Capítulo Uno
**Se recomienda discreción al lector. Advertencia por contenido de violación. Esta historia puede incluir personajes ficticios, pero algunos elementos están basados en hechos reales. Algunas escenas son explícitas.**
—Por favor, déjame ir a casa, ¿no te has divertido ya lo suficiente? —supliqué. Él se rio mientras seguía deslizando la mano muslo arriba—. ¡Ah! —grité al incorporarme de golpe en la cama. Despertar bañada en sudor frío se ha convertido en mi rutina desde hace cuatro años. Guardo un gran secreto sobre mi pasado y mi presente, algo que no le he contado a nadie. A veces intento fingir que mi vida es distinta, pero las pesadillas, los recordatorios diarios y las cicatrices me lo impiden.
Me llamo Emily. Tengo dieciocho años y soy una hombre lobo. Me adoptaron a los cuatro en una familia humana, pero, por suerte, mis padres sabían lo que era desde el principio y aun así quisieron acogerme. No sé mucho de mi adopción, solo que mis padres biológicos eran lobos solitarios que no podían cuidar de mí. Soy una chica normal: mido un metro sesenta, peso unos cincuenta y dos kilos, tengo el pelo castaño oscuro que me cae en ondas sueltas hasta la mitad de la espalda y los ojos verdes. Acabé el instituto hace un par de meses y desde entonces he estado investigando sobre las manadas de lobos que hay cerca para decidir a cuál unirme. Quiero a mis padres y valoro todo lo que han hecho por mí, pero necesito alejarme. Necesito estar con los míos. Mi esperanza es encontrar a mi compañero y, con él, el amor verdadero y la protección que tanto anhelo.
Cuando el reloj se acerca a las cinco de la tarde, sé que pronto me llamará para que salga a su encuentro. Estamos a mediados de agosto y empieza a refrescar, así que me pongo una chaqueta y bajo las escaleras.
—¿Vas a algún sitio, cariño? —pregunta mi madre sin levantar la vista del libro que está leyendo.
—Voy a salir con Zach. Volveré a las nueve y media —le digo con una sonrisa tranquilizadora. Ojalá supiera la verdad.
—Vale. Dile que te cuide —responde con una sonrisa.
Ojalá supiera que es de él de quien necesito que me protejan.
Sentada en el porche de casa, respiro hondo y disfruto de mis últimos momentos de paz. Intento entender cómo he acabado en este lío o por qué me lo merezco. Oigo el crujido de la grava bajo las ruedas cuando mi "novio" llega. Zach es mi novio... o al menos eso dice él. Yo tengo otros nombres para llamarle, pero no se los digo a la cara. No sé cómo librarme de él hasta que encuentre una manada a la que unirme. Zach es un humano de veinte años con un lado obsesivo y violento. Mide un metro ochenta, pesa unos noventa kilos de puro músculo, tiene el pelo rubio y los ojos marrones.
Baja la ventanilla y me repasa de arriba abajo—. ¿Vas a salir así delante de mí?
—¿Quieres que suba a cambiarme? —pregunto apretando los dientes.
—No hay tiempo. Sube, quiero aprovechar cada minuto que pueda contigo —dice con una sonrisa.
Me subo a su camioneta y agradezco que haya un asiento entre los dos. Al menos así mi cuerpo será solo mío un rato más.
—Vamos a pasar por la tienda a comprar condones —anuncia mientras entra en el aparcamiento.
No digo nada mientras aparca y viene a abrirme la puerta para agarrarme de la mano. Al entrar, me sujeta con firmeza por la nuca y me lleva hasta la sección de preservativos. Coge una caja y, de camino a la caja, tropiezo sin querer con alguien.
—Perdón —murmuro al levantar la vista hacia el chico con el que he chocado.
Cuando nuestros ojos se encuentran, siento un escalofrío que me recorre entera y se me eriza la piel.
Mi instinto grita: «¡Compañero!».