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LOTTE Y SU ROSA

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Summary

• OMEGAVERSE HETERO• Charlotte es macho y es omega. Rossel es hembra y es alpha. En una sociedad sistemática y construida a base de políticas con normativas de género, Charlotte y Rossel luchan por ser todo lo contrario a lo que su naturaleza establece a pesar de lo que se les exige ser.

Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Asignación de género paralela.

« Todo lo que es real en la historia humana se vuelve irracional en el proceso del tiempo. —Friedrich Engels.»

↠αΩβ↠

Charlotte es macho.

Esa era la primera afirmación que él había escuchado de sí mismo cada vez que alguien lo presentaba. Recordaba que antes no le molestaba, cuando era más pequeño y no identificaba la tembladera en la comisura de los labios en esa mueca que casi siempre intentaban disimular. Una mueca incómoda.

Cuando fue creciendo esa misma incomodidad se le fue encarnando a tal punto que, cada vez que su padre lo presentaba, él también hacía una mueca. Quería ignorar esa inquietud, pero le seguía pareciendo extraño, extraño en una manera que él mismo no comprendía. ¿Por qué se sentía incómodo?

Su padre le había explicado que la forma con el que se identificaba solamente era una clasificación primaria, algo que no tenía demasiada importancia —se lo había explicado exactamente con esas mismas palabras, hablando de forma pasiva creyendo que se hacía entender—; pero, aunque Charlotte era un menor inteligente aquello continuaba pareciendo confuso.

Era realmente inteligente de hecho, pero no fue hasta que tuvo cuatro años que descubrió un libro de biología y asignación de género de grados superiores. Para ese tiempo ya sabía leer de forma avanzada y su capacidad de aprendizaje se desarrollaba de una manera sobresaliente, mucho más potente que las demás crías de su edad, por lo que su padre comenzó a ayudarle para reforzar sus conocimientos poco a poco con cursos de materias de grados superiores, lo que llevó a Charlotte a asimilar demasiado pronto, y por cuenta propia, lo que su padre había tratado de explicarle un tiempo atrás.

Había dos distinciones identificativas primarias: hembra y macho. Esas eran las distinciones de nacimiento, con la cual identificaban a todas las personas y de tal forma la cría se desarrollaba en todos esos años de cambios y crecimiento infantil, también llamados años regulares por que durante esa etapa primaria todavía no se comenzaba la segunda y más importante transición: la asignación de género.

Ese «sexo definitivo» —como también le decían comúnmente debido a la importancia del mismo para asuntos civiles y formalidades generales—, se especulaba que era una asignación que no tenía correlación con la primera, ya que esta transición se daba una vez finalizaba el patrón de crecimiento primario, donde las destrezas motrices y de coordinación son estabilizadas y comienza un patrón diferente.

En pocas palabras, el menor entraba a la pubertad.

Luego era a partir de la preadolescencia que se comenzaba a modificar el cuerpo para su adaptación a un nuevo tipo de hormonas conducidas por el desarrollo de las nuevas funciones biológicas de reproducción sexual: las feromonas.

El pequeño Charlotte leyó aquello de forma apresurada e imprecisa, el tema nuevo le parecía muy pesado, le hacían falta aún cuatro años para alcanzar el comienzo mandatario de los cambios biológicos en su cuerpo que mencionaba el libro, pero ya tenía miedo. Tenía miedo porque en vez de aclarar sus dudas estaba aún más confundido y esa confusión se le mezcló con la preocupación repentina. Se quedó con una idea terrible calando hondo en él como arcilla pegajosa en sus dedos.

Charlotte era el reflejo de otra persona, en rasgos y actitudes, era idéntico a su padre y su papá era la persona más fuerte que Charlotte conocía y quería ser como él. Ambos eran machos así que contaba con que algún día crecería y sería igual que él. Porque quería ser así, imponente, poderoso. Pero después de leer lo que el libro le informaba sentía unas ganas de llorar inexplicables. No tenía sentido desanimarse cuando recién había leído que aquellos cambios eran inciertos. Podría ser como su padre, pero también podría ser lo contrario.

Fue por ese mismo miedo que su pecho le dolió mucho, no sabía cómo resultaría su asignación de género y al igual que todos tendría que pasar esa prueba sin tener opinión en ella. Su cuerpo se adaptaría al cambio según sus funciones; suyas, no de su papá. Su padre era Alpha. Lo había leído antes en un documento y en ese entonces no le había puesto mucha importancia, no sabía lo que significa aquello, pero ya lo comprendía mejor y también que ser su cría no bastaba para ser su igual. No completamente, porque muchas cosas más influyen en su asignación de género, cosas que él no podía controlar y le parecía injusto porque no podía simplemente escoger ser Alpha. Había otras dos asignaciones más que estaban por medio, y muy dentro de él, sin razón aparente, Charlotte sabía que no importaba cuánto lo intentará no sería como su padre.

Aun así, después reprimir sus sollozos dio algunos suspiros pesarosos, recuperando el aliento mentalizó una decisión que lo ayudó a calmarse; bajó con un saltito del banco en el que estaba sentado y colocó el libro en el estante donde lo había encontrado.

A partir de ese momento Charlotte se esforzó mucho tratando de enfocarse en lograr algo que estaba fuera de su control, pero anhelaba con todo su ser...

Se dio cuenta años después que sus esfuerzos nunca fueron rival para el destino. Su resultado le informaba que era omega y la primera vez que vio el certificado médico que lo comprobaba perdió toda esperanza que acumulo con su inocencia y fuerza de voluntad.

Por la edad vulnerable de las crías y el sistema educativo estricto, las escuelas eran las encargadas de dar la certificación, y para mantener la privacidad de los menores las escuelas mandaban tutores médicos a recoger el certificado de los laboratorios y entregarlos totalmente sellados en una junta para padres; pero Charlotte convenció a su padre para que lo esperara en el receso y fuera personalmente con él. Y su papá convenció a la escuela.

Su padre le permitió ver el certificado incluso antes de revisarlo. Pidió privacidad en la clínica de la escuela y espero pacientemente que su hijo abriera el sobre. En ese preciso momento con el certificado en la mano y el signo Ω plasmado al final del mismo, Charlotte sintió un aturdimiento en el corazón.

—Hijo... —su padre se inclinó de lado cuando noto el prolongado silencio de Charlotte y puso su mano sobre la cabeza del pequeño, cubriéndola casi por completo. —¿Estás bien?

Charlotte alzó su cabeza para verlo. Los ojos centelleantes y verdosos de su padre estaban mirándolo fijamente, preocupados, pero siempre firmes. En cambio, los suyos que eran exactamente igual de encantadores estaban cristalizados. Estaba tan triste... pero también se mantuvo firme.

—Si... es solo... —volvió a ver el papel en sus manos y negó para evitar llorar. —Yo... perdón, papá...

Al ver que Charlotte hacía una mueca que parecía ser de dolor su padre acercó su brazo lentamente hacia el papel y lo sostuvo mientras seguía viendo a su hijo, hizo un ademán despacio de afirmamiento y siguió viendo a Charlotte que terminó por permitirle leer el certificado.

Charlotte intentó decir algo más, pero se tragó las palabras y volvió a bajar la mirada al papel que ahora sostenía su padre.

El ilustre señor llevaba un traje elegante, distinguible y costoso. Continuaba con la misma expresión inconforme que esbozó antes cuando se puso de rodillas, leyó detenidamente algunas palabras del certificado y luego levantó el rostro, observó a su hijo quien a pesar de su tierna edad suprimió un gesto inquieto.

Su padre sabía que Charlotte entendía lo que significaba ser omega. Conocía a su hijo, él lo había criado por su cuenta y sabía el potencial que había demostrado, lo rápido que aprendía y lo consciente que era de su entorno. Debido a eso siempre le había cuidado con amor y al mismo tiempo le había otorgado todo lo necesario para crecer como era debido y aquello no cambiaría por nada del mundo.

Cuando el pequeño vio a su padre suavizar su expresión sintió como si se le descomprimieron los pulmones; alzó sus brazos un tanto confundido cuando su padre extendió sus manos y esperó el permiso para darle un fuerte abrazo. Aquel abrazo lo calmó por completo, se sintió tan cómodo y aliviado que al fin pudo relajar sus músculos faciales. Soltó una risita cuando su padre lo levantó de la silla y lo dejó en el suelo para reafirmarse .

Una vez de pie su padre también le sonrió, espero a que Charlotte se sintiera listo y extendió su mano una vez más para tomar la de su hijo y escoltarlo personalmente a su salón de clases.

Rossel es hembra.

Y al parecer resultó siendo alpha.

Después de su octavo cumpleaños escuchaba a todos a su alrededor decir aquellas palabras con mucho orgullo. Desde que era muy pequeña siempre veía a sus padres trabajar muy duro, pasaban ocupados la mayor parte del tiempo y casi nunca los veía en casa. Eso no le extrañaba porque se había acostumbrado y por lo que notaba era algo común en las familias donde los más grandes, los adultos, intentan acoplarse financieramente a una sociedad regida por el estatus.

Aunque sus padres parecían tratar más que otros, porque siempre estaban aparentando y tratando. Ellos siempre trataban. Trataban y trabajaban mucho. Trataban de verse bien y encajar. Trataban de quedar bien con todos, pero no podían sonreírle a todo el mundo durante todo el día y seguir bosquejando ese teatro cuando llegaran a su hogar. Porque se cansaban de tratar, entonces dejaban de actuar cerca de Rossel. Cuando no estaban tratando estaban cansados. Derrotados y sombríos. Fue así cómo se grabó sus rostros en sus años regulares.

Cuando lo que llamaban certificado de género asignado le fue otorgado Rossel experimentó un frenesí en su entorno y ese cambio repentino de actitudes la dejó disgustada. Había escuchado una u otra cosa sobre el género asignado, pero para entonces esas palabras no eran más que otro tema enmarañado de adultos. Antes de tener lo que sus padres le celebraron como “fiesta de asignación” Rossel no creyó que el tema fuera tan importante.

—La noticia de que su primogénita haya sido alpha. ¡Es casi un milagro! —dijo una señora que Rossel había saludado cortésmente segundos atrás, no tenía ni la más remota idea de quién era. No conocía a la mayoría de invitados en su propia fiesta y no había más crías además de ella.

—Oh, bueno, para ser honesta ya nos esperábamos tal dicha —la madre de Rossel puso su mano izquierda en la cabeza de su hija simulando cariño, en la mano derecha sostenía un vaso con cerveza. —Rossel siempre ha sido una niña dotada e inteligente. No es ninguna sorpresa que haya resultado alpha. ¿Qué me dice sus niñas señora Ordoñez? ¿Ya recibieron su certificado?

—Si... —La señora Ordoñez tomó un sorbo de lo que parecía ser agua, pero trago amargamente. —Las mellizas son beta. Ambas.

La madre de Rossel asintió con una sonrisa.

—Son unas señoritas muy educadas, deberían venir a jugar con Rossel de vez en cuando.

—Si... justo eso estaba pensando, les hubiera encantado asistir el día de hoy. Es una lástima que tuvieran que acompañar a su padre a otra parte.

La señora Ordoñez le devolvía el mismo tono cínico a la madre de Rossel mientras seguían hablando de los certificados y otras cosas que a Rossel no le interesaban. Sin que ninguna de las dos señoras se percataran se esfumó de la fiesta y se fue directo a su habitación a dormir. Cuando despertara bajaría a la cocina solamente para buscar comida y luego subiría de nuevo para jugar en la consola. Aun despreocupada por todo lo que pasaba a su alrededor se encontraba pendiente del ajetreo de las personas en su día a día, al igual que siempre los veía pasar y no comprendía porque hacían tanto escándalo, no sentía ningún cambio en sí misma, pero las personas comenzaban a verla distinto.

Para ese entonces aún no había sentido el impacto del cambio en su constitución genética y ojalá nunca lo hubiera tenido que pasar.

La primera mutación le llegó alrededor de su noveno año escolar.

Hasta ese entonces Rossel había vivido de una manera sencilla, sus preocupaciones no pasaban más allá que sacar una nota lo suficientemente buena como para que su madre no entrara en pánico al verla, pero eso era algo que le salía sin problemas.

Ella no era la más inteligente de su salón, pero porque no quería porque sin lugar a dudas tenía un intelecto poderoso. Varias veces los profesores le rogaban que se tomara en serio ciertos temas para así lograr sobresalir en alguno de ellos por no mencionarlos todos, pero Rossel continuaba negando con hombros caídos y con serenidad que se confundía con pereza.

Llegó al punto en el que su despreocupación le consiguió una reputación, por lo que después de un tiempo consiguió que los profesores que la acosaban la dejaran tranquila. Todos a su alrededor comenzaron a entender que, aunque Rossel pareciera no estar enfocada de alguna manera sabía lo que hacía y si no, descubriría cómo hacerlo. Eso le hizo creer hasta a ella misma que toda aquella facilidad había venido de no buscar las exigencias ni los obstáculos y que era una buena manera de pasar sus días. Pero no podía estar más equivocada, todo aquel privilegio se le era permitido por una simple razón: por su género asignado. Que por los momentos solo los médicos tutores, padres —y amigos cercanos de sus padres— sabían.

Así de esa misma forma pasaba sus días durmiendo sin problemas. Incluso entre sus clases donde siempre se prometía a sí misma ponerse al día. Si lo hacía, pero eso requeriría tener alguna prueba importante para el día siguiente.

Mientras dormía tranquilamente alguien golpeó con fuerza su escritorio de repente. Abrió los ojos con pesadez e hizo una mueca de molestia, al levantar la cabeza que descansaba en sus brazos cruzados vio que el que la despertó salió corriendo fuera del salón y un montón estudiantes se amontonaban para ver por las ventanas que daban al pasillo.

—¿Qué está pasando? —le pregunto a Martina, una compañera que pasaba justo a su lado.

—Hay un gran revuelo en el pasillo...

—Eso puedo notarlo. ¿Pero por qué?

Martina comenzó a meter sus libros a su mochila, al parecer las clases ya habían terminado.

—Algo que ver con un omega... no estoy segura, pero todos comenzaron a gritar de repente.

Rossel suspiro disconforme y puso sus palmas sobre el escritorio decidida a incorporarse, al hacerlo se dio cuenta que tenía las piernas acalambradas y un cosquilleo extraño en la garganta.

Justo cuando iba a tomar su mochila un niño entró con mucha agitación al salón.

—¡¿Alguna de ustedes conoce a alguien que sea alpha?! —gritó un niño moviendo los brazos con gestos impacientes.

Rossel y Martina se quedaron viendo, el género aún no era algo que usaran de forma cotidiana. Por mucho que los adultos celebraran fiestas de asignación y se jactaran del certificado de sus hijos algunas crías de la edad de Rossel aún se sentían intimidadas con sus propios cambios físicos e inestabilidad que estos provocaban y a consecuencia de eso casi no les gustaba mencionarlo. Eso cambiaría cuando comenzarán bachillerato y tuvieran que dejar de tomar clases generales y pasarán a clasificarse según su género para tomar clases especiales de control feromonal, porque era hasta entonces que sus motrices sensoriales terminaban de desarrollarse; o por lo menos eso le había explicado su madre; pero, ese momento aun no llegaba, por lo que preguntarle el género a un menor aún era incomodo.

Martina negó con la cabeza mientras continuaba haciendo contacto visual con Rossel.

—Yo conozco a alguien —dijo al fin Rossel. —¿Para qué ocupas específicamente un alpha?

El entró a toda carrera y la agarró de la mano.

—¿Tú eres alpha?

Al tenerlo cerca Rossel supo de inmediato que era beta; sus sentidos motrices de feromonas aún estaban poco desarrollados, pero ya era un tanto sensible, así que el aroma de feromonas le resultaba implacable por muy leve que fuera y cuando estos no rodeaban a una persona eso solo significaba una cosa.

Rossel dudó en contestar.

—Si lo soy.

Sin darle tiempo de decir nada más él jaló a Rossel de la mano y se la llevó de prisa. Se abrió camino entre el montón de estudiantes agrupados y corrió hasta dejar a Rossel en medio de un espacio vacío rodeado de estudiantes, como si estuvieran haciendo un reto de baile y en medio del círculo estaban dos críos de rodillas. Uno sostenía al otro bruscamente de pecho a pecho, sus ropas estaban todas rotas y había sangre cayendo al piso. Rossel noto que la sangre era causada por la herida abierta incrustada aún con los dientes del alumno que parecía ser mayor que el otro. Aquello lo supo por las feromonas.

Las feromonas de su entorno eran como nubarrones asfixiantes. Había un aroma empalagoso muy débil y otra cosa horripilante que se le coló por la lengua, sabía extraño, como desechos de comida húmeda. Todo junto era ensordecedor. Las sensaciones hicieron girar el pasillo y su cabeza comenzó a palpitar.

—¡Tienes que separarlos! ¡Nosotros no nos podemos acercar a un alpha en celo! —grito alguna niña desesperada entre la multitud inquieta.

Todo aquello la dejó en blanco y sin oportunidad de reaccionar de inmediato. Vio los colmillos del mayor incrustándose de nuevo y más profundo en el hombro derecho del menor soltaba alaridos de dolor, estaba llorando muy fuerte y cada sollozo era un impacto más de feromonas.

A Rossel se le estrujó la garganta de una forma que nunca había experimentado antes, no podía respirar, su visión se tornaba borrosa, sus puños cerrados se resbalaban con el sudor en sus palmas. Estaba nerviosa y su garganta comenzaba a picarle, sintió su boca llenarse de saliva incontenible. Sin poder comprender lo que le estaba pasando sostuvo el contacto visual con el niño —el alpha— que se encontraba en el suelo. Nunca lo había visto antes, pero lo quería matar.

No tuvo tiempo para pensar, en cuanto el alpha que era mayor soltó un gruñido se balanceo hacia adelante conteniendo el aliento, colocó sus dos manos en la herida llena de sangre del menor para deslizar sus dedos y lograr sostener la mandíbula del atacante, logró desencajarlo por poco y el niño que estaba siendo mordido se alejó a rastras; ahora tenía al otro impactado en el suelo boca arriba y dando patadas. Rossel estaba consciente de la violencia por toda la fuerza que estaba ejerciendo para evitar que la mandíbula del niño le rompiera los dedos. Con la mano izquierda sostenía la parte superior de la mandíbula y con la derecha la inferior, los dientes se sentían como hierros afilados; Rossel comprendió el dolor de la mordedura incrustada y se resistió más. Ambos comenzaron a llorar de impotencia. Entre tanto forcejeo Rossel no podía retirar las manos. Comenzó a liberar feromonas en contra de su voluntad, entonces las cosas empeoraron.

Ya había estado consciente de la intimidación, pero cuando se comenzó a sentirse presionada por las feromonas que el otro también comenzaba a emitir en su contra su instinto reaccionó para amenazar de vuelta, se soltó de la mordedura jalando sus manos rápidamente hacia el frente desgarrando la piel en sus dedos y mientras le salía sangre de sus palmas comenzó a golpear a puño cerrado. Dejó que el niño se liberara tan solo para tirarlo de nuevo y patearlo; luego se inclinó una vez más sobre él y le impactó golpes en la nariz hasta que sintió que desvió algo fuera de su lugar, pero como el niño continuaba lanzando feromonas para tratar de avasallarla solo se enojó aún más.

Luego de eso no recordaba nada más que el sabor de sangre en su boca.

—¿Dónde estaban los maestros? —preguntó su madre una vez calmada.

Había estado gritando por todo el pasillo de la escuela al ver el estado en el que Rossel se encontraba, ya una vez le explicaron la escena por completo convirtió esa furia de insultos en preguntas intranquilas.

—Señora Ordoñez, los maestros estaban en un seminario. Debido a eso se había suspendido la última clase y los niños saldrían antes de la hora establecida, al parecer muchos hicieron caso omiso y en vez de ir a casa se quedaron charlando en los salones, luego ocurrió esto... pero esto... esto está incluso fuera de mi comprensión.

—Mi hija es alpha, director... pero ella nunca ha tenido problemas de ira. Nunca había causado problemas, ni siquiera me los causa a mí. Ella también se encuentra en un mal estado, no puede ser por completo su culpa.

El director dio un suspiro de cansancio.

—Yo personalmente estuve ahí cuando los médicos tutores revisaron a Luis... el menor con el que peleó su hija está en un estado tan crítico que su mandíbula no podía cerrarse, señora, casi le destruye la nariz y le desgarró el pecho. Eso sin mencionar los daños internos que tiene por las patadas y las demás heridas y mordeduras en sus brazos —el director señaló a algún punto con su dedo índice como manía al hablar—. La sangre en la ropa de su hija era de Luis y cuando les pregunte a los demás niños que habían visto todo lo que ocurrió porque no la detuvieron dijeron que tenían tanto miedo de acercarse a Rossel que algunos comenzaron a vomitar, así de fuerte sus feromonas turbaron el ambiente.

La señora Ordoñez negó con una expresión de preocupación y le costó volver a hablar.

—Esto no había ocurrido antes...

—Lo sé. Todos lo sabemos, señora. Su hija tiene un buen registro académico, ninguna falta y ninguna atención de conducta. A veces los accidentes que involucran la transición tras la asignación del sexo definitivo no se pueden evitar. Por eso tenemos médicos tutores asignados especiales en todas las escuelas... pero esto... esto es bastante grave.

—¿Qué pasó con el otro menor? ¿El menor omega?

—Fue mordido.

La señora Ordoñez dejó salir un grito ahogado que cubrió con sus manos. Casi se va para atrás en la silla.

—No. No se preocupe no fue Rossel, fue Luis y se cree hasta ahora que la mordedura podría sanar y eso anularía algún posible emparejamiento. Fue un poco más debajo de su glándula sensible, puede ser que se recupere rápido así que está bien. En cambio, Luis... Según lo que me dijeron este incidente se dio por el impacto violento de feromonas, pero no hubo celo de por medio ya que aún son crías, fue más como un reflejo apresurado de su instinto que tuvo consecuencias.

—Entiendo —La señora Ordoñez asintió desasosegada—. Lo entiendo.

—En todo caso presentar una demanda por facturas médicas le queda como opción a los padres del Luis y ellos pues, ya están lidiando con las demandas de los padres del otro menor. Y con Rossel... no creo que sea bueno que ella se vea involucrada en la disputa entre esas dos familias. Así que intentaré ayudarla, señora Ordoñez, para que esto no perjudique... a su hija. Dentro y fuera del ámbito académico.

—Muchas, muchas gracias, director —la señora Ordoñez sollozó—. Muchísimas gracias.

—Si me permite decirle —el director hizo una pausa pensativa—. Considero que ella posiblemente sea del tipo hiperdominante entre su gen y eso solo implicaría que ocupa ayuda especial para aprender a lidiar con los cambios físicos y de personalidad que tendrá a partir de ahora.

—¿De personalidad? ¿Cambios? Pero aún es una cría.

—Los hiperdominantes son una peculiaridad y terminan de desarrollar su sensibilidad de feromonas más rápido que los demás menores. Debido a ese cambio prematuro tienen complicaciones con sus emociones como secuela de sus fuertes feromonas. Podría volverse violenta a tal punto de ser insoportable y su celo podría empeorar su estado. Espero eso no ocurra, pero en todo caso posible se puede llegar a dar y eso solo terminaría en confinamiento por inestabilidad severa o extracción de su glándula sensible por cirugía. Los hiperdominantes siempre son monitoreados desde muy jóvenes porque es necesario señora Ordoñez, por favor, considere lo que le digo.

La señora Ordoñez vio hacia fuera de la oficina por la ventana que daba al pasillo de espera con lástima, había creído que era una bendición que su hija había desarrollado un género superior que le ahorraría muchos problemas, pero apenas unos años después de su asignación y los problemas se habían presentado.

Rossel podía escuchar todo fuera de la oficina, no con claridad, pero sí algunas partes. Como cuando su madre lloraba, por ejemplo. Tenía dolor en todo el cuerpo y sus manos estaban completamente vendadas. Le habían puesto un aparato que trababa su mandíbula y se amarraba atrás de la cabeza.

Nadie se había tomado el tiempo de explicarle las cosas y aunque alguien lo hubiera hecho habría sido inútil, porque nadie le habría podido quitar ese miedo dudoso. Todo lo que había ocurrido después de alterarse en la pelea se había convertido en lagunas. Adultos diciéndole que todo iba a estar bien, otros niños llorando y vomitando y toda esa sangre en su boca.

Lo que había sido lo peor porque para el momento en el que volvió en sí misma se encontraba vomitando también.

Nadie le había dicho que su transición sería algo tan traumático y quien podría explicárselo, sus padres eran betas y para los demás adultos aquello era bastante obvio; había médicos, clases especiales, tratos distintivos ¿Cómo Rossel no lo había visto antes? Para un menor los cambios físicos e incluso los cambios de entorno podrían convertirse en motor de traumas y al parecer los adultos no los preparaban para eso pues buscaban darles un poquito más de tiempo de paz, un respiro antes de la tormenta.

La transición por sí misma ya era dolorosa y unida con la incomodidad de no saber cómo reaccionar a la aceptación o rechazo se convertía en una tortura. Pero eso era lo normal, esos cambios eran naturales y los niños tendrían que soportarlos porque eran inevitables.

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