Prólogo
Mientras revisaba mis correos, solté un suspiro. Nadie, ni una sola persona ha respondido a mi anuncio hasta ahora. Si no consigo un compañero de piso para finales de mes, puede que tenga que mudarme a otro lado o, peor aún, volver a la residencia de estudiantes. No quiero hacer ninguna de las dos cosas. Este apartamento ha sido mi hogar durante los últimos 2 años; es perfecto para mí porque solo tengo un vecino en mi planta y casi nunca está en casa, o simplemente es maravillosamente silencioso, igual que los vecinos de arriba.
Sin embargo, el edificio tiene un nuevo dueño que tuvo la brillante idea de subirnos el alquiler a todos. Si antes vivía al límite, ahora voy a pasarlas canutas para llegar a fin de mes a menos que subarriende la otra habitación. En el peor de los casos, tendría que pedirle dinero a mis padres, y eso no va a pasar nunca. En realidad no tengo padres, o mejor dicho, los tengo, pero es como si no. Es una larga historia.
Cuando sonó la alarma del móvil avisándome de que tenía que ir al trabajo, me levanté. Trabajar a tiempo parcial en una cafetería cerca de la facultad no me da lo suficiente para no estresarme con el dinero, y el intentar batir récords y graduarme antes de tiempo no me deja margen para buscar otro trabajo.
La cruda realidad es que tengo 2 opciones, y ninguna parece muy atractiva: a) conseguir un trabajo a tiempo completo y descuidar mis estudios, pero poder permitirme vivir sola en un piso bastante grande; b) seguir igual, pero pedirle a mis padres que me mantengan.
Como la primera es imposible y preferiría empezar a vender droga antes que necesitar a mis padres, tuve que recurrir a una tercera opción: buscar a alguien con quien compartir piso. Pero, por lo visto, o mi piso no es lo suficientemente bueno o no lo soy yo. Probablemente lo segundo, suele ser así.
Mientras rebuscaba en mi armario algo decente que ponerme, escuché el sonido de una notificación en mi portátil. Fui a comprobarlo de inmediato, con esperanza, y acerté: un correo nuevo.
Hola, ¿cuándo puedo ver el piso?
Eso era todo lo que decía. Ni siquiera estaba firmado y la dirección de correo no revelaba ningún detalle. Suspiré y borré el mensaje. Créelo o no, desde que puse el anuncio, muy poca gente se ha interesado de verdad por el piso, pero sí un montón de salidos preguntándome qué llevo puesto. Probablemente este fuera otro más.
Derrotada, volví a mi armario mientras sonaba la segunda alarma. Sí, necesito que el móvil me recuerde las cosas o podría olvidarme de tareas normales como llegar a tiempo al trabajo. Pasa cuando tienes una mente dispersa como la mía, que solo puede concentrarse en los libros. Y pasa aún más cuando duermes mucho menos de lo que deberías porque te quedas leyendo por la noche.
Sí, soy una de esas personas. De las que buscaron alivio y compañía en los libros e inevitablemente los encontraron. Por eso, estoy muy agradecida a mis amigos de papel y difícilmente los abandonaré por una vida más mundana. Porque, como dijo alguien mucho más sabio que yo, nunca estás solo cuando estás con libros.
Y cada noche me veo inevitablemente atrapada por esos monstruos de papel que no me dejan en paz hasta que me quitan el sueño. Pero, ¡oh!, qué prisionera tan feliz soy. Si buscabas a una chica genial a la que admirar, te has equivocado de libro. Soy Tara Desastre con patas Baker, siento decepcionarte.