Bucle by Cometa ☄️ at Inkitt
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Bucle

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Summary

Erlea y Julieta siempre fueron inseparables, compartiendo sueños y secretos desde su infancia. Aunque Erlea siempre estuvo enamorada de Julieta, nunca se atrevió a confesarlo, temerosa de arruinar su amistad. Una tarde, después de un día juntas en la playa, Erlea finalmente le confiesa su amor a Julieta. Pero antes de que Julieta pueda responder, un grito rompe el ambiente y, en un abrir y cerrar de ojos, Julieta cae muerta, víctima de un asesinato misterioso. Erlea, horrorizada, intenta salvarla, pero antes de lograrlo, se despierta de nuevo en la misma mañana. El día se repite, una y otra vez, siempre con el mismo trágico final. Desesperada, Erlea busca cambiar el curso de los eventos, pero siempre termina en la misma tragedia. El tiempo parece estar atrapado en un bucle, y Erlea se pregunta por qué Julieta es la víctima y qué tiene que ver el mar con el misterio detrás de su muerte. Mientras explora los secretos del día, descubre que su amor por Julieta podría ser la clave para romper el ciclo. Erlea debe descubrir quién está detrás del crimen antes de que el tiempo se acabe y pierda a Julieta para siempre.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Era un día cálido de finales de agosto, uno de esos días en los que el sol parece no querer marcharse nunca, como si el verano se aferrara a la costa con la última fuerza que le quedaba. Erlea miró a Julieta, mientras caminaban por la playa, la arena bajo sus pies aún tibia por el calor del día, las olas rompiendo suavemente en la orilla. El mar, su confidente y cómplice, estaba allí, siempre constante, aunque el viento soplaba de manera extraña, como si anticipará lo que vendría.

Era su último día juntas antes de graduarse del colegio, y Erlea lo sabía. Por eso había planeado todo tan cuidadosamente, desde el momento en que Julieta la miró con esa sonrisa llena de ternura, hasta el instante en que ambas se sentaron en su lugar habitual frente al mar, el lugar donde siempre habían compartido sus secretos.

Julieta- Es hermoso, ¿verdad?

Murmuró Julieta, mirando el horizonte, como si quisiera guardar esa imagen en su memoria. Erlea se quedó observando a aquella dulce y tierna omega, tomando un profundo suspiro.

Pov Erlea- Sí, hermoso

Pensó. Pero, para ella, nada sería más hermoso que lo que iba a hacer en ese momento. Era su oportunidad. El momento que había esperado tanto tiempo. Finalmente, después de tantos días mirando a Julieta con el corazón lleno de sentimientos callados, al fin iba a confesarle lo que sentía.

Erlea deslizó su mano en el bolsillo de su chaqueta y tocó el collar que había estado guardando. Era un collar antiguo, con una pequeña piedra Azul que brillaba con la luz del sol.

Julieta- Este collar fue el primer regalo que te di.

Dijo Julieta, tocando su propio collar que, igual que el de Erlea, era parte de una serie de collares mágicos. Los collares siempre habían tenido un significado especial entre ellas. Según Julieta, los collares fueron un regalo que les dieron cuando eran niñas, un regalo que las unía de alguna manera que no entendían por completo, pero que les daba una sensación de seguridad, como si algo o alguien las estuviera protegiendo.

Erlea sonrió, apretando la piedra azul en su mano. Este collar tenía una magia propia, algo que nunca entendió completamente, pero que siempre había sentido. Cuando lo ponía, las mareas parecían cantar para ella, el viento susurraba secretos y, a veces, se sentía como si el tiempo mismo se detuviera.

Erlea- Julieta.

Murmuró, su voz temblando de nerviosismo.

Erlea- Tengo que decirte algo.

Julieta la miró con curiosidad, pero también con una suavidad que hacía que el corazón de Erlea latiera más rápido. Era la mirada de alguien que entendía sin necesidad de palabras, pero que aún esperaba saber lo que la otra persona tenía que decir.

Erlea se inclinó hacia ella, y el mundo, por un breve momento, se desvaneció. El mar dejó de ser el mar, el viento dejó de ser viento. Solo existían ellas, y el brillo rojo de las piedras de los collares que ambas llevaban.

Erlea- Julieta, yo te amo.

Confesó finalmente, sus palabras llenas de una sinceridad que hizo que el aire pareciera volverse denso. El momento era perfecto. Al fin podría liberarse de este amor que había estado escondiendo tanto tiempo.

Pero antes de que Julieta pudiera responder, antes de que pudiera reaccionar, un sonido ensordecedor cortó el aire. Un grito lejano. Un disparo.

Erlea se giró hacia la dirección del sonido, pero antes de poder comprender lo que sucedía, la figura de Julieta cayó hacia ella, su rostro lleno de sorpresa y terror. El collar que ambas compartían brilló con un destello rojo, y todo a su alrededor parecía desmoronarse en un parpadeo.

Erlea- ¡No!

Gritó Erlea, sosteniendo a Julieta en sus brazos, pero fue demasiado tarde. La sangre de Julieta se mezcló con la arena, y su vida se desvaneció de la misma forma en que las olas desaparecen en la orilla.

Erlea intentó gritar, intentó pedir ayuda, pero su voz se ahogó en el aire. La luz del sol parpadeó, y el viento comenzó a rugir como si el mar intentara avisarle de algo. La misma sensación de desconcierto que había sentido al ver la muerte de Julieta le envolvía el cuerpo, pero algo estaba mal. Algo no encajaba.

El tiempo se detuvo.

Erlea despertó en su cama, empapada en sudor frío. Miró el reloj: 9:00 a.m. El mismo día. El día que había comenzado tan perfecto y que terminó en tragedia.

Erlea- No puede ser.

Murmuró, pero al mirar a su alrededor, vio que todo era igual. Era el mismo día. El mismo sol brillando a través de la ventana.

En un principio, pensó que había sido un sueño. Pero al mirar su cuello, vio que el collar aún estaba allí, y el extraño destello azul de la piedra parecía brillar con más intensidad que nunca.

El día se repitió. Todo ocurrió de nuevo, de la misma manera. Las mismas palabras, la misma cena, el mismo paseo por la playa, y cuando, al fin, Erlea se armó de valor para confesarse, él mismo disparó se oyó en la distancia. Julieta cayó nuevamente, y todo se repitió.

A lo largo de los días siguientes, Erlea intentó todo lo que se le ocurrió para cambiar la historia. Pero el resultado siempre era el mismo. Julieta moría una y otra vez. En cada reinicio, el collar de Erlea brillaba con fuerza, como un recordatorio del poder oculto detrás de ellos. Pero el misterio del bucle no se resolvía. ¿Por qué estaba atrapada en ese ciclo? ¿Cómo podía salvar a Julieta?

El mar y la magia parecían ofrecerle respuestas, pero en cada intento fallido, Erlea sentía que la desesperación la envolvía un poco más. Las olas rompían contra las rocas como si se burlaran de ella, y las mareas cambian de forma extraña, como si tuvieran algo que decirle, algo que aún no entendía.

A medida que el bucle avanzaba, el amor por Julieta se convertía en una carga, una que Erlea temía perder. ¿Era esta una maldición de los collares? ¿O tal vez el mar estaba tratando de enseñarle algo sobre el amor que jamás había comprendido?

Pov Erlea- El mar.

Miró su collar recordando lo que hizo hace años, al meterse al mar cuando ella tenía 15, este desborda un brillo que la volvió sirena, como era niña solo se metio para divertirse.

Erlea- Debo intentarlo al menos.

Erlea miró fijamente al mar, el collar en su cuello brillaba con una intensidad que le hacía sentir una conexión inexplicable con todo lo que la rodeaba. Las olas seguían rompiendo suavemente, como siempre, pero ahora parecían murmurar algo en un idioma que solo ella entendía. Algo profundo, algo urgente. El sonido del mar, tan familiar, ahora le parecía el único consuelo en medio de la tormenta emocional que la devastaba.

El collar brillaba más que nunca, recordando lo que había sucedido hacía años, cuando aún era una niña y había saltado al mar sin pensarlo, guiada por una curiosidad inocente. En aquel momento no sabía que el collar tenía poderes, ni que el mar podría transformarla. Esa fue la primera vez que lo sintió, esa magia que la invadió al sumergirse en el agua, como si fuera una sirena perdida entre las corrientes, protegida por las aguas. Pero ahora, mientras el bucle del tiempo la apresaba, sabía que algo debía hacer, que algo debía cambiar.

Erlea- Voy a hacerlo.

Murmuró para sí misma, más determinada que nunca.

El viento soplaba fuerte, como si el mar mismo estuviera animándome, diciéndole que este era su momento. Erlea se quitó los zapatos, sintiendo la arena húmeda entre sus dedos, y avanzó hacia el agua. En el fondo de su corazón, sabía que no podía seguir perdiendo a Julieta una y otra vez, como un eco imparable de dolor.

El agua la recibió con un frescor que le erizó la piel, y cuando sus pies tocaron el agua, el collar de piedra azul brilló con una intensidad cegadora. El viento se desató con fuerza, aullando a su alrededor, mientras la marea comenzaba a elevarse. Las olas chocaban más fuerte, pero Erlea ya no tenía miedo. Su corazón latía con fuerza, cada latido hacía una promesa de no rendirse.

El mar parecía invitarla, como si la llamara. Un susurro bajo y constante, como un canto lejano, le decía que debía sumergirse. Así lo hizo. Se adentra cada vez más en el agua, hasta que las olas cubrieron su torso y su cuello, y el agua se tragó su respiración. De repente, un destello brillante la envolvió por completo, como si el mar la hubiera reclamado en su totalidad.

Los recuerdos de su niñez llegaron de golpe: el brillo del collar en su cuello, la sensación de estar protegida por las aguas, la transformación que nunca entendió por completo. Su mente comenzó a llenarse de imágenes de sirenas, de aguas profundas y misteriosas, de voces susurrando secretos en las profundidades. Entonces, algo despertó en su interior. Un poder antiguo y ancestral que había permanecido dormido hasta ahora. El mar le estaba dando la clave, la respuesta para romper el ciclo.

De pronto, el agua alrededor de Erlea comenzó a brillar con una luz azul brillante. La sensación de transformación fue profunda, como si su cuerpo se fusiona con el agua, como si el mar mismo la estuviera abrazando. El collar en su cuello brillaba con más intensidad, y en su mente, una claridad profunda se hizo presente. Ahora entendía lo que el mar había querido decirle.

Erlea- El amor no es solo un sentimiento, es una conexión.

La voz, suave y serena, resonó en su mente, y por un momento, Erlea no supo si era su propia voz o la del mar. El mensaje estaba claro. El amor entre ella y Julieta no solo dependía de sus confesiones, ni de su valentía. El verdadero poder estaba en lo que compartían, en el vínculo que las unía, un lazo más allá del tiempo y el espacio.

El collar le habló en un idioma que ella comprendió sin palabras, y el agua alrededor de ella comenzó a calmarse, como si el mar estuviera respondiendo a su petición. Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró flotando en el agua, con la sensación de que había cruzado un umbral, algo que la conectaba con una fuerza mucho mayor que ella misma.

Erlea se sumergió aún más, hasta el fondo del lugar. En donde encontró una cueva submarina, llamada “La caverna de la verdad”.

Erlea- Deseo saber la verdad de mi futuro y presente.

Ella sabía cómo activar aquel lugar mágico, así que procede a quitarse el collar y ponerlo en una pequeña piedra.

La piedra resonó con un sonido profundo, y una oleada de energía recorrió la cueva. Las paredes de la caverna comenzaron a iluminarse con un resplandor azul, revelando inscripciones antiguas que parecían moverse como si estuvieran vivas. Erlea contuvo la respiración, su corazón latiendo con fuerza mientras las palabras se formaban ante sus ojos.

“El tiempo es un río que fluye en todas direcciones, pero un corazón atado a un destino trágico sólo encontrará la verdad en el sacrificio.”

Erlea frunció el ceño.

Pov Erlea- ¿Sacrificio? ¿Qué significaba eso?

Había intentado de todo para salvar a Julieta, había fallado incontables veces, y ahora la respuesta que buscaba le hablaba de una renuncia. Se acercó a la inscripción y pasó la mano por la piedra húmeda. La energía vibró a través de ella, como si la cueva intentará transmitirle algo más.

En un instante, su mente se llenó de visiones.

Vio una versión de sí misma de pie en la playa, observando cómo Julieta moría una vez más, pero esta vez, algo era diferente. En la visión, Erlea no intentaba salvarla. En lugar de eso, cerraba los ojos y pronunciaba unas palabras en un idioma que no reconocía. El collar en su cuello brillaba intensamente y, de repente, el bucle se rompía. El tiempo avanzaba.

Erlea salió de la visión con un jadeo, sintiendo el frío del agua en su piel. La cueva ya no brillaba con la misma intensidad, pero en su interior, algo había cambiado.

Erlea- ¡No tengo que salvarla, tengo que dejarla ir!

Susurró para sí misma.

El collar brilló tenuemente, como si estuviera confirmando su teoría. Erlea sintió un nudo en la garganta. Durante días, había luchado con todas sus fuerzas para evitar la muerte de Julieta, había intentado cambiar el destino una y otra vez. Pero ahora comprendía que el verdadero obstáculo no era el tiempo, sino su propia negación de aceptar lo inevitable.

Saldría de la cueva con un nuevo propósito. Si quería romper el ciclo, tenía que tomar la decisión más difícil de su vida: dejar que el tiempo siguiera su curso.

Y aceptar que tal vez, la magia de los collares no estaba destinada a salvar a Julieta, sino a enseñarle a Erlea el verdadero significado del amor y la despedida.

Erlea- Tengo que terminar con ella.

Nado hacia la superficie y corrió hasta su casa, varios repetidos días después Erlea se dignó a salir de su hogar, camino hasta la casa de Julieta.

Erlea- Julieta, ¿Quieres pasar el rato en la playa?

Julieta aceptó muy emocionada.

La marea golpeaba suavemente la orilla mientras Erlea y Julieta caminaban en silencio por la playa. La noche había caído, y la luna llena iluminaba el mar con un resplandor plateado. Erlea apretaba el collar entre sus dedos, sintiendo su calor, su peso. Cada paso la acercaba al momento que había temido desde que comprendió la verdad en la cueva.

Julieta la miró de reojo, con esa sonrisa dulce que siempre la desarmaba.

Julieta- ¿Estás bien?

Preguntó con ternura.

Julieta- Estás muy callada.

Erlea tragó saliva. Todo en ella gritaba que se detuviera, que se aferrara a Julieta y nunca la soltara. Pero si lo hacía, el bucle nunca terminaría. Si realmente la amaba, debía dejarla ir.

Se detuvo en seco y tomó aire, sintiendo el viento marino en su rostro.

Erlea- Julieta.

Su voz era apenas un susurro, pero Julieta la escuchó al instante.

Erlea- Hay algo que necesito decirte.

Julieta giró para mirarla con atención.

Julieta- Dime.

Erlea sintió su corazón latiendo con fuerza, como si fuera a romperse en mil pedazos.

Erlea- Yo.

Tomó su mano y la apretó con fuerza, memorizando la sensación de su piel, el calor de sus dedos.

Erlea- Yo te amo, Julieta.

Los ojos de Julieta se abrieron con sorpresa. Durante un instante, el tiempo pareció detenerse.

Julieta- ¿De verdad?

Susurró.

Erlea asintió, su pulso acelerado.

Julieta- Siempre te he amado. Desde que éramos niñas. Desde antes de que supiera lo que significaba el amor.

Julieta sonrió, y en sus ojos brilló una emoción indescriptible.

Julieta- Erlea, yo también.

Pero antes de que pudiera terminar su frase, Erlea retiró su mano con suavidad y dio un paso atrás.

Erlea- Pero no podemos seguir juntas.

Julieta parpadeó, confundida.

Julieta- ¿Qué?

Erlea sintió su pecho desgarrarse al ver la expresión de Julieta.

Erlea- No quiero verte más.

Las palabras salieron de su boca como una herida abierta. Julieta dio un paso atrás, como si le hubieran dado una bofetada.

Julieta- ¿Qué estás diciendo?

Erlea sintió las lágrimas ardiendo en sus ojos.

Erlea- Tengo que dejarte ir. No podemos seguir juntas.

Julieta negó con la cabeza, con el dolor reflejado en su rostro.

Julieta- No, no entiendo ¿Por qué me dices esto ahora?

Si me amas, ¿por qué me alejas?

Erlea apretó los puños.

Erlea- Porque si te quedas conmigo, morirás.

Julieta se quedó en silencio. La brisa marina sopló entre ellas, meciendo su cabello.

Julieta- ¿Qué?

Erlea- Es una maldición, Julieta. Nos ha estado atrapado en un bucle. No importa cuánto lo intente, no importa qué haga, siempre terminas.

Su voz se quebró.

Erlea- Siempre terminas muriendo.

Julieta la miró, buscando en sus ojos algún atisbo de mentira, alguna señal de que todo era un malentendido.

Julieta- ¿Crees que voy a alejarme solo porque dices que estoy condenada?

Erlea- No es lo que quiero, Julieta. Es lo que debo hacer.

Julieta negó con la cabeza, dando un paso hacia ella.

Julieta- No, No acepto esto.

Si hay una maldición, encontraremos la manera de romperla juntas. Pero no me pidas que me aleje de ti.

Erlea sintió que su corazón se hacía trizas.

Erlea- Julieta.

Su voz tembló.

Erlea- Tienes que prometerme algo.

Julieta- No.

Erlea- Promételo.

Julieta apretó la mandíbula, con los ojos llenos de lágrimas.

Julieta- No.

Erlea tomó su rostro con ambas manos, con ternura, con desesperación.

Erlea- Prométeme que no volverás a buscarme. Que seguirás con tu vida. Que serás feliz sin mí.

Julieta cerró los ojos con fuerza, dejando caer sus lágrimas.

Julieta- No quiero una vida sin ti.

Erlea sonrió con tristeza.

Erlea- Pero tienes que vivirla.

Julieta la abrazó con fuerza, aferrándose a ella como si al hacerlo pudiera evitar lo inevitable.

Julieta- Dime que esto es una mentira. Dime que no quieres dejarme.

Erlea cerró los ojos y apoyó su frente en el de Julieta.

Erlea- Te amo.

En un último acto de amor, corrió hacia Julieta y me dio un último beso, el que terminará por decidir su futuro, un futuro en donde no estarían juntas.

Fue lo último que dijo antes de soltarla y dar media vuelta.

Cada paso que daba en la arena se sentía como un adiós definitivo. No se atrevió a mirar atrás, porque sabía que si lo hacía, no tendría el valor de seguir caminando.

Julieta no la llamó. No corrió detrás de ella.

Solo se quedó allí, en la orilla, viendo cómo Erlea se alejaba con el sonido de las olas como única testigo de su despedida.

Esa noche, el bucle se rompió.

Julieta permaneció en la orilla mucho después de que Erlea desapareciera en la oscuridad. Sus piernas temblaban, su pecho dolía, y la sal de sus lágrimas se mezclaba con la brisa marina.

El bucle se había roto.

Pero a qué precio.

El mar, cómplice de su despedida, seguía meciendo las olas como si nada hubiera pasado, como si su mundo no se hubiera hecho pedazos en ese instante.

Julieta cayó de rodillas en la arena, abrazándose a sí misma, buscando un calor que ya no estaba. Se llevó los dedos a los labios, aún sintiendo el último beso de Erlea, aquel que lo significaba todo y a la vez lo arrebataba todo.

La luna seguía brillando en el cielo, indiferente a su dolor.

Julieta- ¿Por qué?

Susurró, su voz apenas hacía un eco en el viento.

No obtuvo respuesta.

No sabía cuánto tiempo pasó allí, perdida en su propio vacío. Minutos. Horas. Toda una vida.

Julieta se quedó inmóvil, con la mirada perdida en el horizonte. Su cuerpo temblaba, no solo por el frío, sino por la ausencia que le carcomía el alma.

Pero entonces, algo cambió.

El viento sopló más fuerte. El aire se volvió denso, como si la propia noche se cerrará sobre ella.

Julieta sintió un escalofrío subir por la espalda. Y entonces lo escuchó.

Un sonido apenas perceptible, una vibración en el aire, un eco de algo que ya no debería existir.

La voz de Erlea.

Susurrante. Entre las olas. Entre el viento.

Julieta se incorporó de golpe, con el corazón latiendole en los oídos.

Julieta- Erlea.

Se puso de pie tambaleándose y corrió. Corrió como si pudiera alcanzarla, como si pudiera traerla de vuelta.

El mar estaba en calma, pero Julieta lo sentía rugir dentro de ella.

Y entonces la vio.

No estaba en la arena. No estaba en la oscuridad.

Erlea estaba en el agua.

Sus ropas flotaban alrededor de su cuerpo sumergido, su cabello oscuro se mecía con las olas, y su rostro.

Julieta sintió que el mundo se rompía.

Julieta- ¡No, no. NO!

Corrió, sin pensar, sin respirar, sin importarle nada más. Se lanzó al agua, sus brazos rompiendo la superficie, buscando con desesperación, con furia, con un terror que le desgarraba las entrañas.

Agarró el cuerpo de Erlea y lo atrajo hacia ella.

Julieta- ¡Erlea, despierta! ¡No puedes hacerme esto! ¡NO ASÍ!

La sacudió, la abrazó, la acunó entre sus brazos.

Pero Erlea no se movió.

No respondió.

Su piel estaba fría.

Julieta se ahogó en su propio llanto, su sollozo quedó atrapado en su garganta, desgarrándose desde adentro.

Julieta- Te prometí que yo viviría.

Julieta susurró contra su cabello mojado, apretándole más fuerte, como si pudiera devolverle el calor.

Julieta- Pero ¿cómo puedo hacerlo sin ti?

Las lágrimas caían sobre el rostro sin vida de Erlea.

Julieta apretó los dientes, con una rabia y un dolor que no podían existir juntos.

Erlea había roto el bucle. Pero lo había hecho sacrificándose a sí misma.

Julieta gritó.

Gritó hasta que el mar ahogó su voz.

El cielo seguía intacto. La luna, indiferente. Las estrellas, ciegas a su dolor.

Y en sus brazos, Erlea dormía un sueño del que nunca despertará.

Julieta- Por favor, mi amor. Despierta.

Aunque no estemos juntas, solo quiero que vivas.

Sus lágrimas cayeron sobre el rostro frío de Erlea.

Julieta tembló al sentir lo fría que estaba Erlea. La sostuvo con más fuerza, aferrándose a la ilusión de que en cualquier momento despertará.

Julieta- No puedes dejarme así.

Susurró, con la voz rota.

Julieta- No después de todo.

El mar seguía meciéndose suavemente, como si intentara consolarla. Pero no había consuelo. No había nada más que vacío.

Julieta apoyó su frente contra el de Erlea, con los ojos cerrados, con el alma rota.

Julieta- Yo te habría seguido en cualquier bucle.

Murmuró.

Julieta- No me importa cuántas veces muera, no me importa cuántas veces todo se repita. Solo quiero estar contigo.

Pero Erlea no respondió.

El viento sopló con más fuerza, y fue entonces cuando Julieta sintió algo distinto.

Un peso en su pecho. Un tirón en su interior.

Un eco en su mente.

La voz de Erlea.

Erlea- Julieta.

Julieta abrió los ojos de golpe.

El agua a su alrededor ya no parecía la misma. Había cambiado. Oscurecido.

No era solo el mar. Era algo más. Algo que la llamaba.

Julieta miró a Erlea, con la esperanza absurda de que fuera ella quien había hablado.

Pero el cuerpo en sus brazos seguía sin vida.

Fue entonces cuando lo entendió.

Erlea no se había ido del todo.

La maldición no había terminado.

Había una última elección que hacer.

Julieta sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

La luna brillaba sobre ellas, reflejándose en la superficie del mar como un abismo sin fondo.

Julieta- Erlea.

Apretó los labios, cerró los ojos y exhaló un sollozo ahogado.

Y entonces, con un último beso en la frente de su amor, tomó aire y se dejó caer hacia atrás, sumergiéndose en la oscuridad.

El agua la envolvió de inmediato.

El frío le atravesó la piel.

Las burbujas subieron a la superficie, llevándose su aliento, su vida, su dolor.

Julieta abrazó a Erlea mientras descendían juntas, más y más profundo.

Los latidos de su corazón se volvieron más lentos.

Su pecho ardió, sus pulmones suplicaron por oxígeno.

Pero no luchó.

Porque si no podía tener a Erlea en la vida, la tendría en la muerte.

Las sombras las rodearon.

Y entonces, el mar se cerró sobre ellas.

El bucle nunca se rompió.

Solo cambió su final.

El agua lo consumió todo. El frío, la oscuridad, el peso de la muerte.

Julieta sintió cómo su cuerpo se rendía poco a poco, el ardor en sus pulmones convirtiéndose en un eco lejano.

Sus pensamientos se desvanecen, diluyéndose en la corriente.

Pero entonces, en medio del abismo, algo cambió.

Una luz.

Débil, distante, imposible.

Julieta entreabrió los ojos.

Erlea.

No su cuerpo, no la imagen estática y rota que había abrazado.

No.

Era ella.

Su silueta temblaba en la penumbra, rodeada de un resplandor tenue, como si el agua misma la estuviera moldeando de nuevo.

Julieta quiso hablar, quiso moverse, pero su cuerpo ya no le respondía.

Solo pudo mirarla.

Y entonces, Erlea sonrió.

No era una sonrisa de alivio.

Era tristeza.

Era despedida.

Julieta sintió un tirón en el pecho. Algo la arrastraba hacia la superficie, desgarrándose de esa visión.

Julieta- No, no, no, no.

Erlea, mi amor.

Ella quería quedarse.

Ella tenía que quedarse.

Pero el mar no se lo permitió.

Julieta sintió el agua ceder, el aire golpear su rostro como una bofetada.

La realidad la reclamó de vuelta.

Tosió, jadeó, sintiendo el ardor en su garganta mientras el mundo giraba a su alrededor.

Cuando abrió los ojos, estaba en la orilla otra vez.

Sola.

El cuerpo de Erlea ya no estaba en sus brazos.

El mar se lo había llevado.

O quizás, nunca estuvo allí para empezar.

Julieta dejó escapar un sollozo ahogado, su pecho subiendo y bajando con desesperación.

El bucle no se había roto.

Solo había cambiado su final.

Y esta vez, ella era la única que quedaba.

Respiró.

Un último susurro se perdió en el viento.

Erlea- Julieta, Se feliz.

Pero cuando giró la cabeza, solo encontró el vacío.

La luna seguía brillando.

Indiferente.

Como siempre.

Julieta se abrazó a sí misma, clavando los dedos en su propia piel, como si así pudiera retener el calor que se escapaba de su cuerpo. Pero nada podía llenar el vacío. Nada podía devolverle lo que el mar le había arrancado.

Sus lágrimas caían sin control, su pecho se sacudía con cada sollozo que la desgarraba desde dentro.

Julieta- ¿Cómo quieres que sea feliz?

Su voz era un susurro ahogado, una súplica dirigida a la nada.

Julieta- No sé vivir sin ti. No quiero vivir sin ti.

El viento le revolvía el cabello, pero no era una caricia. Era un recordatorio cruel de que el mundo seguía girando, ajeno a su dolor.

Las olas iban y venían, como si quisieran consolarla. Pero no podían.

Nada podía.

Se arrastró sobre la arena, su cuerpo temblando, empapado, roto. Cada respiración dolía.

Julieta- Devuélvemela.

Clavó la mirada en el océano, su visión borrosa por las lágrimas.

Julieta- ¡DEVUÉLVEMELA!

Su grito se perdió en la inmensidad de la noche.

Pero el mar no respondió.

Solo siguió meciéndose, indiferente, eterno.

Julieta se dejó caer sobre la arena, con la frente contra el suelo, con las manos cerradas en puños, con su alma hecha pedazos.

Se sentía tan pequeña.

Tan insignificante.

El amor de su vida se había ido.

Y ella se había quedado atrapada en un mundo sin su voz, sin su risa, sin su calor.

Julieta cerró los ojos, sintiendo cómo su cuerpo se hundía en el peso insoportable de la realidad.

No sabía cuánto tiempo pasó ahí. Minutos. Horas. Una eternidad.

Hasta que sintió algo.

Un roce.

Su piel se estremeció.

No era el viento.

Era una caricia.

Suave.

Breve.

Familiar.

Julieta se incorporó de golpe, su corazón latiendole en los oídos.

Pero no había nadie.

Solo la playa. Solo el mar. Solo la luna, impasible en lo alto del cielo.

Julieta- Erlea.

Murmuró su nombre, con la voz rota, con la esperanza aferrándose a cada sílaba.

Y entonces, lo sintió de nuevo.

Un susurro.

Un leve roce en su mejilla, como si los labios de Erlea la hubieran besado una última vez.

Julieta cerró los ojos, dejando que su llanto fluyera sin resistencia.

Porque, aunque Erlea se había ido.

Una parte de ella todavía estaba allí.

En la brisa.

En el agua.

En cada latido de su corazón destrozado.

Y Julieta, con los dedos temblorosos, se llevó una mano al pecho, sintiendo el eco de lo que habían sido.

El eco de un amor que nunca desaparecería.

No importaba cuánto doliera.

No importaba que el bucle hubiera cambiado su final.

Erlea siempre estaría con ella.

Incluso en la ausencia.

Incluso en la muerte.

Lo que no sabía es que Erlea hizo algo muy importante para ella.

Continuará.

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