Decisiones apresuradas.
Primer año, 12 de junio.
Entre el lodo, la sangre y los restos de comida, yacía recostada, con la mirada perdida en el vacío. Se preguntaba qué había hecho mal después de tantos años de obediencia para merecer ese trato. Su vida había estado marcada por el abuso.
Giró la cabeza hacia la puerta al escuchar el sonido de unas llaves, señal de que él entraría, ya fuera para darle de comer o burlarse de su deplorable estado.
—Muévete, maldita. —gritó el hombre de estatura media. Tenía el cabello oscuro y ojos castaños. Tenía una barba descuidada. Con uno de sus pies, pisó uno de los muslos de Poppy, incitándola a levantarse por el dolor.
Ella estaba acostumbrada a ser tratada así, su cuerpo lleno de cicatrices y moretones delataban su sufrimiento.Siempre cabizbaja, esperaba órdenes de su dueño.
—Alguien pagó mucho dinero por ti. Vas a obedecerlo en todo lo que el Señor Woods te ordene. —Le dió un puñetazo en el rostro, esperando a mirar unas lágrimas por parte de ella. —De verdad no sé quién querría tenerte, eres una inútil. Espero que hayas aprendido la lección de quedarte mudita y ser complaciente, maldita puta.— Aseguró entre risas. —¡Camina!
Con dificultad, logró ponerse de pie y caminar hacia la salida en el patio trasero. Estaba atada de manos con cadenas oxidadas por los días que pasó bajo la lluvia. Se miraba llena de barro y pálida.
—Aquí termina el trato. Esto es entre tu y yo, no quiero que nadie se entere de esto. ¿Entendido? No te conozco, ni tu me conoces. —Habló una voz masculina, nueva para ella.
Con el único hombre con el que había interactuado desde los seis años, era él.
—Sabes que si, ni siquiera me importa lo que le hagas. —Le lanzó una mirada rápida pero despectiva a Poppy, haciéndole ver lo poco que significaba para él. —Adiós. —Terminó por decir, adentrándose de nuevo a su hogar.
Imponente y con un aura de poder, Ramón Woods, el multimillonario que dominaba las páginas de noticias, se erguía ante ella.
La guió hacia su auto con cuidado, notando su débil estado. Sería un viaje largo.
Le preocupó por un momento el olor fétido que desprendía su cuerpo, pues en un mes no había podido asearse adecuadamente. Pero Ramón no hizo ningún comentario al respecto, simplemente le ordenó que se sentara y cerró la puerta del vehículo polarizado.
—Y bien, ¿Cuál es tu nombre? —fue la primera pregunta que le hizo.
—Poppy. Poppy Bennett.— Respondió, casi susurrando. Su garganta seca por la deshidratación le impedía hablar con claridad.
—Entiendo. Iremos al médico primero.— Ordenó al chofer que los llevara a la médico de cabecera: MoonBloom.
Ramón giró la cabeza para mirarla, inspeccionándola de arriba hacia abajo. Se enfocó discretamente en los raspones y heridas infectadas en sus brazos y piernas, visibles debido al corto y transparente vestido que llevaba.
—Odio verte así con esas cosas.— Tomó sus manos con delicadeza, retirándole las cadenas, notando las marcas que habían dejado, infectadas por el descuido.
Suspiró de alivio, pues las cadenas eran pesadas y el peso era aún mayor debido a su delgadez.
—¿Hace cuánto que trabajabas con ellos? —preguntó Ramón.
—Toda mi vida. —contestó Poppy, evitando mirarlo a los ojos. Invadida por la vergüenza.
Su voz delataba su debilidad.
—Quédate en silencio. —Hubo una breve pausa en la conversación, mientras él pensaba en las palabras adecuadas. —Te he comprado porque quiero que seas libre.
Se tomó un momento para observarlo. Ramón tenía un aspecto misterioso, con cabello de un negro azabache y piel pálida. Le llamaban la atención esos ojos azules penetrantes, sin emoción alguna. Desde que habían subido al auto, no la había vuelto a mirar a los ojos y parecía ocupado haciendo llamadas en su celular.
¿Era él su salvador? ¿Por qué ella, una simple esclava?
Poppy comenzó a temblar violentamente, incapaz de controlarse. Aunque el aire acondicionado no era demasiado frío, sentía que la helaba hasta los huesos, dejándola débil y al borde del desmayo. Ramón, al percatarse de su estado, rápidamente se quitó el saco y se lo colocó sobre los hombros.
—Ya casi llegamos, aguanta un poco más —le dijo con una voz cálida y tranquilizadora que contrastaba con la frialdad del ambiente.
Finalmente, Poppy levantó la mirada hacia él. Sus ojos, que antes reflejaban recelo y desconfianza, ahora mostraban un destello de gratitud y reconocimiento. La elegancia natural de Ramón, su porte firme y su mirada profunda, la cautivaron de una manera nueva e inesperada. En ese momento, algo en su interior se conmovió, una chispa de esperanza se encendió en su corazón y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió protegida y segura.
[...]
Bajaron del auto con la mayor discreción posible, como si temieran ser descubiertos por ojos indiscretos. Poppy aún llevaba puesto el saco de Ramón, que la envolvía como un manto protector. Sus pasos eran lentos y débiles, tambaleándose ligeramente mientras Ramón la sostenía con cuidado. La doctora MoonBloom los observaba con una mezcla de curiosidad y compasión, intentando descifrar la historia que se escondía detrás de esa pareja tan peculiar.
Al examinar a Poppy, la doctora confirmó sus peores sospechas. Su cuerpo era un reflejo de la dura vida que había llevado: desnutrida, deshidratada y con una anemia severa que la debilitaba aún más. De inmediato, se apresuró a rehidratarla con sueros, observando cómo sus manos temblaban al sostener la botella.
—Necesita tratamiento urgente, Señor Woods —dijo la doctora, con una voz grave y preocupada—. Además de la desnutrición y la deshidratación, parece que tiene anemia.
Poppy, agobiada por la atención y las miradas de impresión que Ramón le dirigía mientras bebía desesperadamente, bajó la vista con timidez. No estaba acostumbrada a ser el centro de atención, ni a recibir cuidados tan gentiles.
MoonBloom indicó la medicación necesaria y, aunque le pareció extraño que un hombre rico como Ramón trajera a una persona de bajo estatus a su consulta, prefirió no hacer preguntas. Su deber era atender a la paciente y asegurarse de que recibiera el tratamiento adecuado.
—Quiero que se mantenga la discreción respecto a esto, por favor —dijo Ramón con firmeza, notando la incomodidad de la doctora—. No quiero que nadie sepa de la existencia de Poppy.
—Entendido, señor —respondió ella, aclarándose la garganta—. Nos veremos dentro de una semana para evaluar su progreso.
Regresaron al auto con cuidado, el silencio envolviéndolos como una densa niebla. Poppy se sentía confundida, pero a la vez, una pequeña chispa de esperanza se encendía en su interior. Ramón, con su actitud protectora y misteriosa, le ofrecía la posibilidad de un futuro mejor, una vida que ella nunca había imaginado.
Poppy se aferraba al asiento, con el corazón aún acelerado por la consulta con la doctora. La mezcla de confusión y esperanza la abrumaba, pero en su interior se encendía una pequeña chispa de luz. Ramón mantenía una mirada seria y concentrada en la carretera, como si meditara sobre el futuro que le esperaba a la joven junto a él.
—Iremos a mi mansión —dijo finalmente, sin apartar la vista de la ventana—. Allí tendrás tu propia habitación, con todo lo necesario para tu comodidad. Habrá personas que te ayudarán a vestirte y a mantenerte aseada, y recibirás educación en casa para que puedas recuperar el tiempo perdido y ponerte al día con tus estudios.
Se sorprendió bastante al escucharlo, pero no dijo nada. Parecía que por fin podía confiar en un hombre.
—¿Sabes de dónde vienes? ¿Tienes familia? —insistió en obtener una respuesta.
Poppy negó con la cabeza.
—Contrataré a un investigador privado para saber de tu árbol genealógico. —afirmó. —Señorita Bennett, lo único que te pido es que te esfuerces en aprender lo antes posible. Quiero que seas independiente.
Una sonrisa tímida se dibujó en el rostro de ella. No recordaba haber sonreído así en años. Aunque su futuro seguía siendo incierto, por primera vez en mucho tiempo, Poppy se sentía segura y protegida. Y en el fondo de su corazón, comenzaba a albergar la posibilidad de que, quizás, ese futuro podría ser feliz.








