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Averynth: El despertar del cristal

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Summary

Después de un divorcio que cambió su vida, Sil se refugia en una isla mediterránea buscando paz. Pero lo que encuentra es algo que ni sus sueños podrían haber anticipado. Ojos violetas la persiguen cada noche. Voces desconocidas la llaman por un título que no comprende: Majestad. Y un hombre —hermoso, severo y sobrenatural— afirma haberla salvado de una vida que ni siquiera sabe que existe. Cuando Sil es llevada al reino oculto de Averynth, descubrirá que su pasado está más ligado al destino de tres mundos de lo que jamás imaginó. Pero ¿cómo decidir entre su vida en la Tierra y el lugar donde podría convertirse en reina? En medio de intrigas políticas, pasiones ocultas y secretos ancestrales, Sil deberá descubrir quién es... y qué está dispuesta a sacrificar.

Genre
Fantasy
Author
Sol C
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El eco de los ovioleta


Ojos violeta mirándome, y ese sentimiento  de anhelo

 Desperté nuevamente en la madrugada, tras tener el mismo sueño. Tomé mi teléfono: eran las 4 a. m. Una tenue luz entraba por el balcón de mi habitación, y las cortinas se mecían levemente con la brisa.

Tengo 33 años y vivo en un estudio, muy lejos de mi país natal. Después de los peores años de mi vida y un divorcio, por fin había logrado encontrar algo de tranquilidad.

Luego de una relación muy larga —que creí sería para toda la vida— logré cumplir mi sueño de tener un negocio exitoso, lo que me permitió mudarme a un país donde no tenía pasado, donde nadie me conocía. Amo a mi familia, pero necesitaba alejarme por un tiempo. Y lo hice.

Paso mis días paseando por la playa y visitando mi cafetería favorita en las mañanas. Su dueña, Dora, una señora de unos sesenta años, dulce y alegre, se ha convertido en una de mis mejores amigas.

Entrando a la cafetería:

—¡Buenos días, Sil! —exclama Dora al verme entrar.

—Buen día, Dora.

—¿No dormiste bien otra vez? —dice con una sonrisa leve—. ¿Los ojos violetas otra vez?

—Parece que alguien disfruta mucho haciéndome madrugar.

—Parece que no eres la favorita de Hipnos.

—Jaja, lo de siempre, por favor.

—Claro, mi niña.

Me siento en la misma mesa de siempre, frente al ventanal con vista al mar, y comienzo a trabajar.

 

Al llegar a mi edificio, me encontré con mi vecino Zante en la puerta, despidiendo a una de sus conquistas.

—Buenos días, Sil —me saludó, revolviendo su cabello dorado con la mano.

—Buenas tardes. Son las dos de la tarde, por si no sabías. ¿Noche entretenida?

Sonrió.

—Algo turbulenta.

—Y sonora —le reclamé.

—Lo siento. Trataré de que no vuelva a suceder.

Le lancé una mirada de incredulidad.

—¿Otra noche con los ojos violetas? —preguntó con tono burlón.

—Debo dejar de contarles mis intimidades.

—Entonces no tendríamos nada interesante de qué hablar —se burló nuevamente—. Esta noche iremos con Fen al club, ¿quieres acompañarnos?

—Parece que Fen es más amiga tuya que mía. Lo pensaré, me siento un poco cansada.

—Anímate, hace mucho que no salimos los tres.

—Déjame descansar un poco y te avisaré.

Subí las escaleras hasta el segundo piso, donde está mi apartamento, mientras pensaba en cómo Zante se había vuelto parte de mi pequeño círculo de amistades, que hoy se reduce a Dora, Fen y él. Aunque es bastante guapo, nunca me ha interesado de forma romántica. Pensándolo bien, no he vuelto a sentir interés por nadie desde mi divorcio. Tal vez por eso mis deseos se canalizan en sueños.

Zante ha estado a mi lado desde que me mudé, hace ya más de un año. Siempre se ha comportado más como un guardián que como un amigo, manteniendo cierta distancia que me hace sentir extrañamente cómoda.

Al abrir la puerta, me detuve unos segundos a contemplar el estudio que se ha convertido en mi refugio. Un lugar con ese aire medieval que caracteriza a la isla de Rodas, pero decorado con un estilo minimalista y toques latinos muy míos. Me sobresalté al ver una figura delgada dormida en mi cama. Tomé uno de los cojines y lo lancé con fuerza. Era Fen, quien se despertó sobresaltada y molesta.

—Juro que te voy a quitar la llave que te di para emergencias —le grité, visiblemente molesta.

—Sabes que no puedo dormir por las noches con mis ruidosos vecinos —respondió, frotándose los ojos—. Aquí siempre hay silencio y calma.

—Eso es porque no escuchaste el concierto de Zante anoche.

Rió a carcajadas.

—Fue mi culpa, lo siento. Le presenté a una chica del trabajo.

—¿Le presentas chicas? —exclamé, sorprendida.

—¿De dónde crees que saca sus conquistas? Aunque es apuesto, no es muy ágil.

—Y tú le haces de casamentera. Entonces es tu culpa que sea tan promiscuo.

—Jajaja, suenas como una señora conservadora. Ojalá me dejaras hacer lo mismo contigo.

—No, gracias. Puedo encontrar mis propios prospectos.

—¿En serio? Porque desde que te conozco no te he visto con nadie. Y eso fue unos meses después de tu divorcio. El hombre con el que más intimidad has tenido últimamente es el de los ojos violetas de tus sueños.

Me di la vuelta, molesta y cansada.

—Juro que no vuelvo a contarles nada.

—Solo digo que ya es hora de que salgas con alguien. Como el chico del restaurante japonés, por ejemplo. Nos regala sushi cada vez que vamos contigo, y sé que te gusta también porque vamos muy seguido.

—Me gusta el sushi.

—Pero debes ir sin Zante. Parece que su propósito en la vida es espantar a todo hombre que se acerque a ti. Si no lo conociera, diría que está enamorado de ti.

—No digas tonterías —le respondí, irritada.

—Lo que trato de decir es que ya es hora de que abras tu corazón.

—Lo dice la chica que no cree en las relaciones.

—Yo soy un alma libre, lo tengo claro. Pero tú eres una romántica.

—Si te digo que los acompaño al club esta noche, ¿dejarás de hablar del tema?

Se dejó caer sobre la cama, resignada.

Oki, pero solo si me dejas elegirte el outfit.

—Está bien.

Soltó un grito de emoción.

 

Me miré en el espejo con el atuendo que Fan había escogido para mí.

—Ay, por favor, te ves increíble. ¡Mira ese trasero!

—Estoy muy orgullosa de mi cuerpo, pero eso no significa que quiera andarlo mostrando. Esta falda apenas cubre algo.

Me torció los ojos.

—Vámonos antes de que te arrepientas.

Salimos del apartamento. Zante ya nos esperaba.

Me miró con cara de preocupación.

—Diablos... alguien se va a molestar.

—¿Quién?

—Te ves genial. Vámonos.

 

Ya en el bar:

—¿Estás segura de que quieres tomar hoy? —preguntó Zante, visiblemente preocupado.

—¿Qué demonios te sucede hoy? ¡Déjala! Hoy lo necesita —intervino Fan.

—¿Sucedió algo?

—Recibí un mensaje de una amiga. Se volvió a casar.

—¿Con ella?

Asentí con la cabeza.

—¿Puedes creerlo? ¡Ese hijo de puta!

—Lo siento. Pero... tal vez esta sea la señal de que debes seguir adelante.

Me molesté, porque eso es exactamente lo que estoy tratando de hacer desde hace más de diez mil kilómetros de distancia, pero no tenía ánimo para responder.

—Y esa es nuestra misión de hoy, Zante.

—Y yo tengo al candidato perfecto —exclamó emocionado.

—Pues llámalo y que venga —gritó Fan, aún más emocionada.

—¡Basta! No vine a eso. Solo quiero no pensar y pasarla bien con mis amigos. ¿Se puede?

Fan me torció los ojos nuevamente, pero terminó asintiendo, desinflada. Zante, en cambio, me miró con una expresión burlona.

—Creo que ya tomaste demasiado, Sil.

—Por primera vez estoy de acuerdo con Zante, amiga. Creo que debemos irnos a casa.

—¿En serio me van a hacer esto? ¡No quiero! —les grité haciendo pucheros.

—Llévala afuera a que tome aire. Yo pago la cuenta y nos vamos —le susurró Zante a Fan.

—De acuerdo.

Fuera del bar.

—Estoy bien.

—Lo sé, lo sé. Solo quería tomar aire. Y estoy cansada. Creo que ya quiero irme a casa.

—Te odio.

—Eres tan tierna —me dijo con una sonrisa—. ¿Por qué está tardando tanto? Quiero ir al baño. Por Dios, siéntate aquí y no te atrevas a moverte.

—¡Sí, señora!

Me senté, pero traté de levantarme de nuevo buscando mi bolso. Me giré, pero obviamente estaba mareada. Caminé tambaleándome por la calle y tropecé con una espalda. Al alzar la vista, lo primero que vi fueron unos ojos dorados. No logré distinguir el rostro. Una voz grave dijo:

—Así que esta es.

Tropecé nuevamente y caí al suelo. Cuando levanté la vista otra vez, ya no lo vi. De pronto, unos brazos fuertes me levantaron y me acomodaron de nuevo en el banco frente al bar. Una voz gruesa, algo molesta, me ordenó:

—Quédate sentada. No te muevas.

Levanté la mirada. Me quedé en shock. Esos ojos... violetas. Debo estar soñando.

 

Al recuperar el conocimiento, estaba de nuevo en mi apartamento, acostada en la cama. Una tenue luz entraba por las puertas del balcón.

—Están aquí. Ella los vio.

—Lo sé. Ya saben que es ella.

—Debemos llevarla a Averynth.

—¡No!

—No tardarán en venir por ella, lo sabes.

—Debemos protegerla. Debes tratar de convencerla de que se vaya lejos.

—Sabes que eso no los detendrá.

—Lo sé, Zante. Pero no puedo forzarla a dejar todo.

—Ya lo hizo. ¿O qué crees que hace aquí?

—Debes estar muy atento. No puedes dejarla sola. Yo estaré cerca, siempre. Es una orden.

—Sí, señor —respondió Zante, agachando la cabeza—. ¿Te reconoció?

—Con suerte, pensará que fue otro sueño.

 

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