Capítulo uno
Catalunya, Barcelona, 1823.
En un reino muy lejano, a orillas del mar, se encontraba Diego de la Cruz, marqués de Marverd, hijo del marqués madrileño Juan de Villadrosa, y la duquesa catalana de Marverd, Elisa.
Diego montaba a caballo cruzando el mercado de gitanos; aunque todos los repudiaban, Diego fue educado por Elisa para tratar a todos por igual, pero Juan, sin embargo, trataba a los romaníes como escoria.
Los gritos, la gente, la música y una particular gitana, cautivaron a Diego; aquella gitana era de piel morena, pero a la misma vez su tono era palido, de ojos y cabello marrones oscuros. Danzaba al compás de las palmas de sus compañeros romaníes, y cantaba con una voz dulce, y aterciopelada. Pero Diego ni siquiera le pregunto cómo se llamaba, pues, aunque fuera un matrimonio concertado, él estaba perdidamente enamorado de Giselle Marie, la hija del Rey de Marverd.
Giselle era la dama perfecta; concentrada en sus estudios, con habilidades en esgrima y en la escritura, y que poseía una increíble belleza. Pero aún así, aquella gitana, hizo que Diego sintiera una apuñalada en el corazón, así que decidió quitar los ojos de ella y seguir su camino hacia el palacio de su amada.

-
¿Vos iréis a la fiesta, señor?- Dijo Giselle, con el cuerpo pegado a el de Diego, abrazándolo, como si quisiera fundir su alma con él.
-No lo sé, Giselle, tengo demasiado trabajo que hacer...- Dijo Diego, dándole besos en el cuello a la chica.
-Parese, tonto.- Dijo Giselle riéndose, apartándose de él para mirarlo a los ojos,- Me siento tan afortunada de tenerlo, mi señor...
-Yo también, mi ángel, yo también.- Dijo Diego, para darle un profundo beso, y quitándole poco a poco los ropajes de la chica para hacerla suya otra vez.

La noche había llegado y con ella, una hermosa chica vestida de tonalidades rosas, con una tiara de plata en su cabeza. Era la estrella más deslumbrante de aquella fiesta. Todas las miradas se posaban en ella, mayoritariamente, eran miradas de lujuria y envidia. Pero Rosalía, la muchacha, no podía fallar esa noche; el Duque le había mandado a hacer el mejor espectáculo del año, incluso del siglo.
-Damas y caballeros, bienvenidos a esta humilde fiesta. Y dejadme presentaros a Rosalía de Bristol, mi hija.- Dijo Bernat de Marverd, el Duque, provocando varios murmuros y susurros por parte de la realeza de reinos cercanos que acudieron a la fiesta.
”¿Dónde ha estado todo este tiempo?” “¿Quién es la madre?” fueron algunos comentarios que Rosalia pudo escuchar. Pues Bernat de quedó viudo a temprana edad, y no se le vio relacionarse con ninguna mujer, aunque corrían rumores de que era un Don Juan.
-Si, como escuchasteis, es mi hija y pido discreción con este asunto. Sin más dilaciones, que gocen de esta magnífica fiesta. Rosalía nos deleitará con una pieza de ópera.- Dijo Bernet, más sonriente como de costumbre.
Por otro lado, Diego y Giselle Marie entraban en la mansión. Diego iba con un simple traje azul oscuro, pero Giselle, iba preciosa; lucia un vestido violeta, con una tiara dorada con zafiros brillantes, y un colgante de perlas blancas carísimo.
Llegaron a mitad del espectáculo. Cuando Rosalía llegaba en el punto más alto de la pieza. Y Diego sintió esa apuñalada en el corazón otra vez. Los ojos de Rosalía se la hacían familiares, y su voz aún más, pero no sabía explicar porque. Hechizado, Diego se olvidó de Giselle Marie y aprovechó cada oportunidad para acercarse a Rosalía, necesitaba respuestas. No fue hasta las once y media de la noche que pudo hablar con ella; pero no fue un bello encuentro. Un hombre, el señor Bosch la estaba forzando, y Rosalía gritaba, aunque con el barullo que habia apenas se la escuchaba.
Diego, sigilosamente, se acercó al señor Bosch por detrás y le arrojó un jarrón en la cabeza, para después dejarlo inconsciente.
-¿Estas bien?- Preguntó Diego a Rosalía.
Rosalía, abrumada, se tapó como pudo.
-Le doy mis mayores gratitudes señor...- Dijo Rosalía, cuando calmó ese mar de lágrimas que recorrían su cara.
-No es nada, vayamos a un sitio para que os sintáis cómoda, y perdonadme si soy atrevido, pero necesitáis un baño...- Dijo Diego observando el cuerpo de Rosalía de arriba hasta abajo.
Rosalía sintió un escalofrío, verse tan vulnerable delante de Diego, después de lo que ocurrió con el señor Bosch, le hacía sentir débil, con la conciencia manchada de pecado, como si una voz dentro suyo le dijera que lo que pasó fue su culpa.

Rosalía estaba tumbada en su cama, un poco más abajo de esta estaba Diego. Él la miraba preocupado, tomó aire y se animó a cortar aquel silencio tan desagradablemente incómodo.
-¿Os encontráis mejor?- Preguntó Diego a la chica.
-Supongo que si...- Dijo ella. Aunque en el fondo sabía que estaba mintiendo, no paraba de pensar, recuerdos que aparecían en su mente como estrellas fugaces; veloces pero impactantes de ver.
Diego, que no podía conterse más, abrió la caja de Pandora.
-Perdonadme si sueno imprudente, pero, ¿quién es usted?- Dijo Diego, mirando el alma a través de los ojos de aquella muchacha asustada.
-Soy...- Pareció dudarlo, como si ella misma no se creyera lo que estaba a punto de decir- Soy Rosalía de Bristol. Hija del Duque de Marverd y la baronesa de Bristol.
Diego dejó caer su barbilla al suelo, puso los ojos como platos y cerró la boca de golpe.
-Eso significa que, vos y yo somos primos, ¿verdad?- Preguntó Diego.
Se la quedó mirando, analizando cada detalle de cuerpo. Entrecerró los ojos y le preguntó "¿Donde habéis estado todo este tiempo?"
-Soy una hija bastarda de Bernat, le era infiel a Isabel, su mujer. Mi madre murió hace poco, por eso vine aquí. Mi padre no quería que estuviera sola en aquella mansión.- Respondió Rosalía, llorando como si quisiera sacar aquel monstruo de Bosch de su mente.
Aunque ella bien sabía que no era al único que quería sacar de su mente...








