CapĂtulo 1
En realidad tanto sus nombres como la condiciĂłn de cada uno de ellos carecen de importancia. Viejos escritos rescatados por este que les escribe, tras un tumultuoso sueño, aseveran que son donantes de dolor intrĂnseco y petulantes infectos, hĂłrridos hechos de mala carne y sangre. ¡Por supuesto!
AsĂ son las gentes y las personas, fragmentos sin pulir, a mala fe, injertados en el ADN. SanctasanctĂłrum donde peregrinar por pura conveniencia; digamos que para lavar conciencias… ¡Ay! Si tuviĂ©semos de eso y sĂ, me incluyo.
Dignos herederos de aquellos primeros hombres que supieron tornear el arte de la mentira y del cinismo. ¡QuĂ© gran escuela! Cicatrices sobre yagas y fĂstulas quebrando el disfrute del neo amanecer. Este no se asoma por miedo a alumbrar aquello que mejor deberĂa permanecer en penumbras. Las cosas malas siempre le pasan a la buena gente Âżpor quĂ© será?...
¿Quién mueve el árbol? ¿Qué les aguarda a resguardo en el zaguán? El trecho de un largo camino entorpecido por medusas y contubernios; una elocuente concatenación de puntos finales sin comas de por medio.
Donante de dolor falaz, asĂ son conocidos y asĂ serán recordados. No quiero circunscribirme pero quizás hagamos buenas migas. Los petulantes, aclaman unos; los hipĂłcritas, apostilla el resto, sin dejar de señalar sus marcas de CaĂn. Este hecho vuelve a llevarnos a la verdadera hipocresĂa…
Parias apestosos y apestados. No se debe acallar tal cosa ni tampoco enmascararlo al ser tomada como impropia. Están orgullosos de lo que son y de nuevo no quiero incluirme….
Sin voz ni veto empero parlamentan y censuran. Los últimos irreverentes, póstumos bohemios, crápulas bajo el neón y ermitaños atrapados en el bullicio del provecho…
Gallardos y bellacos ataviados con harapos de pobre para no desentonar en espacios sociales. Pastores sin mastines, corrompedores de ovejas que aguantan sin probar ni una brizna de hierba.
AbadĂa de impostores y homicidas de la palabra. Cuerpos atrapados bajo un arrumaco y dos palmaditas. Dulce jalea y ácida pĂłcima de los que acusan con propiedad (o sin ella).
LlamĂ©moslos impĂos o bien usemos cualquier calificativo que les haga sentirse culminados. Calumniadlos mediante el uso de la verdad, esa que va a la deriva por sobrevalorada.
AsestĂ©mosle ¡sĂ, me incluyo! Razones a golpes de realidad porque de entre todos los desalmados ninguno tan meritorio como los que emergen de estos viejos escritos…
Albaceas cerrados entre muros altos, testaferros de quimeras con ganas de formular siempre la misma pregunta. ¡QuĂ© pereza! Jueces sin oficio ni vocaciĂłn. Patanes torpes a destiempo caminando erguidos, lamiĂ©ndose las heridas antes de echarles sal. ImpertĂ©rritos en esas minucias que atañen al corazĂłn; cĂnicos, idĂłlatras, cobardes huidizos con forma de sombras. Sin duda, es lo que fueron y es lo que son cuando que realmente nunca han sido nada…
Ellos y algunos de ustedes (o muchos de ustedes, valga la redundancia), son cajas abiertas donde la tormenta azota, suplicando inocuos perdones por dones que jamás llegarán.
¡Oh sĂ! A llorar cuanto se pueda pues tras la tormenta de lágrimas hincarán rodilla las grandes y pequeñas falacias que tanto daño han hecho desde que el hombre es hombre.
¿Por qué no cerrar la maldita caja? ¿Cuál es la disyuntiva? ¿Frotarla repetidamente? ¿Pasarle cien veces un paño sucio desde el primer uso? No hay bailarina en el interior, ni la hubo nunca…
Mirones y crĂticos pegados a cada esquina y a cada ventana, adheridos sin cola, observando las gotas de lluvia que caen desde el cielo. Nadie camina bajo ella ni mucho menos sobre ella.
Descartemos cualquier mĂsera esperanza cuando los comodines que llevan susurran al viento, poniendo el dedo sobre los labios. ¡Silencio, es hora de que arranque esta funciĂłn!
La euforia ha quedado colgada de una gruesa soga de odio. Todos los que son asĂ al tiempo caen aborrecidos empero antes serán tomados en consideraciĂłn pues la valĂa no entiende de reservas. Como sentenciĂł Maquiavelo «el fin justifica los medios»…
Pandilla de gañanes a tiempo completo, infravalorando la costilla del primer hombre perdido en el paraĂso. ÂżTan difĂcil resulta acallar a los que han perdido la voz? Tenedlo por cierto pues Ăşnicamente los deslenguados hablan auspiciados por perennes peroratas, sin perder de vista sus ombligos.
La caja abierta y sin visos de cerrarse. Preparada para dar cobijo al ermitaño iluminado o para acoger al poeta de pluma apesadumbrada.
Por todo ello o tal vez por nada debo alzar mi voz. Y lo hago como si fuese la de terceros, inaugurando vĂas de comunicaciĂłn que serán recorridas por la misma chusma…
¡Los señalados! Cuanto más alcen su juicio más culpa tendrán. La idea de cordura abraza con un brazo; el propio sentir de la locura cuelga del pĂ©ndulo oscilante del reloj que ha dejado de marcar la hora. Ojos pequeños de murciĂ©lago, arbusto asentado sobre las galerĂas del topo, orĂ©gano sin aroma y proposiciones de enmienda baldĂas.
Caducidad en el noble arte llamado escarnio. Por veces acude a los que son como son, usted y yo incluidos Âżcierto? UniĂłn a cero, algo tan indestructible como la estupidez humana.
Cargados de bulos y falacias entre ellos se reconocen. Lanzados en todas direcciones para arrasar con los pocos juiciosos que aĂşn quedan (sĂ, creo que puedo contenerme). ¡Los señalados! En cualquier caso inĂştiles redomados que se tienen por Ăştiles imprescindibles. Reciben tantos nombres que uno más no les hiere, máxime al haber dejado por el camino sus almas y sus conciencias.
¡Venid de frente aquellos que os tenéis por buena gente! Nada habéis de temer pues la realidad os protegerá de cualquier reclamo. Y lo saben, aclamándolo en voz de mando porque asà son los que de verdad sienten solamente lo suyo.
Anacoreta sin trompeta ni muros que derribar, desbordado por una más que tumultuosa comitiva.
Más allá lujos y todavĂa más allá una crucifixiĂłn. No se sabe quiĂ©n o quiĂ©nes, pero juran, clavados en la madera, que no albergan más pecados que el resto de pecadores.
Redacto estas palabras desde el camarote de mi buque. En la soledad del uno por uno y en la compañĂa de nadie. Dejo emanar mis pensamientos horrendos porque sĂ© como son los individuos. Algunos coinciden con estos viejos escritos, la mayorĂa no…
¿Quién mueve el árbol? ¡Quién! ¿Qué pueda aguardar resguardados en el zaguán? ¡Reencuentros infructuosos! Los donantes insidiosos, asà son conocidos. Petulantes a los que nada les importa más que su propio beneficio.
Fluyen por encima de los desperdicios como lo que son. Caracterizados de perfectos hombres de familia, con corbata y bigote setentero. ¡QuĂ© importa! Este es mi barco y yo su capitán. Sea entonces mi camarote refugio para impostores y falsos MesĂas… Âżlo serĂ© yo?
Manipuladores, malandrines desconchados por dentro y por fuera. Creen saber de todo e incluso aceptan que asĂ es. Yo no puedo dar por buena cualquier razĂłn o cuanto menos confĂo en no hacerlo…
¡Desplegar velas marineros! porque ahĂ viene el viento de popa. Que la proa rompa la mar en quejumbrosa armonĂa. Vayamos hacia la isla de los condenados, allá donde prenden la mecha espĂritus fuertes, sin más pena que su penar, sin más debilidad que su fragilidad.
Camaradas de viaje, sin añoranzas a revivir ni amigos en la avenida de la vida porque ni los han regado ni abonado… No tengo claro si incluirme.
El sol luce al este, en la profusa distancia la isla; isla de quienes no tienen conciencia. Ni falta que les hace para vivir como dioses corruptos y degenerados. De repente alguien de la tripulación grita: ¡tierra! ¡Capitán, tierra!
Raudo abandono el camarote. En cubierta huele a sal y a mar. A nada más. Gaviotas en el mascarĂłn de proa. Mas ¡no hay nadie! Solo mi barco y yo. Veo a lontananza la mentada isla… ÂżMĂa? ÂżAcaso pueda ser de mi exclusiva propiedad? No, no puedo admitirlo.
Cuna de manipuladores y donantes de ego. InspiraciĂłn para petulantes, parias y hombres marcados como CaĂn… Entonces ÂżadĂłnde se ha ido el mundo entero?








