Enjaulada

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Sinopsis

El oscuro pasado de Thalia la estaba alcanzando y se vio obligada a regresar a su manada de origen como una Rogue. Sin lugares a donde huir, regresa para descubrir que su mate había estado frente a ella todo el tiempo. "Apenas podía recordar a esa chica que se fue hace tantos años. Era solo una niña llena de una tristeza y una pérdida desesperadas, pero también llena de esperanza y asombro por el camino que tenía por delante. Había sido valiente y fuerte, sin mirar atrás a la manada que la rechazó simplemente por haber nacido sin padre. Una vez que mi madre murió, supe que no podía seguir siendo una omega solitaria en la manada. Si me iban a obligar a vivir sola, entonces lo haría bajo mis propios términos. No tenía idea de lo difícil que sería en realidad. Pero ahora, después de todo lo que había pasado, no tenía más remedio que volver a casa. Él me había mantenido huyendo durante tres años y ya no me quedaban lugares donde esconderme. Era hora de enfrentar a mis demonios cara a cara y encontrar la manera de volver a entrar en la manada. Si quería sobrevivir, tendría que hacerlo".

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Completado
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4.8 519 reseñas
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18+

Capítulo 1

REPARTO: Thalia (Winter Ave Zoli), Everett (Henry Cavill)


Seis años. Hacía seis años que no pisaba las tierras de mi manada. Jamás pensé que lograría salir adelante por mi cuenta cuando crucé la frontera sur a los diecisiete años. En ese entonces, no llevaba más que una mochila de lona y la ropa que tenía puesta.

Ahora que volvía a cruzar la frontera a los veintitrés, apenas podía recordar a la chica que se marchó hace tanto tiempo. Era solo una niña hundida en una tristeza desesperada, pero llena de esperanza por el camino que tenía por delante. Fue valiente y fuerte. Nunca miró atrás hacia la manada que la despreció por el simple hecho de haber nacido sin un padre.

Cuando mi madre murió, supe que no podía quedarme como una omega solitaria en la manada. Si me obligaban a vivir sola, lo haría bajo mis propias reglas. No tenía idea de lo difícil que sería en realidad.

Pero ahora, después de todo lo que pasó, no me quedaba otra opción que volver a casa. Él me tuvo huyendo durante tres años y ya no me quedaban lugares donde esconderme. Era hora de enfrentar a mis demonios cara a cara y buscar la forma de entrar de nuevo en la manada. Si quería sobrevivir, no tenía de otra.

Mientras avanzaba despacio por el bosque, los recuerdos de mi infancia empezaron a inundar mi mente. Podía ver a mi madre tan clara como si estuviera frente a mí. Ella intentó hacerme la vida lo más fácil posible, considerando que éramos unas parias. Por más que le preguntaba, nunca me decía quién era mi padre. Tampoco explicaba por qué aceptaba que viviéramos como omegas en nuestra propia manada. Peleábamos seguido por eso, pero ahora ella se había ido y yo estaba más sola que nunca, con una sombra que me perseguía siempre. Al cruzar la frontera, no pude evitar pensar en ella.

Te extraño, mamá. Ya estoy en casa.

Podía oírla cantándome bajito cada noche mientras yo lloraba hasta quedarme dormida. Siempre deseaba que la luna me diera un mate como a todos los demás. El día que el oráculo reveló que, por ser omega, no tenía derecho a un compañero dado por el cielo, se me rompió el corazón. Vi a mi madre sufrir su dolor cada día sin su mate. Era una soledad que yo no quería heredar.

Ahora daría lo que fuera por no vivir con ese demonio siguiéndome a todas partes. Estaba completamente aislada y, sin embargo, nunca estaba sola del todo. Siempre esperaba que pasara lo peor mientras me mudaba de un pueblo a otro para que no me atraparan. Él nunca andaba lejos, así que yo no podía quedarme mucho tiempo en un mismo sitio. No puedo creer que caí ante él. Fui muy tonta al creerme sus mentiras. Ahora me tocaría vivir con él pisándome los talones el resto de mi vida. Siempre estaría mirando por encima del hombro esperando a que me encontrara.


Seis años antes

—Lo siento mucho, Thalia, pero tu madre ha fallecido. Sucumbió a la enfermedad y finalmente dejó este mundo. —La voz del sanador sonaba distante y apagada. Yo estaba sentada, mirando mis pies descalzos sobre el suelo de madera.

No podía haberse ido. Era demasiado fuerte para que una simple enfermedad le ganara. ¿Cómo pudo dejarme sola de esta manera?

Sentí que me apretaba el hombro con suavidad antes de que la puerta se cerrara tras el sanador. Me sentía entumecida. Parecía un sueño del que despertaría en cualquier segundo. Me pellizqué fuerte el brazo y el dolor me hizo dar un respingo. Esto era real.

¿Qué se supone que haga ahora? Ni siquiera he tenido mi primera transformación. Ella debía ayudarme con todo eso. Tenía que estar aquí. Se ha ido. Estoy sola.

Se me apretó el pecho y me empezó a faltar el aire. El pánico me golpeó como una ola sofocante cuando caí en la cuenta. Estaba sola. Completamente sola.

Como omegas, nos permitían quedarnos en las tierras, pero éramos marginadas. No estábamos vinculadas a nadie, aunque seguíamos protegidas. Vivíamos apartadas del grupo principal, bajo la protección exclusiva del Alfa. Ahora solo quedaba yo. No podía vivir aquí sola. ¿Qué futuro me esperaba? Sería igual que mi madre, o peor. No tenía a nadie.

Me levanté de golpe de la silla, empujándola con fuerza. Caminé como un robot hacia el armario y agarré la mochila de lona. Empecé a meter las cosas esenciales. No me iba a quedar aquí. No viviría como mi madre. No podía.

Si me obligaban a estar sola, lo estaría, pero bajo mis propios términos. No tenía idea de lo que eso significaba ni de cómo me las arreglaría, pero no me importaba. La vida como Rogue sería igual de mala que la de una omega sin familia. Tenía diecisiete años, edad suficiente para figurármelas. Mi primera transformación no llegaría sino hasta mi cumpleaños número dieciocho. Tendría que aguantarlo sola. Había visto cientos de transformaciones, pero sabía que no era lo mismo que vivirlo en carne propia.

Se me hizo un nudo en el estómago, pero me lo aguanté. Respiré hondo para calmarme mientras cerraba la mochila. Sentí una punzada de culpa por irme así, pero sabía que si no lo hacía ya, me faltaría el valor. Me colgué la mochila al hombro y eché un último vistazo a nuestra pequeña cabaña en el borde de las tierras de la manada. No era mucho, pero había sido nuestro hogar.

Lo siento, mamá. No puedo quedarme aquí. No puedo vivir así como tú. Te quiero. Ojalá estuvieras conmigo.

Crucé la puerta, bajé el porche y obligué a mis piernas a moverse. El sol se escondía tras unas nubes grises mientras yo atravesaba el campo hacia el bosque que llevaba a la frontera sur. Si iba a irme por mi cuenta, buscaría un lugar cálido y soleado.

Me adentré en el bosque y, con cada paso, me sentía más ligera. Las lágrimas querían brotar, pero las contuve. No me permitiría llorar todavía. Ella no querría que derramara lágrimas, y yo tenía que concentrarme en lo que venía.

Crucé la frontera y sentí que se me quitaba un peso de encima. Era libre. Ya no era la paria de una manada que nunca me entendió y que nunca quiso quererme. Mientras más me alejaba de casa, más crecía la esperanza en mi interior. Podía lograrlo. Podía hacer que funcionara. Había vivido sola con mi madre por tanto tiempo... ¿Qué tan diferente podía ser?

Presente

Nunca imaginé que volvería a caminar por estos bosques. De vuelta a una manada que se vio obligada a despreciarme. ¿Cómo reaccionarían a mi regreso? ¿Cómo iba a...

—¡Pero qué demonios! —Choqué contra algo duro y perdí el equilibrio. Me fui hacia atrás y caí sentada en el suelo con un golpe seco—. ¡Ay!

¿De verdad me acabo de estrellar contra un árbol? ¿En serio, Lili?

Abrí los ojos como platos al mirar hacia arriba. Un hombre gigantesco se alzaba sobre mí. Tenía la mandíbula apretada y soltó un gruñido mientras daba un paso atrás para sacudirse la ropa.

—Oye, ¿te pasa algo? ¡Mira por dónde caminas! —La irritación me recorrió el cuerpo mientras revisaba mis brazos y mis cosas antes de ponerme de pie.

—¿Yo? Tú fuiste la que caminó directo hacia mí. ¿Quién te crees que eres para entrar en nuestras tierras y luego gritarme porque estoy en tu camino? —Su voz era profunda y rebosaba autoridad. Parecía molesto por la torpe intrusa que tenía enfrente.

Puse los ojos en blanco y me levanté. Me sacudí la tierra de mis pantalones cortos de mezclilla y luego tiré de mi mochila para levantarla del suelo. Alcé la vista para soltar mi siguiente frase irracional, furiosa porque me decía que no pertenecía aquí. No volvería a ser la marginada. Ya no era esa niña. —Escucha, amigo, yo... —Me detuve en seco. Las palabras se me atascaron en la garganta al encontrarme con esa mirada azul penetrante que me observaba.

Él levantó las cejas cuando nuestras miradas se cruzaron y se quedó de piedra. Todo su cuerpo se puso rígido y sentí que el mío hacía lo mismo. Me sentía paralizada, incapaz de moverme. Sus ojos me atraparon en una calma absoluta. Parecía que si alguno de los dos se movía, rompería el hechizo que nos rodeaba. Todo mi cuerpo empezó a hormiguear y un calor radiante surgió desde mi interior. Sentía el cerebro como si estuviera bajo el agua, flotando sin rumbo.

¿Qué rayos está pasando?

Tenía la boca un poco abierta, pero la cerró rápido. Un músculo de su mandíbula se tensó mientras fruncía el ceño. —¿Quién eres? —preguntó entre dientes.

Busqué en mi mente, pero parecía que no encontraba las palabras para responderle.

Dio un paso hacia mí. El calor que desprendía me mandó una descarga de energía al pecho cuando volvió a hablar, esta vez más bajo y tajante. —He preguntado quién eres.

Finalmente, algo hizo clic en mi cabeza y logré soltar mi nombre. —Lili.

Él levantó una ceja oscura y me miró con sospecha, sin apartar los ojos de los míos. —No conozco ese nombre. ¿Por qué estás aquí? ¿En mis tierras? —Su voz era imperiosa y me hizo dar un respingo. Me provocó un escalofrío como nunca antes había sentido.

—Yo... yo vivía aquí. Hace... mucho tiempo —murmuré con dificultad. Sentía la boca seca y tuve que obligarme a respirar mientras la energía vibraba entre nosotros.

—Eso es imposible. No he conocido a ninguna Lili que viviera aquí, y yo he estado aquí toda mi vida. —Me miró con desconfianza hasta que un destello de reconocimiento cruzó su mirada—. ¿Eres Thalia? ¿Thalia Walker?

Suspiré al escuchar el nombre que solía usar. Hacía años que nadie me llamaba así y ahora me sonaba extraño. Ya no sentía que me perteneciera. Yo ya no era esa persona. Asentí brevemente e intenté que mi voz sonara firme, pero me traicionó. —Lo era. —Mi voz salió como un susurro y al instante me di cuenta de quién era este hombre corpulento—. ¿Eres Everett? ¿El hijo del Alfa?

Frunció el ceño y apretó la mandíbula otra vez antes de responder cortante. —Alfa ahora. Mi padre murió hace varios años.

Mi corazón dio un vuelco. Él era el nuevo Alfa. Tal vez esto era justo lo que necesitaba. Quizás él reconsideraría mi situación y me dejaría volver a la manada. Su padre nunca habría estado dispuesto, pero tal vez él sí.

—Siento mucho lo de tu padre.

Él asintió secamente y se irguió por completo, cruzando sus fuertes brazos sobre su pecho ancho. No cabía duda de que se había convertido en un Alfa. Ya no era el chico delgado que yo conocía de lejos antes de irme. Ahora era enorme, medía al menos un metro noventa y pico, y me sacaba mucha ventaja. Rompí el contacto visual y retrocedí un poco, tratando de recuperar el control. Ahora veía que su cuerpo acompañaba su estatura; estaba cubierto de puro músculo. Realmente parecía un Alfa al que había que temer y respetar.

Sentí sus ojos recorriendo mi cuerpo, fijándose en mi figura delgada pero con curvas bajo mis pantalones cortos y mi camiseta ajustada. Golpeé el suelo con la punta de la bota y me crucé de brazos mientras él me inspeccionaba. — ¿Ya terminaste? —solté de pronto.

En cuanto lo dije, me sentí mal. No quería ser grosera, pero no podía dejar que esto que pasaba entre nosotros me distrajera de mi objetivo. Ya no era una pieza de caza a la que pudieran encerrar. Me miró con los ojos entrecerrados y esa neblina familiar amenazó con volver a mi cabeza. Miré hacia otro lado rápidamente para romper el hechizo.

—¿O sea que tú puedes mirarme, pero yo a ti no? No parece muy justo. —Su voz tenía un toque de humor, como si se burlara de mi enfado.

Puse los ojos en blanco y suspiré, apretando más mis brazos contra mi cuerpo. —Sí, bueno, la vida no es justa. ¿Qué hay de nuevo?

Soltó un resoplido y dio un paso atrás para darme espacio. Me relajé un poco y solté el agarre sobre mis brazos.

—Y bien, ¿por qué vuelves después de tanto tiempo? ¿Por qué regresaste a casa? —Su voz era suave y profunda, y sentí que la temperatura de mi cuerpo subía al oírlo. ¿Qué diablos me estaba pasando?

—¿Casa? Yo no lo llamaría así, pero volví para pedir que me dejen entrar de nuevo en la manada. O mejor dicho, entrar por primera vez. Nunca fui parte de ella realmente.

Él levantó las cejas con cara de duda.

—No tengo a dónde más ir —murmuré rápido, más bajo de lo que pretendía.

—Hum —gruñó mientras bajaba los brazos—. Normalmente diría que no depende de mí, pero ahora estoy obligado a dejarte entrar.

Lo miré a los ojos y sentí ese brillo cálido en mi pecho. Lo ignoré y traté de concentrarme para hablar. —¿A qué te refieres?

Soltó una risa tensa y se pasó una mano por su cabello castaño oscuro. —La manada no tiene voz ni voto si decido que mi mate se quede o no. No hay nada que negociar aquí. Te quedas solo por lo que eres para mí.

Me quedé con la boca abierta. Sus palabras flotaban en el aire entre nosotros. —¿Tu... tu qué?

—Ya me oíste. Créeme, estoy tan sorprendido como tú.

No sabía qué decir. Esto no podía ser cierto. —Eso es imposible.

Se encogió de hombros y cambió de postura, mirándome a los ojos. Me habían dicho que yo no podía tener eso. ¿Cómo era posible? —Ni idea, pero es la verdad. Sé que lo sientes, Thalia.

Oír ese nombre en sus labios me dio un escalofrío. Sonaba tan mal y a la vez tan bien cuando él lo decía. Sacudí la cabeza y retrocedí otra vez. Él no se acercó; siguió observándome mientras yo lo miraba pasmada. —¿Es esto? ¿Así es como se siente?

Él asintió y esperó con paciencia a que yo lo asimilara. —Me dijeron que no podía tener un mate. El oráculo dijo...

Él bufó y puso los ojos en blanco, volviendo a cruzar los brazos. —Esa farsante se fue hace mucho. No puedo creer que mi padre la tuviera aquí tanto tiempo. Sí, por lo general las omegas no tienen compañeros, pero si la luna tiene otros planes, es posible. Ha pasado unas cuantas veces que yo sepa. Pero suele ser con otra manada, no con alguien de la propia.

Me pasé la mano por mi cabello rubio oscuro y sentí que el corazón me latía con fuerza. —No puedo creerlo —susurré—. ¿Qué se supone que hagamos ahora?

Él me sonrió de lado y se hizo a un lado, señalando el camino que llevaba al lugar que yo conocí hace años. —Ahora nos vamos a conocer.