Clara
Hace tiempo, en tierras lejanas,
En praderas de aire suave,
Una niña en calma jugaba,
Donde el mal jamás entraba.
Alegre, curiosa y fiel,
Obediente, de buen ser,
La villa la apreciaba bien,
Con su risa, ningún mal ven.
Con su lazo rojo al viento,
Y un vestido azul brillante,
Llevaba siempre contenta
Una muñeca importante.
La hizo con telas y botones,
Una muñeca de trapo,
Que siempre la acompañaba,
Protegiéndola en el campo.
Hablaba con la muñeca,
Y esta en silencio escuchaba,
En los espejos reflejadas,
Amigas siempre quedaban.
Vivían en una villa hermosa,
Con pan y flores de sobra,
Hasta que llegó el desastre,
Desde la Ciudad Azul, cruel frase.
«¡En ruinas, en ruinas!» clamaban,
Las flores ya se marchitaban,
El pan dejó de abundar,
Y la paz fue a descansar.
Las villas en caos crecieron,
Calles confusas emergieron,
Y la tierra ya no daba,
Sólo polvo que volaba.
El mal tomó el poder,
Y la bondad se fue a perder,
Ya no había felicidad,
Salvo en la niña y su verdad.
Ella seguía con su risa,
Aunque el sol ya no brillara,
"Todo mejorará," decía,
Con fe que el viento cambiara.
Pero el pueblo la miraba
Con desprecio y con reproche,
«¿Por qué sonríes aún, niña?
No ves la sombra de la noche.»
El alto mando la llevó,
A la cueva más oscura,
A trabajar sin descanso,
Sufriendo de amargura.
La pobre niña trabajaba,
Y los hombres se burlaban,
Mientras su hogar se caía,
En tristeza se sumía.
La muñeca lo observó,
Y con rabia aconsejó:
«Alza la mano, defiéndete,
No dejes que te maltraten.»
Pero la niña luchaba
Por mantener su sonrisa,
Aunque el mal la rodeaba,
Guardaba su paz, sin prisa.
Hasta que una noche oscura,
La muñeca, con locura,
Tomó una piedra pesada,
Y al hombre su fin llegaba.
«¿Qué hiciste?» dijo la niña,
«Te protegí, mi querida,»
Mas la niña la reprendió,
«No es justo matar, ¡es terror!»
El pueblo al verla culpable,
La aborreció sin razón,
Y aunque intentó defenderse,
Fue señalada en traición.
«¡Toma tus cosas y vete!»
Dijo la muñeca fría,
La niña no tuvo opción,
Huyó con melancolía.
Vagó por campos y pueblos,
Con hambre, frío y cansancio,
Nadie la quiso acoger,
Solo desprecio encontró al pasar.
Al fin se dejó caer,
El odio ya la quemaba,
Y la muñeca lo sabía,
Pues en su alma vivía.
Con su debilidad creciente,
Alzó la mano temblorosa,
Y una lanza de hierro cruel,
Trajo muerte, silenciosa.
Los pueblos unieron su voz,
Llevaron a la muchacha
Ante el León que reinaba,
Con esperanza que callara.
La niña, rota y llorando,
No quería ver al rey,
El León la acarició,
Con palabras llenas de ley:
«Sobre este pueblo te alzaré,
Si me sigues sin mirar atrás,
Deja a la muñeca atrás,
Y la paz conocerás.»
Pero el pueblo no callaba,
Querían verla sufrir,
Querían destrucción y muerte,
Perdiendo todo por sentir.
Y al final de aquel día,
Cada quien volvió a su hogar,
Con una sonrisa falsa,
Y dolor que no cesa más.
Pero cuando llegó la noche,
Una sombra apareció,
A los que andaban en oscuridad
De la faz de la tierra borró.
Por eso la noche en Silicia,
Es maldita y fría siempre,
Hasta que la justicia reine,
Y las sombras queden inertes.








