MMORPG
—¡Mueran! —gritĂ©, blandiendo mi espada y empujando con el escudo a tres asquerosos orcos. Mis dedos se movĂan con agilidad sobre el teclado. Tres años farmeando y subiendo de nivel me habĂan llevado lejos de la aldea, hasta las mazmorras del abismo. Con 120 de nivel, los monstruos apenas ofrecĂan resistencia. No me arrepiento de haber elegido un tanque como personaje principal; sin duda, valiĂł la pena.
Mientras lanzaba combos y atraĂa a los enemigos con la habilidad de aggro, unos ruidos detrás me distrajeron.
—Hola... ÂżQuĂ© haces? —preguntĂł una voz femenina. GirĂ© la cámara y mi reacciĂłn fue una mezcla de sorpresa y curiosidad. Una hermosa elfa estaba allĂ, con una daga en mano y nada más... ¡Desnuda! O al menos, tan desnuda como lo permitĂa la censura del juego.
—¡Qué carj...! —balbuceé, antes de corregirme—, ¿Qué haces aqu� ¿Cómo llegaste tan lejos sola... y en paños menores?
Mi sorpresa se vio interrumpida por un golpe aturdidor del orco jefe, dejándome mareado por unos segundos. Al voltear de nuevo, vi que ella se alejaba corriendo por el pasillo, riéndose.
—Pedazo de loca —murmurĂ©, y volvĂ a concentrarme en la batalla delante. Por personas como estas, es que los juegos de fantasĂa como New Realm pierden su encanto.
Minutos despuĂ©s, mientras limpiaba un campamento de goblins más adelante, un silbido resonĂł en las paredes de la mazmorra. Al voltear, vi a la distancia a esa elfa loca nuevamente. Esta vez, corrĂa hacia mĂ, y detrás de ella emergĂa una horda de monstruos que la perseguĂan.
—¡¿Qué haces?! —le grité, intentando en vano comprender la situación.
Mis palabras parecĂan no tener efecto. La elfa siguiĂł corriendo y, al llegar a mi posiciĂłn, se desmayĂł dramáticamente. HabĂa usado la habilidad de los dagueros: “Fake Death”, para fingir su muerte y perder la agresividad de sus perseguidores.
De inmediato, los monstruos se abalanzaron sobre mà con furia. En un intento desesperado de sobrevivir, activé mi habilidad de supervivencia, pero fue inútil. Caà al suelo, observando cómo los atacantes se marchaban, satisfechos con su triunfo. Maldita elfa..., pensé chirreando los dientes.
Finalmente, ella se levantĂł, me hizo un guiño travieso y se alejĂł, dejándome allĂ tendido. GolpeĂ© la mesa con tanta fuerza que el teclado y el mouse saltaron. Mi enojo era palpable, con el corazĂłn acelerado y los puños apretados. No obstante, no pude evitar una risa nerviosa al pensar en lo sucedido y en lo que me costarĂa recuperar el tiempo perdido para volver a esa posiciĂłn en la mazmorra.
Mientras observaba absorto las luces del teclado, un sonido de notificaciĂłn me sacĂł del trance. Una alerta de amistad de Anya la elfa: “LOL lo siento, pero me hiciste reĂr xD.”
AsĂ comenzĂł nuestra historia. Desde ese momento, su presencia se convirtiĂł en una parte inesperada pero maravillosa de mi vida.
...
Los meses pasaron, y aprendĂ a apreciar y tolerar todas las bromas pesadas de ella. A veces, me preguntaba quĂ© hacĂa una persona como asĂ en un juego como este. Probablemente serĂa un niño malcriado con mucho tiempo libre. Sin embargo, lo extraño es que, a pesar de nuestras diferencias, nos llevábamos increĂblemente bien. Era como si, siendo polos opuestos, encontráramos un equilibrio perfecto. Yo, siendo bastante introvertido, la seguĂa en sus locas ocurrencias. Nada de lo que decĂa tenĂa mucho sentido, pero su presencia rompĂa la monotonĂa de simplemente matar monstruos y subir de nivel.
Pasábamos las tardes riĂ©ndonos de los absurdos del juego y haciendo bromas pesadas a otros jugadores. Al principio, me parecĂan niñerĂas, pero su presencia siempre lograba sacarme una tĂmida carcajada.
Todo fue bastante trivial durante varios meses. Nos conectábamos, charlábamos sobre el dĂa y recorrĂamos el juego buscando algĂşn jugador desprevenido. Nada que dos personas con tiempo libre no harĂan. Pero todo cambiĂł un dĂa cuando le preguntĂ© su nombre. ÂżCĂłmo no se me habĂa ocurrido preguntar antes?
—Me llamo Sara —dijo, con un emoji de guiño en su mensaje.
A esta altura, ya tenĂamos nuestros nĂşmeros de mĂłvil, pero nunca se me habĂa ocurrido pensar en ella de otra manera. Su avatar en WhatsApp tambiĂ©n era una elfa, y nunca me lo cuestionĂ©. Desde el momento en que revelĂł su nombre, nuestra relaciĂłn cambiĂł. Me volvĂ más cauteloso y desconfiado. Les sorprenderĂa saber la cantidad de jugadores en lĂnea que se hacen pasar por mujeres, ya sea por diversiĂłn, para llamar la atenciĂłn o para obtener algĂşn tipo de ventaja en el juego. En fin, los estereotipos en el mundo de los videojuegos son más comunes de lo que uno imagina, y sĂ, hay bastantes niños con sobrepeso detrás de esos avatares glamorosos.
Las sospechas duraron poco. Un dĂa, mientras descansábamos al filo de una roca observando la cascada que descendĂa sobre el hermoso valle de Erendell, el juego cambiĂł de nivel.
—Oye Sam... —susurró, mirando hacia abajo—. Tengo que decirte algo.
—¿QuĂ©? —respondĂ en automático, aĂşn distraĂdo por el paisaje y sin captar la importancia de sus palabras.
En ese momento mi mĂłvil sonĂł. Era un mensaje de voz de ella. “Quiero conocerte... si quieres, obvio.” Su voz era la más dulce y femenina que jamás habĂa escuchado (aunque, siendo sincero, tampoco es que hubiese escuchado muchas...). De pronto, mi corazĂłn explotĂł, las piernas me temblaban como si fueran gelatina, y mi estĂłmago se retorcĂa como si estuviera en una montaña rusa. CorrĂ y me tirĂ© en la cama, contemplando el techo con el mĂłvil en la mano, incapaz de pensar una respuesta, o siquiera encontrarme la voz. ¡Es una chica! GritĂ© por dentro. IncreĂble, esto no podĂa ser real.
DespuĂ©s de lo que probablemente fueron los dos minutos más largos de mi vida, le respondĂ. Obviamente que sĂ.
Acordamos vernos en un cafĂ©, no muy lejos de casa. Por nuestras charlas previas, sabĂamos que vivĂamos relativamente cerca el uno del otro, aunque nunca me atrevĂ a preguntar su ubicaciĂłn exacta. El cafĂ© era encantador, y creo recordar haber estado allĂ alguna vez. Ella dijo que estarĂa en la mesa del fondo, la que quedaba casi oculta al costado del bar.
Al llegar, inventĂ© más de cien excusas en mi cabeza sobre por quĂ© no debĂa estar ahĂ, pero aun asĂ me forcĂ© a enterrarlas. Empujar la puerta de entrada parecĂa más complicado que derrotar a un DragĂłn Celestial. Mis manos resbalaban en el vidrio por el sudor, y mis piernas temblaban como si fueran de otro, como si reciĂ©n me las hubiesen implantado.
Finalmente, logrĂ© matar al dragĂłn, y ahĂ estaba, la silueta de una chica de espaldas en la mesa del fondo. Al verla, y al observar su figura, dejĂ© escapar una profunda exhalaciĂłn de alivio. Al menos no era un chico gordo jugándome una mala pasada. De hecho, parecĂa una chica bastante decente.
—¿Sara...? —balbuceĂ© tĂmidamente mientras extendĂa la mano, intentando tocar su hombro—. Soy...
Ella se girĂł, y su negro cabello la siguiĂł detrás en un lento e hipnĂłtico movimiento, dejando entrever sus penetrantes ojos entre los mechones. En mi cabeza, todo sucediĂł en perfecta cámara lenta: su pelo danzando sobre su cuello, su mirada fija, y esa sonrisa que parecĂa sacada de un sueño. Era hermosa. Tez blanca, pequeñas pecas debajo de sus ojos, y pĂłmulos rojizos como cerezas. ÂżEsto está realmente pasando? Me habrĂa pellizcado, pero estaba demasiado petrificado para moverme.
De repente, ella se levantó enérgicamente.
—¡Sam! —gritĂł, extendiendo sus brazos y abalanzándose sobre mĂ como si nos conociĂ©ramos de toda la vida. Y bueno, en cierto sentido, sĂ lo hacĂamos. HabĂamos charlado durante lo que parecĂan siglos, pero, aun asĂ, en mi mente habĂa interferencia, una parte aĂşn esperaba que ella fuera otro adolescente perdiendo el tiempo como yo.
El tiempo se detuvo mientras me volvĂ consciente de cada detalle. Su pecho presionando contra el mĂo, su aroma fresco mezclado con el suave olor de su piel, y sus brazos, me envolvieron. IntentĂ© tragar saliva, pero mi garganta estaba seca. Su vestimenta, una campera de jean y una falda corta que exponĂa sus largas y esbeltas piernas, la hacĂan parecer como un personaje salido de un videojuego, solo que... esta vez, era real.
Mientras esos eternos segundos de abrazo ocurrĂan, me frotĂ© los ojos disimuladamente, intentando asegurarme de que esto no era un sueño, o peor, un bug del sistema. ÂżCĂłmo habĂa pasado de ser un tanque en un mundo virtual a estar abrazando a una chica que parecĂa sacada de una fantasĂa? Me habrĂa reĂdo, pero estaba demasiado ocupado tratando de no desmayarme.
Esa fue la primera de muchas veces que nos volvimos a ver. Sus gestos alocados y su hermosa sonrisa podĂan encantar hasta a la bestia más salvaje. No era muy diferente a como se comportaba en New Realm: siempre fresca como una brisa primaveral, logrĂł que este triste y tĂmido arbusto (o sea, yo) comenzara a florecer. Poco a poco, me fue haciendo salir de la madriguera que era mi cuarto y descubrir un mundo más allá de la pantalla.
Nos colamos en la piscina de una mansiĂłn a medianoche, nos perdimos en el bosque junto al parque, e incluso llegamos a hacernos pasar por primos de una pareja reciĂ©n casada para colarnos en su fiesta. Ella era como un imán, y yo, un simple pedazo de metal, me dejaba arrastrar a todos lados, pero lo hacĂa con gusto. Hice cosas que jamás, ni en tres vidas, habrĂa imaginado; fue entonces cuando comprendĂ lo que realmente significaba estar vivo.
A veces, la veĂa perderse en sus pensamientos, preocupada, como si quisiera decirme algo importante. Pero casi siempre, no le prestaba mucha atenciĂłn; fácilmente me quedaba embobado con cualquier otro detalle suyo o nos perdĂamos en nuestra pasiĂłn por los videojuegos. Aunque, más allá de esos mundos digitales, no sabĂa mucho sobre su vida. En cambio, yo, con mi nerviosismo, le habĂa contado casi todo sobre mĂ, excepto quizás el color de mi caca, porque lo demás, lo sabĂa todo.
A medida que el verano avanzaba, acordamos vernos en un acantilado en las afueras del pueblo. Debo decir que el lugar se parecĂa demasiado a aquel paisaje de Erendell que habĂamos contemplado juntos en el juego. La noche estaba tranquila, y los grillos entonaban sus Ăşltimas melodĂas, dando paso al atardecer y al cálido aire veraniego.
Recuerdo que, al acercarse la hora, me pareciĂł extraño que me preguntara por mensaje si ya estaba fuera de casa. Le respondĂ que sĂ, mientras tomaba las llaves y cerraba la puerta detrás de mĂ. Al llegar al acantilado, me sentĂ© en un tronco caĂdo al borde del precipicio; ella aĂşn no llegaba.
Instantes despuĂ©s, escuchĂ© pasos detrás, y un fugaz recuerdo me transportĂł a la primera vez que nos conocimos en el juego, cuando se abalanzĂł hacia mĂ desnuda. No es que estuviera pensando que ella podrĂa aparecer en paños menores esta vez, sino que el misticismo de la noche y el eco de sus pisadas me hicieron revivir esa escena en la mazmorra.
Como siempre, estaba hermosa, pero algo en su mirada habĂa cambiado.
Sin decir nada, me sonriĂł y se sentĂł junto a mĂ. Al cabo de un rato contemplando el oscuro cielo estrellado, se acercĂł más y tomĂł mi mano, sin quitar la mirada de las constelaciones.
—Hay algo que quiero decirte —susurró, su voz cargada de nerviosismo—. Hace tiempo que estoy por hacerlo.
En ese mismo instante, sin poder reaccionar a sus palabras, comencé a ver destellos de luces azules y rojas reflejándose en su rostro y en sus profundos ojos. Las luces iban acompañadas del ruido de un coche frenando bruscamente sobre la grava y puertas abriéndose.
—¡Levanten las manos! —gritĂł un policĂa armado desde detrás de la puerta del conductor—. Señorita, manos donde pueda verlas.
Ambos levantamos las manos.
Creo que en ese momento no me orinĂ© porque ya lo habĂa hecho antes de salir, eso, y porque me asegurĂ© de estar bien limpio para la cita. De nuevo, me encontraba perdido en mis pensamientos, preguntándome si esto era algĂşn tipo de show de Truman o una escena de un juego surrealista. Pero su dulce voz me sacĂł de esa ilusiĂłn, confirmando que el juego era realidad.
—Lo que te querĂa decir es que... —su voz temblaba con vergĂĽenza—. Me buscan por delitos cibernĂ©ticos... ya sabes, hackear cuentas y cosas.
Hizo una pausa, como si buscara reunir coraje.
—Quiero que sepas que, pase lo que pase, mis sentimientos hacia ti han cambiado, y espero que puedas perdonarme.
Terminando de decir la oraciĂłn, y aĂşn con las manos en alto, ella se inclinĂł hacia mĂ. EntrecerrĂł los ojos, y sus labios tocaron los mĂos.
—¡Quietos, dije! —se oyĂł de fondo la voz del impaciente policĂa.
Su beso se detuvo suavemente, y con él, mi corazón.
—Espero volver a verte —susurró ella.
…
Al regresar a casa, me tirĂ© en la cama, mirando al techo e intentando procesar todo lo ocurrido sin perder la cordura. ÂżQuĂ© carajos fue eso?, pensaba. ÂżY ese beso...? Mis pensamientos eran como autos de carrera en una pista circular, ninguno parecĂa ir a ningĂşn lado, y mucho menos frenar.
Al incorporarme y sentarme al borde de la cama, le pisé sin querer la cola a mi gato Steve, que gritó como de costumbre y saltó sobre mi escritorio, moviendo el mouse. El brillo del monitor iluminó el cuarto en penumbras, junto con mi rostro. Al girar la cabeza, quedé en estado de shock. Mi tanque estaba en paños menores en la pantalla de inicio.
Nunca me olvidarĂ© de ese dĂa. El dĂa en el que el juego se volviĂł real.








