EL PORTAL HACIA LA LIBERTAD
La tormenta azotaba las ventanas con desespero, cada vez más persistente y los encargados del lugar debían cubrir las goteras del techo. La mayoría a duras penas se enfocan en el trabajo, sin embargo hacían el esfuerzo pensando que así podrían ganar dinero extra. Pero tan pronto escucharon por el pasillo unas pisadas tan características, en cadena se tensaron ante su canoso jefe, que siguió dando zancadas hasta la sala de reuniones donde se encontraban sus compañeros doctores. Llamó la atención de todos al colocar su bolso, de cuero marrón, sobre la mesa de metal. Según él había conseguido un nuevo suero, una droga que volvía a los enfermos más dóciles.
El médico dio arduas instrucciones a los enfermeros más capacitados, y les dio el honor de escoltar al sujeto de prueba a los residentes. Después de horas, el edificio se inundó de un sofocante silencio. Tal vez debido a la anestesia que se les asignó a todos menos a uno en particular, Kurt Fevour, que era arrastrado por los largos pasillos mal iluminados, suplicando que no lo llevaran a la puerta. Resistió y forcejeó con los enfermeros. Ellos le repetían: es para tu bien.
Un filo atravesó su cuello, una jeringa. Todo se volvió negro mientras el suelo esponjoso golpeaba su mejilla. Sólo pudo escuchar los pasos de las personas por el pasillo, el abrir y cerrar de puertas. No entendía por qué lo habían vuelto a encerrar en aquel cuarto. No había ninguna cura estable para él.
—Creo que ya entiendo —dijo elevando la voz, incorporándose aún sobre la oscuridad—. Están tan aburridos en este maldito manicomio, me quieren volver todavía más loco si eso es posible —escupió, con un estruendo sobre él. Las luces del cuarto dieron presencia, a lo que Kurt fijó con odio su mirada al gran espejo enfrente—. ¡Puedo verlos! —gritó seguido de estampar los puños contra el vidrio maltratado, pintando su pálida piel con sangre, y logrando agrietar lo suficiente para dejar ver su reflejo multiplicado un millón de veces. Terminó explotando en carcajadas, apoyando su frente en las grietas—. Jacob no diría que estoy loco, ustedes lo están… —bajó la voz mientras comenzaba a divagar por aquel cuarto blanco, caminando por el piso esponjoso. Toda la habitación estaba cubierta de un papel tapiz acolchado.
Los minutos siguieron pasando, el ambiente empezó a sentirse pesado y los doctores estaban esperando ante cualquier reacción ajena con sus lápices y portablocks detrás del espejo agrietado, pero antes de que se dieran cuenta, el paciente había caído de bruces contra el suelo por culpa de la droga.
En aquel trance, despertó aturdido, fuera del manicomio, pero no en ese horrible patio al que les obligaban a salir. Estaba en un campo, el sol era deslumbrante y también se podía ver como unas nubes acechaban con taparlo pero algo aún más raro era que había una puerta negra a unos pocos pasos, que cuando se acercaba más, la puerta era todo menos eso.
Cuando quiso tocar la puerta su mano la traspasó, no había nada allí. Confundido decidió asomar el rostro, logrando ver que dentro de aquel rectángulo sólo había oscuridad. Excepto por otra puerta enfrente, que al parecer tenía una salida, porque emanaba una cálida luz.
Podía sentir como esas puertas estaban separadas por un fondo totalmente negro, como si fuera el vacío total del espacio. Salió de aquel especie de portal para observar como estaba anocheciendo y lo único que cambió, fue que a unos pocos centímetros había una tabla, una cuerda y una llave.
Kurt volvió a mirar la distancia entre los portales, decidió tomar la tabla y usarla como un puente. No entendía por qué tenía la urgente necesidad de atravesar la otra puerta, sólo sabía que debía hacerlo. Tampoco supo cuánto tiempo había pasado pero por fin consiguió que la tabla fuera el puente. Tomó la llave y prosiguió el camino con la cuerda a mano. Como un bebé empezó a gatear lo más que pudo pero todo fue en vano ya que cada vez que quería avanzar, la salida quedaba aún más lejos. El corazón le bombeaba con rapidez, sentimientos de desespero le invadieron, se levantó y empezó a correr con todas sus fuerzas. Él quería por fin alcanzar la salida, quería ser libre.
Miró hacia la derecha e izquierda, no había absolutamente nada, el hermoso paisaje había desaparecido y mientras se apresuraba, unas voces que lo llamaban por donde había venido le estaban haciendo perder el equilibrio. Sumando desgracias, el puente ahora era nada más que una fina cuerda, la cual ya no estaba en sus manos. Dio sus últimos pasos antes de poder ver el final de aquel portal, no había luz, sólo una pared. Y mientras caía de la cuerda, cayó en la dura realidad, el efecto de la droga había desaparecido. Estaba otra vez en las horribles instalaciones del manicomio pero no estaba en ningún cuarto blanco.
Había luces rojas que centelleaban paulatinamente por el pasillo del que huía el pelinegro. Era difícil de ver, sin embargo pudo escuchar las pisadas y el peculiar sonido de que le sacaban el seguro a una pistola. Entre esos destellos vió a la persona que le apuntaba, no era experto pero ver que ese chico temblaba tanto supuso que era un residente y su primera vez con un arma. Kurt siguió acercándose a pesar de que el contrario lo amenazaba con disparar si seguía caminando. Sabía que no dispararía, por eso no pudo evitar esbozar una sonrisa burlona. Estaban cara a cara, el pálido tomó la pistola sobre la mano del enfermero y en un movimiento rápido giró al chico, que ahora apuntaba hacia la salida. Colocó su dedo índice en el gatillo, haciendo presión contra el dedo ajeno y disparó tres veces. Seguido de golpes secos en esa misma dirección, al parecer calculó bien la aparición de los guardias.
El residente cayó rendido dejando el arma en las manos del pelinegro mientras sollozaba que no lo matara. Fevour sintió remordimiento y dudó en disparar «¿Lo matarás igual que a Jacob?—susurró una voz—», tampoco tenía experiencia en armas de fuego pero de todas formas la culpa fue mayor.
—¡Yo no maté a Jacob! —dijo Kurt seguro a la nada misma, se quedó perdido en esas palabras.
Tiró el arma que le cosquilleaba los dedos y huyó. A pesar del dolor en el pecho, por fin entendió que la salida de aquel horrible lugar era el portal que tenía que cruzar. Abrió las puertas traseras con aquella llave que aún desprendía pequeñas gotas de sangre.
El campo se abrió camino, se avecinaba una tormenta, el olor a lluvia lo ponía de buen humor y él no podía encontrarse más afortunado de recordar el camino después de años. Había memorizado cada parte del lugar cuando tuvo que volver por segunda vez a la fuerza. Tan sólo tenía dieciséis años al ser diagnosticado de esquizofrenia paranoide. Ahora con veinte años iba corriendo ante su libertad y a cobrar su dulce venganza con sus “amorosos” padres, que tan lejos lo quisieron enviar.








