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Vendida a un Tomlinson | +21

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Summary

Donde Alejandra Lionzabet es vendida a un supuesto monstruo, a un Tomlinson.

Status
2yrs ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1 - “Florecita”

Advertencia:


El contenido de la obra es delicado en muchos aspectos, se recomienda evitar su lectura en caso de susceptibilidad. Por favor, lea con cuidado.











—¡Papá, por favor! —gritó una joven con el corazón acelerado, sus pies se movían con rapidez ante la necesidad de huir.


El hombre, al cual llamó "papá", se acercó más y más. Su rostro, que demostraba los indicios de una vejez prematura, era amenazante, incluso cuando trató de suavizar su expresión. De hecho, lucía escalofriante, y no hizo nada para calmar a la joven que trataba de mantenerse lejos de él.


—No te haré nada, cariño. —dijo él con una sonrisa que tenía el objetivo de calmarla.


La joven, Alejandra Lionzabet, no le creía, nunca volvió a creerle. Su padre era un mentiroso y siempre hacía cosas indeseadas.


Por esa razón, como muchas veces había hecho, se adentró a su habitación y cerró con seguro. Escuchó con atención si su padre seguía golpeando la puerta, por supuesto, una vez más encontró que él no se rendía con facilidad. Él quería entrar y se iba a esmerar por hacerlo. Era mejor que no estuviera allí. Con una respiración temblorosa, se aseguró de abrir la ventana en silencio para luego salir por ella.


—¡Maldita seas, abre la puerta! —El tono "suave" de su padre había desaparecido a ese punto. Golpeó con fuerza la madera, y pese a la distancia que crecía entre ambos en medio de su escape, ella pudo escucharlo como si estuvieran muy cerca.


Alejandra se estremeció mientras corría por las calles oscuras de una fría noche de enero.

Siempre... era así. Su padre tenía una tendencia a intentar tocarla, pero Alejandra nunca lo permitió, siempre huía, siempre tenía miedo. Y aun así, volvía junto a él.


El hombre, quien todavía se hallaba en la casa deteriorada por su causa, por el momento dejó de golpear la puerta debido al cansancio y se dirigió a la cocina.


—Lamentablemente —El sonido de un eructo resonó entre las paredes como un eco. Él señaló su cerveza— otra vez seremos solo tú... y yo.


Él se rio y lamió la bebida, su lengua trazó movimientos desordenados y ruidosos en ella. Imaginaba que era una vagina casta que exigía a gritos ser violada.


🔸🔸🔸


—¿¡Quién es!? —cuestionó una mujer mayor desde el interior de una bonita casa que, un momento atrás, había estado a oscuras y en silencio dada la hora.


No obstante, la tranquilidad en ella se vio afectada por golpes insistentes en la puerta.


—Soy yo —contestó Alejandra con el corazón acelerado. El sudor le perlaba la cara, e incluso su voz sonaba silbante—, A-Alejandra.


La mujer no tuvo que escuchar más. Abrió rápidamente la puerta, y sus ojos evaluaron de manera instintiva a la joven que lucía pequeña y perdida. Alejandra Lionzabet estaba toda sudada ante sus ojos, su cabellera oscura lucía húmeda como si hubiera tomado un baño, pero la mujer sabía muy bien que también era por el sudor. Los ojos irritados de la muchacha le rompieron el corazón. Era consciente de que aquello se debía a las lágrimas.


Ella dio un paso hacia Alejandra, su garganta se sentía como lija al comenzar a cuestionar:


—¿Otra vez él se atrevió a...?


No terminó las palabras y no fue necesario. Era obvio. Y Alejandra se había lanzado a abrazarla.


—Tenía... tanto miedo —susurró Alejandra con la voz quebrada—. Creí... creí que no lo lograría esta vez.


La mujer le acarició el cabello húmedo mientras la jovencita sollozaba. Pudo sentir los temblores que inundaban su cuerpo delgado. Alejandra era tan delgada y llena de heridas internas difíciles de sanar. ¿Cómo podría si su propio padre era el que la lastimaba? Se suponía que él debía ser su lugar seguro, y era todo lo contrario.


—No pasó nada, gracias a Dios —dijo la mujer con el corazón apretado. Le brindó caricias en la espalda en una manera de dar consuelo, de dar tranquilidad, pero ya es suficiente, Alejandra. Esto no puede continuar. Sabes cuál es la solución.


Alejandra se tensó en sus brazos antes de tomar distancia. Debido a la luz artificial que tocaba su rostro, pudo ver cómo su piel pasó de pálida a una tonalidad blanca y enfermiza. Las intensas ojeras bajo sus ojos asustados resaltaron aún más.


—¡No! —gritó Alejandra antes de abrazarse a sí misma y negar con la cabeza de manera repetida—. ¡No puedo hacerlo, señora Margarita!


—Entonces yo lo haré.


Sin dar tiempo a una respuesta, comenzó a caminar hacia el teléfono. Y como en cámara lenta, Alejandra la miró hasta que dejó de enfocarla debido a que se adentró en su mente y reprodujo recuerdos tormentosos. Las lágrimas se desplazaron por sus mejillas.




[4 Años antes]


—¡No vas a tocar a mi hija! —Fue el grito enfurecido de una mujer que se había cansado de hacer la vista gorda a los pecados de su marido, su madre.


Su marido se rio.


—Deja de ser celosa, amorcito.


Ella escupió a un lado de sí, como si las palabras de su marido hubiesen causado que la bilis se subiera a su garganta. Su madre encaró al causante de su malestar con un rostro no demostraba más que ira, dolor, asco y decepción.


—¡Es tu hija, animal!


Ninguno era consciente de que su hija de quince años observaba la escena. No era visible, estaba escondida. Sabía que sus padres peleaban por su causa. Después de todo, ella le había dicho a su madre que papá tendía mucho a besarle las orejas y acariciarle las piernas cuando no había nadie alrededor. También le dijo que él le había metido uno de sus dedos en su oído y los movió allí, adentro y afuera, prometiendo hacer lo mismo pronto con otra cosa y en otro lugar. Su madre comenzó a llorar después de aquella confesión.


—Así como a ti te encanta que te toque a ella también le encantará.


—No voy a permitir esto —Su madre, que lucía cansada de la situación, comenzó a retirarse de manera decidida, pero él se lo impidió al sujetarla del hombro e instalarla a retroceder dos pasos por la brusquedad de su agarre—. ¡Suéltame!


—¿A dónde ibas? —preguntó él sin risas esta vez. Su ceño se arrugó con profundidad.


—¿No es obvio? A cualquier lugar donde no estés tú. Me cansé de ti. ¡Estoy harta de ti y de toda tu mierda! Te perdoné todo, pero esto... Me hace sentir enferma. Tú me enfermas. Me llevaré a mi hija, y por supuesto que haré que te metan a una maldita cárcel si te atreves a buscarnos.


Con eso, ella se liberó y alcanzó su celular que, ubicado antes sobre una mesa, lucía inofensivo. El hombre lo vio como una amenaza, una herramienta para ser denunciado pronto, pues no confíaba en su mujer y creía que llamaría a la policía en el momento en que le quitara los ojos de encima.


—¡Tú no harás nada! —gritó su marido con furia, mientras que tomaba un cuchillo grande en unas de sus manos.


Ella ni siquiera tuvo tiempo de esquivarlo. En un parpadeo él estaba perforando su cuerpo una y otra vez.


—¡Ahg! —exclamó ella, tratando de defenderse y, asimismo, queriendo gritarle a su hija que escapara. No obstante, las palabras no se formaban debido a que la sangre se acumulaba en su garganta e instaba a expulsarla por la boca.


La sangre se esparció por todos lados; el suelo, las paredes, su marido. Ella era fuerte, pero estaba herida. Si él no tuviera un cuchillo, ella le habría pateado el culo. Sin embargo, ese no era el caso. Después de haber recibido tantos cortes profundos, cayó con brusquedad al suelo.


Y miraba... a su debilidad, miraba a una dirección con los ojos bien abiertos. Allí estaba su hija, quien presenció todo y por el visible pánico no se podía mover.


Su madre abrió la boca con la intención de decirle algo, no obstante, no hubo palabra alguna, solo su última exhalación.


Alejandra, aún mirando los ojos vacíos de su madre, permaneció dentro del shock pese al transcurrir de los segundos. Cuando trató de acercarse, se sentía pesada, sus piernas fallaron, e incluso se le asentó un gran nudo en la garganta. Finalmente se aproximó a su madre tendida en el suelo, y sin soportarlo más, se rompió.


—¿¡Qué has hecho!? —Le era difícil hablar. Nunca había gritado a sus mayores, nunca. Y aunque sus palabras eran poco comprensibles a continuación, estaban teñidas de horror y mucho dolor—. ¡¿Qué has hecho, padre?


Sus manos se movieron con prisa al lugar donde recordaba era idóneo llevar a cabo una revisión del pulso. No encontró ninguno. Al inclinarse hacia el pecho de su madre, no escuchó el latido de su corazón.


La mujer ya había muerto.


Negó repetidas veces ante eso, y sin importar la sangre que la manchaba, se aferró a ella.


—¡Mamá! —Deseaba que todo fuera una pesadilla—. N-No. No, no, no. No me dejes, mami. Mami, por favor, s-seré buena, seré buena, t-te lo prometo. T-te voy a enorgullecer. Mami, ¡mami! Mamá, por favor... despierta.


Pero su madre no despertó incluso si se le quebró la garganta al rogarle que volviera con ella.


No volvió, y no volvería. Apreció su rostro parecido al suyo, y con sus manos temblorosas, le cerró los ojos.


—Basta de estupideces —dijo su padre antes de tomarla del cabello y obligarla a separarse de su mamá.


Estaba siendo apartada de la única persona que ama y la amó...


—¡No! ¡Suéltame! ¡Déjame estar con ella! —No podía apartar la vista de su madre pese al dolor, como en un trance. Él la sacudió repetidas veces para que finalmente le prestara atención.


—Se fue, ¡se fue! ¿Y sabes por qué?


Alejandra quiso hacerle tanto daño. Sus labios se apretaron entre miedo y rabia. Su voz era trémula en cuanto comenzó a decir:


—Ella... s-solo quería dejarte.


—No, no es así —refutó él—. Se fue porque me quiso engañar. Era obvio que quería entregarme a la maldita policía. Ni siquiera había hecho algo malo, y si lo hiciera, debía aceptarme. ¡Por algo era mi jodida mujer!


—¿Q-qué estás diciendo?


—¿No es claro? A papi le molesta la gente que habla de lo que no debe.


—P-pero...


—A toda persona que abra la boca de más, tendré que hacerle lo mismo que a mami, inclusive a ti, cariño. —La soltó de manera abrupta, y con un empujón, la envió al suelo.


Alejandra no se levantó, pues su mano aterrizó en un charco de sangre y el carmín la inmovilizó.


—¿Queda claro, mi florecita?


Al escucharlo hablar, Alejandra se volvió hacia él. El aire abandonó sus pulmones al notar que sostenía el cuchillo muy cerca de ella. La sangre que no le pertenecía llegó a su piel en una gota.


Ella asintió.


—Qué buena niña. —Observó el cuerpo de su mujer e hizo una mueca—. Papi se deshará de mami.


—Padre...


Él le brindó una mirada pesada que decía mucho.


—Calladita. Si alguien pregunta, solo dirás que mamá viajó con un hombre desconocido.


—Ella-


Su padre apretó los dientes, antes de gritar con el rostro rojo:


—¿¡Entendiste!?


Alejandra asintió de manera pasiva antes de dirigirse a su habitación. Quería volver con su madre, quería estar junto a ella, pero para eso debía estar muerta.


______________


[Actualidad]


Alejandra Lionzabet no iba a permitir que a su vecina le pasara lo mismo que a su madre. Margarita era tan agradable y le daba compañía cuando sentía que iba a volverse loca. Incluso fue quien la adentró en el mundo de los libros, el mejor alivio para su cabeza en momentos de ansiedad y tensión.


No iba a permitir que la mataran por su causa, eso la determinó a arrebatarle el teléfono.


—Entrégame el teléfono —exigió la mujer.


Alejandra mordió sus labios, estaban secos y lastimados. Pudo sentir el sabor de la sangre.


—Señora Margarita... por favor.


Margarita negó con la cabeza con decisión.


—Ese hombre te hará daño. Y es mejor prevenir que lamentar. Así que entrégame el teléfono.


No quiero que le hagan daño por mi culpa.


—No pasará nada —contestó Alejandra—, él... él está cambiando.


—No me vengas a ver la cara, niña. Han pasado años en los que vienes corriendo asustada. ¿Quieres que crea que tu padre está cambiando, así, de la noche a la mañana? ¿Incluso cuando en este momento estás sudando como si hubieras corrido un maratón y luces como la muerte?


Alejandra le entregó el teléfono con vacilación, sus dedos apretaron el artefacto cuando la mujer lo tomó.


—Por favor —suplicó Alejandra—. Por mí, por favor.


Los ojos de Margarita se suavizaron al notar que se le escapaban más lágrimas.


—Por ti lo hago, Alejandra.


—Por f-favor. A l-la próxima yo misma seré quien llame y dé todos los detalles —Decidió que esa sería la última vez que le hablaría al respecto a Margarita—. Si llamas ahora no cooperaré e-en nada.


La mujer suspiró.


—Está bien, espero que cumplas tu palabra.


Alejandra volvió a abrazarla.


—Gra-gracias. En serio, m-muchas gracias.


🔸🔸🔸


Horas después del encuentro con Margarita, Alejandra volvió a casa. Tenía mucho miedo cuando abrió la puerta de esta, no era la primera vez, y siempre deseó que fuera la última. Se adentró en silencio y lo primero que notó fue a su padre hablar por teléfono.


Sonaba de buen humor. Alejandra agudizó el oído.


—Maravilloso. Hoy mismo haremos el cambio —anunció él con una risa de satisfacción.


¿Cambio? Antes de que siquiera pudiera darle vueltas a la cuestión, su padre se dio cuenta de su presencia. Él sonrió hacia ella.


—Oh, vaya, pero si ha llegado mi hermosa hija. Buenos días.


—Papá...


—Hoy no te golpearé ni trataré de hacer avances, tranquila.


Ella asintió y bajó la cabeza.


—Muy... bien. Iré arriba, debo alistarme para ir a clases —Aunque sonara increíble, él le había permitido estudiar. Solía decir que era una completa pérdida de tiempo y dinero, pero por algún motivo la dejaba ir. Alejandra creía que era porque no quería despertar sospechas y el gobierno contribuía con un bajo porcentaje de dinero para su permanencia.


Alejandra nunca vio ese dinero.


—Oh, no. No irás. —Las palabras de él la regresaron al presente. 

—¿Qué? No puedo perderlas.


—Puedes. Escucha, esto es importante. He... sido tan malo contigo, cariño. Y he tomado una decisión importante. Te voy a prometer que no verás nunca más a papi borracho.


Las cosas pueden mejorar, pensó Alejandra con una pizca de esperanza.


—Tenemos que salir  —declaró su padre, observando su viejo reloj—. Te tengo una gran sorpresa.


Alejandra parpadeó hacia él con el corazón retumbando por los últimos eventos.


—¿D-de verdad? —Salió como un susurro.


—Por supuesto.


La cara de él se mantenía serena ahora, sin indicios de enojo o deseo de pronta agresividad.

—Está bien —Asintió ella dispuesta a encaminarse a su habitación—. Iré a cambiarme.


—No es necesario —irrumpió él mientras la miraba de arriba abajo—, así estás bien.


Alejandra observó hacia abajo, hacia su cuerpo. La ropa era vieja, y le pertenecía a su madre. Parecía un pijama.


—Pero...


—Así estás bien —insistió él, apretando los dientes.

Alejandra comprendió; no dijo nada más y siguió a su padre. Sentada en la parte de atrás del auto, comenzó a pensar que quizá las personas sí cambiaban para bien. No rápidamente, pero sí a pasitos de bebé. Algo era algo.


No obstante, pasaron los minutos y las horas y aún no llegaban a su destino. Hacía un largo rato dejó de ver casas, y aquel recordatorio la tenían al límite en su asiento.


—¿A dónde...?


—Calladita.


No dijo nada más, y se mantuvo alerta por si algo.


Pero no había escapatoria para lo que le esperaba.




💣


Hola, soy Lu ⭐,

muchas gracias por darle una oportunidad a VAUT 💜

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