Capítulo 1
—Un héroe, sí... eso es justo lo que quiero ser, abuelo.
Si tan solo nunca hubiera pensado eso, tal vez ellos seguirían vivos. Yo los llevé a la muerte.
Mis pensamientos me inundaban mientras mi cabello húmedo caía por su propio peso. Todo a mi alrededor se apreciaba en tonalidades oscuras, emanando una constante vibra de desorden. Justo debajo de mí se encontraba un montón de basura que tomé como asiento para poder degustar mi bebida. Mientras más bebía, las voces en mi cabeza aumentaban su frecuencia; se les notaba más odio y asco, por lo que tocaba beber más para poder apagarlas. Este círculo vicioso es en el que me encuentro desde hace ya quince años.
—¡Hey, niño, vuelve aquí! —gritó un hombre a la lejanía, claramente enojado por algo que acababa de suceder.
Pudo haber sido víctima de un robo o un asesinato, yo qué sé. Son cosas que un guardia debe resolver. No un sujeto como yo.
Tomé lo que fue el último trago para terminar acostándome sobre la basura. El cielo dejaba caer una leve llovizna, pero aunque las gotas golpeaban sobre mis ojos, no dejaba de mirar hacia arriba. Su tono grisáceo me resultaba demasiado hipnótico.
El sonido de unos pies descalzos chapoteando a toda velocidad contra el lodo me sacó de mi letargo. Un bulto pequeño se zambulló de cabeza en la montaña de basura que estaba a mi lado, escondiéndose entre las sombras. Apenas un segundo después, el eco de unos pasos apresurados resonó en la entrada del callejón.
Suspiré por la nariz. Problemas.
La luz de una antorcha iluminó el lugar, revelando a dos hombres. No eran simples matones callejeros. Uno vestía ropas pulcras y llevaba un abrigo grueso, luciendo exactamente como un comerciante pudiente; el otro portaba la cota de malla y el blasón de la guardia del pueblo. Que la autoridad escoltara a un mercader en un callejón como este de madrugada no auguraba nada bueno.
El guardia se acercó primero, arrugando la cara por el hedor a alcohol rancio que me rodeaba. En lugar de desenfundar, bajó su arma y usó la punta de su espada aún en la funda para golpearme con fuerza en el hombro. Era una amenaza calculada y llena de sensatez: suficiente para advertirme que hablaba en serio, pero dejando claro que no ensuciaría su acero por un miserable borracho.
—¡Oye, escoria! —ladró el guardia con voz autoritaria—. ¿Viste a un mocoso pasar por aquí? Lleva unos grilletes en las muñecas. Habla si no quieres que te astille las costillas con la funda.
Por el rabillo del ojo, noté que la lona de basura junto a mí temblaba levemente. ¿Grilletes? Así que eso era. Podía entregarlo y ahorrarme problemas. Era lo lógico. Pero un sabor amargo, distinto al del licor, se me instaló en la garganta. Un niño no huye con esa desesperación por mero capricho.
Relajé los músculos de la cara, dejé que mis ojos se desenfocaran a propósito y esbocé la sonrisa más estúpida que pude fingir.
—¡Zanahorias! —exclamé de golpe, alzando mi botella vacía hacia la antorcha del guardia como si brindara—. Te digo...hic... te digo que las zanahorias de este maldito pueblo saben a pura tierra vieja.
El comerciante se adelantó de inmediato, frunciendo el ceño, desconcertado e irritado por mi arrebato.
—¿De qué demonios hablas, borracho? El guardia te preguntó por mi esclavo.
—¡Y yo le pregunto a usted, señor elegante! —continué balbuceando, arrastrando las palabras exageradamente—. ¿Ha visto a un conejo del tamaño de... de un perro? Porque se robó mis zanahorias. Le iba a hacer un estofado, pero el muy desgraciado me miró fijo y... ¡puf! Saltó el muro. Creo que llevaba zapatos...
Solté una carcajada ronca, dejando caer la cabeza hacia atrás hasta golpear la pared, y me quedé mirando la lluvia con una sonrisa boba, como si hubiera olvidado por completo que ellos estaban allí. El comerciante torció el gesto en una mueca de asco puro.
—Maldita sea, su cerebro está podrido en licor —masculló el hombre de negocios.
Juntó saliva y, sin dudarlo, escupió. El gargajo aterrizó directamente en mi frente. Sentí la calidez viscosa deslizarse lentamente por mi rostro, mezclándose con la fría llovizna, pero no me inmuté. Mantuve la mirada perdida, como un idiota. El comerciante me observaba de arriba a abajo con absoluto desprecio.
—Ni siquiera sabe en qué día vive. El mocoso debió salir por el otro lado. Vamos, guardia, no perdamos el tiempo con este despojo humano.
El guardia asintió y retiró la funda de mi hombro. Los pasos de ambos se alejaron a toda prisa. Mantuve la sonrisa estúpida en mi rostro hasta que el sonido de sus botas fue tragado por completo por la lluvia.
Una vez que el callejón quedó nuevamente en silencio, me pasé el dorso de la mano por el rostro para limpiarme la saliva y dejé caer mi actuación. Mi expresión volvió a la frialdad pesada de siempre. Solté un suspiro cansado y le di un golpe seco con los nudillos a la lona de basura.
—Ya se fueron —dije con voz clara y cortante, sin un solo rastro de embriaguez—. Sal de ahí antes de que las ratas te muerdan.
Me di la vuelta, acomodando el peso de la espada en mi cintura, y dejé atrás el callejón. Mis botas chapoteaban en el lodo con un ritmo pesado, guiándome por inercia hacia la única taberna del pueblo que seguía abierta a estas horas. Necesitaba otra botella. Urgía apagar el eco del mundo antes de que trajera de vuelta las otras voces.
No había dado ni veinte pasos cuando escuché el inconfundible sonido de unos pies descalzos detrás de mí.
Me detuve. El sonido también se detuvo. Di tres pasos más.Plas, plas, plas.
Solté un gruñido y giré la cabeza. El niño estaba ahí, a un par de metros, empapado hasta los huesos y tiritando. Ya no había rastro de la sombra escurridiza; solo un chiquillo acorralado que me miraba con recelo, pero aferrándose a mí como su única salvación.
—Usted... no me entregó —susurró con voz temblorosa, manteniéndose a una distancia prudente.
—No me sigas —lo corté, mi voz áspera rasgando el aire frío—. No fingí nada por ti. Vuelve a tu agujero.
Retomé mi marcha, pero el chiquillo trotó, ignorando el fango que le cubría los tobillos.
—¡Por favor! —suplicó, su voz cargada de una urgencia desesperada—. ¡Ayúdeme a salir de este pueblo! Los guardias vigilan las puertas. Si me saca de aquí, le pagaré. Mi antiguo amo... tenía mucho oro escondido. Sé dónde está.
—Guárdate tu oro invisible, mocoso —escupí, sin dejar de caminar—. En este basurero, el dinero solo sirve para cavar tu propia tumba más rápido.
—¡Entonces fama! —insistió, tropezando con una piedra y recuperando el equilibrio a duras penas, lanzando promesas vacías en un intento torpe por convencerme—. ¡Si me salva, todos sabrán que me ayudó! ¡Dirán que es usted un... un héroe!
La palabrahéroese clavó en la boca de mi estómago. Apreté la mandíbula hasta que los dientes me dolieron. Me detuve y lo miré desde arriba, con los ojos inyectados en sangre.
—Yo no soy un héroe —dije, arrastrando cada sílaba con veneno—. Y a ti no te espera ninguna gloria. Muévete.
Lo esquivé de un empujón suave, pero firme. Ya podía ver la luz mortecina de la taberna al final de la calle.
—¡Pero no puede dejarme! —gritó el niño a mi espalda, su voz rompiéndose por completo al ver que su único boleto de salida se alejaba—. ¡No sé a dónde ir! ¡Un hombre bueno no dejaría a un niño morir!
—Te equivocas —respondí sin mirarlo, llevando la mano al pomo de hierro de la puerta de madera podrida—. Soy el peor hombre que vas a conocer. Sobrevive por tu cuenta.
Empujé la puerta. El olor a cerveza rancia y sudor me dio la bienvenida. Estaba a punto de cruzar el umbral y desaparecer en la penumbra cuando su voz, rota por el llanto, el frío y la impotencia, resonó en la calle vacía.
—Tengo que volver a mi pueblo... Se lo prometí a mis padres. Los voy a volver a ver. Y... y un verdadero hombre no falta a su palabra.
Mi mano se congeló sobre la madera astillada.
El sonido de la lluvia pareció ahogarse de pronto, tragado por un vacío que me ensordeció. Solté el pomo de la puerta de hierro. Mis dedos temblaban de una forma que el alcohol no podía justificar. Me giré despacio, sintiendo cómo un nudo de bilis y un terror helado me cerraban la garganta.
El niño seguía ahí, bajo la llovizna, con la cabeza gacha y los puños apretados, esperando mi rechazo definitivo. Pero mis ojos ya no lo miraban a él.
Justo detrás del chiquillo, recortada contra la bruma nocturna del callejón, había una silueta en absoluto silencio. Las gotas de lluvia caían a través de ella, desvaneciéndose antes de tocar el suelo. Llevaba aquel viejo abrigo de cuero desgastado y mantenía una mano firme, casi solemne, sobre el pomo de una espada larga. Su postura era impecable, orgullosa.
Era él. Mi maestro.
El hombre que me puso un arma en las manos por primera vez. Quien me molió a golpes en la tierra seca para enseñarme que la esgrima no se trataba de ser el más fuerte, sino de saber a quién proteger. El mismo hombre que me explicó, hace tantas vidas atrás, lo que realmente significaba cargar con el título de aventurero.
El fantasma no desenfundó, ni mostró furia. Sus ojos translúcidos, duros pero desbordantes de una triste sabiduría, se clavaron directamente en los míos. No movió los labios, pero no hacía falta. Esa frase... esa maldita frase no era del niño. Era el juramento de mi maestro. El mismo juramento que yo había manchado y enterrado bajo quince años de arrogancia y miseria.
Un relámpago lejano iluminó la calle, y al siguiente parpadeo, el espectro había desaparecido. Solo quedaba el viento, la lluvia, y el niño esclavo que me devolvía la mirada.
Sentí asco de mí mismo. Sentí rabia. Pero, por primera vez en quince años de silencio sepulcral, sentí que la gruesa coraza de cristal que había construido a mi alrededor se resquebrajaba irremediablemente.
Me pasé una mano temblorosa por el rostro empapado, restregándome los ojos con brusquedad hasta que el escozor físico ahuyentó el pánico. Cuando volví a abrirlos, el fantasma de mi maestro ya no estaba. Solo quedaba la oscuridad, el barro y la mirada expectante de ese mocoso que acababa de remover la tumba de mi pasado.
Tragué saliva, sintiendo la garganta rasposa a pesar de la tormenta.
—Escúchame bien, mocoso idiota —gruñí, dando un paso pesado hacia él.
Mi tono fue tan frío y amenazante que el niño retrocedió instintivamente, abrazándose a sí mismo.
—Te ayudaré a salir de este pueblo. Y nada más.
Los ojos del chiquillo se abrieron de par en par. Hizo el amago de mostrar alivio, pero antes de que pudiera soltar alguna estupidez de agradecimiento, levanté un dedo para silenciarlo de golpe.
—No te equivoques. No me importas tú, no me importan tus amos, y tu pequeña promesa me importa una mierda —siseé, asegurándome de que mi hostilidad le quedara grabada—. Te dejaré al otro lado de los muros porque conozco los puntos ciegos de la guardia local. Pero una vez que pisemos el bosque, nuestros caminos se separan. No voy a arrastrar mis botas por medio continente, ni pienso meter mi cuello en la soga por los problemas de un niño que no sabe cuidarse solo. ¿Quedó claro?
El niño tragó pesado. A pesar de los temblores que le sacudían el cuerpo por el frío, asintió con firmeza, aferrándose a esa única oportunidad.
—Sí... lo entiendo.
Solté un último suspiro de fastidio y aparté la mirada de la puerta de la taberna. El maldito alcohol tendría que esperar. Me aseguré de llevar bien sujeta la espada a la cintura, le di la espalda al local iluminado y comencé a caminar hacia la negrura de los callejones secundarios.
—Camina rápido y no hagas ruido —ordené por encima del hombro—. Si te atrapan, no te conozco.
Mientras escuchaba el tímido chapoteo de sus pies descalzos siguiéndome en la penumbra, supe que estaba cometiendo el error más grande de los últimos quince años.