#1 Tu hija, la que fue concebida por esa salchicha
SINOPSIS
Steffi Johnson es una fuerza de la naturaleza. Eso es… hasta que su mente pierde la batalla contra su corazón y su coño, y termina metida en un lío de los gordos.
A Steffi le encanta el sexo. Y la aventura. Y el rollo sin ataduras. Siempre pensó que algún día conocería a alguien que la hiciera querer ser de un solo hombre. O de una sola mujer. O de una sola persona. Al fin y al cabo, Steffi es pansexual, así que ¿qué más da el género? Seguro que lo conoce cuando tenga 30 o algo así. Vieja. Preparada para sentar cabeza.
A los 20, Steffi no esperaba conocer a alguien que le diera la vuelta a su vida de las mejores y peores maneras. Alguien que sabe exactamente cómo calmar su mente acelerada, follarla hasta someterla y hacerla sentir segura. Solo que él no es quien dijo ser. Ni por asomo. Ni de lejos.
Así es como Steffi termina discutiendo con sus padres y mudándose de su casa. Así es como se ve envuelta con gente peligrosa. Así es como termina perdiendo el corazón, la cordura y quizá hasta algo más.
¿Quedará alguna oportunidad de salvar a Steffi del tipo que se niega a soltarla? ¿Habrá manera de salvarla de sí misma? Y si la hay… ¿quién la salvará?
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Aviso de contenido:
Este libro contiene escenas que pueden resultar perturbadoras para personas que hayan sufrido abuso (sexual), relaciones tóxicas, manipuladoras o abusivas, o violación. Todos estos temas aparecen en la historia.
Te prometo un final feliz, por supuesto, pero este libro es más oscuro que la mayoría de mis otras obras, y las cosas malas ocurren en tiempo real, no solo en el pasado de los personajes, como suele pasar en mis libros, donde el abuso es un recuerdo traumático, no la realidad del presente.
Por favor, ten en cuenta los posibles desencadenantes en los comentarios. Sé amable con los demás. Comenta lo que pienses, no te cortes, pero mantén un tono respetuoso y recuerda que algunas personas han vivido estas experiencias en carne propia.
Algunos capítulos incluyen advertencias específicas al inicio, así que siempre puedes saltártelos. Pero si estos temas en general te resultan demasiado duros, quizá sea mejor que no leas este libro. Si lo estás leyendo y crees que algún capítulo debería llevar una advertencia que no incluí, dímelo en los comentarios o por DM en Instagram, y la añadiré.
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INFORMACIÓN [el capítulo 1 empieza justo después]
La serie *Sweet Caroline* consta de varios libros. Todos pueden leerse de forma independiente, pero funcionan mejor como saga. Al inicio de cada libro, siempre indico cuál conviene leer primero para entender el pasado de los personajes.
La serie se divide en dos generaciones: la primera y la siguiente. La segunda generación trata sobre personajes que eran niños en los libros de la primera.
PRIMERA GENERACIÓN: 1. Sweet Caroline // 2. Slutty Shaughna // 3. Eager Annabel // 4. Feisty Francesca // 5. Twisted Thomas // 6. Chef Quiroz // 7. Caring Christopher // 8. Officer Tyson // 9. Dreamy Dylan
SEGUNDA GENERACIÓN: 1. Blooming Rose // 2. Jealous Jagger // 3. Needy Nia // 4. Guarded Marcus // 5. Charming Creed // 6. Thompson Twins // 7. Playful Pierre // 8. Saving Steffi
Puedes leer este libro como historia independiente, pero si vas a leer otros de la saga, quizá quieras empezar por *Sweet Caroline*.
Conocemos a Steffi por primera vez en *Eager Annabel*, cuando es solo un bebé recién nacido. Sigue apareciendo en los libros de la primera generación como la hija de Aston y Anna. En *Thompson Twins* la vemos de adolescente, y en *Playful Pierre* ya tiene 20 años. Algunos capítulos de *Playful Pierre* adelantan un poco lo que pasa en *Saving Steffi*, así que parte de la trama de este libro coincide con el final del de Pierre.
Te recomiendo leer al menos *Playful Pierre* antes de *Saving Steffi*, pero tú decides. Escribo todos mis libros para que se lean por separado, pero algunas cosas pueden resultar confusas si no conoces los otros, y, por supuesto, te perderás los *easter eggs*.
¡Basta de información! ¡Disfruta el capítulo 1!
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#1 Tu hija, la que fue concebida por esa salchicha
El motor de la moto ruge bajo mí, las vibraciones me aceleran el corazón y hacen que todo mi cuerpo zumbe de satisfacción. Joder, qué rápido va. Mucho más de lo que debería, que era justo lo que Bear, mi jefe, me pidió que hiciera.
¿Legal? Ni de coña.
¿Mola? Y tanto.
Fue una de las muchas razones por las que Bear me contrató. Llevo trasteando con motos desde que era una cría, y ahora mis habilidades van mucho más allá de lo que mi padre me enseñó. Él sabía arreglar cosillas, pero poco más. Siempre me llevaba al taller de Bear, incluso cuando era una niña con coletas, y yo jugaba entre los coches y las motos mientras Bear le arreglaba la vieja moto destartalada a mi padre y hablaban de sus cosas.
Sus cosas para mi padre era el gimnasio Maddox. Lo regentaba con Zeke, que no solo era uno de sus mejores amigos, sino también algo así como su cuñado. Tengo una familia enorme, pero creo que solo la mitad de la gente a la que llamo familia lo es de verdad. Eso pasa cuando tu padre tiene un medio hermano que, a su vez, tiene un montón de medios hermanos más. En nuestra familia, la sangre no importa. Lo que cuenta es el cariño y la lealtad. Llamo tíos, tías y primos a tanta gente que a veces pierdo la cuenta de quién es pariente mío y quién es solo un amigo muy cercano.
Para Bear, hablar de sus cosas es hablar de su taller. *Bear’s Bikes and Cars*. Nombre sencillo, trabajo complicado. Estoy casi segura de que la mayoría de lo que hacemos no es del todo legal. Por ejemplo, no me dejan tocar la caja registradora. Les damos a los clientes facturas escritas a mano con lo que les hemos hecho, y desde luego no ponemos que suelo desmontar el cacharro para meterle un motor que es demasiado potente para el vehículo. O que manipulo el motor original, o incluso le meto un compartimento secreto que, la verdad, ni quiero saber para qué lo usa el dueño. No será para guardar la compra, ¿no?
Hace tiempo que aprendí a no hacer preguntas. Bear me trata bien, y mi pobre padre no tiene ni idea de que no todo lo que hago para él es legal. Cuando viene mi padre, sí usamos la caja, igual que con algunos clientes que no parecen entender que no todo lo que ganamos se declara a Hacienda. Mi padre es un poco macarra, pero, que yo sepa, aparte de fumarse un porro de vez en cuando, nunca hace nada ilegal. El tío es pintor, además de dueño de un gimnasio, joder. Y cuando digo pintor, me refiero a artista de verdad. Es duro por fuera, pero un trozo de pan por dentro.
Como yo.
Aunque quizá yo sea un poco dura por dentro también.
Al terminar la prueba de la moto en la que he estado trabajando todo el día, me entran ganas de seguir conduciendo. Me encantan las carreteras abiertas, la velocidad, la sensación de libertad. Desde la primera vez que me subí a la moto de mi padre, me enamoré. No de mi padre, claro, eso sería asqueroso, sino de la moto. Tengo la mía propia y me encanta, pero ya estoy ahorrando para una nueva. Quiero algo más grande, más potente, más de la hostia.
—¿Y? —pregunta Bear al verme entrar, limpiándose las manos manchadas de grasa con un trapo.
—Ronronea como un ángel —le aseguro, aparcando la moto al fondo del taller—. ¿De verdad no vas a regalarme esta preciosidad por todo el curro que me he pegado estos años?
Sonríe, mostrando sus dientes torcidos—. Ni hablar, Enana. Te he echado un extra en la nómina este mes. Debería ser suficiente para que dejes de pedirme cosas.
—Nada es suficiente para eso. —Paso la mano por la moto, odiando tener que separarme de ella pronto—. ¿Ya tienes comprador?
—Sí, Zeus pasará a recogerla esta semana. Además, nos vende su moto vieja. Tu próximo trabajito será arreglarla para venderla con beneficio.
Me alegro por dentro, pero por fuera me mantengo fría—. Genial. ¿Queda algo más por hacer?
—No, ya te quedaste hasta tarde. Vete a hacer lo que hagas cuando no estás aquí.
Le lanzo una mirada burlona—. No creo que quieras saberlo.
—Sí que quiero —dice una voz grave a mis espaldas.
Me giro y veo a Dice salir de detrás de un camión enorme, con el mono lleno de grasa y el pelo oscuro recogido en una coleta. Solo tiene tres años más que yo, pero siempre hace como si fuera mucho más listo, grande y mejor. Bueno, sí, es más grande —no me llaman Enana por gusto—, pero desde luego no es más listo ni mejor. La cagué una vez, cuando estaba borracha como una cuba y más caliente que el infierno, y le hice una mamada en un callejón. Desde entonces, cree que es la hostia. Gilipollas ni siquiera supo hacerme correr, así que me metió los dedos por debajo de la falda de forma torpe. No sé por qué está tan orgulloso de esa noche. Yo, desde luego, no lo estoy. Y no es que me avergüence —esas cosas pasan cuando te tomas demasiados chupitos de tequila.
—Pues tengo una cita caliente con una chica que conocí anoche en la discoteca —le digo a Dice, sabiendo que se va a imaginar lo que haremos toda la noche. Seguro que se la pela pensando en eso cuando esté solo. El pobre no debe de echar muchos polvos, la verdad. A veces me pregunto si la razón por la que se corrió después de tres cabezazos fue porque hacía siglos que no lo tocaban. Me da un poco de pena. Cuando llevo más de una semana sin sexo, me convierto en una bruja.
—¿Cita caliente? —repite Dice, gruñendo.
—Bueno, quizá no sea una cita. —Sonrío con dulzura—. Más bien voy a su casa.
—¿A hacer qué? —pregunta, pasándose la mano por la barba corta y negra.
—Creo que lo sabes. —Me encanta chincharle—. Apuesto a que ella sí sabe cómo hacerme correr.
Dice se tensa al recordar que él no supo hacerlo aquella noche, y mira a Bear de reojo. No nos dejan tener rollos en el trabajo. Bear no quiere que eso interfiera con el curro, así que no sabe que nos liamos hace unos seis meses. Por eso es tan divertido vacilarle a Dice. No puede decir nada delante de Bear, ni siquiera cuando suelto esas cosas.
—No quiero saber nada de esto, Enana —refunfuña Bear cuando Dice se queda callado—. Vete ya.
Me acerco a darle un abrazo de despedida a mi jefe. Puede que mida casi dos metros, que sea un macarra con un montón de tatuajes, pero le llaman Bear por algo. Es un trozo de pan. Un osito de peluche. Me revuelve el pelo con cariño y me echa.
Antes de ir a casa de mi cita, paso por la mía a toda velocidad, como siempre. Me encanta la libertad de ir en moto. La pobre Stiletto —sí, le puse nombre, claro que sí— no le llega ni a la suela de los zapatos a la belleza que he estado arreglando hoy, pero es mía. Le doy una palmadita cariñosa después de aparcarla en el garaje de la casa de mis padres.
Sigo viviendo en casa porque es demasiado fácil. Me llevo genial con mis dos padres, sobre todo con mi papá. Vivir aquí es como estar en un hotel. Me lavan la ropa, nunca tengo que ayudar con las tareas de la casa —tienen una empleada que viene dos veces por semana y mis padres se encargan del resto—, y la verdad es que me han malcriado toda la vida. No soy ninguna princesita, pero, en especial mi papá, nunca ha sabido decirme que no. ¿Para qué mudarme si estoy cómoda aquí y así puedo ahorrar?
—Hola, cariño —me dice mi mamá al entrar. Todavía lleva la ropa de trabajo, que no podría ser más distinta a la mía. Cuando trabajo en el gimnasio de mi papá, uso el uniforme que él y Zeke exigen para sus empleados: ropa deportiva negra con el logo del gimnasio. Y cuando trabajo en el taller de Bear, me pongo ropa cómoda y overoles. Mi mamá, en cambio, va a la oficina con tacones, falda lápiz, blusa impecable y un maquillaje que logra ser femenino y profesional a la vez. Tiene su propio bufete de abogados y es una abogada de armas tomar. A veces me cuesta creer que ella y mi papá hayan terminado juntos. Cuando se viste así, parece tan elegante, tan de alto nivel… Mi papá es justo lo opuesto.
Como si quisiera demostrarlo, mi padre entra tambaleándose a la cocina por la puerta de atrás, vestido solo con unos pantalones de sudar y unas manchas de pintura en su pecho ancho. Debe haber estado en su estudio de arte. Mi mamá no lo ha visto aún, así que me guiña un ojo y se acerca sigilosamente por detrás, agarrándole el trasero con ambas manos.
—¡Aston! —chilla ella, girando para encararlo.
—Sí, nena, grita mi nombre —la provoca, dándole un beso hambriento—. ¿Qué hay de cenar?
—Pensé que hoy te tocaba a ti cocinar —suspira al darse cuenta de que ni siquiera ha ido al supermercado—. Aston, habíamos quedado en que los lunes y jueves te encargabas tú de la cena.
—Tengo una salchicha que podrías comerte —gruñe.
—¡Dios mío, que sigo aquí! —agito los brazos sobre mi cabeza—. Su hija, concebida por esa misma salchicha, pero que no quiere enterarse de nada.
Mi mamá pone cara de horror y le da un manotazo en el brazo cuando intenta acercarla a él. Mi papá, en cambio, le importa un bledo. Nunca le ha importado. Como ya dije, es un misterio cómo se enamoraron. Funcionan de una manera que no debería tener sentido, pero por algún motivo lo tiene.
Las versiones de mis padres sobre cómo se conocieron y terminaron juntos son muy distintas. Según mi mamá, se encontraron gracias a un amigo en común, él aceptó ser su acompañante en un evento de trabajo y empezaron a salir. Se pusieron serios con el tiempo, ella se embarazó y él le propuso matrimonio.
Si le preguntas a mi papá, te dirá que ella básicamente chantajeó a alguien para que le consiguiera una cita, que conectaron al instante, se manosearon en el taxi de camino a la fiesta, tuvieron sexo casual durante mucho tiempo antes de admitir que querían algo más y que, sin querer, la dejó embarazada de mí.
¿Qué versión me creo? La de mi papá, obvio. He escuchado suficientes rumores sobre el inicio de su relación como para sospechar que hubo drama de por medio. Que mi mamá disfrutara de un poco de diversión sin ataduras con el mujeriego que aparentemente era mi papá en esa época y que terminara perdidamente enamorada de él tiene mucho más sentido que que hayan salido de una forma más "normal". Esos dos no son normales. Nada en ellos lo es.
Mientras discuten sobre quién debería preparar la cena, subo a ducharme y arreglarme para mi cita. Primero cenaré con mis padres, pero después me largo toda la noche. No creo que vuelva hasta mañana por la mañana. Ni lo pienso.
Cuando bajo, ninguno de los dos ha preparado nada. Eso sí, a la blusa de mi mamá le falta un botón y mi papá tiene una sonrisa boba en la cara. Puaj. No quiero ni imaginar lo que han estado haciendo mientras me duchaba.
—Pedimos pizza —me dice mi mamá, sentándose a la mesa del comedor con su laptop—. Tengo que responder unos correos antes de que llegue.
Mi papá me mira de arriba abajo, claramente descontento—. ¿Adónde vas vestida con lencería como si fuera un conjunto completo?
Pongo los ojos en blanco—. Es un corsé, papá, no lencería. Y desde cuándo una falda es ropa interior.
—Lo es cuando es tan corta que se te ve la maldita ropa interior.
—Exageras —le digo. Y es verdad. Mi falda llega a media pierna, y aunque el corsé me levanta los pechos y deja parte del estómago al aire —mostrando mi piercing en el ombligo—, no es como si saliera en sostén. Todo está cubierto.
Mi mamá levanta la vista de la laptop, frunciendo el ceño—. Te vas a poner un suéter encima, ¿verdad?
—Claro que sí —miento, porque es más fácil.
Mi papá no se lo cree ni por un segundo—. ¿Con quién sales esta noche?
—No la conoces.
Se relaja un poco cuando digo *ella*. Mis padres son muy abiertos con que soy pansexual —creo que a mi papá hasta le gusta más que sea así que si fuera heterosexual—. Parece que tengo más preferencia por las mujeres que por los hombres, y eso lo tranquiliza un poco en cuanto a mi seguridad. No confía en los hombres, lo que me hace preguntarme cómo sería él a mi edad. He escuchado historias, claro, pero me cuesta imaginármelo con alguien que no sea mi mamá. A veces coquetea con otras mujeres, cosa que a mi mamá no parece molestarle, pero ella es la única a la que mira como si fuera un ángel bajado del cielo. Me pregunto si la razón por la que no confía en que los hombres estén cerca de mí es porque él mismo sabe cómo piensa un hombre cuando es joven.
—¿La vamos a conocer pronto? —pregunta mi mamá, tecleando a toda velocidad.
—No es nada serio, así que no, probablemente no.
—Ten cuidado —me advierte mi papá.
No sé si se refiere a que no me secuestren o a que use protección contra las ETS. Conociéndolo, probablemente ambas. Para calmarlo, agarro mi teléfono y le mando la dirección de mi *cita*. Asiente en señal de agradecimiento.
Llevamos haciendo esto desde que tenía 16 años y no volví a casa una noche entera porque se me murió el teléfono. Él sabía que no podía controlarme, y nunca lo intentó. Pero sí quería asegurarse de que estuviera a salvo, así que acordamos que siempre le diría dónde estaba y si volvería o no. Si no aparecía o no contestaba el teléfono cuando había dicho que lo haría, iría a la dirección que le había dado. Solo tuvo que hacerlo una vez, cuando la cagué a los 18: otra vez se me murió el teléfono y no encontraba las llaves del coche por ningún lado.
Estaba hecho una furia, dispuesto a matar a quien estuviera conmigo en ese momento, pero cuando le conté lo que había pasado y se dio cuenta de que me había quedado dormida en el sofá después de una fiesta movida, se calmó, me ayudó a encontrar las llaves y me siguió hasta casa. Se enfadó conmigo por dejar que se me muriera el teléfono y por no saber dónde estaban mis llaves, pero nada más. No me echó la bronca. Mi mamá, en cambio, estaba hecha un mar de lágrimas cuando por fin llegué, y terminamos discutiendo a gritos. Si no hubiera sido por mi papá, probablemente seguiría llorando y gritando dos años después.
Nunca he conocido a nadie que tenga la relación que yo tengo con mi padre. Literalmente nadie que conozca le mandaría a su papá la dirección de la persona con la que va a tener sexo casual. Pero yo confío en él. Sé que nunca aparecería a menos que sospechara que estoy en peligro. Es raro, pero es un alivio saber que alguien te cubre las espaldas así.
Después de cenar pizza con mis padres, por fin me dirijo al departamento de Cassandra, ansiosa por un poco de acción. Hace un par de días que no tengo nada. Bueno, anoche la besé en el club, pero fue algo muy light. Por encima de la ropa. Necesito un orgasmo que no tenga que darme yo misma.
Cassandra abre la puerta de su dormitorio con una sonrisa tímida, recorriéndome con la mirada con ganas. Es la mezcla perfecta de nerviosa y excitada, justo como me gusta. Me encantan las chicas que aún no tienen mucha experiencia, enseñarles exactamente lo que tienen que hacer para complacerme y mostrarles lo bien que pueden sentirse ellas mismas.
—Te ves increíble —dice, mordiéndose el labio.
La miro de arriba abajo: lleva unos jeans ajustados azules y una blusa verde transparente que deja ver el sujetador de encaje negro que lleva debajo. Se me hace agua la boca—. Tú también.
Resulta que Cassandra tiene tres compañeras de cuarto con las que comparte una sala y una cocina pequeñas, pero al menos tiene su propio cuartito. Me las presenta con nerviosismo, retorciéndose las manos. Anoche me dijo que había salido del clóset hacía solo un par de semanas, y sus compañeras parecen muy interesadas en mí, así que supongo que no ha traído a otras chicas antes. Le paso el brazo por los hombros mientras charlo con ellas sin problema. No es como si estuviera en una entrevista de trabajo para ser su primera novia. Solo estoy aquí por sexo caliente, y a sus compañeras no les tengo que caer bien para que eso pase esta noche.
—¿Vamos a tu cuarto? —le pregunto a Cassandra, agarrándole el trasero y apretando.
Da un gritito, poniéndose roja—. V…vale.
Cierro la puerta con firmeza y echo el pestillo. Ella traga saliva, mirando con incertidumbre.
—¿Has hecho esto antes, no? —le pregunto. Tiene 21 años, y anoche no parecía *tan* nerviosa. Puede que haya salido del clóset hace poco, pero supongo que ya ha estado con chicas antes.
—No… la verdad es que no —admite—. O sea, he besado a algunas chicas, las he tocado un poco, pero nunca he…
Vaya, otra virgen. Eso me excita aún más. No me molesta la falta de experiencia, aunque a veces es agradable estar con alguien que sabe exactamente cómo volverme loca, en vez de que yo tenga que llevar la iniciativa. Por lo general, siempre termino sintiendo atracción por chicas inocentes, sin experiencia.
—No pasa nada —la tranquilizo, acercándome para colocarle un mechón de pelo rubio detrás de la oreja, dejando que mis dedos se queden un momento en su piel sonrojada—. ¿Sabes por qué vine, no? Si cambiaste de opinión, puedo irme o quedarme solo para algo como lo de anoche, por encima de la ropa, pero quiero ser clara. Vine esta noche con la esperanza de tener sexo caliente.
Está roja como un tomate, pero me mira a los ojos—. No he cambiado de opinión, y fuiste muy clara con lo que querías cuando quedamos en vernos otra vez.
—Bien. Entonces, ¿por qué no nos estamos besando ya?
Espero a que sea ella quien dé el primer paso, no quiero presionarla. Tras un breve momento, me toma la cara entre las manos y acerca sus labios a los míos. Como anoche, saltan chispas entre nosotras, y estoy segura de que no soy la única que ya está mojada mientras nuestros cuerpos se pegan.
Sí, esta noche va a terminar exactamente como yo esperaba.
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¿Qué les está pareciendo el libro hasta ahora? ¡Cuéntenme en los comentarios!