La Chica Que Soñaba Despierta by Flor de tinta at Inkitt
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La chica que soñaba despierta

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Summary

Mayela ha pasado gran parte de su vida encerrada en su mente. Soñadora por naturaleza, sensible hasta los huesos y con miedo a romperse, ha aprendido a esconderse en el silencio, en los "y si...", en todo lo que no se atrevió a vivir. Pero un día, la vida le susurra que aún está a tiempo. Que todavía puede empezar de nuevo. Esta es su historia: un diario íntimo convertido en acto de fe. Una carta abierta a todas las chicas que se han sentido invisibles, que han llorado a escondidas, que han amado con miedo, y que -a pesar de todo- aún sueñan con un final feliz. Porque a veces, el acto más valiente no es gritar... sino abrir una ventana, respirar hondo y atreverse a vivir.

Status
Complete
Chapters
15
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: El primer silencio

A veces, el silencio no llega de golpe. No es como apagar una luz. Llega despacio, deslizándose por las rendijas de la puerta, acomodándose en los rincones del alma sin hacer ruido. Eso fue lo que pasó con Mayela.

No supo exactamente en qué momento dejó de contestar mensajes, en qué día dejó de salir a la calle, en qué instante su rutina se volvió un eterno repetir de nada. Solo sabe que un día despertó y llevaba semanas sin ver a nadie, sin hablar con nadie que no fuera ella misma.

Su casa era pequeña, y aún así sentía que le sobraban espacios. Todo estaba en orden, pero no en paz. Había días en los que no se cambiaba la ropa del día anterior, y otros en los que simplemente se quedaba mirando al techo, como si ahí arriba estuviera escrita alguna respuesta. Pasaba horas pensando sin darse cuenta. No pensaba en cosas concretas, pensaba en todo y en nada al mismo tiempo. Soñaba despierta. Se imaginaba otra vida. Otra ella. Más libre. Más ligera.

Mayela solía ser alegre, o al menos lo intentaba. Pero ahora todo se sentía más pesado. Levantarse de la cama era una batalla. Comer, una obligación. Mirarse al espejo, un acto que evitaba. Cada día era un borrador sin corregir. Una página que no quería escribir.

El mundo afuera seguía girando, pero ella lo sentía lejano, como si ya no le perteneciera. La rutina era su refugio y también su prisión. Dormía tarde, despertaba sin ganas. No hablaba mucho. No salía. A veces, ni siquiera respondía cuando alguien la saludaba por mensaje. Porque no sabía qué decir. Porque no quería fingir que estaba bien.

Pero lo más duro no era la soledad. Era el silencio que ella misma había elegido. Un silencio que no gritaba, que no exigía, que solo existía. Y en ese silencio, Mayela se encontraba todos los días. Se reconocía y se escondía al mismo tiempo. Era el primer silencio, el más largo. Ese que nadie ve, pero que lo cubre todo.veces, el silencio no llega de golpe. No es como apagar una luz. Llega despacio, deslizándose por las rendijas de la puerta, acomodándose en los rincones del alma sin hacer ruido. Eso fue lo que pasó con Mayela.

No supo exactamente en qué momento dejó de contestar mensajes, en qué día dejó de salir a la calle, en qué instante su rutina se volvió un eterno repetir de nada. Solo sabe que un día despertó y llevaba semanas sin ver a nadie, sin hablar con nadie que no fuera ella misma.

Su casa era pequeña, y aún así sentía que le sobraban espacios. Todo estaba en orden, pero no en paz. Había días en los que no se cambiaba la ropa del día anterior, y otros en los que simplemente se quedaba mirando al techo, como si ahí arriba estuviera escrita alguna respuesta. Pasaba horas pensando sin darse cuenta. No pensaba en cosas concretas, pensaba en todo y en nada al mismo tiempo. Soñaba despierta. Se imaginaba otra vida. Otra ella. Más libre. Más ligera.

Mayela solía ser alegre, o al menos lo intentaba. Pero ahora todo se sentía más pesado. Levantarse de la cama era una batalla. Comer, una obligación. Mirarse al espejo, un acto que evitaba. Cada día era un borrador sin corregir. Una página que no quería escribir.

El mundo afuera seguía girando, pero ella lo sentía lejano, como si ya no le perteneciera. La rutina era su refugio y también su prisión. Dormía tarde, despertaba sin ganas. No hablaba mucho. No salía. A veces, ni siquiera respondía cuando alguien la saludaba por mensaje. Porque no sabía qué decir. Porque no quería fingir que estaba bien.

Pero lo más duro no era la soledad. Era el silencio que ella misma había elegido. Un silencio que no gritaba, que no exigía, que solo existía. Y en ese silencio, Mayela se encontraba todos los días. Se reconocía y se escondía al mismo tiempo. Era el primer silencio, el más largo. Ese que nadie ve, pero que lo cubre todo.

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