Prólogo
Hace 28 años.
La pena y la culpa son las sombras que acechan al alma humana, acechando en silencio hasta que se convierten en un grito sordo que resuena en cada rincón de tu ser. Son el veneno que te recorre las venas, un dolor que no se alivia, una tortura constante. Y, sin embargo, sigues respirando. Sigues adelante. Porque el castigo no acaba, no hay redención, solo el eco lejano de lo que perdiste.
La vida se te escapa a cada segundo, pero no puedes dejar de sentirla. Sigues aquí, atrapado en este ciclo de sufrimiento eterno, como una marioneta en manos de un destino cruel. Te has quedado solo, aislado, y el miedo te arrastra hacia la oscuridad, esa oscuridad insondable que parece devorarlo todo. Las sombras no te observan con curiosidad, te acechan, esperando el momento justo para lanzarse sobre ti, para consumir lo que queda de tu humanidad. Y lo peor es que sabes que no puedes escapar. No es una pesadilla. Es real. Es lo que te espera.
Esas entidades oscuras, esas criaturas que acechan en la penumbra, no entienden de piedad. No hay remordimiento en su naturaleza, ni rastro de perdón. Ellos matan por diversión, por el simple placer de destruir. Y Henry lo sabía bien.
La desesperación lo devoraba desde adentro, como un cáncer que se expande en sus venas. Lo que estaba a punto de hacer, por más irracional que pareciera para cualquiera que lo conociera, era lo único que le quedaba. La única salida. La única esperanza, por pequeña que fuera.
—Maldición... —murmuró entre dientes, apretando con furia los puños mientras esperaba una respuesta que no llegaba.
Había encontrado la información que necesitaba en uno de los viejos libros de invocación que su padre había dejado atrás. Libros que nunca debieron ser abiertos. Libros que traían consigo un precio. Pero no le importaba. Lo que más temía ya se había hecho realidad. Lo que estaba a punto de perder... no había nada que pudiera salvarlo de esa oscuridad. Nada más que esa única opción.
La voz detrás de él lo hizo girar, su cuerpo tenso, como una cuerda a punto de romperse.
—Te has convertido en un ser patético, Henry —la voz, sin embargo, no lo perturbó, lo tranquilizó. El tono de burla en sus palabras, la arrogancia de la criatura que se había materializado ante él, solo le provocó una sonrisa sardónica.
Lo que lo inquietaba, lo que lo aterraba, era la ironía de la situación: se sentía casi aliviado al estar frente a esa criatura. La misma criatura que había cazado una y otra vez.
—Quiero un trato —dijo Henry, dándose la vuelta con decisión, encontrando ante él a una joven de cabello castaño, de figura curvilínea, que lo observaba con una mirada de diversión. Su sonrisa era amplia, pero no había nada inocente en ella.
—¿Ustedes no aprenden, verdad? —la chica habló, su tono divertido se desvaneció al instante, dejando espacio a una mirada fría y calculadora—. Cuando pierden a alguien, se vuelven más estúpidos. Entonces, dime, ¿a quién de todos ellos quieres, Henry? —su rostro se torció en una mueca, con la diversión claramente borrada—. ¿A papi o al buen Rick?
Henry la miró con desprecio, su mandíbula se apretó mientras ella daba un paso más cerca de él. Las palabras de la chica caían sobre él como dagas.
—¿Los quieres a ambos, cielo? —se burló de él, notando su silencio—. ¿No vas a decir nada?
—Púdrete —respondió Henry con calma, una calma aterradora, mientras mantenía la mano dentro de su chaqueta, apretando el arma contra su piel.
La chica levantó una ceja, restándole importancia a la amenaza, como si estuviera acostumbrada a ese tipo de juegos. Dio un paso atrás, dispuesta a desaparecer, pero Henry pronunció las palabras que la detuvieron en seco.
—La quiero a ella.
La chica se giró lentamente, sus ojos se entrecerraron con sorpresa, buscando la razón de su solicitud.
—¿Ella? —preguntó con incredulidad, y Henry asintió.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal. La criatura frente a él percibió la determinación en sus ojos, y aunque una risa de desprecio se acumulaba en su garganta, no pudo evitar sentir que algo en ese hombre había cambiado. El peso de la decisión era claro, pero el precio también lo era. Y, aún así, él estaba dispuesto a pagar.
—¿A ella? —repitió la chica, escéptica.
—¿Puedes o no? —la voz de Henry sonaba helada, haciendo que la criatura frente a él se quedara inmóvil, sorprendida.
Ella se detuvo, su expresión se endureció. Silencio. La pregunta colgaba en el aire, pesada, amenazante. Sabía que lo que Henry pedía era algo fuera de su alcance, algo que ni siquiera ella, en todo su poder demoníaco, podía conceder sin consecuencias graves. Regresar a la chica... significaba romper reglas fundamentales. Pero, a pesar de todo, el deseo de Henry era tan claro que no podía ignorarlo.
—Puedo —respondió finalmente, su tono ahora calculador, mientras encogía los hombros con una indiferencia que no coincidía con la gravedad de la situación—. La tendrás de vuelta, Henry. Serás tú y ella contra el mundo, pero... hay una condición.
Henry frunció el ceño, tenso, anticipando lo que venía.
—Mi alma a cambio de la suya, lo sé.
La chica sonrió con malicia, pero Henry no se dejó intimidar.
—Ese es el protocolo tradicional, cielo —respondió ella con una sonrisa ladina—. Pero quiero algo más.
Henrry la miró fijamente, con los ojos llenos de desconfianza.
—¿Qué? —preguntó, la voz áspera.
Ella se acercó lentamente, su presencia tan hipnótica como peligrosa.
—La cuestión está en qué tanto estás dispuesto a dar —susurró, mirando el objeto que colgaba de su cuello, el anillo que Henry llevaba consigo, tan preciado, tan personal. Henry no apartó la mirada, pero sus dedos se tensaron alrededor del arma que aún mantenía oculta en su chaqueta.
El tiempo parecía detenerse. En un movimiento rápido, Henry sacó el arma, apuntándola directamente a la criatura frente a él. La chica se detuvo en seco, su sonrisa se desvaneció, pero no le dio importancia. No era el arma lo que temía, sino el objeto que Henry sostenía en su pecho.
Henry sostuvo el anillo entre sus dedos, lo deslizó de nuevo bajo su camisa, y sin apartar su mirada de la chica, escupió:
—Inténtalo y te mueres, perra.
La chica levantó las manos, en señal de rendición, pero no parecía impresionada.
—Oye, oye... Tranquilo, hombre —dijo con tono desenfadado—. No estoy haciendo nada malo, solo te estoy diciendo que tus opciones son limitadas.
—No.
—Bien, recuerda quién tiene el poder, y quién es el que necesita de él.
Henry apretó el arma con más fuerza, la rabia burbujeando en su interior. Su padre estaba muerto. Su mejor amigo también. No quedaba nada más que perder.
Con un gruñido bajo, Henry tiró el anillo con fuerza hacia ella, una última rendición, un último acto de desesperación.
La criatura extendió la mano, la miró por un segundo, y sin dudarlo, lo aceptó. Sonrió, dejando atrás la amenaza del arma de Henry.
—Trato hecho —dijo, con una sonrisa amplia, casi triunfante.
—Trato hecho —respondió Henry, sintiendo el peso de la decisión que acababa de tomar. Aquel no era el final, ni mucho menos. Era solo el comienzo de algo mucho más oscuro.