Capítulo 1 | Posible solterona
Suspiro aparcando el coche ante la casa de mis padres. Me miro en el espejo retrovisor dándome un repaso, porque sé que tendré que pasar revista en cuanto entre por la puerta. Me atuso mis rizos pelirrojos intentando darles volumen porque esta mañana no me lavé el cabello y saco del bolso el brillo de labios para darles algo de vida. Suspiro nuevamente al ver las orejas debajo de mis ojos verdes y hago una mueca porque eso no tiene remedio.
Me cuelgo el enorme bolso en el hombro y recojo el regalo de mi padre del asiento del copiloto. Espero que le guste la bolsa de golf que le he comprado. Ahora que se ha jubilado, tiene bastante tiempo libre y necesita algo en lo que entretenerse. Camino por la entrada de piedra, que lleva a la casa que mis padres tienen en Brooklyn y saludo como puedo a la vecina.
—Buenas tardes, señora Luz.
—Naara, querida... no tienes buena cara. ¿Te ha dejado el novio? —pregunta la cotilla viniendo hacia mí con una bandeja de canelones en la mano.
—No tengo novio desde hace siglos —digo sonrojada aparentando indiferencia.
La mujer a la que me saca la cabeza me mira de arriba abajo analizándome. Al parecer la revisión del día de hoy empieza antes de tiempo.
Me enderezo. No me molesté mucho en vestirme este día. Unos vaqueros ajustados y una camiseta de tirantes roja.
—Deberías ponerte tacones, querida. A mí Johnny le gustaba que me los pusiera.
—Pero usted estuvo casada cincuenta años —digo mirando su vestido de flores estilo años cincuenta. Miro las gafas de pasta marrones que lleva, que yo no me pondría ni ciega.
«Tiene narices que esta mujer me hable de moda».
—Mi Johnny opinaba que las mujeres deben ser mujeres y que los hombres llevan los pantalones.
«Dichoso Johnny. Y eso que la palmó hace cinco años».
Tomo aire—. ¿Pasamos a la fiesta?
—Tienes que darte prisa, querida. Se te va a pasar el arroz.
Deseando alejarme de la dichosa mujer que me va a amargar el día, llamo a la puerta que se abre de inmediato mostrando a mi hermana mayor.
—¡Naiara! ¡Qué guapa estás! —exclamo indicándole con la mirada que me quite a la mujer de encima.
—Siento no poder decir lo mismo de ti —me dice mirando mis sandalias planas que muestras mis uñas de los pies sin pintar—. ¿Qué rayos llevas puesto?
—Eso mismo digo yo —añade la señora Luz entregándole a Naiara la bandeja.
Mi hermana, embarazada de ocho meses, sonríe a la mujer radiante, con su cara impecablemente maquillada, con sus rizos pelirrojos recogidos en una coleta y con su vestido blanco sin mangas impecablemente planchado. Por supuesto, las uñas de sus manos y de sus pies están pintadas de rojo intenso. Pongo los ojos en blanco intentando sortearlas, mientras mi hermana le indica a la mujer que la fiesta está en la parte de atrás, pues ya están preparando la barbacoa.
Atravieso el salón a toda prisa para llegar a la puerta del jardín. Cuando me encuentro bajando por las escaleras me tomo con mi hermana Nadeen.
—Hola, enana —dice mi hermana sonriendo ampliamente—. ¿Un mal día?
—No empieces tú también.
—¿Ya te has encontrado con nuestra sargento?
—Mamá todavía no me ha interceptado, pero ya he visto a Naiara.
Nadeen hace una mueca mirándome de arriba abajo cargada con el bolso y el regalo de nuestro padre.
—Necesitas unas vacaciones.
—Eso lo dices tú, que te mantiene tu maravilloso marido —le digo entre dientes viéndola sonreír radiante. El vestido verde de gasa que lleva le queda de miedo marcando sus curvas, y sus rizos rojos los lleva recogidos en un moño francés—. Dios mío ¿qué os ha dado a todas para que estéis tan guapas? Yo me siento como si me hubiera atropellado un tren.
Nadeen se echa a reír y me coge el bolso—. Pues no has visto a Naaisy.
Gimo dejándome llevar y cuando salimos al jardín allí está toda la familia preparando la fiesta de cumpleaños de mi padre. Mi hermana Naaisy aparece ante nosotras y me mira con el ceño fruncido. Lleva un vestido blanco de viscosa y unas sandalias plateadas.
—¿Sabías que venías a una barbacoa, verdad? —me pregunta irónica.
—Muy graciosa. Es el cumpleaños de papá —Nadeen y Naaisy se miran fijamente y entrecierran los ojos como cuando eran pequeñas. Suspiro—. Dejarlo ya.
—¡Cariño, ya has llegado! —grita mi madre como si hubiera tardado un año en llegar.
Sonrío al ver como mi padre tras ella me guiña un ojo.
—Pues sí, ya estoy aquí —digo dándole un beso en la mejilla a mamá y un abrazo a mi padre—. Felicidades, papá —le digo con cariño.
—¿Qué me has comprado? —pregunta indignado al ver el enorme paquete.
—Algo para que te entretengas.
Mamá se cruza de brazos y yo levanto la barbilla entregándole el regalo a papá, que tiene que posarlo en el suelo para abrirlo.
—Te dije... —dice mi madre advirtiéndome.
—Y yo te dije que le iba a regalar algo.
—Necesitas ahorrar para dejar ese horrible trabajo —sisea.
—Gano lo suficiente para comprarle lo que quiera a mi padre.
—Dejar de discutir —dice papá sacando de la bolsa un palo con la base muy grande—. Al parecer tengo que aprender a jugar al golf.
—Está de moda, papá —le dice Nadeen apoyándome.
—A papá no le gusta el golf —señala Naaisy.
—No lo he probado —dice papá sonriéndome—. Gracias, hija. Prometo usarlos.
—Bien, asunto arreglado —dice mi madre cogiéndome del brazo y apartándome de todos. Me mira con sus ojos verdes como si quisiera darme una paliza—. Te dije...
—Mamá, puedo comprarle un regalo a mi padre.
—No es eso y lo sabes. Quiero que dejes de trabajar en esa empresa y...
—Mamá —coloco mis manos en sus hombros—. Te quiero mucho. Lo he heredado casi todo de ti...
—No tienes mi carácter, si lo tuvieras no estarías trabajando para ese tirano.
—No voy a dejar de trabajar con Aldric porque sea algo exigente y ahora vamos a pasarlo bien. ¿Vale?
Mamá me acaricia la mejilla—. Hablaremos luego.
Mi padre se ríe a carcajadas mientras Roy, el marido de Naiara, le enseña como se usan los palos. Mi madre pone los ojos en blanco.
—Lo quiero mucho, pero pensar que se va a pasar todo el día en casa me pone de los nervios.
No puedo evitar echarme a reír y le doy un beso a mamá en la mejilla. Somos tan parecidas que ya sé el aspecto que tendré dentro de treinta y cinco años.
—Te quiero, mamá.
—Mi niña —me abraza con fuerza.
Sé que mamá está preocupada por mí. Soy la pequeña de una familia de chicas, donde todas están felizmente casadas excepto yo. Mi hermana Naiara, con un médico. Mi hermana Nadeen, con un dentista y mi hermana Naaisy, con un abogado de prestigio. Solo yo tengo una vida ruinosa, según mi madre, y eso que soy la asistente personal de uno de los empresarios más importantes de Nueva York y vivo en un piso precioso en Chelsey. Pero eso para mi madre no es importante. La familia es lo importante. No deja de decirme que me quedaré sola toda la vida y qué voy a hacer entonces. Me ha buscado citas con todos los solteros que conoce y ahora empiezan mis hermanas a agobiarme también.
—Que vengan mis cinco pelirrojas, que quiero sacarme una foto —grita papá.
—Que Naara se ponga detrás para que no se vea su desastroso vestuario —vocea Naaisy con mala leche.
—Muy graciosa, Beyoncé.
—Ja, ja.
Nos colocamos y sonriendo felices sacamos varias fotos. Después se acercan los maridos de mis hermanas y no puedo evitar sentirme algo celosa por ser la única en no tener a un compañero de vida a quien abrazar. Mis padres me abrazan uno por cada lado, haciendo el asunto más patético y hundiéndome más la moral. Me quedaré soltera como la tía Rebecca. Me encojo de hombros pensando en ello. Esa vida tampoco es tan mala. Seré independiente, haré lo que me dé la gana cuando me dé la gana...
En ese momento suena mi móvil volviéndome a la realidad y mi madre me fulmina con la mirada cuando estamos a punto de sentarnos a la mesa.
—Ni se te ocurra —sisea con cara de loca.
—Sabes que tengo que contestar —le digo buscando mi móvil en el bolso impaciente.
—Déjala, Danielle. Es trabajo —le dice mi padre afable como siempre.
—¿Diga? —pregunto alejándome un poco de la mesa donde todo el mundo ya está sentado.
—¿Dónde estás? —la voz de mi jefe indica que estaba de mal humor.
—En Brooklyn, ¿por qué?
—Tenemos una reunión con Forney Tecnologies en tres horas.
Gimo llevándome una mano a la frente.
—Pues no puedo ir —digo por primera vez desde que le conozco.
—¿Cómo has dicho?
—¡Es el cumpleaños de mi padre y no puedo irme! —digo enfadada—. Es sábado y es mi día libre. No puedo irme.
El silencio al otro lado de la línea, me indica que no le ha gustado mi respuesta.
—Tú y yo hablaremos el lunes —me cuelga, dejándome atónita. Aprieto los labios antes de girarme. Toda mi familia me está mirando y fuerzo una sonrisa.
—¿Todo bien? —papá me mira con preocupación.
Asiento—. Sí, claro.
Esa llamada telefónica me arruinó la fiesta y aunque intenté aparentar que no fue así, mis hermanas se dieron cuenta.
Estamos recogiendo la cocina después de la fiesta cuando Naaisy me coge del brazo y me sienta en la mesa de la cocina.
—Bueno, ya está bien —Naaisy se sienta a mi lado—. Ahora vamos a hablar.
—¿De qué quieres hablar?
—De tu vida y de cómo la estás tirando por el retrete.
—Muy gráfica.
—Déjate de tonterías. Si te hablo así, es porque te quiero.
Aprieto los labios y miro a mi hermana. Cuando Naiara y Nadeen se sientan también, me doy cuenta de que ya han hablado este tema entre ellas.
—Bien —me cruzo de brazos—. Empiecen.
—No puedes dejar que ese hombre destroce tu vida —dice Naaisy enfadada—. Trabajas para él, pero no eres su esclava.
—Soy la asistente de Aldric y mi trabajo se basa en hacerle la vida más fácil. A la hora que sea.
—Tienes derecho a tener una vida, Naara —dice Naiara. Es la hermana mayor y su palabra es ley, después de nuestra madre—. No puede destrozar tu vida social porque le apetezca.
—No lo hace porque le apetezca.
—¡Claro que sí! —añade Naaisy mientras que Nadeen asiente dándole la razón—. Ha destrozado todas las citas que has tenido, que por cierto no han sido muchas. El muy cabrito parece que tiene un radar de cuando no estás en casa.
—Sí... —dice Nadeen—. Eso es muy raro. Siempre que tiene una cita la llama.
Bufo—. Me llama a todas horas.
—¿Cuándo estás en casa también te llama? —me pregunta Naiara—. Pero si te acaba de ver en el trabajo y te pasas todo el día con él.
Me encojo de hombros—. Se le olvidan cosas. Yo qué sé...
Mis hermanas se miran.
—Bueno, vamos a iniciar un contraataque. Sé que no vas a dejar ese trabajo, porque está muy bien pagado y te gusta, pero no voy a dejar que dejes de lado a tu familia y a un posible marido —dice Naaisy muy seria.
Entrecierro los ojos—. ¿Qué habéis pensado?
Mis tres hermanas sonríen al ver que no me cierro del todo.
—Queremos que salgas con algunos hombres que hemos elegido cuidadosamente —dice Naiara tomando el mando. Prácticamente es una orden y sonrío apoyando la espalda en el respaldo de la silla—. Y empezarás esta semana. El miércoles, para ser exactos. Te pasará a buscar a las siete.
Naaisy toma la mano que tengo sobre la mesa—. Escúchame bien. No dirás nada de la cita a tu jefe. No harás ningún comentario sobre ella, ¿me has entendido?
Le miro incrédula—. ¿Y a él qué le importa? Nunca me pregunta nada de mi vida privada.
—¡Pues para no importarle, se mete en ella continuamente!
—Estáis exagerando —miro a mis otras dos hermanas que niegan con la cabeza—. Aldric no hace eso.
—¿Qué pasó en tu última cita? —pregunta Nadeen suavemente.
Intento recordar y había sido dos meses antes. Estábamos en un restaurante y en cuanto sirvieron los entrantes, me tuve que ir porque Aldric no tenía las llaves de su casa. Hago una mueca.
—¿Y en la anterior? —pregunta Naaisy furiosa sabiendo la respuesta a la pregunta.
—Necesitaba unos papeles para una reunión que tenía a primera hora.
—¿Y la anterior?
—¡Vale, lo he entendido!
—Bien —dice Naaisy mirando mi vestuario y bufa—. Voy a revisar tu armario.
—¿Por qué?
—¡Dios mío, porque seguro que solo tienes trajes de chaqueta y vaqueros!
Me sonrojo intensamente y Nadeen dice—: Deja a Naaisy, que sabe lo que hace.
Naiara me guiña un ojo—. Todos los candidatos son muy inteligentes y atractivos. Los hemos elegido con minuciosidad. Son perfectos para ti.
—Amigos de vuestros esposos, supongo.
—Exacto —Nadeen sonríe—. Ya verás, Henry te va a encantar.
—¿Es el del miércoles?
—No, el del miércoles es Martín.
—Dios mío —me tapo la cara con las manos.
—Y como el cabrito de tu jefe intente fastidiar, se va a enterar —dice Naaisy en plan macarra—. Que soy de Brooklyn.
Nos echamos a reír a carcajadas al oírla, pues es la más fina de todas y se había adaptado a la vida en el Upper East Side muy bien.
Como la fiesta acabó muy tarde, me quedé a dormir en mi antigua habitación y aproveché las horas de sueño levantándome casi al mediodía.
—¿Cómo está mi dormilona? —dice mi padre sentado en la mesa de la cocina leyendo el periódico dominical.
—No había dormido igual en siglos. Aquí casi no se oyen los ruidos de la ciudad —le digo abriendo la nevera.
—Eso es porque he apagado tu móvil —dice él, indiferente, dejándome de piedra.
Me vuelvo lentamente con el brick de zumo en la mano.
—¿Qué has hecho qué?
—Es domingo. Contesté al teléfono diciendo que estabas dormida y apagué el móvil. Eran las seis de la mañana. Te lo habías dejado en el salón.
Gimo corriendo hacia el salón.
Cojo mi móvil encendiéndolo enseguida. Hago una mueca al ver cinco llamadas perdidas, pero cuando voy a llamar entrecierro los ojos. Es domingo y tengo derecho a mi fin de semana libre sin que mi jefe me dé la paliza. Además, me dijo que hablaríamos el lunes, ¿no? Pues el lunes hablaremos.
Vuelvo a la cocina y desayuno con mi padre, aunque más bien fue un brunch, porque hasta comí costillas que habían quedado del día anterior. Cuando mi madre volvió de misa me echó la bronca por no esperar a la comida, pero como estaba tan relajada decidí tomar el café con ellos.
Cuando vuelvo a mi apartamento son las cinco de la tarde y al ver todo lo que tengo que limpiar, gimo. Me pongo manos a la obra y cuando termino veo algo la televisión comiendo helado de chocolate. Estoy metiéndome en la cama cuando me suena el móvil y suspirando descuelgo.
—¿Diga?
—Mañana te quiero en la oficina una hora antes —dice Aldric antes de colgar.
Alzo una ceja mirando el teléfono.
—Estupendo, está de un humor de perros.








