CapĂtulo 1
No recuerdo cuantas veces he tenido que correr de matones que desean romperme un par de costillas como escarmiento. En lo que va del año, he terminado en emergencias al menos en cuatro ocasiones. Ese dĂa tocaba huir de Marcus y su sanguijuela de confianza Iván; cobradores de la casa de apuestas en la calle Mein. Infames y expertos en una sola cosa: Moler a golpes a los deudores.
ÂżDebĂ pensar dos veces antes de pedirle prestado dinero a mi propio tĂo? Definitivamente.
Pude burlarlos cruzando la avenida sin detenerme a pensar en los coches que la transitaban, pero, eran buenos en seguirle el paso a los embusteros poco atléticos como yo, no tardaron en pisarme los talones en la siguiente intersección.
—¡Mientras más nos hagas correr, más fuerte machacaré tu cráneo con la suela de mi zapato! —gritó Marcus, elocuente como ningún otro gánster de la zona.
—¡Pues la solución es dejarme en paz! —respondà jadeando.
Sin darme cuanta, Iván desapareciĂł de mi vista. Pensaban ponerme una emboscada. Haciendo un giro cerrado, el cual Marcus no pudo prever, pude poner distancia entre nosotros, dirigiĂ©ndome a la estaciĂłn. Tomar el tren podĂa asegurarme el escape.
Supuse haber ganado la partida justo antes de ser derribado por una tecleada que salió de un callejón, Iván impactó mi lado derecho, dejándome sin aliento.
—Eres un zorro muy astuto, pero tu confianza te traiciona cuando menos lo esperas, he ahĂ la causa de tu ruina. Creo que disfrutarĂ© como nunca esta parte de mi trabajo. El jefe fue muy especĂfico, está molesto contigo, dijo que podĂamos romperte las piernas, lo que sea para que tu cabeza hueca aprenda la lecciĂłn. Es menester que sufras, ¡bendita mi suerte!
—Marcus, cuando publiques tu libro de poemas quiero uno autografiado…
Una patada en el abdomen ahogĂł mi sarcasmo.
—Eres talentoso y tienes una lengua afilada, ¿por qué te metes en estos problemas innecesarios? En serio, detesto golpear a tipos como tú —dijo Marcus mientras se colocaba un par de guantes—, lo detesto, pero nunca dejaré de disfrutarlo.
—Mi psicólogo dice que tengo problemas con la autoridad y una depresión de cuidado, además de una rara afición por las mujeres mayores, por cierto, ¿tu madre aún vive en la calle Faras?
—No eres más que un niño engreĂdo con una boca enorme. Bueno, aprieta los dientes. Espero que esto no te mate…
LogrĂł levantarme con una mano, encajando de inmediato un golpe en el plexo solar y otro par en las costillas, rompiĂ©ndome un par de ellas. Iván vigilaba que nadie se metiera en sus asuntos, encendiĂł un cigarro para aliviar el frĂo, me vio con lástima, eso fue el peor golpe de todos. Cuando Marcus se cansĂł de vapulearme, dejĂł que cayera de forma pesada al suelo. Me costaba respirar, aunque me las arreglĂ© para no perder la consciencia.
«Espero que te hayas desahogado, infeliz», pensé mientras me concentraba en no morir.
—El jefe quiere que arreglen esto de una vez, sabes que no desea acabar contigo, eres su sobrino despuĂ©s de todo —Marcus se acercĂł a mĂ de cuclillas, sosteniendo mi rostro con su enorme mano—, no niego que romperte el cuello me causarĂa cierta alegrĂa, incluso puedo decir que serĂa un deleite inesperado, sin embargo, debo cumplir las Ăłrdenes y llevarte entero.
—Pues no es tarde para ser un poco rebelde, el tĂo Vlad no es la figura paterna que tu madre te negĂł, Âżsabes? No pasa nada si lo decepcionas y me dejas ir.
—Nathan, no logrĂł entender el odio que sientes hacia ti mismo, Âżacaso quieres que seamos nosotros los que llevemos a cabo tu suicidio? Al menos deberĂas tener los pantalones para hacerlo por tu cuenta, mierda… Ahora parece que golpearte es una forma de complacer tus deseos insanos. ¡QuĂ© fastidio!
—¡Eh! ¡¿Ustedes qué hacen ah�!
La voz de un guardia de seguridad fue como una señal para correr, aun con el dolor que ello me causaba. Me encontraba cerca de la estaciĂłn, solo debĂa subirme al primer tren que me encontrara. Los matones, luego de forcejear con el guardia, salieron detrás de mĂ. Estaba a punto de caer cuándo vi una un tren a unos metros, acababa de arrancar. En un Ăşltimo esfuerzo, a punto de ser alcanzado por Marcus, logrĂ© asirme de uno de los vagones.
—¡Lo siento, amigo mĂo!, ¡dile a mi tĂo que gracias por prestarme dinero, pero que tardarĂ© un poco en pagarle! No me busquen, no dejarĂ© que esto vuelva a pasar.
—¡No saldrás de esta con vida, Nathan! ¡No siempre podrás huir de las consecuencias de tus acciones!, ¡por mucho que Vladimir te estime, su paciencia tiene un lĂmite! Vas a pagar con sangre haberle fallado a la Ăşnica persona en este mundo que podĂa apostar un centavo por una porquerĂa como tĂş.
No pude contestar a eso. IntentĂ© decir algo ingenioso o solo burlarme, pero no me fue posible. Marcus tenĂa toda la razĂłn.
El tren acelerĂł de repente, asĂ que debĂ buscar donde poder sentarme y descansar. Estaba deshecho, me dolĂa cada mĂşsculo del cuerpo. Antes de salir del parque ferroviario, ya habĂa caĂdo rendido ante el sueño.
Los rayos de sol que se colaban por la puerta del vagĂłn me golpeaban la cara de forma directa, tuve que forzarla, de haber quedado afuera me hubiera congelado. En un dĂa entero, en tren, viajĂ© más lejos de lo que planeaba de Vladimir y sus hampones. «Supongo que podrĂa comenzar de cero», cavilĂ© un poco, dándome cuanta que no conocĂa mi prĂłximo destino ni en quĂ© tipo de tren terminĂ© colado.
No pensĂ© en ningĂşn momento en lo que harĂa luego de escapar, estaba demasiado dolorido como para razonar en lo que me metĂ al subirme en lo primero que vi, sin embargo, sabĂa que no me encontraba en un viaje comercial. Los vagones estaban pintados de verde olivo, sumado a eso, habĂa un olor a pĂłlvora que impregnaba el ambiente. Era uno de los trenes que servĂan al ejĂ©rcito. A la velocidad a la que andaba era peligroso saltar. Por lo que decidĂ estar atento y hacerlo despuĂ©s.
Mientras tanto, pude vendar mis costillas rotas con los jirones de la camiseta que llevaba puesta, solo me quedaba la chaqueta que traĂa encima al salir de mi apartamento.
—Ya deben de haber saqueado el dinero que tenĂa bajo el colchĂłn de la cama —dije para luego suspirar, pensar en como compliquĂ© las cosas en mi enmarañada forma de vida. Llegados a un espeso bosque, perdĂ por completo la nociĂłn del tiempo, podĂamos haber pasado horas o dĂas en ese lugar sin darme cuenta.
El frĂo empeoraba cuando logrĂ© divisar, llegados a una curva, un pueblo al pie de unas montañas, sin embargo, varios kilĂłmetros antes, habĂa algo que llamĂł mi atenciĂłn: Un cerco militar. HabĂan creado un perĂmetro por algĂşn motivo.
Cerré la puerta para no ser descubierto, dejando solo una pequeña apertura para poder ver de lo que se trataba. Hombres vestidos con trajes blancos, coordinaban a los soldados, era sin duda alguna, equipo de contención. Al pasar del cerco, la velocidad del tren bajo bastante, sin detenerse. Ahora, en tierras controladas militares, observé a lo lejos a una persona correr desde el interior del pueblo.
—Regresa de una vez, no podrás pasar —dije para mĂ.
Los soldados le rodearon en un instante y parecĂan darle Ăłrdenes, no obstante, esa persona no retrocediĂł, señalaba hacia afuera del cerco militar, parecĂa interesado en salir del pueblo a toda costa. Antes de poder entender lo que sucedĂa, los militares, formando un paredĂłn con seis soldados, dispararon sin miramientos.
—¡Carajo!
Los disparos me asustaron, no imaginé tal escenario.
El tren se adentrĂł en el pueblo, ante lo cual bajĂ© de Ă©l a la primera oportunidad, escondiĂ©ndome en una de las oficinas de la estaciĂłn. Buscando algo que ponerme encima, di con una gabardina amarilla, en la espalda habĂa un logo como el de la estaciĂłn, podrĂa fingir ser un operario de ser necesario. Aunque era vistoso, al salir no parecĂa levantar sospechas, las personas estaban interesadas en mi presencia. Cerca del centro, en una tarima improvisada, una mujer con traje blanco y apariencia de doctora tomĂł un megáfono y dio la noticia.
—La enfermedad que hemos detectado en este lugar, la cual por el momento identificaremos con el cĂłdigo Amarillo, es altamente infecciosa y se ha declarado un estado de emergencia sanitaria en todo Blackshire y alrededores, incluyendo la laguna Collings y la mina Fort Venture, a las afueras. Se declara estado de excepciĂłn. Se prohĂbe que los habitantes de Blackshire abandonen el área de seguridad, asĂ mismo habrá toque de queda a partir de las seis de la tarde —dijo la mujer sin titubear—, se tiene autorizaciĂłn de usar fuerza letal para mantener el cordĂłn sanitario, espero que entiendan lo que eso significa. No podemos permitir que este patĂłgeno salga, los servicios mĂ©dicos procurarán contenerlo.
Yo sĂ sabĂa el significado de aquellas palabras, apenas unos minutos antes los vi aplicar la ley marcial a un hombre desarmado, no estaban bromeando, nos matarĂan si eso detenĂa la enfermedad de la que hablaban.
—Todos los habitantes de Blackshire estarán en cuarentena, iniciando el dĂa de hoy. El gobierno tiene la prioridad de que CĂłdigo Amarillo no se expanda. Acaten las Ăłrdenes y sobrevivirán —agregĂł otra mujer, vestĂa de negro, se notaba por la forma en la que hablaba que era una militar.
El silencio de los lugareños fue interrumpido por una persona que cayĂł al suelo, convulsionaba y parecĂa sufrir mucho, los soldados la rodearon y alejaron a la multitud, pese a ello no me movĂ, deseaba ver lo que sucedĂa de primera mano.
La persona, enferma a todas luces, temblaba y retorcĂa sus extremidades de formas poco humanas. En un momento dado, dejĂł de sacudirse. Ante mi sorpresa, todos sus orificios comenzaron a excretar una sustancia como pus de un amarillo intenso. EntendĂ entonces el cĂłdigo que se le habĂa asignado, era una muerte cruel pintada de amarillo. Al final, el cadáver quedĂł inerte en un charco de secreciones.

Tomé distancia para no verme involucrado, los soldados colocaron el cuerpo en una bolsa hermética y quemaron con un lanzallamas los restos amarillos que quedaron por el suelo.
—Vaya mierda en la que me he metido —musité.
Mezclándome en el tumulto de personas que eran empujados por los soldados lejos del centro, logrĂ© colarme y conversar con algunos habitantes del lugar. CĂłdigo Amarillo apareciĂł una semana atrás, calculaban que al menos veinte personas habĂan muerto debido a ello. Mis manos temblaban, sin querer estaba en medio de lo que podrĂa ser una masacre inminente.
—Si no encuentran la cura o descubren la causa de esto en cuarenta dĂas, nos quemarán a todos con esos lanzallamas, es lo que yo harĂa —dije en medio de la conversaciĂłn.
—¿Eso harĂas? Puedo notar que eres un hombre sin escrĂşpulos —respondiĂł a mi comentario una joven de cabello rojizo y mirada seria.
—Es solo una conjetura, vi cuando los soldados mataron a alguien que intentó salir del pueblo, nada más. La cuarentena es una oportunidad —agregué— sabemos cuanto tiempo tenemos para descubrir de que se trata todo esto…
La muchacha alzó la mirada, acercándose a donde me encontraba, se unió a la charla.
Los rumores llegaban sin ser buscados, las personas reportaban sobre algĂşn vecino o familiar habĂa caĂdo enfermo. Los sĂntomas eran muchos y nada claros. Incluso habĂa mĂ©dicos entre los presentes que no tenĂan idea de lo que ocurrĂa. No existĂan registros de una enfermedad parecida. Una locura. La tensiĂłn era latente, pero, las personas mantenĂan cierto optimismo.
Por mi parte, no tenĂa intenciĂłn de morir en un lugar en medio de la nada, salvar a la gente de Blackshire era tambiĂ©n salvarme a mĂ mismo, pensaba hacer lo necesario para ello. Antes de que el sol se ocultara, desde el horizonte llegaron avionetas, las cuales rociaron una fina capa de aerosol sobre todo el pueblo, el olor de aquel componente era amargo y causaba irritaciĂłn, debĂa ser algĂşn tipo de desinfectante.
El dĂa cero se fue con esa escena lamentable, una niebla que resplandecĂa de color amarillo debido a la puesta del sol, como una especie de adelanto a lo que se vendrĂa.









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