III-Señores del Inframundo: El placer más oscuro.

Sinopsis

ÉL PODÍA SOPORTAR CUALQUIER DOLOR... EXCEPTO LA IDEA DE PERDERLO... Kai es un hombre poseído. Obligado por el demonio del dolor, le está prohibido conocer el placer. Sin embargo, anhela a un doncel mortal, Do Kyungsoo, más que respirar, y hará lo que sea para reclamarlo... incluso aunque tenga que desafiar a los dioses. Kyungsoo está huyendo. Durante meses ha eludido a los señores del Inframundo, guerreros inmortales que no descansarán hasta que su familia y él sean destruidos. Pero sus sueños se ven atormentados por Kai, el guerrero cuyo apasionado contacto no es capaz de olvidar. Sin embargo, un futuro en común podría significar la muerte de todos sus seres queridos...

Genero:
Romance/Erotica
Autor/a:
ParkKitten
Estado:
Completado
Capítulos:
28
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

I

Kai se hallaba sobre el tejado de su castillo de Budapest, de cinco pisos, con los pies apoyados precariamente en la cornisa más alta. Por encima de su cabeza, la luna derramaba rojo y amarillo desde el cielo, sangre mezclada con oro, oscuridad y luz, heridas recién abiertas en la interminable cúpula de terciopelo negro.

Miró al vacío que se abría a sus pies, oscuro y lúgubre, como si estuviera esperándolo con los brazos abiertos. «Miles de años, y todavía me veo reducido a esto».

Sopló un viento helado que le revolvió el pelo y le acarició el pecho desnudo, el tatuaje de la odiada mariposa que llevaba en el cuello. Le hizo notar otra vez las salpicaduras de sangre que tenía en la piel. No era sangre suya, sino de un amigo. Cada latigazo de un mechón de pelo contra aquella prueba fantasma de vida y muerte era como un montón de astillas que avivaba el fuego de su culpabilidad.

Había ido tantas veces allí, deseando cosas que nunca podrían convertirse en realidad... Había pedido tantas veces la absolución, el alivio de aquel tormento diario... Verse libre de su completa dependencia de la mutilación y del demonio que la provocaba.

Sus plegarias, sin embargo, no habían encontrado respuesta. Nunca la encontrarían. Así eran las cosas, y así serían siempre. Y su agonía iría en aumento. Una vez había sido uno de los guerreros inmortales de los dioses, pero ya solo era un Señor del Submundo poseído por uno de los muchos espíritus que antes estaban confinados en dimOuniak. De favorito a deshonrado, de amado a despreciado. De la felicidad a la continua tristeza.

Apretó los dientes. Los mortales conocían a dimOuniak con el nombre de «caja de Pandora». Él la conocía como la causa de su ruina eterna. Sus amigos y él habían abierto aquella caja siglos atrás; después se habían convertido en la caja, porque cada uno de ellos tenía que albergar a uno de sus demonios. «Salta», le dijo el demonio.

Su demonio, Dolor. Su compañero constante. El susurro tentador que siempre resonaba en su mente, la entidad oscura que siempre anhelaba un mal incalificable.

La fuerza sobrenatural contra la que luchaba cada minuto de cada maldito día.

«Salta».

—Todavía no.

Unos segundos más de impaciencia, sabiendo que los huesos se le fragmentarían con el impacto. Sonrió al pensarlo. Las astillas de hueso, afiladas como cuchillas, le cortarían los órganos, ya dañados, y aquellos órganos explotarían como globos llenos de agua. Su piel explotaría a causa del exceso de fluido y, en aquella ocasión, la sangre que se derramaría sería la suya. La agonía, una agonía dichosa, lo consumiría. Al menos, durante un rato. La sonrisa se le borró lentamente de los labios. En días, u horas, si no conseguía herirse lo suficiente, su cuerpo sanaría por completo. Se despertaría entero otra vez, y Dolor volvería a ser la fuerza dominadora de su mente, una fuerza a la que no podía negarle nada.

Pero... oh, durante aquellos benditos tics del reloj, antes de que sus huesos se reestructuraran, de que sus órganos se recolocaran, de que su piel se entrelazara de nuevo y de que la sangre corriera por sus venas, él experimentaría el nirvana. El paraíso. El éxtasis más dulce. Se retorcería en el exquisito placer que le provocaba el dolor. El dolor era su única fuente de placer. El demonio ronronearía de satisfacción, tan embriagado con la sensación que no podría hablar más, y él podría abandonarse a una paz gozosa.

Durante un rato. Siempre, solamente, durante un rato.

—No necesito que me recuerden más lo efímera que es mi paz de espíritu —murmuró para acabar con aquel pensamiento tan deprimente.

Sabía que el tiempo pasaba rápidamente. A veces tenía la sensación de que un año no era más que un día. A veces, un día no era más que un minuto.

«Salta», dijo Dolor. Después insistió: «¡Salta! ¡Salta!».

—Espera un poco.

Kai miró de nuevo hacia el suelo. Las rocas recortadas y ásperas le guiñaron el ojo a la luz ensangrentada de la luna. Los charcos claros que las rodeaban se ondularon por efecto del viento. La niebla se elevaba como si fuera unos dedos fantasmales que lo llamaban para que se acercara.

—Si le clavas un cuchillo en el cuello a tu enemigo lo matas, sí —le dijo a su demonio —pero entonces todo ha terminado, y no te queda nada que esperar.

«¡Salta!», le ordenó de un gruñido el demonio, impaciente, ansioso, como si fuera un niño con una rabieta.

—Espera un poco.

«¡Saltasaltasaltasalta!».

Sí, algunas veces los demonios eran como un niño enrabietado. Kai se pasó una mano por el pelo enredado y se arrancó algunos mechones. Solo conocía un modo de acallar a su otra mitad: la obediencia. Ni siquiera sabía por qué había intentado resistirse y saborear el momento.

«¡Salta!».

—A lo mejor en esta ocasión vuelves al infierno —murmuró Kai. Ojalá. Finalmente, extendió los brazos. Cerró los ojos. Se inclinó

—Baja de ahí —le dijo alguien desde detrás.

Kai abrió los ojos y se puso tenso. Se irguió, pero no se dio la vuelta. Sabía que quien estaba allí era Kris, y sentía demasiada vergüenza como para mirar a su amigo. Kris no entendería lo que había hecho.

—Eso es lo que pienso hacer, bajar. Márchate y lo haré.

—Ya sabes a qué me refiero —respondió Kris. —Necesito hablar contigo.

Un olor a rosas intenso inundó el aire, tan inesperadamente que Kai podría haber jurado que lo habían transportado a una rosaleda en flor. Para un humano, aquel aroma habría sido hipnótico y calmante, y habría hecho cualquier cosa que le hubiera pedido el guerrero. A Kai solo le resultaba molesto. Después de pasar miles de años juntos, Kris debería saber que aquella fragancia no tenía ningún efecto en él.

—Ya hablaremos mañana —dijo con tirantez.

«¡Salta!».

—Vamos a hablar ahora. Después puedes hacer lo que quieras.

¿Después de que él hubiera admitido su nuevo crimen? No, gracias. Quizá la culpabilidad, la vergüenza y la pena pudieran causarle dolor emocional, pero nada de eso calmaría a su demonio, de ningún modo. Solo el dolor físico le producía alivio, razón por la cual él siempre había protegido su bienestar emocional con tanta diligencia.

«Sí, y has hecho un trabajo muy bueno».

Se pasó la lengua por el borde de los dientes, sin saber exactamente quién le había susurrado aquel pequeño sarcasmo, Dolor, o él mismo.

—En este momento estoy en una mala situación, Kris.

—Como los demás. Como yo.

—Tú, al menos, tienes a alguien para que te dé consuelo.

—Y tú tienes amigos. Me tienes a mí.

Kris, guardián del demonio de la Muerte, tenía la tarea de acompañar a las almas humanas al otro mundo, o al cielo o a lo más profundo del infierno. Era estoico, calmado, durante la mayor parte del tiempo. Se había convertido en su líder, el hombre a quien acudían todos los guerreros en busca de ayuda y de guía.

—Habla conmigo.

A Kai no le gustaba darle largas a su amigo, pero se dijo que era mejor que Kris no se enterara del acto tan terrible que había cometido. Sin embargo, mientras lo pensaba, se daba cuenta de que era una falta de valor por su parte.

Kris —dijo, pero se interrumpió.

—El rastro de Sehun se ha perdido, y nadie sabe dónde está —dijo Kris. —No sabemos qué está haciendo, ni si es él quien mató a esos humanos en Estados Unidos. Chanyeol me ha dicho que te llamó justo después de que Sehun se escapara del calabozo. Después, Suho me dijo que te marchaste de Roma y del Templo de los No Mencionados a toda prisa. ¿Quieres decirme a dónde fuiste?

—No. Pero puedes quedarte tranquilo. Sehun no volverá a matar a más mortales. —Hubo una pausa, y el olor a rosas se intensificó.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Kris. Kai se encogió de hombros.

—Deja que te diga lo que creo que ocurrió —dijo entonces Kris. —Creo que seguiste a Sehun con la esperanza de poder proteger al chico.

El chico. Sehun había secuestrado al chico. Sehun cumplía órdenes de los nuevos dioses, los Titanes; debía asesinarlo. Sin embargo, con solo echarle un vistazo, Kai había permitido que aquel muchacho invadiera sus pensamientos más íntimos, que coloreara sus actos más insignificantes y que lo dejara reducido a un estado de amor e idiotez.

Con solo una mirada, el doncel le había cambiado la vida, y no para mejor. Sin embargo, el hecho de que Kris no quisiera pronunciar su nombre irritó a Kai. Deseaba a aquel doncel más de lo que deseaba que le dieran un martillazo en la cabeza. Y para Dolor, aquello era mucho.

—¿Y bien? —insistió Kris.

—Tienes razón —dijo Kai entre dientes. ¿Por qué no iba a admitirlo? Sus amigos no iban a odiarlo más de lo que él se odiaba a sí mismo. —Fui en busca de Sehun.

La frase quedó suspendida en el aire, tan pesada como unas cadenas, y él hizo una pausa.

—¿Y lo encontraste?

—Lo encontré —dijo Kai e irguió los hombros. —Y también... lo destruí.

—¿Lo mataste?

Las lajas de pizarra que cubrían el tejado crujieron bajo las botas de Kris cuando este se adelantó.

—Peor todavía —respondió Kai sin darse la vuelta. Miró hacia abajo con melancolía. —Lo enterré.

El sonido de los pasos cesó.

—¿Lo enterraste, pero no lo mataste? No lo entiendo.

—Estaba a punto de matar a Kyungsoo. Vi el tormento que se reflejaba en sus ojos, me di cuenta de que no quería hacerlo. Le di una cuchillada para debilitarlo y me dio las gracias, Kris. Me dio las gracias. Me rogó que lo detuviera para siempre. Me rogó que lo decapitara, pero yo no pude hacerlo. Levanté la espada, pero no pude hacerlo. Así que le pedí a Kane que fuera a recoger las cadenas de Chanyeol y que me las llevara. Como Chanyeol ya no las necesita, las usé para encadenar a Sehun bajo tierra.

Antes, Kai se veía obligado a encadenar a la cama a Chanyeol todas las noches, a atravesar a su amigo con una espada seis malditas veces, sabiendo que el guerrero resucitaría a la mañana siguiente y que tendría que matarlo de nuevo. «Menudo amigo soy».

Después de cientos de años, Chanyeol había llegado a aceptar su maldición, pero de todos modos era necesario inmovilizarlo. Chanyeol era el guardián de Violencia, y tenía tendencia a atacar sin aviso, incluso a sus amigos. Y con su fuerza, habría podido destrozar a un hombre de hierro en segundos. Así pues, usaban para atarlo unas cadenas que habían forjado los mismos dioses, unas cadenas que no podía abrir nadie sin una llave apropiada. Ni siquiera un inmortal.

Al igual que Chanyeol, Sehun estaba indefenso ante el poder de aquellas cadenas. Al principio, Kai se negaba a usarlas, porque no quería quitarle a su amigo más libertad. Luego se había convertido en una necesidad, como lo había sido con su amigo Chanyeol.

—¿Dónde está Sehun, Kai?

—Eso no voy a decírtelo. Sehun no quiere ser libre.

«Y aunque quisiera, no creo que yo lo liberara».

Allí estaba el quid del sentimiento de culpa que lo consumía. Hubo otra pausa entre ellos, llena de tensión y de expectación.

—Puedo encontrarlo por mí mismo. Lo sabes.

—Ya lo has intentado y has fracasado; de lo contrario no estarías aquí.

Kai sabía que Kris podía trasladarse al mundo de los espíritus y seguir el rastro psíquico único de cada persona. Algunas veces, sin embargo, aquel rastro se desvanecía o se manchaba.

Kai sospechaba que el rastro de Sehun estaba manchado, porque el guerrero no era quien solía ser.

—Tienes razón. Su rastro termina en Nueva York —admitió Kris. —Podría continuar la búsqueda, pero me llevaría tiempo, y eso es algo que ninguno tenemos en este momento. Ya han pasado dos semanas.

¡Qué bien lo sabía Kai! Había sentido cada uno de aquellos días como un nudo que se le apretaba alrededor de la garganta, como una preocupación que se añadía a la anterior. Los Cazadores, sus enemigos, estaban buscando la caja de Pandora con la esperanza de poder succionar a los demonios a su interior, sacarlos del cuerpo de los guerreros y, de ese modo, destruir al hombre y encerrar a la bestia.

Si los guerreros querían sobrevivir, tenían que encontrar la caja antes que ellos. Y por muy caótica que fuera la vida. Kai no estaba dispuesto a dejar que terminara.

—Dime dónde está —dijo Kris —y lo traeré a la fortaleza. Lo encerraré en el calabozo.

Kai soltó un resoplido.

—Ya se ha escapado. Podría escaparse otra vez, incluso con las cadenas de Chanyeol. La sed de sangre que lo ha poseído le proporciona una fuerza que nunca había visto antes. Es mejor que se quede donde está.

—Es tu amigo. Es uno de nosotros.

—Ahora está trastornado, y lo sabes. La mayor parte del tiempo ni siquiera es consciente de sus actos. Te mataría incluso a ti, si pudiera.

—Kai...

—Le destruirá, Kris.

Do Kyungsoo. El chico. Kai lo había visto pocas veces, pero lo deseaba con todo su ser. Era algo que no entendía. Él era la oscuridad, el doncel era la luz. Él era la angustia, el chico era la inocencia. Él era la persona equivocada para el doncel en todos los sentidos, pero aun así, cuando lo miraba, le parecía que todo iba bien.

Sabía que la próxima vez que Sehun llegara hasta él, lo mataría. No habría manera de pararlo, porque a Sehun le habían ordenado que acabara con Kyungsoo, con la madre, con la hermana y con la abuela de este, y estaba indefenso ante los dioses y sus poderes, como todos los demás. Lo haría.

Kai se enfureció y tuvo que mirar hacia abajo para calmarse. Al principio, Sehun se había resistido a cumplir aquella orden de los dioses. Era... No, «había sido» un buen hombre. Sin embargo, a cada día que pasaba su demonio se fortalecía, le había gritado con más furia y, al final, se había hecho con el control de su mente. En aquel momento, Sehun era el demonio que llevaba dentro. Era la Ira. Obedecía, mataba. Hasta que no consiguiera acabar con aquel doncel, solo viviría para cazar y asesinar.

No obstante, en el apartamento temporal de Kyungsoo, catorce días, cuatro horas y cincuenta y seis minutos antes, una pequeña parte de Sehun era consciente de los crímenes que había cometido. Una pequeña parte de sí mismo que odiaba aquello en lo que se había convertido y deseaba morir por encima de todo, terminar con aquel tormento. ¿Por qué, si no, le habría pedido a Kai que lo matara?

«Y yo se lo negué».

No había podido hacerle daño a otro guerrero, pero, ¿qué clase de monstruo dejaba que su amigo siguiera sufriendo, un amigo que había luchado por él, que había matado por él y que lo había querido?

Tenía que haber otro modo de salvar a Sehun y a Kyungsoo; Kai lo pensó por enésima vez. Había pasado incontables horas meditándolo, pero todavía no había dado con la solución. —¿Sabes dónde está el chico? —preguntó Kris, interrumpiendo sus cavilaciones.

—No, no lo sé. Sehun lo encontró, yo encontré a Sehun, y entonces fue cuando luchamos. Huyó, y yo no le seguí. Ahora puede estar en cualquier parte.

Y era mejor así. Kai lo sabía, pero de todos modos estaba desesperado por conocer su situación, lo que estaba haciendo si seguía vivo.

Kris, tío, ¿por qué tardas tanto?

Ante aquella segunda intrusión, Kai se dio por fin la vuelta. Paris, el guardián de Promiscuidad, estaba junto a Kris. Ambos lo miraban con los ojos entornados. Los rayos de color púrpura de la luna cayeron a su alrededor, pero no sobre ellos, como si aquellos rayos coloreados tuvieran miedo de rozar una maldad que ni siquiera el infierno podía contener.

Al ser inmortal, Kai los veía con claridad, porque su visión penetraba la oscuridad.

Paris era alto, el más alto de todo el grupo, tenía el pelo multicolor, la piel pálida y los ojos de un azul tan puro que ni la poesía más imaginativa podría hacerles justicia. Para los amantes humanos era irresistible, hipnotizante, y se arrojaban constantemente a sus brazos con la esperanza de conseguir una caricia. Un beso abrasador.

Kris, aunque ya tenía compañero, no era tan afortunado. Los amantes humanos siempre habían huido de él. Tenía la cara llena de unas terribles cicatrices que le daban la apariencia de los monstruos que solo podían encontrarse en los cuentos de hadas. Tampoco ayudaba el hecho de que tuviera los ojos de colores distintos, uno castaño, con el que veía el mundo natural, y otro azul, con el que veía el mundo espiritual. Ambos prometían que la muerte llamaría pronto a la puerta.

Los dos guerreros tenían el cuerpo musculoso de un modo que solo se conseguía con horas diarias de ejercicio. Estaban cargados de armas y preparados para luchar en cualquier momento del día. Tenían que estarlo.

—No me acuerdo de que fuéramos a dar una fiesta aquí arriba —les dijo Kai.

—Bueno, la edad perjudica a la memoria —respondió Paris. —Recuerda que tenemos que hablar de nuestros planes, entre otras cosas.

Kai suspiró. Los guerreros hacían lo que querían cuando querían, y ningún comentario mordaz iba a detenerlos. Lo sabía de primera mano, porque él era exactamente igual.

—¿Por qué no estáis buscando los escondites de Hidra?

Paris apretó los labios carnosos, que eran más propios de una mujer, hasta que formaron una línea de tozudez. En sus ojos apareció un sufrimiento que, normalmente, Kai veía en su reflejo cuando se miraba al espejo, pero rápidamente, la habitual irreverencia de su amigo lo reemplazó.

—¿Y bien? —preguntó Kai, al no obtener ninguna respuesta. Finalmente, Paris dijo:

—Incluso los inmortales necesitan un respiro.

Era evidente que había algo más, pero Kai no insistió. «No soy el único que tiene secretos». Varias semanas antes, los guerreros se habían dividido para buscar a Hidra, un ser que era mitad mujer y mitad serpiente, y que tenía muy mal humor. Aquella... cosa tenía la tarea de custodiar algunos de los juguetes favoritos del rey de los Titanes. Aquellos juguetes, que en realidad eran armas, supuestamente conducían hacia la caja de Pandora. Por el momento solo habían conseguido una de ellas: la Jaula de la Coacción. Y, en cuanto a la localización de las demás, solo disponían de algunas pistas dudosas.

—Sí, pero dada la amenaza que se cierne sobre nosotros, los descansos no tienen importancia. Y sí, sé que tengo que hacer más por nuestra causa. Lo haré. Después.

Paris se encogió de hombros.

—Yo hago lo que puedo. Estados Unidos es un país muy grande y estudiarlo desde lejos es casi tan difícil como viajar por su territorio entre tanta gente.

Cada uno de los guerreros había ido a países distintos en busca de pistas para encontrar la caja, pero no habían conseguido nada y habían regresado a Budapest a investigar todo lo posible desde allí. Sin apartar la vista de Kai, Paris preguntó a Kris:

—¿Te ha dicho dónde está Sehun o no? —Kris arqueó una ceja.

—No.

—Te advertí que sería difícil —dijo Paris. —Lleva semanas muy raro.

Kris podía decir lo mismo de Paris; Paris tenía arrugas de fatiga y estrés alrededor de los ojos. Quizá él debiera interrogar a su amigo. Claramente, le había ocurrido algo, y algo muy importante.

—Se nos está acabando el tiempo, Kai —dijo Paris en tono de acusación. —Coopera. Ayúdanos.

—Los Cazadores están más decididos que nunca a acabar con nosotros —añadió Kris. —Los humanos han descubierto el Templo de los No Mencionados y han limitado nuestro acceso a él. Solo hemos hallado uno de los cuatro artefactos, pero se supone que necesitamos los cuatro para encontrar la caja.

Kai arqueó una ceja, tal y como había hecho Kris un poco antes.

—¿Y crees que Sehun puede ayudarnos a encontrarlos?

—No, pero no debe haber desavenencias entre nosotros. Y tampoco nos conviene preocuparnos por él.

—Podéis dejar de preocuparos —dijo Kai. —Él no quiere que lo encuentren. Odia lo que es, en lo que se ha convertido, y detesta que lo veamos así. Os juro que está contento donde está, o no lo habría dejado allí.

La puerta del tejado se abrió de golpe y en el vano apareció Suho, el guardián de la Duda. El viento meció su pelo negro.

—Por los dioses —dijo, abriendo los brazos. —¿Qué demonios pasa?

Al mirar a Kai, lo entendió todo, y puso los ojos en blanco.

—Maldita sea, Dolor, tú sí que eres un aguafiestas.

—¿Por qué no estás en Roma? —le preguntó Kai.

¿Acaso todo el mundo había dejado de buscar durante la media hora que él llevaba en el tejado?

Gideon, el guardián de la Mentira, estaba cerca de Suho e impidió que el guerrero respondiera al decir:

—Vaya, vaya, esto sí que parece divertido.

En el idioma de Gideon, «divertido» significaba aburrido. El guerrero no podía decir una sola verdad sin sentir un dolor atroz. «Dolor, exactamente lo que yo necesito», pensó Kai. Ojalá solo tuviera que mentir para sentirlo. ¡Qué fácil sería su vida!

—¿No tendríais que estar ayudando a Paris a buscar por Estados Unidos? — Preguntó Kai, pero no se molestó en esperar a que respondieran. —Esto parece un circo. ¿Es que no puede uno estar de mal humor y mutilarse un poco en privado?

—No —dijo Paris. —No puedes. Deja de cambiar de tema. Danos las respuestas que queremos.

«Deshazte de ellos», le dijo el demonio. Kai observó a sus nuevos huéspedes. Gideon iba vestido de negro y llevaba el pelo teñido de azul. Tenía piercings en varios puntos de las cejas. Los adornos de plata brillaban sobre sus pestañas negras. A los humanos les resultaba aterrador.

Suho también iba vestido de negro, pero tenía el pelo y los ojos castaños, y un rostro cuadrado y sin malicia que no hacía pensar a los demás que iba a asesinar a cualquiera que se le acercara, riéndose mientras lo hacía.

Ambos eran muy obstinados.

—Necesito tiempo para pensar —respondió Kai, con la esperanza de ganarse su comprensión.

—No tienes nada en qué pensar —replicó Suho. —Harás lo que tienes que hacer, porque eres un guerrero con sentido del honor.

«¿De verdad? Quizá sea tan débil como el humano al que deseo. De otro modo, ¿por qué iba a hacerles daño a aquellos a los que quiero, de esta manera?».

«Ay», pensó mientras se encogía. Era débil. Era...

Suho —gruñó en cuanto se dio cuenta de lo que ocurría. —Deja de enviarme dudas a la mente. Ya tengo suficiente con las mías.

El otro guerrero se encogió de hombros tímidamente, y ni siquiera intentó negarlo.

—Lo siento.

—Como está claro que nuestra reunión no se va a cancelar —dijo Gideon —yo no voy a ir a la ciudad, ni voy a visitar el Club Destiny, ni voy a provocarle unos cuantos gritos de placer a un humano —sentenció.

Desapareció por la puerta unos segundos después, sacudiendo la cabeza con exasperación.

—No canceléis la reunión —dijo Kai a los demás. —Solo... comenzad sin mí —miró por encima de su hombro, desde el cielo hacia abajo. El siniestro lienzo de la noche esperaba todavía, llamándolo para que diera el salto final. —Bajaré dentro de un minuto.

Paris frunció los labios.

—Bajarás. ¡Qué gracioso! Quizá nos veamos abajo y podamos jugar a encontrar tu páncreas otra vez. Obligarte a que te regeneres sin dejar que te cures me divierte.

Incluso Kris sonrió al oírlo.

—¡Oh, qué divertido! ¿Puedo esconder su hígado esta vez? —Al oír la voz de Tao, Kai miró al cielo con resignación.

El dios de pelo platino, Anarquía, apareció también por la puerta y se arrojó a los brazos de Kris. Su olor a fresa impregnó el viento. Aquellos dos no hacían más que abrazarse y arrullarse como dos idiotas, como si se olvidaran del mundo que los rodeaba.

A Kai le había costado bastante tomarle simpatía a aquel chico. El dios pertenecía al Olimpo, como todas las cosas que él odiaba. Provocaba el caos allá por donde pasaba, algo tan natural para el dios como el respirar. Sin embargo, al final, había ayudado a todos los guerreros, y había dado a Kris una felicidad que Kai no podía más que imaginar.

Suho tosió.

Paris silbó, aunque con cierta tensión.

Kai sintió una punzada de envidia en el pecho, una opresión tan fuerte en el corazón que parecía que iba a dejar de latir. Ojalá no tuviera corazón; sin él, no desearía a Kyungsoo sabiendo que no podía tenerlo.

No importaba. El chico nunca lo desearía a él. A la mayoría de las personas no les agradaba su particular marca de placer y dulzura, y el angelical Kyungsoo la odiaría más que la mayoría. Solo el hecho de estar cerca de él le había aterrorizado.

Sin embargo, quizá hubiera podido ganárselo, seducirlo, hacer que se suavizara con él. Quizá..., pero se había negado a intentarlo. Los amantes con los que se acostaba siempre sucumbían a su demonio, se emborrachaban con él y desarrollaban una adicción a sus predilecciones. Ellos acababan necesitando también el dolor, y se lo provocaban a todos los que estaban a su alrededor.

—Que alguien llame a los demás —dijo Kai con sarcasmo, y con la esperanza de disimular su sufrimiento. —Haremos una fiesta aquí arriba.

¿Qué estaría haciendo Kyungsoo en aquel segundo? ¿Estaría con un hombre? ¿Se estaría acurrucando contra él como Tao se acurrucaba contra Kris? ¿Estaba muerto, enterrado como Sehun? Apretó los puños; sus uñas se alargaron, le cortaron la piel y le pincharon maravillosamente.

—Déjalo ya, Dolor —dijo Tao. —Le estás haciendo perder el tiempo a Kris, y eso me irrita mucho.

Cuando Tao se enfadaba ocurrían cosas malas. Guerras, desastres naturales.

—Nosotros ya hemos hablado. Ya tiene toda la información que necesitaba.

—No toda —dijo Kris.

—Díselo o te empujaré yo mismo —dijo Tao. —Y después, cuando no puedas detenerme, te juro que mientras te estés recuperando, encontraré a tu novio y te enviaré uno de sus deditos.

Un velo rojo cubrió los ojos de Kai solo con pensar que Kyungsoo pudiera sufrir

—No vas a tocarlo —dijo.

—Vigila ese tono de voz —intervino Kris a su vez.

—Ni siquiera sabes dónde está —dijo Kai con más calma, maravillándose de lo protector que era Kris.

Tao sonrió.

—Tao —dijo Kai en tono de advertencia.

—¿Qué? —preguntó el dios, todo inocencia.

Sehun tiene que estar con nosotros —insistió Kris.

—El asunto de Sehun ya no admite discusión —gruñó Kai. —Tú no estabas allí. No viste el sufrimiento en sus ojos. No oíste el tono suplicante de su voz. Hice lo que tenía que hacer, y lo haría otra vez.

Se dio la vuelta y miró hacia abajo. Los charcos estaban ondulándose contra las piedras que había en el suelo. Todavía lo llamaban.

«Liberación», le susurraron. Solo durante un rato...

—Kai —dijo Kris.

Kai saltó.