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Los Poderosos Y Los Impotentes

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Summary

Una sociedad de fantasía habita en este mundo: humanos, duendes, vampiros, entre otras. Todas estas razas evolucionaron en simultáneo, una evolución superior... habilidades sobrenaturales se manifiestan en los seres más jóvenes... ¿Tomarán decisiones prudentes o abusaran del poder? Una historia que trata del hipotético escenario de los superpoderes en una sociedad de fantasía, donde los extraordinarios tienen el poder sobre los demás... Donde tener superpoder incrementa lo que ya eres.

Genre
Fantasy/Scifi
Author
Igloo
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Evolución Superior

Dentro del planeta Tierra habitan formas de vida interesantes... Humanos, seres sabios e inteligentes; Duendes, seres ágiles y traviesos; Vampiros, seres voladores y vigilantes; entre otras más.

Cada una de estas especies tienen sus características biológicas, dicho de otra forma capacidades únicas para cada una, lo que causa en consecuencia que algunos seres se vean más poderosos y habilidosos que otros.

Pero en este momento, este 6 de junio del año 2010, un descubrimiento científico va a redireccionar el punto de vista de muchas persona

Adán Hernández, era un conocido biólogo nacido en un barrio humilde que se dedicó a la biología para estudiar a las demás razas, mejor dicho especies. Era un hombre de 22 años de edad, nacido un 12 de noviembre de 1990 en la ciudad de Odinea, ubicada en el país de Notora, uno de los tantos países del continente de Abecero. En cuanto a su apariencia, es un hombre de piel clara, alto, de 1 metro y 77 centímetros, con una figura ligeramente atlética y pelos tan grisáceos como sus ojos.


Estaba saliendo de su casa, como todos los días, para dirigirse a su laboratorio. Se despidió cariñosamente de su madre y padre, personitas de la tercera edad, y de su hermano Daniel, un jovencito con sobrepeso de 12 años que se ve casi igual a Adán. Al momento de salir de su casa y ponerle llave, se dirigió a la vereda al frente de su casa y caminó hacia la derecha... No le tomó muchos pasos para pasar al frente de la casa vecina de la derecha, donde estaba en su patio su vecino Miguel, el hombre-lagarto, acostado en un sillón de playa blanco cómodamente, tomando el sol.


—¡Adán, hermano! ¿Para cuándo una salida de esas dónde no te acuerdas con cuántas mujeres te besaste anoche? —dijo Miguel, con un tono un poco burlón, mientras saludaba a Adán con la mano.


—¡Hola, Miguel! Pues, déjame ver... Tal vez este fin de semana, solo si no te intentarán sacar los dientes a golpes como la última vez, obviamente... —ofreció con un tono pícaro, recordándole lo que pasó hace unas semanas.


—¡Ya rugiste, hombre! ¡Te prometo: no me besaré con la hermana de ningún guardia de seguridad esta vez!


—Pues trato hecho, Lagartón... —dijo entre un par de carcajadas, mientras se despidió con la mano cordialmente.


-¡Trato hecho, Humanón! —dijo entre carcajadas más fuertes, mientras se despedía de la misma forma.


Miguel no es un humano común, pues por cuestiones genéticas se ve como un lagarto, más específicamente un camaleón. El factor genético conocido como "Gen Bestial" causa el desarrollo de características de animales al usuario mientras se desarrolla a través de la pubertad. El "Gen Bestial" sigue siendo un elemento de la biología en investigación desde hace años, Adán cada tanto le pide a Miguel pequeñas cooperaciones durante sus investigaciones de este factor genético.


"Fenómeno inadaptado" pensó Adán en su mente. "No te hago una maldita castración química porque me sirves para entender los fenómenos como tú...", agregó cruelmente a sus pensamientos.


Adán realizó su camino de siempre, salir de su casa, irse a la derecha pasando en frente de 5 casas, girar a la derecha y esperar en la parada del colectivo, subir al rojizo de número 17 y viajar 20 minutos en este.

Al momento de subir, saludó al conductor y pagó su boleto con su tarjeta de colectivo, pasándola al frente del sensor. Se acomodó en el asiento de la fila derecha, la que va de dos en dos asientos, y se sentó en el que estaba más cerca de la ventana. Minutos después de que se haya sentado, un jovencito humano subió, pagó su boleto y se sentó al lado de Adan, en el asiento de la izquierda. El chico tenía pelos negros como la noche, una piel clara como la luz y unos ojos castaños como el chocolate, vestía una chomba blanca con cuello azúl, por abajo un pantalón gris con cinturón y unos zapatos negros.


—Disculpe... ¿Es usted el biólogo Hernández? —preguntó, con una preocupación notable, sus pupilas achicadas y sus cejas levantadas con un poco de miedo—. Necesito contarle algo.


—Así es, chico, soy ese. ¿Qué pasa? No creas que seré tu doctor.


—No creo que yo sea un humano común...


—¿A qué... Te refieres? —preguntó el biólogo, con una ceja levantada en clara confusión, mientras algunas suposiciones viajaban por su mente—. Sé más específico.


—Siento que... Lo que puedo hacer no es ordinario, no es común... Como si tuviera una extraña capacidad...


—¿Te refieres a tu cuerpo? Sí, estás en la pubertad, chico. Es normal que te hagas más fuerte que en tu infancia.


—¡No es eso! Mire, ¿Usted está yendo a su laboratorio, no? Vayamos ahí, le enseñaré mejor.


—Está bien... —suspiró, cansado—. Te llevaré a mi laboratorio, pero si esto es una broma, te prometo que tus padres se enterarán de su hijo mentiroso.


—¡Trato hecho, señor! —exclamó, con una sonrisa confiada de que lo que decía era verdad.


—Sí... Trato hecho... —dijo, un poco desconfiado de el joven.


Adán no podía creerlo, estaba dejando entrar a su laboratorio a un jovencito aleatorio y en todo momento seguía con la idea de que esto era una tonta broma mala o una excusa para robar objetos de valor.

Finalmente, llegaron al Laboratorio Biólogo "EvoGen", una de las tantas instalaciones de la corporación dedicada a la biología EvoGen. Era un pequeño edificio de un solo piso, de paredes grisáceas y puertas blancas, que estaba cerca de una heladería. Al ingresar por la puerta, estando el joven chico atrás de Adán, entraron al área de recepción, una sala moderadamente grande de piso con cerámicos celestes con flores rosas, pegadas a las paredes hay sillas y sillas de madera oscura y refinada para los pacientes que deben esperar, en ese entonces 7, mientras que en el centro de la recepción había un escritorio circular también de madera oscura, que sostenía una computadora de escritorio. Atendiendo estaba una señorita sentada en una silla giratoria, de aparentemente la edad de Adán, una dama de piel morena y cabello largo oscuro, con unos ojos coloridos como la miel; llevaba puesta una camisa blanca de manga larga que exhibía una corbata negra al rededor del cuello de la recepcionista, una chaqueta gris que cubría gran parte de la camisa, una falda negra que casi le llegaba a las rodillas y unos zapatos negros.


—¡Hola, Adán! Buenos días, ¿Cómo has estado? —preguntó la recepcionista mientras movía su delicada mano derecha en forma de saludo—. Oh, Dios mío... —la cara de la recepcionista se tornó sorprendida cuando notó al chico detrás de Adán, mientras ponía su mano derecha para taparse la boca, casi exagerando su asombro—. ¡Adán, no me dijiste nunca que tenías un hijo! Aunque...


—Hola, Valentina. No, no te emociones, no es mi hijo, y según yo no estamos relacionados de ninguna forma —afirmó Adán, con voz un tono relativamente cansado.


—Oh, ya veo... Bien, entonces, ¿Por qué está aquí? —preguntó Valentina, la recepcionista, con una cara genuinamente confundida—. Este no es un lugar de juegos, pequeño —afirmó Valentina, hablándole directamente al chico—. ¿Cómo te llamas?


—José... Me llamo José Luis —respondió el chico, un poco tímido y temeroso de lo que podría pasar.


—¿"José Luis"? ¡Qué lindo nombre, pequeñín! —exclamó Valentina, mientras daba unas risitas—. No tienes por qué estar nervioso, José —agregó, mientras se acercaba a la oreja derecha de José, que ya estaba posando sus brazos en el escritorio cómodamente—. ¿Te cuento algo? Yo también soy muy, pero muy tímida, pero el señor que te acompaña es muy buen amigo y me ayudó a no ser tan tímida —susurró suavemente antes de dirigir sus ojos hacia Adán y darle un guiño pícaro y descarado, casi de una amante, la amante de Adán... O al menos eso le gustaría ser Valentina.


La verdad sea dicha, Adán y Valentina ya tenían historia, eran estudiantes de secundaria que se conocieron por un trabajo grupal de historia sobre las guerras mundiales. Valentina y toda su alma se vieron atrapadas por la actitud firme de Adán, era alguien confiado y autoritario, un líder natural, sumando que Adán era atractivo de cuerpo y cara... Y eso para la tímida Valentina era como jugar con fuego, pero a ella no le importaría quemarse un poco.


El área de recepción del laboratorio se había vuelto un poco más amigable, la cálida charla entre la recepcionista y el chico era fácil de relacionar con la de unos hermanos. Mientras ellos hablaban, Adán tenía una cara de indiferencia, como si aquella cálida y amigable interacción no despertara ningún sentimiento, pareciendo en su punto de vista hasta aburrido.


—Entonces, José, vayamos a la área de herramientas. Ahí veremos si es verdad lo que dices.


—Claro, claro, vamos.


—Valentina, sigue en lo tuyo.


—¡Claro, claro!


Adán y José dejaron atrás a Valentina, que se quedó en su escritorio, atendiendo las 7 personas que ya estaban en la recepción. Detrás del escritorio, o sea, detrás de Valentina, solo era necesario caminar 3 metros para entrar a un pasillo ligeramente largo. Al final del pasillo, había una puerta blanca que tenía un cartel gris arriba que decía "Área de Herramientas" en negrita con tipografía Comic Sans. Cuando entraron, José vió claramente esta parte del laboratorio, una habitación con paredes y piso de color violeta, con escritorios que guardaban con seguridad las herramientas y artilugios.


—Adelante, muéstrame esta cosa antinatural de tí.


—Gracias por creeme, de nuevo. Antes de empezar, me gustaría saber si usted sabe de la potenciación.


—¿Potenciación? ¿Te refieres a la operación matemática?


—¡Sí, sí! —exclamó José con entusiasmo—, en ella se eleva a un número, denominado base, a una potencia que sería otro número, y según el número, la base se multiplica por sí misma esa cantidad de veces.


—¿Oh, de verdad? No me digas, no lo sabía... —respondió Adán con sarcasmo, haciendo girar sus ojos con una expresión indiferente.


—¡Yo puedo hacer eso! ¡Puedo volverme hasta 5 veces más fuerte! —dijo Jose, casi gritando, con una mirada determinada.


—A ver... ¿A qué te refieres, qué puedes potenciar?


—Me puedo volver más fuerte, más rápido, más resistente —respondió Jose, viendo a Adán fijamente—, puedo ver a través de las paredes, puedo oler un aroma que esté incluso a metros lejos de mí —siguió agregando—, incluso siento que mi mente se vuelve más... Más... ¿Cómo sería la palabra?


—"Capacitada" —complementó Adan, con una mirada incrédula—. Espera, ¿Cómo puedo estar seguro de que no mientes?


—Le puedo demostrar, deme un segundo...


José cerró sus ojos ante la mirada desconfiada de Adán. Para él, esto era una perdida de tiempo, algo sin sentido y ridículo, ciertamente lo carcomía por dentro a él y a su orgullo como biólogo joven que era. ¿Realmente este era su camino? No lo sabía.

En los pensamientos de Adán, se escuchaban las siguientes palabras:


"¿Qué está haciendo? Cerró sus ojos de la nada, ¿Está 'encendiéndose' o algo? Dios mío, me pregunto como llegué a este momento.

Todo es tan irreal, tan incoherente, tan ridículo, mi vida parece un programa de televisión de comedia mala y sin sentido, que de alguna forma hace reír a la gente... ¿Acaso este es el camino que me tocó cruzar?

Vamos, niño de mierda, no estás haciendo ni un carajo ahí, no me jodas. He visto gente en coma cerrar los ojos mejor, si es que hay una mejor forma.

¡Por favor, yo solo quería ser biólogo para entender esos fenómenos, para alimentar a la humanidad, que es la única raza que importa, de conocimiento! ¡¿Ahora qué, los fenómenos están conmigo, en la propia raza humana?! Vete a la mierda."


Repentinamente, José abrió sus ojos. La mirada del joven parecía más seria que infantil. Subió la mirada hacia el biólogo, y se le quedó viendo por unos segundos antes de hablar.


—Puedo ver su cerebro, señor —dijo José, con un tono casual, como si fuera normal—, también puedo escuchar los latidos de su corazón y ya reconocí su esencia —agregó él, con una expresión de neutralidad inmutable.


—¡¿Qué?!


—Espere... —José volteó su mirada hacia la puerta de la habitación—. Alguien viene... Es la señorita Valentina, la recepcionista.


Pasaron dos segundos, la puerta se abrió dejando ver a la recepcionista entrar.


—¿Todo bien por aquí? —preguntó con una sonrisa y una ceja levantada—. ¿Qué pasa? ¿Por qué se me quedan viendo?


—Eureka, Valentina... Eureka... Aquí tienes al primer superhumano... —dijo Adán, con una expresión de felicidad, mezclada con una mirada incrédula.


Adán llevó a José al palacio presidencial de Notora, un palacio grande y dorado, con pinturas del Renacimiento en sus paredes. El presidente de Notora era un hombre un poco gordo de 57 años, nacido un 15 de abril de 1953, su piel era morena, ojos castaños casi de la misma tonalidad de su cuerpo, que era de 1 metro y 68 centímetros. Él era amable y comprensivo, un poco comediante, como el amigo gordito del protagonista de una película que cae bien.


Adán corría por las calles, con José siguiendo su paso, ciertamente el jovencito iba a paso lento cuando corría, si quería podría ir tan rápido como una moto.


—¡Vamos, campeón, rápido! —exclamó Adan, mientras corría por encima de la vereda.


—¡Sí, ya voy! —respondió José, que iba detrás de Adán.


Pasaron delante de un puesto de hamburguesas, en el que atendía un hombre de piel clara, calvo, gordo, que vestía un overol blanco que cubría su camisa negra, ambas prendas embarradas de ketchup.


—¡Señores, descansen aquí! —exclamó el vendedor de hamburguesas.


—¡No! —respondió Adán, sin parar de correr, con José siguiéndole el paso.


Pasaron en frente de un puesto de predicciones, en el que atendía una viejita de piel morena y arrugas, con un grano justo en la punta de la nariz, que vestía un poncho naranja que cubría su camisa y pantalón morados, estaba descalza también.


—¡Señores, veo grandes fortunas en su futuro! —exclamó la viejita, mientras tocaba su bola de cristal que estaba en la mesa del puesto.


—¡Lo sé, allá vamos! —respondió Adán, sin parar de correr.


Pasaron delante de tiendas de electrodomésticos, elementos religiosos, carnicerías, y demás, siempre impacientes en cada semáforo, corriendo como desquiciados cuando veían la luz roja encenderse.


Al frente del palacio, Adán se sostenía de las rejas del portón plateado, sudando gotas de supuesta transpiración que el biólogo sentía como ácido corriendo por su frente.


—Llegamos, súper —dijo Adán, refiriéndose a José.


—Oh, ¿Está bien? —preguntó José, había corrido la misma cantidad de 2 kilómetros pero no había sudado ni una sola gota de transpiración.


—Santo Jehová, mírate, estás casi nuevo, como se nota que eres un maldito superhumano —dijo Adán entre risas, mientras se pasaba el brazo derecho por la frente, empapando la manga de su bata científica.


Un guardia de seguridad de la raza bestial se acercó desde adentro del terreno del palacio hacia el portón, era un hombre-toro de pelaje castaño en casi todo su cuerpo, con cuernos que apuntaban hacia arriba, un peinado afro en la cabeza, un piercing en su nariz como el estereotipo de toro de los dibujos animados, ojos azules que milagrosamente se veían a través de sus gafas de sol. Era alto, sin duda, un fortachón de 1 metro y 90 centímetros, vestido con un esmoquín negro.


—¿Los ayudo, caballeros? —preguntó con voz firme, levantando su ceja izquierda.


Adán tapó su cara con sus manos unos segundos, haciendo creer que se limpiaba el sudor: debajo de las manos había una cara de desagrado. "Genial, otro fenómeno de esos bestiales", pensó Adán para sí mismo... Su racismo era un hecho en su ser, lamentablemente.


—Buenas tardes, señor hombre-toro —saludó Adán de mala gana, forzando una sonrisa.


—"Guardaespaldas Presidencial" para usted, señor hombre-humano —respondió el guardia, haciendo notar que aquel apodo lo había molestado de alguna manera. Ahora le pregunto, ¿Qué necesitan?


—Pues vea con tranquilidad y atención, Guardia de Seguridad Presidencial, porque este chiquillo —señaló a José que estaba a su izquierda—, es el primer superhumano que conocerá el mundo.


El presidente de Notora, Alan Fernández, salió del palacio presidencial, bajando 5 escalones y caminó 7 metros a través del camino de tierra bien apaleada, hacia el portón. Vestía su icónico esmoquín azul.


—Oh, señor Torres, ¿Qué hacen estos jóvenes aquí? —preguntó el presidente hacia su guardaespaldas.


—Este... señor hombre-humano... Afirma tener a su izquierda, aquel jovencito, el primer superhumano —respondió, señalando a cada uno de los dos mencionados.


—¡Oh, cáspita, que pase, que pase! —respondió el presidente, con una sonrisa tierna que se veía un poco opacada por sus cachetes.


—Señor presidente, ¿De verdad dejará que dos desconocidos pasen al palacio presidencial? —preguntó incrédulo, haciendo a las palabras "palacio presidencial" sonar más lento para hacer notar más la gravedad del asunto.


—Por favor, señor Torres. Que pasen.


Alan Fernández... Toda su vida se vió muy influenciada por su creencia en el Díos del catecismo. Esta mañana, Alan afirmaba haber tenido un sueño: un ángel rubio de ojos dorados, vestido con una túnica blanca, que le anunciaba gran conocimiento para su mundo. "No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles", eran las palabras que aquél ángel le dijo en el sueño. Alan estaba feliz, el soñar con aquel ser sobrenatural era increíble, ya lo tenía claro: la hospitalidad que el dé, sera la que cambie al mundo.


Alan ordenó abrir el portón, Adán estaba brillando de la felicidad mientras que José se limitaba a seguirle.

La sala de reuniones del palacio presidencial era un espacio majestuoso que reflejaba el poder y la importancia de las decisiones que se tomaban en su interior. Las altas paredes estaban revestidas con paneles de madera pulida, exquisitamente tallados con detalles intrincados que dejaban ver de todo un poco: fotografías de generales militares, antiguos presidentes y pinturas que retrataban momentos históricos de Notora. El techo abovedado estaba adornado con una impresionante araña de cristal que emitía una suave y cálida luz, iluminando la habitación con un brillo distinguido. En el centro de la sala se encontraba una gran mesa de roble macizo, pulida hasta el punto de reflejar la luz que se filtraba por las amplias ventanas con cortinas de terciopelo rojo oscuro. La mesa estaba rodeada de sillas tapizadas en tela dorada, cada una de ellas con el escudo del país bordado en el respaldo. En una de las paredes, se alzaba un imponente mural que retrataba momentos históricos y figuras destacadas de la nación, recordando a todos los presentes la grandeza de su legado. Al lado del mural, un enorme reloj de pie marcaba el tiempo con precisión, recordando a los participantes la importancia de cada minuto que pasaba durante las reuniones. La tecnología moderna también se hacía presente en la sala de reuniones. Una larga mesa auxiliar estaba equipada con pantallas táctiles y sistemas de comunicación de vanguardia, permitiendo la presentación de informes y gráficos en tiempo real. Estos dispositivos se integraban perfectamente con la estética clásica de la habitación, mostrando un equilibrio entre la tradición y la innovación.


El ambiente en la sala de reuniones era solemne pero inspirador. La combinación de la elegancia histórica y las comodidades modernas creaba un entorno propicio para el debate y la toma de decisiones trascendentales. Aquellos que tenían el privilegio de entrar en esa sala sentían la responsabilidad y la importancia de sus palabras y acciones, conscientes de que estaban dando forma al destino de la nación desde ese lugar lleno de historia y poder.


—Cuéntame, jovencito, ¿Cómo te llamas? Debo saber tu nombre, si es que eres el próximo superhumano —dijo Alan, entre risas amigables, sentándose en la silla más alejada de la puerta, haciendo ver que él era el líder de todo esto.


—Me llamó José Luis —respondió con una sonrisa—, José Luis Rodríguez Martínez, a su servicio —agregó con una sonrisa más orgullosa, como si estuviera tomando crédito, mientras se sentaba en la silla de la derecha.


El presidente soltó unas risitas amigables, mientras le daba palmadas a la espalda de Jose con la mano derecha.


—Tienes carisma, José. Eso es esencial para el ser humano —dijo con una sonrisa llena de orgullo—, sin ofender, señor Torres —agregó, mirando hacia su guardaespaldas que estaba relajando su espalda contra la pared, al lado de la puerta de salida y entrada de la sala, él era un hombre-toro, así que tal vez lo estaba ofendiendo.


—No se preocupe, señor presidente —respondió con una sonrisa cálida—, entiendo su frase. Por favor, prosiga.


—Bien, muchacho... —volvió su mirada hacia José—, por favor, muesta ese... ¿Cómo lo llamarías?


—Creo personalmente que "superpoder" es una buena palabra para referirse a esta... ¿Cómo la llamaría?


—Creo personalmente que "capacidad sobrehumana" es lo que estás queriendo decir.


El presidente y José soltaron unas risitas al unísono. Era genial, eran como padre e hijo, y que un joven y un presidente tengan tal conexión a pesar de no estar relacionados por la sangre demostraba la naturaleza carismática de cada uno.


—Puedo potenciar mis capacidades físicas, sensoriales y mentales —dijo—, como la potenciación en las matemáticas.


—¡Oh, cáspita!


—¡Sí, de verdad! Mire... —José se levantó de la silla y se dirigió directamente al guardaespaldas—, dígale que me intente dar un golpe.


Los mayores del momento lo miraron atónitos. El guardaespaldas se rió entre dientes. Adán se dió un facepalm. El presidente soltó unas risitas.


—Oh, bueno, ya lo escuchó, señor Torres... Dele un golpe —dijo el presidente, mirando a su guardaespaldas haciendo un signo de "chiquito" con su mano derecha, indicando que el golpe no tenga tanta fuerza.


—Bien, bien, peque... —el guardaespaldas dejó de relajarse contra la pared y se puso en posición de combate de boxeo—, te daré una probadita de una de mis técnicas.


—Ajá.


—La técnica en cuestión es... —hizo una pausa dramática—, ¡Nudillo Rabioso!


—¿Ajá?


—¡Sí!


—No te estás tomando esto en serio...


El guardaespaldas levantó la ceja derecha, pareciendo genuinamente confundido.


—¿Estás riéndote por dentro, no? —preguntó José.


—Eh...


—Tu ritmo cardíaco no se ve afectado ante esto que vas a hacer...


—¿Cómo sabes...?


—Te lo digo en serio, Torres. Soy algo más que un humano.


Gotas de sudor, fruto del nerviosismo, empezaron a pasar sobre la frente del hombre-toro. "¿Qué demonios le pasa?"


—Oh, ya puedo escuchar tu corazón latir más rápido —afirmó José.


—Muy bien, muy bien. ¿Cómo demonios pudiste...?


—Capacidad auditiva sobrehumana.


—¿Eh...?


El hombre-toro empezó a asustarse, ¿Realmente era un superhumano?


—¿Ahora me tomarás en serio, señor Torres? —preguntó Jose, con una expresión para nada afectada por todo lo que dijo.


—Dios mío... —dijo el guardaespaldas.


El presidente veía la situación incrédulo, a lo que Adán se le acercó.


—No sé si usted creía que era una broma... —dijo Adán, con voz baja—, pero de verdad, este chico no es ordinario...


—¿Qué tanto?


—Soy testigo de él viendo a través de las paredes... Él me dijo que podía ver mi cerebro si se "potenciaba" lo suficiente.


—Oh, cáspita...


—Santo Jehová...


La cara del guardaespaldas hombre-toro se veía genuinamente aterrada... ¿Tenía de frente un niño o a un ente sobrenatural?


—Por favor... —dijo el guardaespaldas, siendo incapaz de terminar la frase.


—Por favor, dame un golpe, dame ese "Nudillo Rabioso". Así podré demostrar mis capacidades.


—Yo...


El guardaespaldas empezó a retroceder en otra dirección del miedo, sus cejas se levantaban, sus pupilas se achicaban y una sonrisa nerviosa aparecía.


—Está bien, yo...


—Golpéame, Torres.


Él no podía más. Se agachó un poco y dió lo que en el boxeo se llama "Jab" o lo que él llama "Nudillo Rabioso". Su puñetazo era uno diestro, fuerte y veloz, pero más que una acción voluntaria era una reacción nerviosa.


Él nunca se imaginó golpeando a un menor, menos en la cara, pero este menor no era común y corriente. Era inquietante para él, escucharlo decir tales palabras con una seguridad y confianza lo hicieron temblar de miedo. No era un niño humano, era algo más, de eso estaba seguro...


El golpe nunca llegó.


El presidente y Adán estaban boquiabiertos, José paró el golpe con una tranquilidad y confianza inhumanas. A él le bastó levantar su mano derecha para detener el puñetazo del hombre-toro con la palma. El hombre-toro abrió sus ojos con miedo cuando sintió que su golpe paró en seco en el aire, y cuando pudo ver a la inmutable figura de José estando ahí sin demostrar ninguna emoción empezó a temblar de miedo.


—Tú... Tú... ¡¿Quién demonios eres?!


—José Luis Rodríguez Martínez, un chico de 10 años, nacido el 1 de enero del año 2000... Era un niño común de 5° de primaria, pero ahora...


José se rió entre dientes, de forma inocente. Los mayores estaban expectantes de la continuación del menor... José agregó:


"¡Ahora, soy José Luis Rodríguez Martínez, el primer superhumano conocido!"


El guardaespaldas retrocedió a un brinco lejos de él, su mente aún tenía que procesar todo este suceso con aquel pequeño ser sobrenatural. Su expresión pasó de ser aterrada a sorprendida, incluso una sonrisa se formaba.


—Hombre, estás loco —dijo el guardaespaldas.


El presidente se levantó de su silla y se acercó a Adán con una sonrisa.


—¡Vas a ser grande, José! Te lo aseguro —afirmó el presidente, con entusiasmo—, pero, ¿Cómo llamarás a tu superpoder?


—Oh... Déjeme pensar... ¡Ya sé! "Potenciador de Poder" será el nombre de mi superpoder —respondió José, sonriendo con entusiasmo.


Este día sería recordado por la historia como "El Surgimiento del Superior", el día en que un niño de 10 años fué reconocido por el presidente como un superhumano. Pero él no era el único Superior, habían millones y millones de seres con estas capacidades increíbles. Este solo es el comienzo.

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