Un nuevo comienzo
Katie
Katie bajó del autobús de Greyhound, con la mochila apretada con fuerza en su mano derecha y un recorte de periódico arrugado en la izquierda. Mientras el autobús se alejaba levantando una estela de polvo, se protegió los ojos del intenso sol de Montana y echó un vistazo al recorte que ya se había memorizado.
“Se solicita: Contable para rancho. Debe tener conocimientos del software Quickbooks. No se requiere experiencia previa. Alojamiento y comida incluidos”.
Katie miró a su alrededor en la parada de autobús vacía. Un hombre llamado Rocky debía recogerla para llevarla a Skyheart Ranch, pero no había nadie a la vista. Un escalofrío de miedo le recorrió la espalda antes de negar con la cabeza. Se sentó en el banco junto a la parada, donde el toldo la protegía del fuerte sol de la tarde.
«Deja de entrar en pánico, solo llega tarde. Nadie sabe que estoy aquí. Tomé todas las precauciones», pensó Katie. Empezó a golpear el suelo con el pie nerviosamente, mirando a su alrededor cada pocos segundos. «Él viene. Hablé con el señor Buchanan hace apenas dos días. El trabajo es mío. Rocky estará aquí».
Sin embargo, más pensamientos empezaron a amontonarse en la mente de Katie; pensamientos oscuros, aterradores. Empezó a respirar con dificultad y un sudor frío le brotó en la frente y la espalda. Justo cuando estaba al borde de un ataque de pánico, apareció una camioneta oxidada dirigiéndose hacia la parada. Katie no podía ver al conductor a través del resplandor del sol en el parabrisas, pero la simple vista del vehículo la tranquilizó.
«Este debe ser Rocky. A Damien no lo verían ni muerto conduciendo algo así».
La camioneta se estacionó en uno de los tres espacios junto a la parada, con los frenos chirriando con fuerza. La puerta del conductor se abrió y un par de botas vaqueras sucias tocaron el suelo. El dueño de las botas era un hombre que rondaba los cincuenta años, lo cual sorprendió a Katie.
«Cuando el señor Buchanan dijo que su capataz vendría a recogerme, esperaba a alguien mucho más joven. Este tipo tiene edad para ser mi padre. ¡Carajo, quizás hasta mi abuelo!», pensó Katie.
El hombre mayor la miró desde debajo del ala de su sombrero de vaquero y sonrió, con sus ojos castaños achinándose y profundas líneas de expresión marcándose alrededor de su boca. Katie se sintió de inmediato más tranquila y, vacilante, le devolvió la sonrisa con una pequeña mueca.
—¡Tú debes ser la señorita Jones! Soy Rocky, el capataz de Skyheart —dijo, sin dejar de sonreírle. Extendió la mano y Katie la tomó lentamente. Su agarre era sorprendentemente suave y le dio a su mano un apretón tranquilizador, como para decir que no había nada de qué preocuparse.
—Eh, sí, señor, soy Katie Jones. Es un placer conocerlo. —La voz de Katie era baja y apenas podía mantener el contacto visual con Rocky.
«Gracias a Dios no me trabé con mi nombre. Jones puede ser un apellido común, pero cuanto menos llame la atención mi nombre, menos probabilidades habrá de que Damien me encuentre», pensó Katie.
—¿Es esto todo lo que traes? —Rocky señaló la mochila que seguía apretada con fuerza en la mano de Katie.
—Sí, señor. Realmente no necesito mucho.
—¡Jajaja! Bueno, ¡eres la dama con la que menos trabajo he tenido el placer de encontrarme! Y llámame Rocky, cielo, no hay necesidad de decir «señor».
—Sí, señor —respondió Katie sin pensar—. Oh, no, quiero decir, sí, señor Rocky, no, yo, yo quiero decir, ¡solo, solo Rocky!
Katie sintió que su cara se ponía roja y miró sus viejas zapatillas de tenis, incapaz de mirar a Rocky a los ojos. Él solo volvió a reír, un sonido profundo y sincero que hizo que Katie sonriera por dentro.
«Nadie que se ría así podría hacerme daño. ¿Verdad?»
—¡No hace falta estar tan nerviosa, cielo! No te voy a morder —dijo Rocky.
Rocky volvió a reír y esta vez una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Katie, aunque todavía no podía mirarlo.
—Bueno, vamos, cielo, sube y te llevaré a casa, a Skyheart —dijo Rocky, señalando la camioneta.
«Casa. ¿Cuándo fue la última vez que algún lugar se sintió como un hogar?». Katie apartó implacablemente los recuerdos de sus padres y su hermano mayor y siguió a Rocky hasta la camioneta.
—La mayoría de las damas necesitan un empujón para subir, ¡pero tú eres alta como el maíz en el 4 de julio! Y mucho más guapa —dijo Rocky, guiñándole un ojo a Katie. Esta vez, Katie pudo sostenerle la mirada cuando sonrió.
Katie siempre había sido considerada hermosa, con sus ojos azul cielo y su cabello negro que caía hasta su cintura cuando no lo llevaba recogido en un moño desordenado. Medía un metro setenta y ocho y estaba demasiado delgada para su estatura, aunque eso era un cambio reciente. Todavía conservaba unas curvas preciosas, pero incluso ellas eran más pequeñas de lo que habían sido hace solo unos años.
«Es difícil mantener el peso cuando pasas los días y las noches aterrorizada. ¿Quién podría comer en una situación así?». Katie negó con la cabeza, intentando evitar que los pensamientos oscuros que siempre la acompañaban invadieran este día. «Este es un nuevo comienzo para mí, un nuevo inicio. Damien no arruinará esto. No lo dejaré».
Katie se giró en su asiento y le dedicó a Rocky una pequeña sonrisa.
—A casa, a Skyheart Ranch, señor Rocky.
Rocky volvió a reír y salió del estacionamiento, con los frenos chirriando y una estela de polvo siguiéndolos en su camino.
«Un nuevo comienzo. Puedo hacerlo», pensó Katie, mirando a través del parabrisas, lista para que su nueva vida empezara.