Un enigma sin solución
La muerte ya no llegaba con el filo de una espada ni con el estruendo de una guerra. No necesitaba ejércitos ni veneno en una copa de vino. Llegaba con el perfume de las rosas.
La enfermedad, al principio un susurro en los callejones oscuros, se convirtió en un eco aterrador en los pasillos de los palacios. Se esparcía silenciosa, como una maldición escrita en pétalos marchitos. Sin hacer distinción entre plebeyos y nobles, un monarca podía caer con la misma gracia con la que un mendigo se desplomaba en el fango.
Se le llamó, el síndrome de la Rosa Eterna.
Se decía que aquellos marcados por el síndrome dejaban un rastro de aroma embriagador en todo lo que tocaban, una fragancia que flotaba en el aire incluso después de su partida, pero lo que al principio parecía un don divino, pronto se reveló como una condena y su desarrollo era tan hermoso como aterrador.