Pequeña Esperanza

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Sinopsis

En medio de un apocalipsis que destruye el mundo conocido, Ren queda solo y embarazado tras separarse de Erik durante el caos. Cuando el peligro lo obliga a sobrevivir por su cuenta, despierta una extraña habilidad: la capacidad de crear cualquier cosa. Adoptando el nombre de Azrael frente a otros sobrevivientes, forma un pequeño grupo que poco a poco se convierte en su nueva familia. Mientras aprende a usar su poder -desde construir refugios y protegerse de hordas hasta crear ropa, comida y objetos para cuidar a su bebé recién nacido-, Azrael enfrenta el miedo, la responsabilidad y la nostalgia por Erik, quien lo busca sin saber que sigue con vida. Historia original. capítulos de entre 500 y 1500 palabras. Actualizaciones lentas

Genero:
Scifi/Lgbtq
Autor/a:
MiMi
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El día en que el mundo se hiso pedazos

Inicio del Brote (Día 0): 21 de octubre de 20XX

La mañana comenzó como cualquier otra, con el sol filtrándose por las cortinas color crema

Ren se despertó con una mano de su esposo rodeando su abultado vientre, cada mañana antes de levantarse se quedaban así, sintiendo los pequeños movimientos de su pequeño bebe perezoso, en esos momentos su mundo solo eran esas 4 paredes, el olor de las sábanas limpias y una lista de nombres que aún no terminaban de decidir.

­—¿te imaginas cuando tenga que correr por estos pasillos persiguiendo a nuestro pequeño? — había bromeado Erik esta mañana, dándole un beso a su esposo — tendremos que poner protectores en cada esquina.

El soltó una pequeña risa, una risa que unas horas después parecerá pertenecer a otra vida. Se levanto con esa pesadez dulce del segundo trimestre y camino hacia la cocina y mientras esperaba que el pan se tostara, encendió la televisión para, esperando ver las noticias del clima o algún programa matutino irrelevante mientras preparaba el desayuno.

Fue entonces cuando su realidad empezó a cambiar.

En la pantalla la presentadora habitual no tenías su característica sonrisa, tenía el cabello desordenado y su mirada fija en un punto fuera de cámara. El cintillo rojo en la parte inferior marcaba en letras mayúsculas: ESTADO DE EMRGENCIA SANITARIA

—Le pedimos a la población que evite acercarse a los centros hospitalarios — decía la mujer con la voz temblorosa —Surgieron disturbios en el hospital central y han sobrepasado la capacidad de las fuerzas de seguridad. Se reportan ataques ...ataques violentos entre los pacientes y el personal médico.

La imagen de la televisión cambio a una toma desde un helicóptero. Ren se quedó helado, con la espátula en la mano, pues el hospital donde tenía programada su próxima ecografía estaba rodeado de un cordón policial, se veía a gente tratando de romper las ventanas de la sala de emergencias, no para pedir ayuda si no para huir de lo que estaba dentro.

— Erik... ven a ver esto — susurro Ren lleno de miedo.

De repente, la señal se vio interrumpida, un grito se escucho de fondo antes de que la pantalla se volviera negra y apareciera un mensaje del gobierno:PERMANEZCAN EN SU HOGARES, CIERREN TODAS LA PUERTAS Y VENTANAS.

Erik entro en la sala, traía una mochila de senderismo y una expresión de hierro.

—no podemos quedarnos aquí— dijo Erik, caminando hacia el armario de la entrada.

— p-pero en la tele dice que nos quedemos...que hay disturbios en los hospitales...—menciono señalando la pantalla negra con sus dedos temblorosos.

—Los hospitales han caído, Ren. Si esperamos a que nos digan la verdad, será demasiado tarde. He visto los camiones militares por la ventana trasera; iban a toda velocidad, ignorando todo a su paso. El ejército no se moviliza así por simples disturbios... esto es algo mucho peor.

Erik no perdió el tiempo, metió el botiquín del baño en la mochila con una urgencia que asusto más a Ren. El sonido de la cremallera su el punto final de su pacifica vida.

Ren se acerco a la ventana una ultima vez, impulsado por la curiosidad que pronto lamentaría. Abajo, el mundo que conocía se había congelado en una tétrica imagen de terror. El tráfico parecía un cementerio de metal; coches abandonados con las puertas abiertas y las alarmas sonado inútilmente, sumándose a un coro de gritos distantes.

Un autobús estaba atravesado a mitad de avenida, de repente, la perta fue abierta, un hombre salió tropezando, con el uniforme desgarrado y el rostro bañado en un carmesí espeso, cayó en al asfalto, tratando desesperadamente de escapar, ya que no estaba solo.

Antes de que pudiera ponerse de pie, tres figuras saltaron desde las sombras del callejón, se abalanzaron sobre el conductor como lobos hambrientos, lo derribaron con un impacto seco que Rens sintió el vibrar en el cristal.

Una de las figuras hundió sus dientes en la garganta del conducto con ferocidad, arrancando un jirón de carne que salió despedido en un spray carmesí.

Ren no pudo apartar la vista, atrapado por un horror que le impedía incluso gritar. Fue entonces cuando el sonido atravesó el vidrio, fue un sonido húmedo.

Unshhh-luckrítmico y pegajoso, seguido del crujido seco de cartílago siendo succionado. Las tres figuras estaban amontonadas sobre el conductor, ocultando su cuerpo, pero el sonido de su banquete era nítido, casi amplificado por el vacío de la calle.

Ren escuchó el desgarro elástico de la piel cediendo bajo dientes humanos y, luego, algo peor: el sonido de los tragos. Un deglutir pesado, gutural, como si aquellas cosas estuvieran pasando trozos de carne entera por gargantas secas.

Gulp. Gulp.

Cada vez que una de las figuras levantaba la cabeza, Ren veía hebras de tejido rojo colgando de sus barbillas antes de ser succionadas de nuevo. El sonido del festín era constante, una sinfonía de succión y masticación que parecía vibrar directamente en sus oídos, revolviendo el contenido de su estómago hasta que el sabor agrio de la bilis inundó su boca.

El bebé dio una patada violenta, un espasmo de puro terror que sacudió el cuerpo de Ren. Fue como si el pequeño, en su refugio oscuro, también pudiera escuchar el eco de la muerte allá afuera.

—E-Erik... no... —Su voz era un hilo quebradizo, una súplica ahogada por la bilis— P-puedo oírlo todo... lo mataron... y ahora... d-dios, se lo están tr-tragando...

Erik no lo dejó terminar. Se interpuso entre Ren y la ventana con la fuerza de un muro de hormigón. Sus manos se cerraron sobre los hombros de Ren con una presión que casi lo obligó a arrodillarse. Su expresión era de hierro, despojada de cualquier rastro del hombre que le había hecho el café esa misma mañana.

— Ren, no escuches—Su voz fue un susurro cortante, una orden que intentaba sepultar los sonidos del exterior— No hay nadie ahí abajo, solo ruido. Mírame a mí. Mírame a los ojos y no los cierres.

Erik le puso la chaqueta con movimientos frenéticos, bloqueando su visión del horror, mientras el sonido de la carne desgarrándose continuaba abajo, rítmico y voraz. Le tomó la mano, apretándola hasta que los huesos de Ren crujieron levemente.

—Bajaremos ahora. Y pase lo que pase, no te sueltes, no importa lo que oigas, no te sueltes.

Cuando abrieron la puerta del departamento, el pasillo ya no olía a hogar. El aire estaba saturado de un olor metálico y acre que se filtraba por los ductos de ventilación.

Al bajar las escaleras de emergencia, el eco de sus propios pasos era lo único que escuchaban, hasta que llegaron al 3 nivel.

Detrás de la puerta del 4B, la señora Martha emitió un sonido que no era humano. Un rascado rítmico de las uñas contra la madera, seguido de un golpe seco.

Bang. Bang. Bang.

—¡Ayuda! —gritó un hombre desde dentro— ¡Mamá, detente! ¡Soy yo!

Un grito desgarrador, que se cortó en un gorgoteo seco, fue el detonante. Aquel silencio absoluto que siguió fue lo que impulsó a Erik a tirar de Ren con una fuerza que casi le dislocó el hombro.

Ya no había tiempo para la duda.

Al cruzar el umbral del edificio, el caos dejó de ser una imagen granulada en la televisión para convertirse en una realidad asfixiante. El aire, pesado y caliente, estaba saturado de ceniza y el olor acre del caucho quemado. Un hidrante cercano había estallado, lanzando un géiser de agua que inundaba la acera; el líquido corría hacia las alcantarillas en remolinos teñidos de un rojo suave, como si la ciudad misma estuviera desangrándose.

—¡No sueltes mi mano! —rugió Erik. Su voz apenas sobresalía por encima del estruendo de las alarmas de los coches.

La primera oleada de gente aterrorizada chocó contra ellos, como un muro de carne y pánico. Ren se aferró a la chaqueta de Erik con los nudillos blancos, sintiendo que el mundo se desmoronaba segundo a segundo. Cada empujón ciego, cada grito de terror, lo alejaba un paso más de la mañana tranquila de café y planes futuros.

De pronto, una explosión en una gasolinera a dos calles de distancia envió una bola de fuego hacia el cielo, tiñendo el humo de un naranja infernal. El estallido provocó un frenesí de pánico ciego. Un grupo de personas corrió en dirección contraria, arrollando todo a su paso como una manada en estampida.

—¡ERIK! —gritó Ren cuando un impacto violento en su espalda lo hizo tambalearse.

El mundo se inclinó sus dedos, antes entrelazados con los de Erik, se deslizaron. El sudor, el roce de las ropas ásperas y el pánico puro hicieron que el agarre fallara. Ren estiró el brazo, sus dedos rozaron la tela de la chaqueta de Erik en un último intento desesperado de tomar su mano, pero la marea de cuerpos lo empujó con una fuerza imparable hacia un callejón estrecho.

—¡REN! —escuchó la voz de Erik, como un rugido que sobresalía por encima de las cabezas de la multitud—¡DAME LA MANO!

Ren buscó desesperadamente la mano de Erik entre el humo y los hombros de desconocidos que lo golpeaban. Logró verlo por un segundo, con el brazo estirado hacia él, antes de que una nueva oleada de gente lo sumergiera.

—¡REN! ¡QUÉDATE DONDE ESTÁS! ¡VOY POR TI!

La voz de Erik, cargada de una angustia que Ren nunca le había escuchado, fue sepultada de golpe por el estruendo ensordecedor de un helicóptero militar que sobrevolaba la zona a baja altura, agitando el humo y el polvo sobre sus cabezas. Alguien tiró de su brazo con violencia y Ren sintió cómo la chaqueta se le escurría de los hombros, enganchada entre los cuerpos que lo arrastraban en dirección contraria. Trató de recuperarla, pero un empujón masivo lo lanzó hacia adelante, dejando su prenda atrás, perdida bajo los pies de la estampida.

Ren fue golpeado contra una pared de ladrillos; el impacto le sacó el aire de los pulmones y le nubló la vista. Cuando logró ponerse en pie, sujetándose el vientre con ambas manos en un gesto de protección, las calles se habían convertido en un mar de humo y sombras que huían. Erik no estaba. El vacío que dejó su ausencia fue más doloroso que cualquier golpe.

A rastras, se refugió en una tienda de ropa con el escaparate reventado. Se deslizó por la pared, buscando el rincón más oscuro del local saqueado, donde los maniquíes derribados parecían cuerpos reales en la penumbra.

Allí, en el silencio sepulcral del interior, el bebé dio otra patada. Fue pequeña, constante, un recordatorio vital en medio de la muerte.

—Está bien... está bien... —susurró Ren, las lágrimas trazando surcos limpios en su rostro cubierto de hollín—Papá prometió que nos cuidaría. Solo tiene que encontrarnos, solo tiene que buscarnos...— dijo casi en un susurro.

Afuera, el sol comenzó a ocultarse tras una muralla de humo negro que devoraba la poca luz que quedaba. El cielo, antes azul, se había transformado en una cúpula de color naranja violento, iluminada por los incendios que empezaban a devorar los pisos superiores de los edificios.

De pronto, una serie de explosiones en cadena —transformadores eléctricos o tuberías de gas— sacudió los cimientos de la tienda. El estruendo fue tan fuerte que Ren sintió el eco en sus propios huesos. A través del escaparate roto, vio cómo una bola de fuego se elevaba sobre los tejados, proyectando sombras alargadas y monstruosas de los maniquíes derribados contra las paredes del local.

La televisión había dicho que se quedaran en casa, pero el hogar ya no era más que un recuerdo bajo llave en un edificio sitiado por las llamas y los gritos.

Ren se encogió sobre sí mismo, tratando de hacerse pequeño entre la oscuridad de la tienda y el resplandor errático de los incendios exteriores. Por primera vez en su vida, el silencio de ese local saqueado —ese vacío ensordecedor donde antes debía estar la voz de Erik— le dio más miedo que cualquier explosión o grito de la calle. El rugido del fuego a lo lejos era el único latido de una ciudad que se negaba a morir en paz.

El mundo se había roto. Y mientras las chispas de hollín caían como nieve negra frente a la puerta, Ren comprendió que estaba en el lado equivocado de la grieta, Solo, y Con un bebé que reclamaba su derecho a vivir en un mundo que acababa de decidir suicidarse.

[FIN DEL CAPÍTULO 1]

cualquier error tratare de corregirlo a fin de cuentas no soy escritora profesional🙂‍↕️😊