Capítulo 1
Despierto sobresaltada, envuelta en una capa de sudor y completamente desnuda. Tardo unos segundos en reconocer el entorno, ahora lo recuerdo todo. Me giro y encuentro la razón del porqué estoy aquí, duerme plácidamente, cómo si tuviera la conciencia limpia. Suspiro con pesadez, me desenredo de su cuerpo y me dirijo al baño. Necesito una ducha y salir lo antes posible de aquí. Abro el grifo y me meto bajo el chorro de agua, suprimo un grito, mientras limpio todo rastro de mis actividades nocturnas, minutos después salgo envuelta en una toalla a la búsqueda de mi ropa; las bragas están sobre la lámpara de noche, el vestido junto a la puerta y no hay rastro del sujetador, tendré que prescindir de él. Me visto con rapidez, no quiero que despierte y me encuentre aquí. Estoy calzándome los zapatos cuando lo escucho, maldición.
—Lily, ¿a dónde vas? —murmura adormilado mientras despeina su cabello—, ¿cuál es la prisa? Regresa a la cama, no he terminado contigo.
—Tengo que llegar al trabajo, sabes que mi jefe se pone gruñón sí llego tarde. Aún tengo que pasar por mi departamento, no puedo llegar con la misma ropa de ayer.
—¿Nos vemos por la tarde? —intenta poner cara seductora, pero el resultado me produce náuseas.
—No lo sé —si dependiera de mí nunca lo haría—, tengo varios pendientes —ronroneo—, pero llámame… —lo miro como deseo—. El jueves podemos salir a cenar… —le doy un beso de los que te dejan anhelando más.
—El jueves...
—Ajam… —despliego una sonrisa de catálogo, de esas que me ha costado horas perfeccionar frente al espejo—. No te olvides de eso, pronto seremos muy ricos… —lo vuelvo a besar, en esta ocasión de forma arrolladora, pero me retiro antes de que me ponga las manos encima.
—Hasta el jueves, estaré contando los minutos.
—Te extrañaré, Oliver…
Camino hacia la puerta, tomo el pomo y antes de abrir le mando un beso sobre el hombro, al cerrar corro hasta el ascensor, reviso la hora, 6:15 A.M., todavía puedo llegar a prepararle el desayuno a mi hermana, incluso llevarla a la escuela. Busco el móvil, aquel destinado a mis seres queridos y me maldigo al ver los mensajes inundando la pantalla.
¿Te espero a cenar?
¿Vendrás a dormir?
Te dejo la cena en el horno.
A la próxima podrías avisar y así no me quedo esperando como tonta.
Observo la pantalla hasta que se apaga, solo espero que no batalle para despertar e ir a clases. Tomo un taxi que me lleve a casa. En el trayecto intento relajarme, pero me es imposible. No dejo de pensar en que este jueves terminará todo. Oliver será historia, aunque no me agrade, me cuesta hacerlo. Me repito que es un trabajo más, que lo único que importa es concluirlo. Le daré el cóctel, será rápido y limpio, o al menos eso es lo que quiero creer. El taxi tarda 15 minutos en llegar, al bajar le doy una generosa propina al conductor. Entro al vestíbulo y encuentro las puertas del ascensor abiertas, oprimo el número 18 y veo como se cierran lentamente frente a mí.
Al entrar al departamento escucho el murmullo del televisor, eso solo puede significar que se quedó dormida en el sofá mientras me esperaba. La miro acurrucada, se ve tan pequeña, aunque está convirtiéndose en una mujer y eso me conflictúa, tomo la manta a sus pies y la cobijo.
Me dirijo a la cocina y preparo su desayuno favorito como ofrenda de paz. Después de unos minutos tengo una torre de humeantes panqueques, tocino crujiente y jugo de naranja. Tomo un café en lo que espero a mi Bella Durmiente. Estoy exhausta y hambrienta, Oliver no es un amante dedicado, así que soy yo la que hace todo el esfuerzo físico en nuestros encuentros.
Llevo medio café cuando mi hermana entra por la puerta de la cocina, sonrío al verla bostezar.
—Buenos días, Calabacita…
—Buenos días, Lillian… —me da un beso en la mejilla y segundos después su mirada se torna fría.
—Lo siento Emma, me fue imposible avisarte.
—¿Demasiado ocupada? —asiento mientras le sirvo el desayuno—. Estoy harta de tu trabajo, si es que a eso se le puede llamar trabajo.
—¡¿Qué estás diciendo?!
—¡Lo que haces está mal, muy mal! Puedes terminar en la cárcel.
—No voy a pisar la cárcel, nadie sabe lo que hago.
—Yo lo sé, James, tu jefe…
—Ellos no van a decir nada, y tú tampoco.
—Da igual, robar está mal.
Suspiro con pesadez aunque doy gracias de que sólo sepa una parte de mi trabajo. No me perdonaría si se enterara que no solo robo, en algunos casos también me deshago de ellos. Ya está bastante decepcionada de mí como para sumarle eso. No sabe que todo esto lo hago por ella, para darle una vida, para estar juntas. Zanjo el tema con una dura mirada y nos quedamos en silencio, al menos parece gustarle la comida. Cuando terminamos, se levanta alegando que irá a prepararse para la escuela mientras yo limpio todo.
El jueves llega antes de lo esperado, el móvil del trabajo suena y me descompongo al pensar que puede ser Oliver, pero todo cambia al ver la pantalla.
—Hola, guapo…
—¿Qué llevas puesto?
—¿Por qué me llamas a este número? Estoy en casa, márcame.
—Pensé que quizás estarías con él —le escucho suspirar.
—Aún no me ha llamado, quizás se arrepintió.
—Lillian, no conozco a nadie que se te resista —siento el calor en las mejillas.
—Contigo es así James, pero con él…
—Dime, ¿es igual de malo en la cama?
—Como el primer día —reímos.
—¿Necesitas una mano? —murmura con esa voz grave que me hace estremecer.
—Necesito las dos —anhelo las caricias de mi amigo.
—No me tientes. Puedo presentarme en tu departamento en unos minutos —suelto una sonora carcajada.
—Será en otra ocasión, Emma está en casa, pero esta noche te voy a necesitar…
—Me tienes para lo que necesites Illia —responde solemne.
—Gracias…
Hablamos durante varios minutos, James me tranquiliza, me hace olvidar. Es mi mejor amigo, se lo debo todo, además es genial en la cama. Una hora después Oliver me llama, quedamos en vernos en el restaurante que le sugerí. Nunca permito que vengan por mí, no pueden saber dónde vivo, tengo que proteger a Emma y en caso de que insistan les doy la dirección de una casa de seguridad.
Arribo al restaurante a la hora acordada, Oliver mueve los pies de manera ansiosa, no sé si por la espera o por el maletín que aferra con fuerza a su pecho. El lugar está ambientado con luces tenues generando una sensación de intimidad entre los comensales. La camarera nos lleva a una mesa, entrega los menús y se retira.
La comida no tiene sabor dentro de mi boca, no porque sea mala, los nervios lo que me impide disfrutarla. Frente a mí Oliver me mira descaradamente el escote. He seleccionado este vestido con ese propósito, pero eso no significa que me agrade como me hace sentir, creo que nunca dejará de incomodarme. Cuando llega el postre me arrebata la cuchara, toma un poco y me lo acerca a los labios. Finjo disfrutarlo, me entretengo lamiendo la cuchara, cierro los ojos y gimo, siento como su mirada sigue mis movimientos.
—¿Lo has traído?
—¿Estás segura de que este inversor es de fiar?
—Más que segura, te he mostrado las maravillas que hizo conmigo. ¿O será qué después de todo no confías en mí?
—No es eso Lily… es solo que es mucho dinero…
—Y el lunes será el doble, cariño, te lo aseguro…
—Henry ha estado detrás de mí toda la semana, creo que sospecha algo. No puedo permitir que se entere de que su empresa ha sido mi caja chica los últimos años, eso me dejaría en una posición precaria.
—Confía en mí, todo va a salir bien, has visto mi cuenta. Mi dinero se ha triplicado en los últimos seis meses —Oliver asiente y lo beso hasta borrar cualquier rastro de duda.
Paga la cuenta y con la punta del pie empuja el maletín de cuero hacia mí, en el cual debe de haber seiscientos mil dólares. Esa cantidad no es ni la mitad de lo que ha obtenido con sus sucios negocios, pero es lo que mi jefe ha pedido, eso y su cabeza, y sólo me limito a seguir órdenes. Bajo la mesa acerco el maletín con la zapatilla, el contacto con el frío material me dé escalofríos o es lo que quiero pensar.
—¿A dónde le apetece ir a festejar, señorita Hart? —pienso que a mi casa, con mi hermana. En cambio, le ofrezco una sonrisa y engancho las manos a su cuello.
—Conozco un lugar donde podemos tomarnos una copa y después festejar en tu departamento —sé que no esperaba escuchar eso, pero accede.
Antes de dirigirnos al bar, le sugiero guardar el maletín. Me he asegurado de aparcar a unos pasos del restaurante y en un lugar seguro, así que el maletín se queda a resguardo en el maletero de mi auto. Mientras caminamos por la acera Oliver me toma de la cintura de manera posesiva. Sé que le excita creer que soy de su propiedad, mostrarme como un trofeo ante los demás, en sus ojos se refleja un atisbo de violencia cuando otro me mira. Disimulo que nada de esto me afecta aunque su contacto me queme como ácido. Estos meses han sido un infierno, soportado que acaricie hasta el último rincón de mi ser y permitiendo que me posea durante unos cortos minutos, lo único que me consoló todo este tiempo es saber que llegaría a su fin. Entramos al lugar que cuidadosamente he elegido: sin cámaras de seguridad, cerca del restaurante y bastante concurrido. Nadie se fija en ti, con butacas poco iluminadas donde las parejas pueden volar más de lo debido su imaginación. Tomo con firmeza su mano y lo dirijo hacia una de estas, su mirada me confirma que le agrada la idea.
Me acomodo mientras él se acerca a la barra, ubico en mi bolso la ampolleta que me ayudará a finalizar con esto. Flunitrazepam, la droga de los violadores, betabloqueadores y algunas cosas más: un cóctel infalible y difícil de rastrear en el sistema. Levanto la vista y lo veo coquetear con la cantinera. Cuando regresa me entrega la bebida y le doy un trago para calmar los nervios. Mala idea, está fuerte, demasiado fuerte, algo propio de él.
—No necesitas embriagarme para llevarme a la cama.
—Ah, ¿no?...
Le sonrío de manera seductora, cojo su mano y la coloco entre mis muslos. Dirijo su mano, intentando que sea suave, pero él no conoce ese término, me toca bruscamente. Suelto un gemido que confunde con placer. No me gusta lo que hace, pero necesito hacerlo creer que sí, así que recurro a lo único que me funciona en estos casos, pienso en James; en sus manos tocándome, en su boca saboreando mi piel, su lengua luchando con la mía y aunque la realidad dista mucho de mi imaginación, funciona. Noto mi humedad haciendo presencia entre mis piernas y cuando posa la mano en mi intimidad, mis bragas están ligeramente humedecidas. Las aparta sin ningún reparo y pasa la mano entre mis pliegues, invadiéndome de forma brusca, me muerdo el labio para no gritar.
—Siempre tan mojada… —jadea en mi oído.
—Por ti —sonríe—, pero pueden vernos… —resopla y aparta la mano provocándome un alivio inmediato.
Me toma del cuello y besa de forma brusca, se lo permito, pero después de unos segundo me aparto.
—¿Puedes buscarme una pajilla? —me muerdo el labio mientras lo miro con ojos suplicantes. Asiente, supongo que por el sexo prometido.
Cuando se levanta aprovecho para vaciar la ampolleta en su bebida. Siento como el cristal me quema los dedos y lo guardo en el bolso lo más rápido posible. Le doy otro trago a la bebida para aplacar los nervios y al regresar me mira interrogante al ver mi copa casi vacía.
—Tenía sed —sonrío y me levanto.
—Cuanto antes terminemos, mejor. Así comenzaremos con la verdadera celebración…
—Tengo que ir al sanitario, vuelvo enseguida —lo beso como si no hubiera mañana, al menos no para él, no opongo resistencia a la invasión de su lengua y gimo cuando me aprieta el trasero, es mi despedida.
Tomo la copa de la mesa y me pierdo entre la multitud. Lo observo desde lejos, mira el teléfono y se lleva las manos al cabello, me recuerda las primeras citas, como si esperara que tuviéramos sexo por primera vez, aunque llevamos meses acostándonos. Coge la bebida y la termina de un trago, comienzo a contar los segundos. Vuelve a mirar el móvil, observo como pestañea, se frota los ojos y apoya la cabeza sobre el respaldo. Ante los ojos de cualquiera parecería que se pasó de copas, segundos después su pecho deja de moverse, esa es mi señal. Salgo por la puerta trasera, camino con paso firme hacia el auto y manejo sin mirar atrás.








