba pensando en Zeridian —admitió tras un minuto de silencio.
Nessa detuvo su tarea y se volvió hacia él. Los ojos de la joven, casi siempre imperturbables, parecían más claros a la luz dorada de esa hora, como si el atardecer le revelara una parte menos reservada.
—¿Otra vez? —dijo. La sequedad de su tono era absoluta, pero Astar sabía que en realidad le intrigaba el asunto.
—Quiero hacerle una pregunta —dijo Astar.
Nessa dejó caer la rama, que rebotó silenciosa contra la piedra pulida.
—¿Ahora? —preguntó, arqueando una ceja.
—Sí.
—Ya sabes cómo es Zeridian. Nunca responde como si tuviera la verdad definitiva. —Nessa giró el rostro hacia el camino que llevaba al ala norte de Kendor, donde las luces de los ventanales empezaban a encenderse.
—Lo prefiero así. —Astar no mintió, aunque era solo en parte verdad; lo que más le aterraba era la posibilidad de una respuesta absoluta, de esas que no se podían interrogar ni doblar ni corregir con matices.
—¿Qué vas a preguntarle? —dijo Nessa.
Astar vaciló. Podía decir la verdad —la simple, brutal, sin adorno— pero había aprendido que a veces una verdad dicha en voz alta cambiaba de forma, se volvía más pesada, menos manejable.
—Quiero saber cómo se fundó Ekrom —dijo.
Por primera vez en la tarde, Nessa pareció genuinamente desconcertada. Sus labios, tan disciplinados como el resto de ella, se abrieron un momento como si esperara que la respuesta se materializara sola.
—¿Por qué le preguntarías eso justo a él? —dijo, y en su voz asomó, apenas, el tono de quien duda de la sensatez ajena.
Astar se tomó su tiempo para responder. Se sacudió el agua de las manos, frotó las palmas una contra otra y luego las limpió en la túnica, dejando manchas que se secarían antes de llegar al vestíbulo principal.
—Porque nadie lo recuerda igual —dijo, casi como una disculpa.
Nessa lo observó por largo rato, los ojos semicerrados como si calibrara una amenaza invisible. Finalmente, negó con la cabeza.
—Pensé que te importaban más las cosas que están por venir que las que ya pasaron —dijo, y se puso de pie. Siguió recogiendo fragmentos de ceniza, pero ya no los destruía con tanto método.
Astar dejó el estanque atrás y subió la escalinata con una prisa poco habitual. La lluvia aún no había llegado, pero el cielo parecía aguardarla. La luz de las torres hacía brillar la piedra como si cada ladrillo hubiera sido pulido individualmente por una mano dedicada. En el corredor central se topó con un grupo de aprendices más jóvenes, que le hicieron un gesto de saludo automático. Respondió igual, pero con la mirada fija en el resplandor azul que asomaba bajo la puerta del estudio de Zeridian.
La puerta no estaba cerrada. Nunca lo estaba. Si había una regla en Kendor que nadie había escrito —ni siquiera los viejos que diseñaron la biblioteca— era que las puertas debían estar abiertas, aunque nadie supiera bien por qué. El interior olía a madera vieja y tinta reciente. Había libros por todas partes, apilados en ángulos imposibles, como si desafiaran la lógica por pura costumbre. En la mesa, una esfera de vidrio flotaba a pocos centímetros del suelo, girando lentamente sobre su eje sin hacer ruido. Cada vez que completaba una vuelta, la luz cambiaba de tono: primero azul pálido, luego oro, luego un blanco tan puro que hacía doler los ojos si uno se fijaba demasiado.
Zeridian estaba de pie junto a la ventana. No parecía haber notado la entrada de Astar, aunque era imposible que no lo hubiera sentido. Los magos viejos tenían ese talento: fingían distracción para que los demás no se sintieran demasiado observados.
—¿Ya terminaste con la limpieza del estanque? —preguntó Zeridian sin girarse.
Astar asintió, sabiendo que el otro lo percibiría igual.
—Sí, Maestro. —Astar dudó. La palabra le sonaba anticuada, pero todos usaban el título por costumbre más que por respeto real.
—¿Hay algo más que quieras decirme? —Zeridian se volvió entonces, los ojos grises bajo las cejas como líneas dibujadas a lápiz fino.
Astar respiró hondo.
—Quiero saber cómo nació Ekrom —dijo—. La historia real, no la que está en los anales.
Durante un momento, no hubo respuesta. Sólo el leve zumbido de la esfera y, a lo lejos, el canto de algún ave nocturna que se animaba antes de tiempo.
—¿Por qué ahora? —preguntó Zeridian.
Astar no tenía una respuesta elegante, así que dijo lo primero que le vino a la mente.
—Porque no creo que nadie sepa cómo será el futuro si no entiende el origen —dijo, y supo al instante que la frase era una mezcla horrible de honestidad y eslogan.
Zeridian no se rió, pero hubo una suavidad en sus rasgos que, para Astar, fue incluso más desconcertante que el sarcasmo de Nessa.
—Ven —dijo Zeridian, y le indicó que lo siguiera al exterior.
Caminaron juntos por el corredor que bordeaba el patio central. Por primera vez, Astar se fijó en la perfección de la piedra bajo sus pies, en cómo losas distintas encajaban con precisión en una curva que jamás repetía ángulo. El orden de Ekrom no era simétrico, pero sí absoluto: no existía grieta que no tuviera función, ni desgaste que no hubiera sido previsto.
Al pasar bajo un arco, Zeridian se detuvo. Señaló el horizonte, donde el perfil de las Montañas Infranqueables se dibujaba en violeta contra el cielo.
—¿Ves ese pico? —dijo, sin mirar a Astar—. Hace mucho tiempo no estaba ahí.
Astar lo contempló, buscando alguna historia en el contorno de la montaña.
—¿Cómo llegó? —preguntó.
—Creció en una noche. —Zeridian hablaba bajo, pero cada palabra era una afirmación absoluta—. Nadie lo plantó ni lo esculpió. Simplemente apareció.
Astar no entendía. Esperó que Zeridian explicara, pero el viejo mago sólo siguió mirando el horizonte.
—Te contaré una historia, pero no será igual a la que enseñan en los salones —continuó Zeridian.
Astar se dio cuenta de que no sólo iba a escuchar una historia. Iba a escucharla como si la estuviera viviendo.
—Sígueme, conozco un buen lugar donde sentarnos —dijo Zeridian finalmente.
***
El camino entre el ala vieja y el jardín de las linternas no era largo, pero Zeridian lo recorrió sin prisa. Daba la impresión de que el trayecto le pertenecía, que lo había ensayado tantas veces que cada piedra bajo sus sandalias respondía a su peso con la memoria de pasos anteriores. Astar caminaba medio paso por detrás, observando los jardines, las huellas del tiempo y los restos de lo que alguna vez había sido el centro exacto del poder en Ekrom.
Había algo solemne en la decrepitud del lugar. Los setos que, según las crónicas, habían sido laberintos intrincados, ahora eran líneas desordenadas de arbustos secos y ramas caídas. De vez en cuando, una flor azul brotaba entre la maleza como una negación de la ruina, y Astar sentía ganas de arrancarla y guardarla en el forro de su túnica, pero le daba vergüenza hacerlo delante de Zeridian.
—¿Siempre fue así? —preguntó, intentando que la pregunta sonara casual.
Zeridian no respondió de inmediato. Se detuvo junto a una estatua agrietada —un centauro, erosionado hasta parecer casi humano— y apoyó la mano en el lomo de piedra. Cerró los ojos como si evaluara el estado del objeto sólo con el tacto.
—No. Hubo un tiempo en que todo aquí era nuevo —dijo, abriendo los ojos de golpe—. Pero incluso entonces, sabíamos que estábamos construyendo ruinas para el futuro.
Astar sonrió, aunque no estaba seguro de haber entendido. Hubiera preferido una respuesta simple, de esas que se podían escribir en los márgenes de una hoja y memorizar para un examen.
—Siempre tuve la impresión de que Ekrom nació completo —dijo Astar—. Que alguien llegó, lo diseñó, y después todos los demás vinieron a poblarlo.
Zeridian hizo un gesto ambiguo con la cabeza, como si negara y afirmara a la vez.
—Ese es el primer error de casi todos los historiadores —dijo—. Ekrom no nació. Ekrom fue permitido.
Caminaron un poco más. El suelo del sendero estaba cubierto de agujas de pino y fragmentos de loza, restos de antiguas lámparas. Astar podía oler la resina, el ligero aroma a ozono que precedía a las tormentas y el humo amargo de algún fuego lejano, quizá encendido por aprendices demasiado entusiastas.
Se sentaron en un banco bajo una pérgola desmoronada. El lugar ofrecía una vista directa al edificio central de Kendor, donde las ventanas, aunque cubiertas de polvo, reflejaban el sol poniente como espejos.
Zeridian sacó de una manga una pequeña caja de madera y la abrió. Dentro había hojas secas y una piedra ovalada, pulida hasta el punto de parecer irreal. Extrajo la piedra y la sostuvo entre los dedos.
—Cuando llegamos aquí, éramos cuatro —dijo—. No teníamos nada, ni siquiera una razón para estar juntos. Sólo una promesa que no habíamos pronunciado en voz alta.
Astar se inclinó hacia adelante, como si el objeto pudiera absorberle la atención a fuerza de pura curiosidad.
—¿Qué promesa? —preguntó.
—La de no dejar morir a Ekrom —dijo Zeridian, y su voz perdió, por un instante, toda rigidez—. Pero no era un reino, ni un nombre, ni siquiera un lugar aún. Era sólo la idea de que podía existir algo así. Y esa idea... —Giró la piedra entre los dedos, examinando las vetas interiores—. Esa idea bastó para que el valle nos encontrara primero a nosotros.
Astar pensó en la frase: el valle los encontró. No era la forma en que se contaba la historia. Según las versiones oficiales, los Cuatro Antiguos habían recorrido medio mundo en busca del enclave perfecto, midiendo distancias y climas, hasta dar con el sitio exacto donde fundar la escuela y la fortaleza. Pero algo en la forma en que Zeridian lo decía —el cansancio en los ojos, la serenidad obstinada con la que seguía sosteniéndose— lo convenció de que esa otra versión era la real.
—Entonces, ¿Ekrom nunca fue una elección? —preguntó.
—Fue una oportunidad —dijo Zeridian—. Y también una condena.
La respuesta, más que críptica, sonaba definitiva. Astar bajó la mirada al piso, a los dedos de sus propias manos cruzados en el regazo. De pronto, la atmósfera del lugar se volvió más densa. El aire parecía haber perdido una capa, como si toda la historia del reino se condensara en ese instante de luz naranja y piedra agrietada.
—¿Quieres que te cuente cómo fue, en realidad? —dijo Zeridian.
Astar asintió, incapaz de hablar. El mago mayor se acomodó en el banco y, sin previo aviso, lanzó la piedra al aire. Giró varias veces y cayó en la palma de su mano con un golpe seco, como una nota musical amortiguada.
—Entonces escucha —dijo—. Porque nadie lo recordará igual que yo.
Y así, con la voz y la memoria, Zeridian abrió la herida del tiempo y dejó que el pasado emergiera: cuatro jóvenes y un valle imposible, la historia antes de la Historia, el momento en que nada existía salvo la promesa de que, si todo salía bien, algún día habría ruinas donde ahora no había ni esperanza.
***
El cruce de caminos no tenía nombre. No figuraba en ningún mapa ni era la confluencia de rutas principales: apenas una bifurcación polvorienta donde el viento cambiaba de dirección y los árboles crecían en ángulos extraños, como si dudaran entre avanzar o volver al inicio. Sin embargo, allí coincidieron los cuatro, llegados desde puntos cardinales opuestos y, más que por designio, por una fuerza de atracción que ninguno supo reconocer hasta verse de pie, uno frente a otro, en medio de la nada.
Avahor fue el primero en aparecer. Se detuvo al borde de la senda, los brazos cruzados detrás de la espalda, como un arquitecto que inspecciona el terreno antes de decidir la primera línea del plano. Había en él una solemnidad natural: ni las botas cubiertas de barro ni la túnica salpicada de hojas rotas lograban restarle presencia. Cuando respiró hondo, sus hombros se elevaron de manera simétrica. No buscaba compañía, pero tampoco la evitaba. Había una obstinación silenciosa en su manera de avanzar, como si cada paso obedeciera a un proyecto que todavía no existía, pero que algún día sería suyo. Lo que ignoraba era que, antes de erigir el primer muro, tendría que aprender a compartir el aire con los demás.
Kripper llegó después, aunque su andar era tan silencioso que nadie lo notó hasta que ya estaba allí, a dos pasos de Avahor. Llevaba una sonrisa imposible de interpretar: era mitad burla, mitad cortesía, y flotaba en su rostro como una máscara apenas sostenida. Kripper parecía estar siempre al borde de la distracción; mientras se aproximaba, lanzaba pequeñas bolas de fuego hacia los costados del camino, quemando hongos y hojas secas. No por crueldad ni por el placer de la destrucción, sino por una compulsión infantil, la de comprobar que el mundo obedece a la voluntad de uno y por un extraño gusto de colores. Sus ojos, de un ámbar casi dorado, se movían de objeto en objeto con la velocidad de alguien que evalúa las probabilidades en tiempo real.
Zeridian fue el tercero. Caminaba lento, como si cada paso requiriera una decisión ética previa. Vestía con una sobriedad que rayaba en lo monástico: túnica blanca, botas sin adornos, las manos siempre juntas a la altura del estómago, como si en cualquier momento fueran a emitir una plegaria. Pero no rezaba. Observaba. Estaba atento a la forma en que los otros dos evitaban mirarse a los ojos, a la tensión invisible que se acumulaba en el aire con cada nuevo encuentro. Si el destino existía, pensaba, debía sentirse así: como una sucesión de casualidades que, al final, dejan de parecer accidentales.
Selwyn llegó último y lo hizo corriendo. Durante un instante, los tres ya reunidos lo vieron aparecer como una sombra en el borde del claro, la figura esbelta y oscura avanzando con una urgencia que era puro contraste con la quietud del entorno. Selwyn no frenó hasta llegar al grupo, y cuando lo hizo, se detuvo en seco, respirando apenas, como si la falta de aire fuera una molestia menor comparada con la ansiedad de llegar tarde.
Se observaron, los cuatro. No hubo saludos ni gestos de cortesía; sólo una ronda de miradas, cada una con su carga de juicio, duda o curiosidad. Durante un momento, el silencio fue absoluto. Se oía el roce de las ramas y el canto intermitente de los pájaros, pero ninguno habló.
Fue Kripper quien rompió la tensión.
—¿Nos están esperando? —dijo, y en su tono había más ironía que interés genuino.
Avahor no respondió. En cambio, se giró hacia el norte, donde las Montañas Infranqueables erguían sus picos como dedos petrificados. No había camino visible, ni sendero, ni siquiera una grieta entre las paredes de piedra. Sólo la promesa de una barrera absoluta.
—Pensé que serían más impresionantes —dijo Selwyn, con voz baja pero perfectamente audible.
Zeridian se permitió una sonrisa leve, casi imperceptible.
—Siempre decepciona ver que los límites del mundo son sólo piedra y viento —dijo.
—Hasta que dejan de serlo —agregó Kripper, esta vez lanzando una chispa que rebotó en el aire y se extinguió antes de tocar el suelo.
Un rato después, como si nadie hubiera decidido nada, los cuatro comenzaron a avanzar hacia la base de las montañas. Astar, en el presente, se sorprendía de lo fácil que resultaba imaginar a Zeridian joven, siguiendo a los otros como si necesitara medir primero la determinación de los compañeros antes de ofrecer la suya.
El sendero se volvió más empinado y resbaladizo. La vegetación mutó de verde oscuro a un gris azulado, y las hojas parecían hechas de cera, demasiado gruesas para romperse bajo los pies. El aire era más frío a cada paso. A lo lejos, un zorro observó el paso de los magos, y luego desapareció sin dejar rastro.
Avahor, que encabezaba la marcha, se detuvo en seco apenas el terreno dejó de ascender. Delante de ellos no había más camino: las rocas se elevaban en un muro perfecto, imposible de escalar ni siquiera con ayuda mágica. Por un instante, los cuatro contemplaron la pared.
Selwyn fue el primero en acercarse. Puso la mano sobre la piedra y la sostuvo allí, como quien intenta sentir el pulso de un animal dormido.
—Esto no es natural —dijo.
—Nada de esto lo es —respondió Zeridian, con una voz tan suave que la frase parecía no ir dirigida a nadie.
Kripper observó de cerca, sus dedos bailando en el aire, calculando dónde colocar una explosión que pudiera abrir un agujero en la montaña.
—¿Quieres probar con fuego? —preguntó, pero Selwyn negó con la cabeza.
—La roca absorbería el impacto —dijo Selwyn, sin apartar la mano de la piedra—. Está viva, de algún modo.
Avahor se agachó y tocó el suelo. Lo hizo con la reverencia de un sacerdote ante un altar desconocido. Cerró los ojos, y por un momento el silencio fue total. Cuando los abrió, sonrió de lado.
—Quizá sólo tenemos que pedir permiso —dijo.
—O quizás solo debemos volver de donde vinimos —dijo Kripper—.
Y rodó los ojos, dispuesto a lanzar otro comentario sarcástico, pero antes de que pudiera decir algo, la montaña comenzó a disolverse.
No fue un derrumbe ni una explosión. Simplemente, la piedra dejó de existir, capa por capa, como si alguien la borrara desde el otro lado del mundo. En cuestión de segundos, el muro de roca se desvaneció y, tras él, se abrió un valle que ninguno de los cuatro había visto jamás. Era inmenso, de una belleza improbable: árboles centenarios, pastos de colores imposibles, ríos de agua luminosa que surcaban el terreno en líneas perfectas.
Por un instante, nadie pudo hablar.
Selwyn fue el primero en avanzar, como si temiera que la visión desapareciera si no la ocupaban de inmediato. Los demás lo siguieron, y juntos cruzaron el umbral hacia el valle.
Astar, desde su banco en el presente, sintió que algo en su interior vibraba al ritmo de ese primer paso. El reino no había nacido con ceremonias ni proclamas. Había sido permitido, como dijo Zeridian. Y, al menos al principio, eso era suficiente.
***
El valle tenía algo de mentira. Cada color brillaba un poco más de lo que el ojo toleraba y el aire, en vez de ser más liviano, se volvía más denso a cada respiro, como si la atmósfera guardara el aliento desde el nacimiento del mundo. Avahor, Kripper, Selwyn y Zeridian avanzaron en fila sin discutir quién guiaba; incluso Kripper —tan acostumbrado a desafiar cualquier liderazgo— seguía al grupo con la docilidad de quien no quiere ser el primero en admitir miedo.
Al principio nadie dijo nada. Los árboles, enormes y de un verde tan oscuro que parecía hecho de tinte y no de savia, cerraban el cielo en arcos perfectos. La tierra bajo los pies era una alfombra de musgo y flores desconocidas, húmeda pero sin barro. A lo lejos, la única interrupción al verde absoluto era una línea azul: un río que cortaba el valle de lado a lado, como si alguien lo hubiera dibujado con regla.
Selwyn fue el primero en detenerse. Escudriñó el entorno con una expresión que combinaba suspicacia y fascinación.
—Esto es un truco —dijo, sin levantar la voz.
Avahor se acuclilló, arrancó una brizna del musgo y la olió. No supo nombrar el aroma, pero le recordó a un recuerdo de la infancia, algo entre pan tostado y hojas mojadas.
—No es ilusión —dijo Avahor, y su tono no era el de quien debate, sino el de quien dicta sentencia.
—Quizás estamos muertos —sugirió Kripper, y lanzó una piedrita al río, sólo para ver si hacía ruido al caer.
Zeridian no hablaba. Caminaba unos pasos detrás, atento a los detalles: el modo en que la luz se filtraba, el zumbido suave que llenaba el aire aunque no se viera insecto alguno, las líneas en espiral que recorrían los troncos de los árboles como venas. Cuando el grupo se detuvo junto a una elevación de piedra, Zeridian fue el único que notó el patrón: cada roca en la cima estaba alineada, formando un círculo perfecto de tres metros de diámetro.
—Aquí hay algo —dijo, señalando el centro del círculo.
El suelo era de grava blanca, tan compacta que reflejaba la luz como un espejo opaco. En el centro, una losa gris se alzaba apenas medio metro sobre la superficie. Kripper se adelantó y la tocó. La piedra vibró bajo sus dedos y, apenas el contacto se sostuvo unos segundos, líneas de runas comenzaron a iluminarse sobre la cara vertical de la losa.
Los cuatro dieron un paso atrás. El texto que apareció no estaba escrito en ningún idioma que reconocieran, pero las palabras se acomodaron en sus mentes de forma automática, como si cada letra fuera una nota en una melodía destinada a ser recordada.
Bienvenidos, grandes maestros.
El mensaje era tan ridículo que el grupo necesitó varios segundos para procesarlo. Avahor resopló, negando con la cabeza. Kripper abrió la boca para burlarse, pero fue Selwyn quien, con un tono perfectamente neutro, resumió lo que todos pensaban:
—Si somos “grandes maestros”, este lugar está más jodido de lo que parece.
Fue la primera vez que los cuatro rieron juntos. No fue una risa fuerte ni ruidosa, sino un estallido breve que rompió la tensión. Incluso Zeridian, que apenas sonreía en público, dejó que se le arrugara el rostro en una mueca genuina.
Tras la risa, el silencio regresó. Pero ya no era el silencio del desconcierto, sino el de quienes reconocen, aunque sea por un instante, que pertenecen al mismo cuadro.
Avahor se sentó en la roca y observó el horizonte. El valle seguía extendiéndose, y en el límite se divisaban otros accidentes geográficos: una colina dorada, un claro de pasto tan brillante que parecía cubierto de escarcha y, más allá, una torre de piedra que sobresalía apenas sobre el nivel de los árboles.
—¿Alguien quiere apostar a que nos están observando? —preguntó Kripper, sin apartar la vista del bosque.
Selwyn no respondió, pero entrecerró los ojos, como si intentara distinguir una silueta entre las sombras.
Zeridian se puso de pie y caminó en círculos alrededor de la losa. Sus manos flotaban a centímetros de la superficie, rozando las líneas de runas que seguían encendidas. Por un momento, su mente se vació de todo salvo de la textura de la piedra y la vibración persistente que emanaba de ella.
No estaban solos. Al menos, no completamente.
En la periferia del valle, justo al borde de la visión, algo —o alguien— los miraba. No era una presencia física ni un animal; era una conciencia extendida a lo largo del paisaje, una vigilia suave pero constante. En ese instante, Selwyn lo percibió y, sin mirar al resto, sonrió apenas. Lo supo: el juego recién comenzaba.
***
La presencia se hizo carne al segundo amanecer. Hasta entonces, la vigilancia había sido apenas una impresión: una brisa que recorría la nuca, una vibración bajo los pies, la certeza inconfesable de que cada palabra, cada gesto, era registrado por algo demasiado grande para nombrarlo. Pero al despuntar el sol, fue imposible seguir negándolo.
Avahor despertó antes que los demás y salió de su improvisado refugio de ramas y tierra. El aire olía a agua fresca y resina, pero también a algo más, un aroma indescifrable que le recordaba las pesadillas de la infancia. Se frotó los ojos, convencido por un instante de estar solo. Entonces la vio.
En el centro del claro, junto a la losa, una figura femenina se erguía con la serenidad de quien pertenece al lugar desde siempre. Era hermosa, sí, pero no de la forma simple con que la mayoría describe la belleza; había en su rostro algo antinatural, una simetría que inquietaba y fascinaba a la vez Su cabello, largo y brillante, se movía con lentitud propia, como si respondiera a corrientes invisibles que nadie más podía sentir y la túnica —blanca, pero con reflejos de todos los colores imaginables— envolvía su cuerpo sin ocultar que no era, en sentido estricto, materia.
Avahor permaneció quieto, respirando apenas. Pronto, Selwyn se unió a él, luego Kripper y, por último, Zeridian, que llegó en silencio y se colocó a la derecha de Avahor.
La mujer no los miró enseguida. Tocó la losa con la palma de la mano, y las runas volvieron a encenderse, más brillantes que antes. Cuando por fin giró la cabeza, los ojos —tan luminosos como un río bajo la luna— recorrieron el grupo uno por uno.
—Son los primeros —dijo. Su voz, aunque baja, parecía retumbar en el pecho de los cuatro magos—. He esperado mucho.
Selwyn arqueó una ceja. Ni siquiera intentó ocultar su escepticismo.
—¿Quién eres? —preguntó.
La mujer sonrió, y por un instante su belleza se tornó aún más aterradora.
—Fui llamada Ekrom —dijo—. Fui carne y ahora soy Valle. Fui mente y ahora soy memoria.
Zeridian tragó saliva. El nombre encajaba con la inscripción de la piedra, pero era imposible no percibir el doble sentido: Ekrom no era sólo el lugar, sino también la conciencia que lo habitaba.
Avahor se adelantó un paso.
—¿Para qué estamos aquí? —preguntó.
El espíritu de Ekrom los observó en silencio, como si midiera la valía de la pregunta antes de contestar.
—Una oscuridad avanza sobre Terra —dijo—. No es una fuerza que puedan comprender, pero lo sentirán pronto. Ya la han sentido, en sus ciudades y en sus hogares. Cuando llegue aquí, este valle será el último refugio.
Zeridian pensó en la ciudad donde nació, en las calles invadidas por rumores de plagas, por desapariciones inexplicables, por una tristeza colectiva que ningún hechizo lograba disipar.
Kripper, que hasta ese momento parecía el menos impresionado por la aparición, habló sin rodeos:
—¿Y qué esperas que hagamos nosotros?
El Espíritu de Ekrom sonrió, pero esta vez la sonrisa era menos humana, más antigua.
—Llegará un día en que alguien deberá mantenerse firme —dijo— mientras todo lo demás retrocede.
Selwyn soltó una risa corta y amarga.
——¿Por qué nosotros? Apenas llevamos unos minutos juntos y ya he tenido desacuerdos con tres personas.
La respuesta del espíritu fue inmediata.
—Porque sus dones son distintos, pero juntos pueden construir lo que solos destruirían.
La figura se movió entonces, acercándose a cada uno como si los eligiera en ese instante:
—Avahor —dijo, mirándolo a los ojos—. Eres orden, eres estructura. Eres la torre antes que la ciudad. Serás el pilar que sostenga a los demás.
Avahor bajó la mirada, incapaz de sostener la intensidad de ese juicio.
—Kripper —continuó—. Eres el fuego que no teme al fuego. Eres la destrucción necesaria, la fuerza que purifica. Sin tu energía, nada crecería aquí.
Kripper asintió, no tanto por modestia como por la incomodidad de ser analizado tan a fondo.
—Zeridian. —La voz de Ekrom era más suave ahora—. Eres el ciclo. El nacimiento y el regreso, la vida que nunca se resigna a extinguirse. Tu tarea será la de reconciliar lo que en los otros está en conflicto.
Zeridian sintió una presión en el pecho, pero la aceptó como un recordatorio de que aún estaba vivo.
—Selwyn —dijo finalmente—. Eres el abismo. La noche que contiene a todas las noches, la pregunta que nunca se agota. El reino te necesitará para ver el peligro antes que nadie más, y para encontrar belleza donde otros sólo ven vacío.
Selwyn no apartó la vista, pero bajó apenas el mentón en señal de respeto.
El Espíritu de Ekrom dio un paso atrás y abrió los brazos. El valle entero pareció responder: la luz se intensificó, los árboles susurraron en un idioma antiguo y el río vibró con un pulso regular, casi un latido.
—Elijan —dijo Ekrom—. Quédense o márchense. Pero si se quedan, no volverán a ser los mismos.
Por un instante, el grupo dudó. Cada uno meditó la decisión, reconociendo la magnitud del compromiso. Pero todos, en silencio, sabían que no había retorno.
Avahor fue el primero en asentir.
—Acepto —dijo.
Kripper se encogió de hombros.
—No creo en profecías, pero acepto el desafío.
Zeridian se limitó a decir:
—Sí.
Selwyn, el último, observó al espiritu con una mezcla de desafío y respeto.
—Me quedaré hasta ver si todo esto no es una broma —dijo.
La mujer sonrió, y el valle se volvió, por un segundo, más brillante que nunca.
—Entonces, será su responsabilidad proteger este lugar —dijo el Espiritu de Ekrom—. Y será mi promesa darles lo que necesiten para lograrlo.
Así, sin ceremonia ni ritual, comenzó la historia real de Ekrom. No como reino, ni siquiera como fortaleza, sino como la obstinación compartida de cuatro magos y una voz que, desde las profundidades del Valle, los eligió a todos por igual.
***
Construir un reino desde la nada era, en los primeros días, más una cuestión de terquedad que de magia. Nadie lo entendió mejor que Kripper, quien asumió la tarea de levantar los primeros golems de construcción con la confianza absoluta de quien nunca ha fracasado en público. La realidad se encargó de ajustar sus expectativas.
El primer golem nació de barro y fragmentos de piedra, ensamblados con una runa de animación en el pecho. Caminó tres pasos y se desarmó en una lluvia de lodo, esparciendo gotas sobre la túnica impecable de Avahor, que inspeccionaba los cimientos de la futura torre norte. Kripper maldijo en voz baja, recogió los restos y, sin pausa, inició el segundo intento.
La versión dos duró más: seis pasos antes de desplomarse, esta vez con un sonido hueco, como un tambor ahogado en agua. Selwyn, que observaba desde una rama, soltó un silbido de aprobación irónica.
—¿Estás seguro de que leíste los conjuros al derecho? —preguntó.
Kripper no respondió. Prefería destilar su vergüenza en eficiencia; cada fracaso era una invitación a rediseñar la fórmula. Cuando, al tercer intento, el golem logró caminar hasta el borde del claro y regresar sin perder una extremidad, Kripper celebró con una sonrisa tan sutil que casi nadie la notó.
Mientras tanto, Avahor supervisaba todo. Tenía papeles, planos y maquetas talladas en madera, pero lo que realmente le importaba era el patrón invisible que unía las partes. Cada muro tenía una razón para existir; cada puerta, una función concreta; cada torre ocupaba exactamente el lugar donde Avahor insistía que debía estar, aunque nadie más entendiera todavía por qué. Los detalles lo absorbían: podía pasar una hora decidiendo el ángulo de una escalera, o debatiendo con Zeridian sobre la distancia óptima entre dos ventanas.
—No importa la velocidad, si lo hacemos mal tendremos que rehacerlo mil veces —decía Avahor, y su tono era tan seco que era imposible discutirle.
Zeridian, por su parte, se encargó de coordinar a los aprendices que comenzaron a llegar al valle cuando corrió la voz de que algo grande se estaba construyendo. Eran jóvenes, inexpertos y en su mayoría ignoraban los rudimentos de la magia, pero Zeridian tenía paciencia para enseñar lo básico: cómo usar una palanca sin romperse los dedos, cómo mover piedras sin aplastar a nadie, cómo leer instrucciones aunque fueran escritas por alguien con el pulso de Kripper.
Selwyn, aunque parecía menos involucrado en la obra, recorría el perímetro a diario, trazando símbolos que luego nadie podía encontrar a simple vista. Cuando le preguntaban qué hacía, se limitaba a encogerse de hombros y murmurar:
—Si no aseguramos el valle, los muros serán sólo decoración.
Las noches eran frías y largas, pero el ritmo de trabajo no aflojaba. Kripper, ya con un pequeño ejército de golems funcionales, dirigía la colocación de las piedras con la precisión de un director de orquesta. Avahor ajustaba el diseño sobre la marcha. Ningún plano sobrevivía demasiado tiempo cerca de él; siempre encontraba algo que mejorar, una pared que mover o una ventana que abrir. Zeridian organizaba turnos de trabajo y cocinaba para todos, usando recetas improvisadas que, para sorpresa de todos, resultaban siempre comestibles.
Un mes después, la primera torre se erigió sobre el valle. Era más tosca de lo que Avahor soñó, pero tenía una belleza cruda: la piedra sin pulir, los surcos donde las manos habían pasado cien veces, la marca de un inicio imperfecto pero irreversible.
El resto de las estructuras fueron apareciendo una tras otra. La torre de Kripper era la más baja, pero resistía mejor que ninguna los embates del viento y los temblores ocasionales. La de Zeridian, en cambio, estaba rodeada de un jardín circular donde las flores crecían a un ritmo imposible. Con los años, aprendices, viajeros y habitantes del castillo acabarían buscando aquel lugar cuando necesitaban un momento de calma.
Selwyn rechazó la oferta de una torre y, en cambio, pidió un laboratorio subterráneo. Al principio, los otros lo tomaron como una excentricidad. Con el tiempo descubrieron que Selwyn investigaba cosas que era mejor mantener lejos de las habitaciones principales de Kendor.
Cada tarde, al terminar la jornada, los cuatro se reunían en el borde del río. Hablaban poco, y cuando lo hacían, era para discutir problemas del reino: cuánta piedra quedaba, cuántos golems se habían roto, si valía la pena expandir el muro perimetral o reforzar primero las defensas internas. Sin embargo, en esos silencios compartidos crecía algo más fuerte que la piedra y el sudor: la intuición de que, pese a sus diferencias, estaban inventando una familia de la nada.
Una noche, cuando la tercera torre acababa de ser terminada, Zeridian propuso un brindis improvisado con agua de río y unas hierbas amargas que, según él, ayudaban a la memoria.
—Por lo que aún no existe —dijo, levantando el cuenco.
Kripper lo siguió:
—Por lo que nunca existirá del todo.
Selwyn no dijo nada, pero alzó su vaso y miró a Avahor, esperando la frase final.
Avahor pensó un segundo. Luego, con la voz más serena de toda la noche, dijo:
—Por lo que resistirá cuando todos nos hayamos ido.
Brindaron, y el eco del gesto —simple, sin artificio— se grabó en el aire como una promesa tácita.
Cuando llegó la primera nevada, el Valle de Ekrom tenía ya su esqueleto: tres torres alineadas como notas en una escala imposible, un laboratorio enterrado bajo capas de piedra, jardines aún incipientes y un muro perimetral que, de lejos, parecía más un boceto que una fortaleza. Pero cada grieta, cada imperfección, era la señal de que el lugar estaba vivo.
Y, al igual que sus creadores, aún tenía mucho por aprender.
***
La noticia corrió más rápido que el agua. Bastó que uno de los aprendices corriera con una carta para que, en cuestión de semanas, las ciudades de Terra vibraran con rumores de un nuevo reino donde la magia no era privilegio ni herencia, sino oficio abierto a cualquiera. Los Cuatro Antiguos —todavía lejos de ser leyenda, apenas reconocibles fuera del Valle— salieron en parejas a recorrer el mundo. No llevaban proclamas ni promesas, sólo la invitación implícita de que, si alguien estaba dispuesto a cruzar el páramo y enfrentar las Montañas Infranqueables, encontraría un lugar entre ellos.
Avahor y Zeridian preferían los pueblos pequeños, donde la gente dudaba de todo lo que venía de afuera. No se anunciaban como emisarios ni mencionaban de entrada la existencia de Ekrom; simplemente escuchaban. En tabernas y mercados, detectaban en segundos a quienes tenían hambre de algo más que pan: artesanos marginados, brujos desterrados, niños que corrían descalzos porque no los aceptaban en ninguna escuela. Zeridian se llevaba bien con los solitarios; Avahor, con los que estaban a punto de rendirse pero aún no lo habían hecho.
Kripper y Selwyn compartían ruta con frecuencia. Las personas que buscaban rara vez aparecían en templos o academias. Buscaban en burdeles, cárceles y campos de batalla. Kripper ofrecía una salida a los soldados que habían sobrevivido más guerras de las que podían recordar; Selwyn, por su parte, rastreaba a los sanadores y herboristas que nadie quería cerca porque sabían demasiado sobre venenos.
Al principio, la mayoría de los reclutados pensó que el viaje terminaría en estafa o emboscada. Pero a medida que el grupo crecía, la promesa del Valle de Ekrom pasó de rumor absurdo a esperanza plausible. Los que llegaban descubrían que no había jerarquías rígidas: todos trabajaban, todos aprendían y, sobre todo, todos podían equivocarse sin que los exiliaran por ello.
En menos de un año, el campamento inicial se multiplicó por diez. Los golems de Kripper trabajaban día y noche, pero la verdadera transformación era humana: donde antes sólo había piedra y frío, ahora brotaban huertos, plazas de entrenamiento, patios llenos de niños que nunca antes habían jugado sin miedo. Las torres, inicialmente símbolos de aislamiento, se convirtieron en centros de encuentro. Los laboratorios de Selwyn y Zeridian nunca estaban vacíos, y el muro perimetral pronto se volvió innecesario: nadie quería irse, nadie sentía la urgencia de defenderse contra el resto del mundo.
El Espíritu de Ekrom se manifestaba de vez en cuando, no siempre con forma, pero sí con voz o en visiones. Algunos días era una ráfaga de viento que torcía las ramas de los árboles para proteger a los niños de la lluvia; otros, una advertencia en sueños sobre incendios, derrumbes o peligros que aún no habían llegado al valle. Su vigilancia no era opresiva, sino maternal. La promesa inicial —proteger el Valle y a su gente de la Oscuridad que avanzaba en Terra— dejó de ser mandato y se volvió instinto.
Astar, de regreso en el presente, miró el horizonte desde el banco bajo la pérgola de Kendor. Ya no veía sólo ruinas; percibía, en las grietas y los fragmentos, la posibilidad de lo que había sido y lo que aún podía volver a ser. Zeridian se quedó sentado a su lado, las manos cruzadas y la mirada puesta en el espacio entre dos columnas derruidas.
—¿Eso fue todo? —preguntó Astar, todavía impresionado por la magnitud de lo escuchado.
Zeridian lo miró con una sonrisa que no era triste ni alegre, sino la mezcla exacta de ambas.
—Eso fue el principio —dijo—. El final todavía lo estás escribiendo tu.
El viento movió las ramas secas de la pérgola, y Astar pensó que, si cerraba los ojos, podía escuchar las voces de los primeros colonos, las risas de los niños, el retumbar de los golems y, por encima de todo, la voz inconfundible del Valle, la misma que había llamado a los Cuatro Antiguos hacía siglos.
Astar se levantó, estiró las piernas y, por primera vez, sintió que entendía su lugar en el plan de Ekrom. No era un heredero ni un sucesor. Era, como los primeros, sólo alguien que se negaba a dejar morir la promesa de que Terra podía ser diferente.
El sol caía detrás de las ruinas, pintando las sombras de azul. Astar se encaminó hacia la vieja torre, decidido a empezar su propia versión de la historia, sin miedo a equivocarse. Porque ahora sabía que Ekrom no era sólo un lugar; era una pregunta abierta, una esperanza que podría durar.
Y, mientras existieran quienes quisieran responderla, el Valle nunca estaría realmente perdido.