La persecución
El Vuelo de la Viuda NegraLas ramas bajas del bosque de Lainbrut azotaban el rostro de Eloísa como látigos de madera, dejando líneas rojas sobre su piel de porcelana. Jadeaba. El aire frío de la noche le quemaba los pulmones, pero no podía detenerse. Detrás de ella, camuflados entre las sombras retorcidas de los árboles, se escuchaba el crujido metálico y sutil de dos perseguidores implacables. Eran hombres vestidos de riguroso negro, con rostros ocultos tras máscaras inexpresivas y capuchas que desafiaban la luz de la luna. En sus manos, las hojas curvas de dos katanas destellaban con un brillo gélido, hambrientas de sangre.Eloísa Loveprize, hasta hacía apenas unas horas la respetada y temida duquesa de Lainbrut, corría por su vida. El peso de su pomposo vestido de seda y encaje, diseñado para salones reales y no para el lodo del bosque, la estaba sentenciando a muerte. Los encapuchados acortaban la distancia a cada segundo. Ella sabía perfectamente que el destino que le esperaba en manos de esos hombres no admitía clemencia.Determinada a no morir como una presa acorralada, Eloísa clavó los talones en la tierra húmeda. Con un grito de pura rabia, aferró la falda de su ostentoso atuendo y la rasgó de arriba abajo, liberando sus piernas de la prisión de tela.Los asesinos se abalanzaron sobre ella. El primero alzó su katana para asestar un golpe limpio, pero Eloísa se agachó con una agilidad felina, permitiendo que el acero rebanara solo el aire. Aprovechando el impulso, giró sobre su propio eje y propinó una patada ascendente y devastadora en la mandíbula del atacante, cuyo cuello crujió al salir despedido hacia atrás.Antes de que el segundo hombre pudiera reaccionar, Eloísa ya había desenfundado un puñal que llevaba oculto en la liga del muslo. Con un movimiento cegador, sepultó la hoja entre las costillas del sujeto. El hombre soltó un quejido ahogado y cayó de rodillas, derribado por el dolor, aferrándose a la herida de la que brotaba un río espeso y oscuro.Eloísa no desperdició el milisegundo de ventaja. Se volvió hacia el primer encapuchado, que intentaba incorporarse aturdido, y con un tajo certero en la garganta puso fin a su vida al instante. El cuerpo se desplomó como un fardo inerte sobre las hojas secas.Un silencio sepulcral volvió a reinar en el bosque, roto únicamente por los lamentos del asesino herido. Eloísa se paró frente a él, sosteniendo el puñal ensangrentado. A través de los ojos de la máscara del hombre, vio un destello de puro terror. El ejecutor ahora era la víctima. Con la respiración entrecortada, el encapuchado alzó una mano temblorosa, rogando en silencio por su vida.Por un instante imperceptible, el corazón de Eloísa dio un vuelco. Una chispa del pasado intentó encenderse en su pecho. ¿Sentía... compasión? ¿Acaso quedaba algo de la noble y piadosa duquesa dentro de ella?Una sonrisa amarga y fría dibujó sus labios. Su mirada se volvió de piedra.—Toda mi compasión acabó hace mucho tiempo —susurró, con una voz ruda que ni ella misma reconocía.Sin un ápice de duda, hundió el acero por última vez, acallando los ruegos para siempre.Minutos después, la silueta de Eloísa resurgió de entre las sombras, pero ya no lucía como una aristócrata indefensa. Se había despojado de los jirones de su vestido de duquesa y ahora vestía el traje negro, la capucha y las armas de uno de sus perseguidores. Comenzó a caminar a paso firme por un sendero apenas visible, fundiéndose con la penumbra del bosque de Lainbrut.A cada paso que daba hacia lo desconocido, la quietud de la noche le devolvía el eco de sus propios pecados. Aquellos hombres no eran simples guardias del ducado; las máscaras inexpresivas y las katanas de acero templado en ceniza delataban que pertenecían a los Filos de la Umbra, la guardia pretoriana y secreta que la propia dinastía Loveprize había financiado durante siglos para erradicar cualquier disidencia en las sombras. Que ahora cazaran a su propia duquesa era la ironía más amarga de todas.Mientras la neblina envolvía sus botas, su mente viajó inevitablemente hacia el lujo y la opulencia de los palacios que dejaba atrás, recordando la espiral de traiciones que la había transformado en lo que era ahora. Recordó los banquetes hipócritas, las leyes de sangre impuestas sobre los pueblos colindantes y, sobre todo, los rituales oscuros que Lisandro celebraba en las catacumbas del castillo para mantener el poder político del ducado bajo un yugo inquebrantable. Ella se había negado a seguir siendo una pieza más en su tablero de tiranía y sacrificios. Al final, la diplomacia de la corte no había bastado para frenar al monstruo con el que se había casado. Solo el acero frío pudo romper el pacto.Una ráfaga de viento helado sacudió las copas de los árboles, como si el mismo bosque de Lainbrut —antiguo, místico y celoso de sus secretos— aprobara su fuga o se preparara para devorarla. Eloísa apretó el puño alrededor del mango de la katana confiscada, aceptando el peso de su nueva realidad: la de una viuda prófuga, una traidora ante los ojos de la alta sociedad, y la mujer que, en un acto de liberación y venganza, había hundido un puñal en el corazón de Lisandro Loveprize, el mismísimo y temido duque de Lainbrut.📜 Nuevos elementos de Lore introducidos:Los Filos de la Umbra: Identificamos a los perseguidores como una orden de asesinos de élite vinculada históricamente a la familia