El Mañana Nunca Llega
El segundero del reloj del aula parecía moverse con una lentitud criminal. Lion carraspeó, sintiendo el sudor frío empaparle la nuca. Frente a él, cerca de las taquillas del pasillo ya semivacío, estaba ella. Le había tomado tres meses, dos ataques de pánico simulados y medio cuaderno lleno de tachones reunir el valor necesario.
—Me... me gustas. —Las palabras salieron de su boca atropelladas, como si temiera que, de no soltarlas ya, se le quedarían atoradas en la garganta para siempre.
La chica parpadeó, visiblemente sorprendida. Miró a los lados, luego al suelo, y finalmente le dedicó una sonrisa de esas que no sabes si son de lástima o de pura cortesía.
—Vaya, Lion... No me lo esperaba —dijo ella, acomodándose un mechón de pelo tras la oreja—. Mira, es que voy un poco tarde al autobús. ¿Te parece si te hablo de esto mañana? Sí, mejor mañana en el primer receso. ¡Chao!
Antes de que Lion pudiera procesar el golpe, ella ya se había dado la vuelta, dejándolo con la palabra en la boca y el corazón latiendo a mil por hora.
—Mañana... —masculló Lion mientras caminaba de regreso a su casa—. Odiaba esa palabra. "Mañana" era el limbo de las respuestas.
Al llegar a casa, cenó en modo automático mientras soportaba los chistes de su padre sobre el fútbol y los regaños de su madre por dejar la mochila en el suelo. Subió a su habitación, se tiró en la cama sin quitarse los calcetines y clavó la vista en el techo. El cansancio emocional del rechazo —o no rechazo, lo cual era peor— le pasó factura rápidamente. Sus párpados empezaron a pesar una tonelada.
—Solo quiero que sea mañana de una vez —susurró para sí mismo justo antes de que la oscuridad lo reclamara.
Parte 2: Despertar en el barro
Un olor fétido a humedad, basura y algo parecido a estiércol rancio fue lo primero que asaltó los sentidos de Lion. Abrió los ojos de golpe, esperando ver el póster de anime de su habitación, pero en su lugar vio paredes de piedra oscura cubiertas de musgo. El suelo no era su cómodo colchón; era un lodo pegajoso y frío.
—¿Qué demonios...? —intentó decir, pero su voz sonó extraña, más profunda, casi musical.
Se incorporó tambaleándose. No estaba en su cuarto, ni en su barrio. Estaba en un callejón estrecho y oscuro que parecía sacado de una película de presupuesto bajo sobre la Edad Media. El cielo arriba era de un tono violeta enfermizo. Al intentar limpiarse el barro de la cara, notó algo raro en sus manos: sus dedos eran ridículamente largos y estilizados. Y cuando se tocó la cabeza...
—¿Pero qué es esto? —A los lados de su cabeza, donde debían estar sus orejas normales, había dos apéndices largos, puntiagudos y suaves que reaccionaban al tacto—. ¿Una broma? ¡¿Quién me puso orejas de plástico mientras dormía?!
Asustado, Lion caminó hacia la salida del callejón, buscando luz. Al asomarse a la calle principal, se congeló. El lugar estaba lleno de carretas de madera, hombres con armaduras abolladas y criaturas que parecían sacadas de una pesadilla: un ser con cabeza de jabalí cargaba sacos de grano, y a lo lejos, una silueta enorme con alas escamosas cruzaba el cielo.
El choque térmico y mental fue demasiado para el cerebro de un estudiante de instituto. La presión le bajó de golpe, la vista se le llenó de estática blanca y sus piernas cedieron. Lion se desplomó pesadamente contra el suelo de tierra, perdiendo el conocimiento mientras escuchaba unos pasos metálicos aproximarse con prisa.
Parte 3: El juicio del intruso
—¡Despierta, maldita escoria orejuda!
Un cubo de agua helada y con olor a pantano golpeó el rostro de Lion, haciéndolo reaccionar con una bocanada de aire. Al abrir los ojos, se dio cuenta de que sus manos estaban encadenadas a una pared de piedra. Frente a él, dos hombres con pesadas armaduras de hierro y caras de pocos amigos lo miraban como si fuera una cucaracha.
—¿Qué hace un elfo en el reino humano de Oakhaven? —rugió el guardia más alto, apoyando la mano en el pomo de su espada—. Y encima escondido en los callejones del sector comercial. Habla ya, ¿quién te envía? ¿La resistencia del bosque o los clanes del norte?
—¿Elfo? ¿Yo? —Lion miró hacia abajo. Llevaba una túnica de lino viejo, sus piernas eran larguísimas y su piel tenía un brillo casi plateado—. Miren, se equivocan. Yo me llamo Lion, soy de... de la ciudad. Estaba esperando a que una chica me respondiera y...
—¡Cállate! No uses tus trucos lingüísticos con nosotros —lo interrumpió el guardia, dándole un empujón que lo hizo tambalearse—. Un elfo infiltrado en la capital solo significa una cosa: un atentado contra el orden del rey. Muévete. El consejo decidirá si te ejecutamos hoy o mañana.
Lion fue arrastrado por pasillos de piedra interminables, subiendo escaleras caracol hasta llegar a un imponente salón del trono. El lugar imponía respeto, adornado con estandartes carmesí y antorchas que proyectaban sombras amenazantes. En el fondo, un hombre anciano y severo —el rey— lo miraba con desprecio absoluto desde su asiento.
—Un espía elfo... Justo lo que nos faltaba para iniciar otra guerra —declaró el monarca con voz de trueno—. Llévenlo a las mazmorras subterráneas. Que lo interroguen hasta que no le queden uñas.
Lion sintió que el pánico lo asfixiaba. Iba a morir en un sueño. Tenía que ser un sueño. ¡Nadie muere por declararse a una chica!
—¡Esperad! —Una voz dulce, clara y melodiosa resonó en todo el salón, interrumpiendo a los guardias.
Desde el lateral del trono, una joven de cabellos dorados como el sol y un vestido de seda blanca dio un paso al frente. Sus ojos reflejaban una compasión tan pura que Lion sintió un alivio inmediato en el pecho. Era la princesa.
—Padre, miradlo —dijo ella, acercándose a Lion con paso elegante—. Está asustado, desorientado. Sus ropas son de vagabundo, no de un espía entrenado. Si lo ejecutamos o lo torturamos sin pruebas, solo provocaremos la ira de su pueblo. Dejad que yo hable con él en los jardines del ala este. Quizás solo sea un refugiado.
El rey suspiró, mirando a su hija con indulgencia. tras unos segundos de tensión, asintió.
—Está bien, Lyra. Pero estará custodiado. Si intenta usar magia, matadlo.
La princesa Lyra se acercó a Lion y le dedicó una sonrisa cálida, casi angelical. Le puso una mano suave sobre el hombro encadenado.
—No temas, Lion —le susurró al oído con voz reconfortante—. Estás a salvo conmigo. Te voy a ayudar a salir de esto.
Lion sintió que el alma le volvía al cuerpo. "Vaya", pensó, sintiéndose el tipo más afortunado del universo a pesar de las orejas puntiagudas, "al final las chicas de este mundo sí que son amables".
No tenía forma de saber que, mientras le daba la espalda para guiarlo, la sonrisa compasiva de la princesa Lyra se transformaba en una mueca de absoluta frialdad y desprecio. El juego de espías acababa de empezar, y Lion era la pieza que ella planeaba sacrificar.