Prologó
«Si regalaran un diamante por cada disgusto que da la vida, seria multimillonario», pensó Jimin cuando encontró a su novio teniendo un trio con su mejor amiga el día antes de su boda. Y tenía razón, porque a pesar de sus gafas de Prada, de sus bolsos de Chanel, de sus zapatos de Gucci y de todos los Christian Dior del mundo colgados en su armario, Jimin solo era un joven amargado que vive en la mejor zona de Seúl.
En medio de este caos emocional, su empresa le ha dado dos meses para ir a Gwangju, localizar a un nombre de carácter misterioso y convencerle de que debe firmar un contrato de préstamo de la Fortaleza de Namhansanseong para rodar un spot publicitario de una marca de relojes. Dos meses o estará de patitas en la calle y perderá su flamante estilo de vida.
Con un fracaso amoroso a cuestas, una maleta llena de ropa de marca, y una misión empresarial, Jimin, acompañado por su hermano Taehyung, se encamina a las montañas en busca del señor Jeon. Allí solo ve un lugar lleno de lluvia, de gallinas y de vacas. Ni rastro del dueño.
Y lo peor de todo; Jungkook, el que se considera la mano derecha del invisible señor Jeon y al que Jimin se refiere con los apelativos de idiota, imbécil y bestia, tiene un plan muy bien trazado sobre cómo tratar a un joven gruñón.