Enlaces Del Destino by Serena993 at Inkitt
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Enlaces del destino

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Summary

Para Soren, un Vampiro que ha habitado por el lugar hace años, la vida se ha vuelto algo simple y monótona en donde por el día se dedica a ser una persona normal y por las noches una bestia sedienta de sangre, aunque todo eso cambiará al conocer a Aiden: un joven y optimista inventor que por azares del destino es secuestrado por el vampiro. Las cosas entre ellos se volverán complicadas al darse cuenta de la fricción de sus personalidades pero pronto descubrirán que algo más importante los une

Genre
Fantasy
Author
Serena993
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

PRÓLOGO

En una noche fría de luna llena, una mujer corría desesperadamente entre la maleza. En sus brazos, apretaba contra su pecho a un bebé que gritaba y lloraba desquiciado por el pánico, ajeno al peligro mortal que los acechaba.

Los Purificadores los habían encontrado.

Un grupo de hombres y mujeres avanzaba a paso firme a través de la penumbra del bosque, movidos por la convicción fanática de que cada muerte que ellos provocaban los acercaba aun más la paz en la tierra. Uno de ellos encajó una flecha en su ballesta y alzó el arma, apuntando directamente a la espalda de la dama quien por puro azar, giró bruscamente a la izquierda para esquivar un tronco provocando que la flecha se clavara con un chasquido seco en la corteza.

—¡Vamos, preciosa! ¡Si sigues corriendo será peor para los dos! —se burló uno de los cazadores, disfrutando el sadismo de la persecución.

La mujer apretó los dientes y aceleró el paso como pudo, esquivando ramas bajas y usando los gruesos robles para cubrirse. Su vestido, antes hermoso y sinónimo de realeza, delataban su estatus como esposa de un líder importante, aunque ahora se encontraba desgarrado y manchado de barro, En ese instante, el poder y el dinero no servían de nada contra la muerte que la perseguía sin piedad.

Un trozo de raíz oculto en el suelo la hizo perder el equilibrio, cayendo de golpe contra la tierra húmeda pero girando el cuerpo en el último milisegundo para amortiguar el impacto y proteger al bebé.

Las risas heladas resonaron a pocos metros delatando la cercanía de sus cazadores. Desesperada, intentó ponerse en pie pero un latigazo de dolor le recorrió el tobillo arrancándole un grito sordo provocando que nuevamente cayera al suelo.

—¡Mierda! —ahogó un sollozo. Las lágrimas le nublaron la vista, no solo por el dolor físico, sino por la certeza de que ese era su final.

—Vaya, vaya... ¡Pero miren lo que tenemos aquí! —se mofó el líder del grupo, saliendo de entre la maleza y sombras con una sonrisa torcida.

—Por favor, se los ruego... —suplicó ella, encogiéndose en el suelo y envolviendo al bebé que no paraba de berrear con desesperación—. ¡Es solo un bebé! ¡No somos vampiros!

El grupo la rodeó en círculo, preparando espadas y ballestas para erradicar lo que consideraban una plaga. El líder del grupo alzó su arma a la altura del pecho de la mujer, posicionando el dedo en el gatillo de la ballesta para atravesar a ambos de un solo disparo como anteriormente lo había hecho con otros.

Antes de que apretara el mecanismo un silbido cortó el aire: Una flecha envuelta en llamas ardientes se clavó en la espalda del líder. El fuego lo devoró en cuestión de segundos, reduciéndolo a cenizas antes de que pudiera tocar el suelo o reaccionar apenas teniendo tiempo para gritar de dolor.

—¡Mi señor! —gritó una de las purificadoras, dando un paso al frente pero otra flecha fulminante la atravesó al instante, convirtiéndola en una antorcha humana.

—¡Son Fatuos! ¡Divídanse!

Los cazadores alzaron las armas hacia las copas de los árboles. Entre las ramas, varias chispa de fuego se hicieron ver comenzaron a saltar de un lado a otro a una velocidad sobrehumana, dejando estelas incandescentes que prendían las hojas secas a su paso. Era una danza hermosa y mortífera ante la vista de cualquiera.

Una de las llamas cayó pesadamente en el centro del claro, adoptando una forma humana que lanzó una ráfaga de cuchillas hacia los purificadores. Los cazadores se dispersaron sin pensarlo; uno de ellos no fue lo bastante rápido y soltó un alarido cuando una hoja metálica se le incrustó en el hombro.

En medio del caos, una figura emergió rápidamente del fuego y se plantó frente a la madre. Su cabello, de un blanco y rojo tan vivo que parecía una llamarada en movimiento, destacaba entre toda la oscuridad y los propios fatuos. Sus ojos, de un verde esmeralda deslumbrante, se clavaron en ella y en el niño.

La mujer lo miró aun aturdida pero a pesar del pánico, tardó solo un segundo en reconocerlo. Abrió la boca para pronunciar su nombre —un nombre que le sabía a hogar y familiaridad—, pero él le sujetó el brazo con firmeza y la obligó a ponerse en pie haciendo que callara al instante.

—Vamos, ¡no tenemos tiempo!

Sin dar explicaciones, la arrastró fuera de la zona de combate mientras los suyos mantenían ocupados a los Purificadores. A pesar del tobillo herido de la mujer, avanzaron a marchas forzadas hacia la espesa bruma del borde del Bosque de las Especies. Solo unos pocos seres podían cruzar esa frontera sin perderse para siempre, y él, para fortuna de la situación, era uno de ellos.

—Ve al norte —le ordenó él con voz baja y apresurada, atento a cualquier movimiento como un felino al acecho, mientras se adentraba en la neblina—. Sigue el curso del río hasta llegar a un asentamiento reciente, ningún purificador conoce aún ese lugar. Hay un buen hombre allí; cuidará de ti y del niño y aunque no tiene riquezas, se que estarán a salvo.

—¡Espera! ¿Cómo sabes todo esto?

—Llevo tiempo planeándolo, es todo lo que necesitas saber...

Ella sacudió la cabeza, confundida por tanto secretismo. ¿Pretendía que entregara su vida y la de su hijo a un plan que consideraba suicida? Quiso protestar, pero una detonación ensordecedora retumbó a lo lejos. Un francotirador oculto, armado con un rifle de gran calibre adornado con filigranas doradas —prueba del poderío financiero de la orden—, había apretado el gatillo.

Él no dudó. En una fracción de segundo la envolvió con su cuerpo usándose a sí mismo como escudo.

La bala atravesó su espalda de lado a lado con un sonido seco, dejando un agujero limpio. Su cuerpo absorbió la mayor parte del impacto, evitando que el proyectil alcanzara a la mujer o al bebé. El hombre dejó salir un gruñido gutural de puro ardor y rabia, apretando la mandíbula hasta revelar dos colmillos afilados como dagas.

Se giró hacia la dirección del disparo y lanzó un siseo bestial cual león, retando al tirador a volver a disparar.

A la distancia, el purificador que sostenía el rifle bajó el arma lentamente, congelado por el desconcierto de lo que sus ojos estaban viendo.

¿Un Fatuo con rasgos de vampiro? Aquello no tenía sentido... Los Fatuos eran seres de fuego puro, mientras que los vampiros sucumbían ante la luz y el calor. Que ambas naturalezas existieran en un mismo individuo desafiaba todo lo que la Orden de los Purificadores había catalogado durante siglos.

El salvador de la mujer escupió un hilo de sangre negra que se evaporó antes de tocar el suelo, tomó a la mujer por el hombro y la empujó hacia la neblina.

—Corre... —susurró con la voz rasgada por la metralla—. Y no mires atrás.

Ella negó nuevamente, odiando la idea de abandonar el lugar que durante siglos fue su hogar pero sabia que no era una opción si quería sobrevivir, bajo la mirada tratando de ahogar sus sollozos finalmente obedeciendo. La bruma de la salida del Bosque de las Especies los envolvió por completo como una manta helada y pesada, el aire allí dentro olía a pino húmedo, a tierra ancestral y a algo indefinible que hacía que a la mujer se le erizara el vello de la nuca. El hombre la observaba escapar una última vez hacia la densidad del misteriosos bosque manteniéndose él en el límite, donde la niebla se disipaba y el fuego del combate aún iluminaba el cielo nocturno.

—¡Corre! —repitió él, con una voz que ya no sonaba del todo humana, sino como el crepitar furioso de una pira a punto de estallar.

Ella no miró atrás. Apretó al pequeño contra su pecho, envolviéndolo con lo que quedaba de su manto para protegerlo de la humedad, y echó a correr. El dolor en el tobillo era un dolor sordo y lacerante que le subía por toda la pierna con cada zancada, pero la adrenalina amortiguaba el colapso. Tropezaba con raíces invisibles, se arañaba el rostro con ramas bajas que emergían de la nada entre la neblina, pero sus pies seguían moviéndose por puro instinto de supervivencia.

A sus espaldas, la distancia no logró apagar el horror de la batalla. El silencio del bosque místico se vio violado por una sinfonía de violencia brutal.

Primero escuchó el estruendo seco de más disparos de rifle, seguidos casi de inmediato por un rugido ensordecedor que hizo retumbar el suelo bajo sus pies marchitos. No era el grito de un hombre, ni tampoco el silbido sutil de una llama; era el aullido sangriento de un depredador acorralado. El choque del acero contra el metal resonó a lo lejos, acompañado por el chasquido espantoso de huesos al romperse y los alaridos agónicos de los Purificadores que caían presa de las garras y el fuego.

El cielo, a la distancia, se tiñó de un resplandor escarlata y dorado. Las explosiones de magia fatua resonaban como truenos distantes, haciendo que las copas de los árboles milenarios sobre ella se agitaran violentamente. Pudo oír la voz del tirador gritando órdenes descontroladas, la desesperación aplastando el fanatismo de la orden, hasta que un siseo atronador ahogó las órdenes y un silencio repentino, pesado y macabro se apoderó de la retaguardia.

¿Había sobrevivido él? ¿O había consumido su propia vida para asegurar que nadie los siguiera?

La duda la carcomía por dentro, amenazando con detener sus pasos, pero el llanto sofocado de su hijo la devolvió a la realidad. Salió del tramo más denso de la niebla justo cuando el curso de un río cristalino comenzó a brillar bajo la tenue luz de la luna. El agua descendía hacia el norte, tal como él se lo había dicho.

Con las fuerzas al límite, los pulmones ardiéndole como si hubiera tragado brasas y la pierna a punto de ceder, siguió la corriente. Pasaron minutos que parecieron siglos en los que solo se escuchaban sus jadeos y el murmullo del agua.

Finalmente, tras doblar un recodo del río donde la vegetación se abría, la neblina terminó de disiparse. A lo lejos, alineadas en una pequeña colina rodeada por una empalizada de madera recién cortada, vio las luces tenues de varias fogatas y candiles. Chimeneas que soltaban hilos de humo pacífico en la noche.

Era el asentamiento. Un poblado joven, rústico, casi invisible en los mapas, durmiendo en absoluta ignorancia del baño de sangre que acababa de ocurrir a solo unos kilómetros de allí.

La mujer cayó de rodillas a pocos metros de la puerta de madera del poblado, incapaz de dar un paso más. Su tobillo hinchado finalmente cedió. Con los brazos temblorosos, levantó al bebé, comprobando entre sollozos que el pequeño estaba ileso, con los ojitos muy abiertos mirándola en silencio. Al mirar hacia atrás, hacia la espesura del bosque oscuro de donde acababa de escapar, solo vio la neblina inmóvil y el reflejo distante de un incendio que lentamente comenzaba a apagarse.

Estaban a salvo. Pero el precio de esa salvación acababa de quedar grabado a fuego en la noche.

.

.

.

El fuego y los gritos llenaban el paisaje del que anteriormente era un poblado pacifico para los vampiros que vivían en la zona. Desde hace horas el golpe de estado de uno de los vampiros que anteriormente era el más leal del líder había concluido y con ello había traído dolor y desgracia para todos, el traidor disfrutaba de su nuevo trono con una sonrisa satisfecha y sanguinaria disfrutando de lo que consideraba una hermosa vista: El cuerpo sin vida de su anterior amo empalado cual trofeo de caza.

Por un momento aquel silencio permaneció presente en la sala parcialmente destruida por la batalla de los vampiros hasta que las puertas se abrieron de par en par con un fuerte golpe, varios guerreros leales a su nuevo rey entraron empujando y jalando con agresividad a sus rehenes (entre ellos consejeros, sirvientes y algunos combatientes que lucharon en nombre de la corona anterior) no dudaban en pelear mientras que otros suplicaban piedad por sobrevivir junto a sus familias.

—Miren que tenemos aquí... — Dijo el nuevo líder levantándose de su trono y acercándose lentamente saboreando parte del miedo de sus invitados quienes miraban horrorizados el cuerpo sin vida. —No tengan miedo, mientras me digan lo que quiero saber y que me darán su completa lealtad, prometo que nadie podrá tocarles un cabello...o bueno, al menos lo intentare.

Un par de risas se hizo presente en el lugar de parte de los traidores ansiosos por jugar un poco con sus nuevas presas. Los capturados bajaron la mirada, algunos con temor y otros dispuestos a mantener su lealtad intacta por el anterior reinado. El líder traidor al ver ninguna respuesta agradable a sus ojos de parte de ellos, decidió el mismo escoger a la primera victima prestando atención al poco tiempo en una mujer de mirada seria pero serena y lo que parecía ser una voluntad de acero. algo provocativo para él

—Tú... —siseó el traidor, caminando con pasos pausados que retumbaban en el suelo manchado de sangre—. Tienes esa mirada tan típica de los mártires, esa estúpida convicción que tanto le gustaba a nuestro difunto monarca.

El usurpador se detuvo frente a ella. Con la punta de la hoja de su daga que no dudo en sacar para imponer mas miedo, le alzó el mentón a la mujer para obligarla a mirarle a los ojos. Ella, por su parte no pestañeó sosteniéndole la mirada, a pesar de los agarres agresivos de los guardias y de las heridas que cubrían sus brazos, la mujer mantuvo la columna erguida.

—Dime dónde ocultaron al descendiente—exigió el traidor, borrando de golpe la sonrisa burlesca y dejando ver una sed de sangre devoradora— y dame los nombres de las casas leales y te garantizaré una muerte rápida o recházame... y haré que desees no haber salido nunca de la penumbra.

La mujer permaneció en silencio durante un segundo que pareció eterno para todos en la habitación. Miró por encima del hombro del tirano, fijando la vista por un instante en el cuerpo empalado del antiguo rey provocando un destello de dolor que cruzó sus ojos, reemplazado casi inmediatamente por un odio frío e inquebrantable.

Se separo con brusquedad y escupió a los pies del usurpador.

—Los reyes verdaderos no necesitan reclamar un trono sobre las cenizas de los suyos —dijo la mujer, su voz resonante y clara, cortando el aire como un filo—. Puedes vestir sus ropas y sentarte en su silla decorada en oro... pero para la sangre antigua, solo eres un simple perro devorando las sobras.

El silencio volvió a caer sobre la sala, denso como el plomo. Los traidores contuvieron el aliento mirando a su nuevo líder en espera de su reacción.

La sonrisa del nuevo rey no regresó; en su lugar, sus pupilas se dilataron hasta volverse completamente negras. Con un movimiento veloz como el rayo, sujetó a la mujer por la garganta y la elevó sobre el suelo con una sola mano mientras que con la otra sostenía con fuerza su daga hasta que su mano se tornara en un tono casi blanco.

—Entonces que las cenizas sean tu legado —susurró el traidor.

Antes de que ella pudiera responder o pelear, un movimiento letal fue hecho ante todos, cortando la garganta de la mujer quien no grito pero si daba quejidos en busca de aire pues sus pulmones y boca se llenaban de aquel liquido carmesí. El traidor la tiro al suelo sin mucha importancia chasqueando los dedos en señal de orden mientras los quejidos cada vez se hacían mas evidentes llenando de terror a los demás sirvientes

—Busquen a su esposo e hijos y desháganse de ellos— susurró el traidor a un guardia para después ver a la vampiro agonizante. —Su herida terminara de sanar en un tiempo, llévenla a una habitación y diviértanse

Sin más, regreso a su trono y volvió a sentarse esperando al siguiente en ser interrogado sin percatarse de que alguien lo miraba desde las sombras...solo los dioses sabrían el destino de aquella dinastía marchita, o el precio que el traidor pagaría cuando las sombras que lo observaban decidieran cobrar su venganza.

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