La Caída Del Clan Varyon
La noche estaba iluminada por la luz de la luna y el resplandor del fuego. El aire olía a humo, hierro y sangre.
El clan Varyon, maestros domadores de criaturas en su mayoría, había rechazado mancharse las manos con los trabajos sucios del Imperio. Por ese desafío, fueron declarados traidores y rebeldes; su sentencia: la exterminación. Porque nadie, absolutamente nadie, se opone al Imperio.
Habían resistido el primer asalto, aunque todos sabían que aquello no había sido más que un tanteo. Lo peor estaba por llegar.
En el salón principal, Tharion, líder del clan, permanecía firme junto a sus generales más leales. Rodeaban un mapa manchado de sangre y ceniza, mientras escuchaban los últimos reportes.
—Las mujeres y los niños ya fueron evacuados, mi señor. Con suerte, algunos lograrán escapar de la cacería imperial.
—Bien —respondió Tharion con voz cansada, apartándose hacia la ventana—. El segundo asalto comenzará en cualquier momento. ¿Está todo listo para el escape de Kael y Sylvana?
—Sí, señor. La ruta está trazada. Los escoltas aguardan. Solo falta Marek, que ajusta los últimos detalles de la carreta.
—Perfecto... —dijo Tharion, observando su reflejo en un espejo cercano.
El hombre que veía no era el mismo de antaño. Su cabello negro se había tornado gris con mechones rebeldes aún oscuros; su ancha espalda se había curvado; sus brazos ya no guardaban la fuerza de antes. Pasó la mano por las cicatrices que marcaban su torso, cada una un recuerdo grabado en carne. Al llegar a su rostro, endurecido pero surcado de arrugas, comprendió lo inevitable: aquel sería su último combate. En sus ojos verdes se reflejaba la resignación... y la firme determinación de quien acepta su destino.
La puerta del gran salón se abrió. Marek, maestre de la fortaleza, entró con la sobriedad de siempre, elegante incluso en la tensión. Su voz era serena, aunque cargada de urgencia.
—Mi señor, todo está preparado para la salida de la señorita Sylvana y el joven Kael.
—Déjate de formalidades, Marek —replicó Tharion con una leve sonrisa—. Hazlos pasar.
Sylvana ingresó primero. Todos guardaron silencio. Tenía la belleza madura de una mujer fuerte, mirada verde penetrante y cabellos oscuros que caían en ondas sobre sus hombros. A pesar de su tembloroso paso, intentaba mostrarse firme para su padre. Tras ella, entró Kael, apenas un muchacho de dieciséis años. Frágil aún, pero con la elegancia de quien está destinado a crecer bajo la sombra de la guerra. Sus ojos intensos, su rostro fino y su cabello castaño desordenado revelaban tanto incertidumbre como un futuro aún no escrito.
Tharion caminó hacia ellos. Con suavidad, acarició la mejilla de Sylvana y, con la otra mano, enderezó el cinturón de Kael.
—Esta noche marcará un final para algunos... y un nuevo comienzo para otros. No puedo permitir que mueran aquí conmigo. Por eso hemos preparado su huida. Marek guiará la carreta, y he escogido personalmente a tres personas que darán la vida por ustedes si es necesario.
Alzó la mano, y tres figuras avanzaron.
Primero, Calen: un hombre de piel oscura, hombros anchos y porte firme. Sus ojos transmitían la seguridad del mejor rastreador del clan, conocedor de cada sendero y cada piedra de la región. Tras una reverencia, sonrió a Kael.
—Me alegra saber que al menos iré con una cara conocida —dijo el joven, intentando romper la tensión.
Calen, su mentor en rastreo y sigilo, le devolvió una mirada que mezclaba orgullo y promesa.
El segundo fue Selar: guerrero imponente, de barba oscura y cabello recogido, con la mirada endurecida por décadas en el campo de batalla. Saludó con respeto a Sylvana, luego a Kael con una sonrisa fraternal.
—Mantén la guardia alta, como te enseñé —le dijo, dándole una palmada en el hombro.
Kael asintió, sintiendo un breve respiro de paz en medio de la tormenta.
Por último, avanzó Ainsworth. Y el aire mismo pareció tensarse. No era el más corpulento ni el más ágil, pero poseía algo imposible de ignorar: la calma de un sabio y la mirada insondable de quien ha visto demasiado. Alto, de porte elegante, rostro anguloso y barba bien cuidada, sus ojos oscuros parecían ocultar un pozo de secretos. Cada paso transmitía seguridad. Se detuvo frente a Tharion, quien le dedicó una sonrisa cargada de confianza.
—Él es Ainsworth —anunció Tharion—. Puede que lo conozcan poco, pero escúchenme bien: es la persona más capacitada para protegerlos. En los momentos más difíciles, será él quien decida. Y si confían en mí, confíen en él.
Kael lo observó con recelo. No sentía la calidez de Calen ni la cercanía de Selar, sino una distancia fría, casi impenetrable. Apenas lo conocía, aunque sabía que siempre había estado cerca de su abuelo, como una sombra fiel pero apartada. Imponente, sí. Ajeno, también.
Tharion, en cambio, lo miraba como solo se mira a un hermano de armas: con fe absoluta.
Un mensajero irrumpió en la sala.
—¡Señor! Las tropas imperiales se acercan por el este.
Tharion asintió. El tiempo se había acabado.
Se volvió hacia su hija y su nieto, los abrazó con fuerza, como si quisiera retenerlos en aquel instante para siempre.
—Deseo que encuentren paz, lejos de la corrupción del Imperio. Ese será mi legado.
Con voz firme, se dirigió a todos.
—Cumplan su deber. Llévenlos a salvo. No les pido que permanezcan siempre a su lado; son libres de escoger sus caminos. Pero hoy... hoy necesito que sean su escudo.
El grupo asintió y se retiró. Marek se detuvo un instante frente a Tharion. Ninguno necesitó palabras para entender lo que significaba aquella despedida.
—Si hay vida después de la muerte... te estaré esperando, viejo amigo —dijo Tharion.
Marek sonrió tristemente y partió.
El líder del clan volvió la vista hacia sus generales.
—Gracias por estar conmigo hasta el final. Que nuestra historia no se pierda, y que esta batalla sea recordada por siglos.
Salieron al balcón, desde donde se divisaba el avance del Imperio. Un silbido rasgó el aire, y pronto, cinco dragones descendieron con un rugido ensordecedor. Los hombres montaron y se lanzaron al combate.
Tharion fue el último en salir. Y entonces lo escuchó: un rugido profundo, tan antiguo como la montaña misma. Haliax.
El dragón ancestral se posó a su lado, llenando el balcón con su sombra inmensa. Sus escamas, de un negro azulado, brillaban como acero bajo la luna. Sus alas, vastas como las velas de un navío colosal, se desplegaron con un estruendo de tormenta. Sus ojos ámbar, sabios y orgullosos, se encontraron con los de su jinete. Al respirar, humo y brasas escapaban de su pecho, recordándole al mundo que en él ardía un fuego capaz de reducir fortalezas enteras.
Haliax había sido entrenado por su abuelo. Ahora, en aquel final, era su más leal compañero.
—Hoy será nuestro último vuelo, viejo amigo —susurró Tharion, acariciando el rostro de la bestia. Haliax bajó la cabeza, como si comprendiera la tristeza en la voz de su amo.
—Eres lo mejor que la vida me dio. Ahora, sellemos nuestro destino juntos... y que nos recuerden por siglos.
Tharion montó el lomo de Haliax. El dragón rugió, extendió sus alas y se lanzó desde el balcón. Un instante después, ambos ascendieron por encima de las nubes, dispuestos a escribir su última historia en fuego y sangre.
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Los corredores de la antigua fortaleza crujían como huesos viejos. El aire estaba impregnado de ceniza y hierro oxidado, y cada sombra pesaba como un presagio de muerte. El grupo avanzaba a toda prisa, guiados apenas por la luz temblorosa de las antorchas que resistían entre los muros resquebrajados.
—¿Por dónde? —preguntó Sylvana, con la respiración agitada.
Marek levantó la mano, señalando una ventana rota en lo alto.
—Por ahí.
Se acercaron, y al asomarse, el mundo se reveló con una crudeza que cortaba la respiración. Más allá de los muros derruidos, el campo de batalla se extendía como un océano de fuego y humo. Las bestias del clan Varyon luchaban con fiereza contra las criaturas del Imperio, su rugido llenando la noche como un coro de guerra.
Kael entrecerró los ojos, intentando enfocar entre la bruma y las llamas.
—¿Ese es Valmore... y Vex?
El joven wyvern aullaba mientras desgarraba con sus garras a un soldado imperial, y su jinete, Valmore, giraba la lanza con precisión mortal.
Sylvana se inclinó un poco más, incrédula.
—¿Pero contra quién lucha?
—Orin Faelen —respondió Calen con frialdad, sin apartar la vista—. Ese estilo... rápido, sutil, pero brutal, es muy suyo. Además, ahí está... —señaló con la barbilla el estandarte que ondeaba— el escudo del clan Faelen.
—¡Pero son nuestros aliados! —exclamó Kael, incrédulo.
—Eran sus aliados —replicó Marek con voz dura, aunque serena—. El clan Varyon fue declarado traidor, y eso convierte a todos los que fueron nuestros amigos en enemigos. El Imperio no deja margen. Cualquier clan que rechace la guerra será tachado de traidor, y su destino será el mismo. —Su mirada se oscureció—. Es un círculo de hierro y sangre... ahora salgamos de aquí, si queremos sobrevivir.
El grupo iba a retomar la marcha, cuando un rugido desgarró los cielos. El aire mismo se volvió denso, pesado, casi irrespirable. Desde las nubes descendía un dragón colosal, más grande que Haliax. Sus escamas, negras como el acero recién forjado, brillaban con un reflejo siniestro. Sus alas se desplegaron como un manto de tormenta que cubrió la luna.
Y sobre su lomo, un jinete erguido como un espectro de guerra. Su armadura, negra de pies a cabeza, parecía forjada en las mismas entrañas de la oscuridad. No había en él calor, ni humanidad: solo un aura helada que se imponía sobre todo lo que tocaba.
Selar murmuró, apenas audible:
—El Verdugo...
Kael giró hacia él, confundido.
—¿Quién?
Marek habló sin apartar los ojos del coloso.
—El arma del rey. El hombre que hace lo que nadie más quiere hacer. El que se envía cuando hay que asegurar la victoria. Una sombra que borra ejércitos enteros.
Un silencio gélido se apoderó del grupo. Solo el crujido del dragón al descender parecía llenar el mundo. Ainsworth, en cambio, continuó caminando con calma. El resto lo siguió, casi por instinto.
Cuando atravesaron las puertas de la fortaleza, la planicie los recibió con un resplandor cruel. La luna iluminaba la llanura manchada de sangre, donde los guerreros del clan Varyon luchaban a muerte contra las filas imperiales. Cerca, una carreta y un grupo de caballos esperaban, protegidos con desesperación por los últimos defensores del clan.
Calen fue el primero en lanzarse. Su espada corta danzaba en sus manos, moviéndose con precisión quirúrgica entre los soldados enemigos. Cada golpe era una estocada limpia, cada movimiento, un corte mortal.
—¡Presumido...! —bufó Selar, sonriendo apenas antes de lanzarse también. Su estilo era lo opuesto: brutal, feroz, como un martillo que arremetía con violencia desmedida. Cada tajo suyo destrozaba escudos y huesos.
Kael intentaba mantenerse cerca, pero un soldado imperial lo interceptó. Apenas alcanzó a alzar su espada. El choque le hizo doler los brazos. El enemigo era mayor, más fuerte, y su rostro estaba torcido en una sonrisa cruel.
El corazón de Kael latía como un tambor en su pecho. Se encontró con la oportunidad: su hoja rozó el costado del imperial, y el hombre cayó de rodillas, sangrando, vulnerable. Solo tenía que rematarlo.
Pero la mano de Kael temblaba. Los ojos del soldado, llenos de rabia y miedo, lo paralizaron. Nunca había matado. Nunca había cruzado ese límite.
—No... no puedo... —susurró, retrocediendo.
El imperial rió con voz quebrada, y con un rugido alzó la espada, apuntando directo al pecho de Kael.
—¡Kael! —gritó Sylvana.
El muchacho no alcanzó a reaccionar.
Un destello de acero lo cubrió. Selar apareció como un trueno, su espada descendiendo con furia descomunal. De un tajo brutal, decapitó al soldado, cuya cabeza rodó por la hierba, dejando un reguero oscuro.
Selar miró a Kael con dureza, la sangre salpicándole el rostro.
—Si dudas... mueres.
El joven quedó helado, el peso de la escena clavándosele en el pecho como un hierro ardiente.
A su alrededor, la batalla rugía, cada vez más feroz, mientras el cielo se oscurecía con las alas del dragón del Verdugo.
Marek se acercó a Kael, le limpió la sangre del rostro con el dorso de la mano y lo ayudó a levantarse.
—Esto es la guerra, joven Kael. No son prácticas en los patios de la fortaleza. Vamos, sube a la carreta.
Sylvana y Kael lo hicieron de inmediato, Marek los siguió, mientras Ainsworth cubría la retaguardia con la misma calma implacable de siempre. Selar y Calen montaron a caballo y el grupo emprendió la huida, veloz y desesperada.
Pero la fuga apenas había comenzado cuando el cielo se oscureció. Un rugido quebró la noche, profundo, imponente. Al levantar la mirada, todos vieron cómo un dragón descomunal descendía en picado, solo para elevarse de nuevo con un giro majestuoso. Sus alas taparon la luna, hundiendo el camino en sombras.
De pronto, el jinete saltó desde el lomo de la bestia, cayendo con precisión letal frente a la carreta, bloqueando su paso.
Calen y Selar desmontaron de inmediato. Querían mantenerse firmes, pero no pudieron; sus cuerpos temblaban, pues sabían que tenían delante a un enemigo imposible de vencer.
Ainsworth avanzó con su caballo, sin titubeos, hasta quedar frente al Verdugo. Bajó con calma, como quien acepta un destino que ya conocía.
—Ustedes sigan —ordenó con voz grave—. Yo lo detendré.
—¡Estás loco! —exclamó Calen—. ¡Morirás aquí!
Ainsworth sonrió apenas, como si la muerte no le preocupara.
—Ya escapé una vez de ella... quizá pueda hacerlo otra vez.
Y con un movimiento preciso, desenvainó una de sus dos espadas.
El Verdugo giró su lanza con facilidad, midiendo a su oponente.
—Me gusta tu arrogancia —dijo con un tono gélido.
Calen y Selar, aunque a regañadientes, obedecieron y retomaron el camino. El jinete, veloz como un rayo, se lanzó contra ellos, pero Ainsworth interceptó su movimiento y lo golpeó con el pomo de la espada, obligándolo a retroceder.
El hombre soltó una breve carcajada.
—Eres un bastardo con valor. —Su voz sonaba casi divertida, pero no había calor en ella. Levantó ambas manos y se quitó el casco.
El silencio cayó sobre el grupo.
Su rostro parecía esculpido en piedra: facciones rectas, perfectas, demasiado perfectas para ser humanas. La piel, pálida con un matiz grisáceo, carecía de vida. Sus labios eran delgados y tensos. Pero lo más inquietante eran sus ojos: grises, casi azulados, como acero reflejando la luna. Miraban sin furia, sin compasión... solo con una certeza fría.
—Ahora sí estoy listo —dijo con calma, sosteniendo la lanza con renovada firmeza—. Por cierto... ¿cómo te llamas?
Ainsworth no respondió. Su silencio era su respuesta.
El hombre inclinó apenas la cabeza.
—Callado, ¿eh? Bien. —Esbozó una sonrisa helada, sin alma—. Yo me llamo Azrakel.
Espada y lanza chocaron con un estruendo que rajó el aire de la planicie. Al principio, ninguno parecía esforzarse: los movimientos eran veloces, precisos, pero había en ellos una frialdad calculada. Ambos medían al otro.
Ainsworth esquivaba con economía, inclinando apenas el cuerpo, desviando los ataques de Azrakel con golpes secos, como si cada movimiento fuera una pregunta que el otro debía responder.
Azrakel, en cambio, disfrutaba. Movía su lanza con fluidez letal, cada estocada buscando un hueco que no existía. Pero sus ojos grises se entrecerraban poco a poco.
—¿Acaso te diviertes, bastardo? —escupió.
Ainsworth no respondió. Giró sobre sí mismo, dejó pasar un ataque a centímetros de su rostro, y por un instante fugaz, algo cruzó por su mente: el rostro de Tharion despidiéndose. La certeza de que aquel viejo llevaba toda la noche comprando tiempo para que otros vivieran.
No era el momento para eso. Lo guardó.
Encontró una grieta en el vendaval de ataques. Desvió el eje de la lanza y el pomo de su espada se hundió en el rostro de Azrakel, arrancándole un gruñido de dolor.
La sangre le manchó los labios. Azrakel la observó en su mano, sorprendido. Por primera vez, la perfección fría de su semblante estaba rota.
Su expresión cambió. El juego había terminado.
La lanza se volvió un torbellino. Más rápida, más brutal, cada golpe descargado con una furia que antes había contenido. Ainsworth resistía, sus botas hundiéndose en la tierra con cada impacto, los brazos absorbiendo una fuerza que ya no era humana.
Entonces una estaca de hielo le atravesó la pierna. El dolor fue limpio y frío, como una quemadura al revés. Ainsworth no gritó. Solo ajustó su postura y siguió.
Antes de que Azrakel pudiera rematar, un rugido antiguo quebró el campo de batalla. Haliax descendió como una tormenta con alas, y con él, Tharion.
Azrakel giró la cabeza. Un instante. Solo uno.
Fue suficiente.
Ainsworth cargó, su espada trazando un arco que impactó contra la armadura oscura con toda la fuerza que le quedaba. El metal resistió, pero el golpe hizo retroceder al Verdugo. Ainsworth no le dio respiro, lanzando tajos veloces, empujándolo hacia atrás en silencio.
Azrakel se recompuso. Sus ojos brillaron con algo que no era del todo humano, y la punta de su lanza comenzó a resplandecer con un fulgor azulado.
Volaron estacas de hielo en ráfagas implacables. Ainsworth esquivó con reflejos sobrehumanos, cortó varias en pleno aire, aunque una atravesó la carne de su pierna por segunda vez, arrancándole un gemido de dolor.
Antes de que Azrakel pudiera rematar, el suelo tembló al recibir el peso del dragón ancestral.
Azrakel giró su atención hacia la nueva amenaza, sus ojos brillando con un odio renovado.
—Ainsworth, vete —ordenó Tharion, avanzando sin miedo hacia el verdugo—. Reúnete con el grupo. No malgastes tu tiempo con el bufón del rey.
Azrakel arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Ainsworth Drethar...? No estabas muerto.
Pero Ainsworth no respondió. Montó su caballo, su mirada fija en su viejo amigo.
—Gracias por todo, Tharion. Prometo cuidar de Kael y Sylvana.
El jinete ancestral solo asintió, sin apartar la vista de su enemigo. Ainsworth partió, su silueta perdiéndose en la penumbra.
Azrakel escupió con desprecio.
—Viejo estúpido. Así que escondías secretos... ¿Cómo lograste salvar al último Drethar?
Tharion alzó su espada, y su voz resonó con la solemnidad de un juramento.
—No vine a charlar contigo, Azrakel. Vine a detenerte.
El acero se encontró con la lanza, y la tierra misma pareció estremecerse.
El duelo fue un choque de titanes. Tharion, con cada golpe, demostraba la fuerza de un linaje que había domado dragones ancestrales. Sus tajos eran poderosos, su técnica limpia, y cada movimiento resonaba con la experiencia de años en la guerra. Su dragón rugía tras él, como si su voluntad se fundiera con la del jinete.
Pero Azrakel era un monstruo. La lanza se movía como si tuviera vida propia, cada embestida acompañada de ráfagas heladas que congelaban el aire. Atacaba sin tregua, con una precisión imposible, como si conociera los movimientos de Tharion antes de que este los realizara.
Durante largos minutos, ninguno cedió terreno. El campo se iluminaba con chispas y destellos azules cada vez que el hielo chocaba contra el filo ardiente de la espada de Tharion. Ambos jadeaban, pero ninguno se quebraba.
Hasta que, en un instante fatal, la lanza de Azrakel atravesó la defensa de Tharion. El filo de hielo rasgó su costado, arrancándole un gemido ahogado.
Tharion se arrodilló, tambaleante, la sangre corriéndole por la armadura. Pero aún entonces, levantó la espada. Su mirada no mostró miedo, sino desafío.
Azrakel lo observó un instante, con un brillo de respeto en sus ojos grises. Luego, giró la lanza y, en un solo movimiento, atravesó el pecho de Tharion.
Haliax rugió con furia y dolor, alzando sus alas hacia el cielo. El eco de aquel grito se extendió más allá del campo de batalla, como un lamento eterno.
Tharion, en su último aliento, sostuvo la lanza con ambas manos, clavando en Azrakel una última mirada que era más un desafío que una rendición. Y entonces, cayó, su espada aún en la mano.
El verdugo retiró la lanza con calma. Su respiración era pesada, su rostro ensombrecido por la sangre de su enemigo.
—Un digno final para uno de los mejores... —murmuró, casi en un susurro mientras se alejaba.
El cuerpo de Tharion cayó pesadamente al suelo, la espada aún aferrada en su mano como si se negara a soltar la batalla. Haliax rugió con un dolor desgarrador, extendiendo sus alas como un manto oscuro para cubrir a su jinete caído, como si pudiera protegerlo incluso en la muerte.
Azrakel respiró hondo, levantando la lanza aún manchada de sangre. Su mirada se endureció, y alzó un brazo hacia el cielo.
—¡Desciende! —tronó su voz.
De entre las nubes descendió la sombra colosal de su dragón. Sus alas negras ocultaron la luna, y cuando aterrizó, el suelo se quebró bajo su peso. Con un movimiento implacable, la bestia imperial se abalanzó sobre Haliax, sujetándolo por las alas y el cuello con una fuerza descomunal.
El ancestral rugió y se revolvió, escupiendo fuego en un intento desesperado por liberarse, pero estaba debilitado por el vínculo roto con su jinete. Las garras del monstruo imperial se cerraron como cadenas, inmovilizándolo.
Azrakel se acercó despacio, su silueta bañada por el fulgor azul de su lanza. Con calma, casi con frialdad, se detuvo frente a Haliax y lo miró directo a los ojos.
—Serás una buena mascota para el rey —dijo, su voz impregnada de un desprecio absoluto.
Haliax rugió, un bramido tan fuerte que desgarró la noche. Fue un grito de furia, dolor y despedida, un rugido que atravesó el campo de batalla y viajó más allá de los muros de la fortaleza.
A lo lejos, Kael, montado en la carreta junto a Sylvana y Marek, lo escuchó. El sonido lo atravesó como una lanza en el pecho. Supo, sin que nadie se lo dijera, lo que había ocurrido. El vínculo entre su abuelo y Haliax se había roto para siempre.
El joven apretó los puños, su mirada se perdió en el cielo oscurecido.
No eran necesarias palabras.