Capítulo 1
Erlea- ¡No puedo creerlo!
Exclamó Erlea, sujetando con fuerza la mano de Julieta mientras subían la escalerilla del avión.
Erlea- ¡Nuestro primer viaje juntas como esposas!
Julieta río, acomodándose el bolso en el hombro.
Julieta- ¿Y ya estás planeando todo lo que haremos al llegar?
Erlea- ¡Por supuesto!
Erlea le guiñó un ojo.
Erlea- Primero, un paseo por la playa, luego una cena romántica y después, bueno, ya veremos.
Julieta rodó los ojos con una sonrisa antes de besarla en la mejilla. Era hermoso ver a Erlea tan emocionada, con los ojos brillando como una niña en su primer día de verano.
Ya dentro del avión, siéntase cómodo en sus asientos junto a la ventanilla. Afuera, el sol resplandecía en un cielo despejado, prometiendo un vuelo tranquilo.
Azafata- Señoras y señores, bienvenidos a bordo.
La voz de la azafata sonaba clara mientras las instrucciones de seguridad llenaban la cabina.
Azafata- Nuestro destino será Bahía Esmeralda
Pero Erlea ya no escuchaba. Estaba demasiado ocupada entrelazando sus dedos con los de Julieta, sonriendo sin razón, sintiendo que la felicidad la envolvía.
El avión despegó sin problemas, elevándose con suavidad. Abajo, la ciudad se hacía pequeña, las nubes pasaban perezosas, y el futuro parecía tan brillante como el sol sobre el océano.
Hasta que algo cambió.
Un golpe seco sacudió la nave.
Erlea sintió que el corazón le daba un vuelco. Julieta, que antes dormía con la cabeza apoyada en su hombro, abrió los ojos de golpe.
Julieta- ¿Qué fue eso?
Preguntó, la voz apenas un susurro.
Erlea- Seguro es una turbulencia.
Un segundo impacto. Más fuerte.
Algunas personas comenzaron a murmurar nerviosas. Luego, las luces de la cabina parpadearon.
Azafata- Damas y caballeros.
La voz del piloto sonó entrecortada por el altavoz.
Azafata- Estamos experimentando unas cuantas turbulencias, les recordamos que deben mantener su abrochado su cinturón de seguridad.
Y de pronto, el avión se inclinó bruscamente.
Gritos. Maletas cayendo. Una azafata sujetándose del respaldo de un asiento.
El rugido de los motores se convirtió en un chillido metálico.
Erlea- ¡Julieta!
Gritó Erlea, aferrándose a ella con desesperación mientras el mundo se inclinaba y el suelo parecía desaparecer bajo sus pies.
Y entonces, el cielo se convirtió en un remolino de fuego y caos.
El caos se desató.
El avión tembló con una violencia aterradora, como si algo invisible lo estuviera zarandeando en el aire. Un estruendo ensordecedor rugió en los motores, seguido de un crujido metálico que hizo que el pánico se expandiera como una ola.
Los gritos perforaron la cabina. Algunas personas se aferraban a los asientos, otras buscaban con desesperación las máscaras de oxígeno que aún no descendían.
Un verdadero no . No, no era un trueno.
Un estallido sacudió la parte trasera del avión. Un fuego rojizo iluminó el pasillo por un instante.
Erlea sintió el aire atrapándola en su pecho.
Erlea- ¡No, no, no, no!
Julieta se aferró a su mano con fuerza, su rostro desencajado por el miedo.
El avión descendió en picada. La gravedad las aplastaba contra los asientos. Sus estómagos parecían revolverse dentro de ellas, un vértigo infernal.
El altavoz crujió , pero esta vez, la voz del piloto sonó rota, ahogada en pánico .
Piloto- ¡Estamos perdiendo el control! ¡Prepárense para el impacto!
El chirrido del metal desgarrándose fue como un alarido en los oídos de Erlea. Julieta intentó moverse, pero la fuerza del descenso la mantenía clavada en el asiento.
El aire se llenó de objetos volando: mochilas, teléfonos, un carrito de servicio que se estrelló contra la pared con un estrépito.
Las máscaras de oxígeno cayeron por fin, pero Erlea apenas pudo reaccionar.
Julieta la miró, con los ojos empapados de terror, los labios temblorosos.
Julieta- Erlea.
Su voz era un susurro, un adiós.
Erlea negó con la cabeza, los ojos también llenándose de lágrimas.
Julieta- ¡No me sueltes!
Erlea la abrazó por última vez, hasta que el avión hizo impacto.
El mundo quedó en blanco.
El rugido del océano los devoró.
Y todo se apagó.
Un zumbido sordo.
Eso fue lo primero que Erlea sintió cuando la oscuridad comenzó a disiparse. Un pitido agudo llenaba sus oídos, como si el mundo entero se hubiera silenciado tras el impacto.
El frío la golpeó de inmediato. Su cuerpo estaba empapado, su piel erizada, y el aire salado se filtraba en su boca con cada jadeo desesperado.
Intentó abrir los ojos, pero todo era un torbellino de luces borrosas y sombras oscilantes. El agua la mecía con violencia, lanzándose de un lado a otro como una muñeca rota.
Y entonces lo recordó.
El avión, el impacto, Julieta.
Su corazón se detuvo por un segundo.
Erlea- ¡JULIETA!
Su propia voz sonó débil, ahogada por el rugido de las olas.
Se obligó a moverse, a patalear con fuerza, a luchar contra la corriente que amenazaba con arrastrarla al abismo. Sus brazos se sentían pesados, su cuerpo entumecido por el shock. Algo caliente resbalaba por su frente. ¿sangre?
Su mirada se alzó al cielo. La tormenta rugía en lo alto, las nubes negras desgarradas por relámpagos que iluminaban el caos. Pedazos del avión flotaban a su alrededor asientos destrozados, maletas abiertas, restos de metal retorcido.
Pero Julieta no estaba ahí .
El pánico le oprimió el pecho.
Erlea- ¡JULIETA!
Las olas respondieron con un rugido furioso.
La desesperación se convirtió en adrenalina. Pataleó con todas sus fuerzas, buscando entre los escombros, sus manos arañando el agua helada, sus ojos recorriendo cada fragmento, cada sombra y entonces la vio.
A pocos metros de distancia, flotando boca arriba.
Erlea- ¡JULIETA!
Gritó Erlea, sintiendo cómo su propio corazón se hacía trizas.
Se lanzó hacia ella, nadando con torpeza, con las lágrimas mezcladas con la sal del océano.
Cuando finalmente la alcanzó, sus manos temblorosas tocan su rostro. Estaba fría.
Erlea- No, no, no, por favor, despierta.
Murmuró Erlea, sacudiéndola con desesperación.
Erlea- ¡Julieta, por favor!
No hubo respuesta.
El terror la paralizó por un segundo, pero luego su instinto tomó el control. No iba a perderla. No así.
Con un esfuerzo sobrehumano, la sujetó con un brazo y comenzó a nadar, sin saber a dónde. Solo con la esperanza de encontrar tierra. De salvar a la mujer que amaba.
El mar rugía a su alrededor, la tormenta seguía rugiendo en lo alto.
Pero en la distancia, entre las sombras de la noche , una isla solitaria emerge entre la bruma.
El cuerpo de Julieta pesaba en sus brazos como si la misma muerte la estuviera reclamando.
Erlea- No te me vayas, por favor, resiste.
Susurró Erlea entre sollozos, luchando contra la corriente que parecía querer arrancarle lo único que aún le importaba.
Las olas eran crueles. Las azotaban, las tragaban y las escupía sin piedad. El agua salada quemaba su garganta, llenaba sus pulmones y nublaba su visión. Pero no iba a soltar a Julieta. No cuando acababan de empezar una vida juntas.
El rugido de la tormenta se hizo más feroz. Relámpagos rasgaban el cielo, iluminando el océano negro y despiadado. Por un instante, Erlea vio la silueta de la isla más cerca.
Pov Erlea- Tienes que llegar, tienes que salvarla.
Cada brazada era un tormento, cada segundo una agonía. El miedo se enroscó en su pecho como un nudo de espinas cuando sintió que el cuerpo de Julieta no se movía,ni respiraba.
Erlea- ¡No te atrevas a dejarme!
Gritó, sacudiéndola con desesperación, mientras nadaba.
Erlea- ¡JULIETA!
Nada.
Erlea sintió un grito de dolor atorarse en su garganta. Pero la rabia la hizo seguir nadando. Una y otra vez. Hasta que sus pies rozaron algo.
Arena.
Jadeó con incredulidad. Había llegado a la orilla.
Con sus últimas fuerzas, arrastró a Julieta fuera del agua y se desplomó a su lado, jadeando, temblando.
Pero Julieta no respiraba.
Erlea- No, no, no, por favor, ¡despierta!
Erlea se arrodilló al lado de ella.
Colocó las manos en su pecho y empezó a presionar.
Erlea- Uno, dos, tres. ¡vamos, respira!
Silencio.
Erlea- ¡Julieta, por favor, despierta!
Erlea sentía que el mundo se le desplomaba. Otra vez. Otra vez. Siguió con el masaje cardíaco.
Erlea- ¡No me hagas esto, mierda!
Gritó, las lágrimas deslizándose por su rostro.
Erlea- ¡Me prometiste que nunca me dejarías!
De repente, un espasmo sacudió el cuerpo de Julieta.
Tosió con fuerza, escupiendo agua salada, tomando una bocanada de aire como si regresara del abismo.
Erlea sollozó con alivio y la abrazó con desesperación.
Erlea- Dios, Pensé que te había perdido.
Julieta temblaba entre sus brazos, débil, confundida.
Julieta- ¿E-Erlea?
Erlea- Estoy aquí, amor, estoy aquí.
Por un momento, solo se quedaron así, aferradas la una a la otra.
Pero el peligro no había pasado.
Cuando Erlea levantó la vista, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
La isla era oscura.
El viento silbaba entre los árboles retorcidos.
Y algo, en lo profundo de la selva, las observaba.
El viento ululaba entre los árboles retorcidos, su silbido desgarrador mezclados con el rugido de las olas. La tormenta no solo no se había disipado, sino que ahora rugía con una furia imparable. Relámpagos iluminaban la selva por breves instantes, proyectando sombras deformes y espectrales que parecían moverse entre los troncos nudosos.
Erlea abrazó a Julieta con más fuerza, sintiendo el temblor en su cuerpo debilitado. Ambas estaban empapadas, cubiertas de arena y sal, con la piel helada por el viento inclemente.
Erlea- Tenemos que buscar refugio.
Murmuró Erlea, su voz apenas un susurro entre el estruendo de la tormenta.
Julieta asintió con un leve gemido, su respiración aún entrecortada. Erlea la ayudó a incorporarse, sosteniendo contra su cuerpo, mientras ambas tambaleaban sobre la arena. Cada paso era una batalla contra la ventisca, la lluvia cayendo con una intensidad que dolía en la piel.
La selva se alzaba como una pared oscura frente a ellas. Era la única opción. El mar no les daría cobijo y quedarse a la intemperie significaba una muerte segura.
Erlea- Vamos.
Instó Erlea, aunque su propio corazón palpitaba con temor.
Se adentraron entre los árboles, sintiendo la tierra húmeda ceder bajo sus pies. La vegetación era densa, las enredaderas serpenteaban entre los troncos como garras vivientes. Los relámpagos iluminaban destellos de hojas brillantes y raíces nudosas que se alzaban como trampas en la oscuridad.
Y entonces, un sonido.
No era el viento.
Un crujido sordo, como ramas quebrándose bajo un peso desconocido. Erlea se detuvo en seco, su piel erizándose. Julieta la miró con los ojos muy abiertos, el miedo reflejado en sus pupilas.
Julieta- ¿Escuchaste eso?
Susurró Julieta con la voz rasposa por el agua salada.
Erlea tragó saliva. No quería asustarla más de lo que ya estaban, pero sí. Lo había escuchado.
Y no estaban solas.
Un segundo crujido. Más cerca.
El corazón de Erlea martilló en su pecho. Tomó la mano de Julieta con fuerza y empezó a caminar más rápido, casi tropezando entre la maleza. La lluvia les golpeaba el rostro, cegándolas por momentos, mientras avanzaban sin rumbo, solo con la esperanza de encontrar algo, cualquier cosa que las resguarda.
Pero entonces, un trueno explotó sobre sus cabezas y con su estrépito ensordecedor llegó la revelación más aterradora.
A pocos metros, entre los árboles, una silueta oscura. Inmóvil. Observándolas.
Un relámpago iluminó la figura por un instante. Erlea solo pudo ver destellos: una piel extrañamente pálida, ojos que reflejaban la luz con un brillo antinatural, y una sonrisa torcida que no era humana.
Julieta ahogó un grito y se aferró a Erlea con desesperación.
Erlea- Corre.
Susurró Erlea, el terror trepando por su espalda como un fuego helado.
No necesitó repetirlo. Ambas se lanzaron a la carrera entre la maleza, tropezando, rasgando su piel con las ramas, sin mirar atrás. La lluvia seguía cayendo con furia, los truenos retumbaban sobre ellas, pero lo único que importaba era huir.
Y detrás, los pasos comenzaron a seguirlas.
Las ramas las azotaban, los pies resbalaban en la tierra húmeda, pero Erlea y Julieta corrían sin mirar atrás. El corazón de Erlea martilleaba en su pecho, cada latido un eco de miedo que se extendía hasta sus huesos.
Los pasos tras ellas no eran humanos. Eran pesados, erráticos, pero rápidos. Algo se movía con una agilidad que no correspondía a su tamaño. Y cada vez estaba más cerca.
Julieta tropezó con una raíz expuesta y cayó de rodillas con un jadeo ahogado. Erlea se detuvo de golpe y la levantó sin pensarlo.
Erlea- ¡Vamos, vamos!
Gritó, su propia voz temblorosa.
Pero entonces, el sonido cesó. No más pisadas. No más crujidos. Solo la lluvia y el viento dando entre las hojas.
Erlea giró la cabeza con el pecho agitado. Nada. La tormenta hacía que las sombras bailaran con formas engañosas, pero la silueta que las acechaba ya no estaba.
Julieta se sujetó del brazo de Erlea, temblando.
Julieta- ¿Se fue?
Preguntó con un hilo de voz.
Erlea tragó saliva, su piel erizada. No, no podía haberse ido así de fácil. Algo no estaba bien.
Y entonces, lo escuchó.
Un sonido gorgoteante, húmedo, como si algo grande estuviera exhalando desde la profundidad de la selva.
Erlea sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda. No supo de dónde sacó las fuerzas, pero tomó a Julieta de la cargó en brazos y corrió con ella con desesperación.
Corrieron. Más rápido que antes. Sus pulmones ardían, sus piernas flaqueaban, pero no podían detenerse. La selva se cerraba a su alrededor como si intentara tragarlas, y los relámpagos parpadeaban en el cielo, iluminando destellos fugaces de su ruta de escape.
Entonces, Erlea vio algo entre la espesura. Un resquicio de esperanza.
Erlea- ¡Allí!
Señaló con voz ahogada.
Frente a ellas, medio oculta por la maleza, una cueva se abría en la roca como la boca de un monstruo petrificado. No era la mejor opción, pero era la única.
Julieta asintió sin hablar, sus labios pálidos por el frío y el terror.
Ambas se lanzaron al interior justo cuando otro trueno retumbó en el cielo. La oscuridad las envolvió de inmediato, la temperatura descendió y el eco de sus jadeos rebotó en las paredes de piedra.
Erlea se giró hacia la entrada, esperando ver la sombra acechante, la figura monstruosa que las había perseguido.
Pero no había nada.
Solo la selva oscura, la lluvia implacable y el ulular del viento.
Julieta se dejó caer contra la pared rocosa, abrazándose el torso para controlar los temblores.
Julieta- ¿Qué demonios era eso?
Susurró, con los ojos vidriosos.
Erlea no respondió de inmediato. Todavía sentía el latido en su garganta, su cuerpo vibrando con la adrenalina.
Erlea- No lo sé.
Susurró finalmente.
Erlea- Pero no era humano.
El silencio se estiró entre ellas. Solo la lluvia persistía en la distancia, como un murmullo lejano.
Hasta que otro sonido la reemplazó.
Era el crujir de las ramas, afuera de la cueva se encontraba aquella criatura. Erlea abrazo con fuerzas a Julieta, a pesar del dolor y miedo que sentía no la soltaría. Y un estruendo se escuchó, era un relámpago que iluminó toda la selva, mostrando a aquella horrible criatura.
La figura monstruosa apareció, bañada en la luz cegadora del relámpago. Erlea pudo ver con horror que su piel, pálida y gruesa, parecía arrugada, como si hubiera sido arrancada de un ser de otro tiempo. Sus ojos, completamente blancos, reflejaban la tormenta, y su sonrisa torcida era tan anormal, tan desconcertante, que Erlea sintió que el terror se apoderaba de su mente por completo. La criatura no tenía ningún rasgo humano, solo una masa grotesca de carne y sombras, su cuerpo colapsado en formas retorcidas.
El aire alrededor de ellas se volvió espeso, como si la selva misma estuviera conteniendo la respiración. Erlea podía oír su propio corazón latiendo frenéticamente en su pecho, el miedo abrazándola hasta casi paralizarla. Julieta, en sus brazos, estaba tan temblorosa como una hoja arrastrada por el viento, pero la fuerza de Erlea la mantenía firme, con la determinación de que no la dejaría ir.
La criatura dio un paso hacia la entrada de la cueva. El sonido de su pesado caminar era casi más aterrador que su presencia. Una niebla densa emergió de la selva, deslizándose hacia la cueva, como si quisiera envolverlas. Los ojos de Erlea brillaron con la pura necesidad de escapar, pero la cueva era su única protección, y las puertas del destino se sentían cerradas.
Julieta, que respiraba entrecortadamente, miró a Erlea con un terror palpable.
La imagen de la criatura, su cuerpo disforme y la forma en que parecía conocerlas sin haberlas visto antes, la dejó muda. No era un ser normal, ni siquiera un animal. Era algo antiguo, algo que pertenecía a otro lugar, a otro tiempo.
La criatura hizo un movimiento brusco, y el sonido de su respiración grave llenó el aire. Aún estaba demasiado lejos como para alcanzarlas, pero la sensación de que se acercaba rápidamente era indescriptible. Cada paso resonaba como una amenaza directa, una maldición que se deslizaba hacia ellas.
Erlea, sin pensarlo, tomó la mano de Julieta con más fuerza, las lágrimas ya desbordando su rostro, mientras la miraba con desesperación.
Julieta- No podemos quedarnos aquí. Tenemos que salir, tenemos que salir.
Erlea le tapó la boca con su mano, y la criatura dejó escapar un rugido bajo, un sonido horrible que se mezcló con la tormenta. Era como si la tierra misma temblara bajo sus pies. El suelo vibraba, y un estremecimiento helado recorrió la cueva.
Pero en ese momento, el mundo parecía detenerse.
Una luz suave, cálida, comenzó a brillar a lo lejos. Algo que Erlea no podía identificar, pero que prometía algo que nunca antes había sentido en ese momento de absoluto horror: la esperanza.
Erlea- Julieta, mira.
La criatura se detuvo, su cuerpo colapsando en una especie de sombra espesa mientras miraba fijamente a la luz. Como si fuera incapaz de comprender la fuente de la misma.
Erlea, con el corazón latiendo fuertemente en sus oídos, sintió que el terror que había dominado su ser comenzaba a disolverse. El miedo, aunque aún presente, se convirtió en algo manejable. Por un segundo, la paz, la calma, parecía surgir en el caos de la tormenta.
El aire a su alrededor parecía menos denso, la criatura parecía irse y con suerte, sería su salvación.
El rugido de la criatura ya no las perseguía. Era como si se hubiera detenido, como si algo, o alguien, hubiera intervenido. Y aunque el miedo aún las acechaba, Erlea sabía que en ese momento la luz de la esperanza había ganado un lugar en sus corazones.
Y con esa luz, dejando atrás la pesadilla que había comenzado en el avión, dejando atrás el terror, mientras el océano de incertidumbre se disipaba lentamente.
Erlea- Puedes descansar, estamos a salvo.
Julieta ya se encontraba dormida en el pecho de Erlea, al instante erlea también se durmió.
Continuará.








