Capítulo 1
Introducción:
El piso era un desastre y era algo bastante notorio, pero a nadie en ese lugar le importaba, por lo menos por esa noche. Vasos por doquier, zapatos fuera de lugar y camisas mal dobladas tiradas en alguna esquina que buscaban esconder ciertas manchas que podrían hacer surgir una gran pelea innecesaria.
El olor fresco a alcohol te hacía querer no tener el sentido del olfato y el ventilador de techo que a duras penas funcionaba, en lugar de eliminarlo, sólo lograba desparramarlo. Las sillas de cuero sintético rojo le hacían sudar, lo cual era entendible si se conocía su nerviosismo a la hora de jugar; las cartas del UNO estaban desparramadas por la mesa negra y en cada punta de ésta había una persona, quien, muy recelosamente, planeaba su siguiente jugada.
Estaban ebrios y hartos de la universidad, sólo querían divertirse y olvidar. Olvidar todo el estrés de la semana y dejar de pensar en cuál tarea debían entregar al siguiente día. Necesitaba distenderse de cada preocupación y por ello estaban allí, reunidos y bebiendo hasta que lograran sentirse vivos o, por el lado contrario, hasta que cayeran en un coma etílico.
Había llegado la hora nostálgica de la madrugada y gracias a eso sonaba a todo volumen “Hold On”, retumbando en cada pared de esa pequeña casa. Las cortinas se habían cerrado hace horas y los rastros de confeti aún quedaba regados por el suelo. Él los miraba desde su silla, sonriendo y sintiéndose ansioso, pues iba a tirar su última carta.
Lo hizo, recibiendo como recompensa la típica ira ambigua, pero él simplemente comenzó a reírse de ellos, burlándose mientras comía lo que le quedaba de su hamburguesa recalentada que, sea dicho de paso, ya estaba fría. El sabor no llegó a su boca y eso se sintió extraño.
Levantó la mirada y los vio. Estaban riendo y gritando, dándose mutuamente leves empujones y exigiendo alguna cosa que no alcanzaba a escuchar. Mientras comía, intentado diferenciar su hamburguesa de un pedazo de cartón, pudo ver cómo ellos seguían con el juego, insultándose entre medio.
Eran demasiado competitivos, pero las sonrisas que soltaban al aire cuando ganaban le daban felicidad, a pesar de que él perdiese por dejarlos triunfar.
La música cambió, ahora lo único que se oía era una tonada relajante que no parecía tener inicio ni final. No conocía esa canción, pero podía sentirla con el alma. Se preguntó internamente quién sería el autor.
Pero el escalofrío que recorrió su cuerpo lo distrajo. Por un instante creyó que era el viento proveniente de una ventana, pero él mismo se había encargado de cerrarlas y, obviamente, el pobre ventilador no sería capaz ni siquiera de dar un suspiro helado. Buscó con sus ojos cansados y dilatados algo que pudiera provocar el frío.
Cuando giró su rostro y cuello hacia lo que fuera que había detrás de su silla, su corazón se heló. La parte trasera de la cocina había desaparecido, dándole paso a la negrura pura. Podía ver una oscuridad tan espesa capaz de convertirse en la pesadilla de cualquier ser humano. No tenía ni una mancha de luz encima, era sólo negro; sin vida.
La nada estaba justamente atrás de su cuerpo y parecía que nadie la notaba. Sentía que en cualquier momento esto lo arrastraría dentro, prohibiendo cualquier posibilidad de salida.
Estaba paralizado; su hamburguesa estaba en el suelo y su respiración atascada en su pecho. Ninguno de ellos lo notaba; ellos seguían riendo como si no estuvieran a punto de ser devorados por la mismísima oscuridad, mientras él quería llorar por la soledad que veía en ella.
De pronto, un viento se lo llevó lejos. Primero lo tiró al suelo, haciéndole golpear su codo derecho con la pata de la mesa, luego lo arrastró muy lentamente hacia el infierno.
Porque sí, si a él en esos momentos le preguntaban cómo sería el infierno perfecto según sus creencias, diría sin dudar un segundo: El infierno ideal es aquel en donde no hay nada, donde no hay vida ni muerte. Donde solamente existe porque así lo decidió alguien más.
Gritó aterrado, no quería ser condenado. Ni siquiera sabía qué estaba pasando.
¿Sería el alcohol lo que le hacía alucinar o era una cruda realidad que jamás se atrevió a imaginar?
Dolió, le dolió muchísimo cuando cayó. La caída había sido larga y brusca, haciéndole sentir terror absoluto en cada fibra de su cuerpo. Apoyó sus manos en el suelo y se incorporó con su ayuda. Lo primero que vio fue un suelo de madera blanca que retumbaba a cada paso que daba, luego, levantó la vista, intentando enfocar algo en su mirar distorsionado.
Lo único que divisó fue un reloj gigantesco. Era imponente, pero eso no le impidió caminar hacia él. Lentamente, dio un paso y luego otro. Sus pies se movían solos, yendo directamente en aquella dirección.
Entre más se acercaba, más detalles podía ver.
Las agujas color oro y su facha de cristal eran hermosas. La luz de quién sabe qué se reflejaba en él, haciendo una versión única del arcoíris. Sus ojos brillaban maravillados, pues esa belleza no podía ser real.
Caminó demasiado, haciendo de su respirar uno errático, pero se alegró de verse frente a esa hermosa obra de arte. Se detuvo frente a una gran puerta transparente, dudando de si entrar o no. Pero no tuvo que decidir, pues alguien más abrió, la abrió, dejándolo confundido.
Un hombre de traje blanco y cabello rubio agarrado en una coleta, sonreía de forma radiante. En sus manos llevaba unas piezas extrañas de un cristal agrietado. Las sostenía con tanta fuerza que, por un segundo, él temió que las rompiera; pero eso no sucedió, al contrario, parecían haberse fortalecido aún más.
Dejó de ver aquellos trozos que, suponía él, eran de alguna clase de maquinaria, y volvió a mirar a ese hombre, intentando comprender que sucedía. Pero no pudo hacerlo durante mucho tiempo, pues el aire que comenzaba a faltarle sin que se diera cuenta, estaba terminando de abandonarlo.
Tomó su cuello con ambas manos e intentó abrir su boca, pero algo lo impedía. Intentó con todas sus fuerzas gritarle a aquel muchacho que lo ayudara, pero él solamente desapareció, como todo lo que había a su alrededor.
La negrura volvió a expandirse y dejó de ver. La oscuridad lo consumió y quiso llorar, pero ni respirar podía.
Entonces, despertó.
Sintiendo en su rostro una fuerte presión, se levantó de un golpe, quitando lo que fuese que estaba cubriendo su boca y nariz, encontrándose con la mirada divertida de aquella persona a la cual jamás se cansaría de observar.
— Es hora de levantarse o llegaremos tarde, Jungkook.
Y jamás se sintió tan feliz de estar despierto, pero, a sabiendas de que Jimin lo asesinaría si se retrasaban, salió huyendo de la cama y fue directo a prepararse para su nuevo día.
Porque sí, el sol había salido, el aire tranquilo gobernaba la ciudad y él tenía que estar listo para continuar una vez más.