TEASER
—Vaya... —El rey dio un paso atrás, comentando—. Parece que tienes una pieza difícil, Warlord.
—Nadie se atreve a hablarle así. —Hawk soltó un gruñido desde mi lado. Se acercó a mí con la ira reflejada en el rostro.
Warlord levantó su mano con calma para detenerlo. Hawk se quedó callado y dio un paso atrás.
—Solo porque te hagan caso a ti —miré su perfil junto al mío—, no significa que yo lo vaya a hacer. Mejor suéltame de una vez. ¡Nunca me tendrás!
—¿Ah, no? —Arqueó una ceja negra de una forma que resultó profundamente amenazante.
Agaché la cabeza y me alejé un poco más de él. Intenté reducir el paso lo suficiente como para obligarme a parar y salir corriendo.
—Camina —ordenó él.
—¡No quiero caminar!
—¿Prefieres que te haga correr delante de mí? —replicó secamente.
Fruncí los labios con desprecio y levanté la barbilla.
—Vas a tener que enseñarle su lugar a esta —comentó el rey. Cabalgaba despacio detrás de nosotros como si observara el intercambio. La diversión se le notaba en la cara.
Reduje el paso, impactada al ver el enorme castillo. Los muros se alzaban sobre mí y había guardias por todas partes. Miré a mi alrededor tratando de encontrar otra vía de escape, pero había caballeros en todas direcciones.
Yo era pequeña y rápida, pero no lo suficiente para escapar de tantos.
¿Y de qué me servirá, si puede detenerme con una sola orden? Necesitaba descubrir cómo funcionaba su magia y encontrar la manera de esquivarla.
El hombre apenas me miraba, así que dejé de preocuparme por si me llevaba para reproducirse conmigo.
Quiere una criada, pensé.
No seré la criada de nadie. Antes prefiero que me arroje a los lobos salvajes.
Sus ojos azules se posaron en mí con aire pensativo. Por un momento, solo un momento, me pregunté si sería capaz de leer mis pensamientos.
Algunos lobos podían hacerlo, pero nunca había oído que un mago fuera capaz de algo así.
Como si se diera cuenta, me miró durante más tiempo. Inclinó la cabeza hacia abajo, haciendo que el ala de su sombrero le tapara la cara. Por un segundo, estuve segura de que sus ojos brillaron en amarillo y la pupila se le estrechó hasta convertirse en una rendija.
—¿Qué eres? —susurré.
—Tú —enderezó la cabeza y miró al frente—, estás a punto de descubrirlo...
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