El acosador de Central Park (+18)
Recuerdo la luna llena, brillante como un ojo vigilante en el cielo. Yo caminaba por un sendero de tierra húmeda, guiado por un canto lejano, grave, masculino e hipnótico. Lo seguí, como si mi cuerpo ya no me perteneciera, como si mis pies supieran que el camino llevaba a mi destino.
La mansión apareció entre la bruma: torres afiladas, muros antiguos y una puerta que se abrió sin tocarla. Dentro, el aire olía a vino viejo, incienso y pecado. Él estaba allí, apoyado contra un trono de piedra y terciopelo carmesí, mirándome como si supiera que me tendría desde el primer cruce de miradas.
—Has venido —dijo, su voz como una caricia oscura—. Y ya no saldrás.
Intenté hablar, pero la lengua se me pegaba al paladar. Solo asentí, temblando de excitación y miedo. Él se acercó, lentamente, hasta quedar a centímetros. Me olió como un animal, y murmuró:
—Estás perfecto. Cálido, vivo... Qué desperdicio sería dejarte ir.
Me levantó del suelo como si no pesara nada y me llevó escaleras arriba, a una habitación con cortinas negras, candelabros encendidos y un lecho que parecía más altar que cama. Me arrojó sobre las sábanas con una facilidad humillante. Y antes de que pudiera procesarlo, ya estaba sobre mí, desnudo, con su cuerpo pálido y firme, su boca roja y abierta, sus ojos como carbones encendidos.
—Voy a cogerte como la bestia que soy —dijo, con una sonrisa que me heló la sangre.
Rasgó mi ropa como si fuera papel. Me mordió los muslos, el pecho, el cuello. Me penetró de una sola embestida que me robó el aliento y el alma. Se movía con una brutalidad rítmica, como si dentro de él ardiera una furia contenida por siglos. Gemía con cada golpe de caderas, gruñía en mi oído, me sostenía como si temiera que desapareciera.
—Duele… —susurré.
—Porque es real —me respondió, mientras chupaba el lugar exacto donde antes me había mordido—. Porque eres mío.
Me hizo venirme con su mano mientras seguía embistiendo con fuerza sobrenatural, riendo como demonio entre jadeos, como si mi placer lo alimentara. Me mordió el cuello otra vez y bebió, y cada sorbo me hacía más suyo.
Cuando terminó, no me dejó ir. Me arrastró de nuevo a su pecho, aún dentro de mí, y murmuró:
—Tú eres mi ofrenda, mi alimento y mi amante eterno. Esta noche es la primera de muchas… y no terminará hasta que implores que nunca salga el sol.
Desperté de golpe, con el corazón galopando en mi pecho y la respiración agitada, como si acabara de escapar de una tormenta de carne y deseo. La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por los primeros trazos de luz grisácea filtrándose por la cortina. Pero no era el amanecer lo que me hizo estremecer.
Era la humedad entre mis piernas. Lentamente, como temiendo confirmar lo inevitable, bajé la vista: sábanas manchadas, mi vientre perlado. El sexo aún palpitante, cubierto de semen, como testigo irrefutable de lo que había vivido… o soñado.
Me sonrojé al instante, sintiendo el rubor subir desde el cuello hasta las mejillas como una oleada vergonzosa y deliciosa. ¿Había tenido un sueño húmedo? ¿A esta edad? ¿Con esa intensidad?
Me llevé una mano temblorosa al cuello, casi esperando encontrar ahí la marca, el mordisco, la huella de ese vampiro que me había poseído como si el mundo se acabara. Pero no había nada… solo piel. Solo mi jadeo incrédulo y el temblor de un cuerpo que aún no sabía distinguir entre realidad y delirio.
—Dios… —murmuré, cubriéndome la cara con una mano—. ¿Qué demonios fue eso?
Pero en el fondo, lo sabía, porque era solo un sueño, y, sin embargo, la humedad entre mis piernas decía otra cosa. Decía que mi cuerpo lo había vivido, que mi alma aún temblaba con la memoria de su voz. Me levanté con cuidado, sintiendo las piernas débiles, y fui al baño a lavarme con agua fría, esperando que el vapor del recuerdo se disipara con el correr del agua. Y mientras el líquido resbalaba por mi piel, su voz aún susurraba en mi mente:
“Esta noche es la primera de muchas…”
Y yo… sonreí, sin poder evitarlo.
Estaba en medio de una toma particularmente interesante de una ardilla gorda robándole un pretzel a un niño, cuando el teléfono vibró en mi bolsillo trasero. Pensé que era spam, o mi madre… o ambos. Pero no, era el jefe.
Ese benefactor misterioso que me paga sumas obscenas de dinero por hacer trabajos que un adolescente con una cámara prestada y cuenta de Instagram podría hacer. No me quejo, soy el tipo de persona que se alegra cuando la vida le lanza una cuerda de oro mientras todos los demás están ocupados remando en barro. ¿Sospechoso? Un poco. ¿Raro? También. ¿Importa? No cuando el depósito llega puntual y con ceros suficientes para que mis traumas se tomen unas vacaciones en Hawái.
El mensaje era breve, como siempre: “Central Park. Esta tarde. Quiero luz natural.” Su forma de dar órdenes es más poética que directa, como si fuera un director de cine frustrado o un demonio con estilo.
Así que ahí estaba yo, en Central Park, cámara colgada al cuello, bufanda ridículamente enrollada hasta la nariz, y rodeado de gente. Era invierno, claro, y la pista de hielo estaba en su apogeo. El parque estaba perfectamente decorado para la ocasión. Mientras que unos estaban tomándose fotos con el gran árbol, otros estaban haciendo sus compras absurdas de último minuto debido a que ya se acerca la navidad. ¿Cómo se les ocurre ir a las jugueterías a estas alturas?
Pero bueno, la otra parte estaba peor que la anterior…
Niños deslizándose como pequeños meteoritos fuera de control, padres intentando fingir que lo disfrutan, parejas tomándose selfies con guantes de reno. Y yo… tomando fotos de todo eso, cumpliendo mi misión como el profesional caro que soy. Y, sin embargo, en medio del caos infantil y los gritos agudos, sentí algo, una presión en el pecho. No de esas que indican infarto, sino algo más sutil, más… personal, como si alguien estuviera tocándome el alma con un dedo frío.
Me giré.
Nada fuera de lo común, solo gente con gorros feos y narices rojas, pero la sensación no se iba. Era como tener una alarma emocional activada, una que dice “estás siendo observado” y no como Sauron del Señor de los anillos.
Intenté ignorarlo y respiré hondo. Me concentré en una pareja de ancianos que se caía en cámara lenta, adorables y probablemente con fracturas inminentes; sin embargo, ahí seguía, como si alguien se hubiera metido dentro de mi pecho a acampar con linterna y todo.
No me sentía amenazado, no del todo. Era como si mi día, que empezó con ardillas ladronas y con niños patinando, fuera apenas la introducción de algo que ya me tenía marcado. Y, claro, sonreí, porque si algo he aprendido en esta vida es que cuando el universo decide hacerte su protagonista, lo mínimo que puedes hacer es asegurarte de que te vean desde tu mejor ángulo.
Y fue justo cuando me agaché para capturar a una niña en el instante exacto en que se reía y se caía al hielo —una toma perfecta, digna de portada en cualquier revista que aún finja que la fotografía importa— que lo vi. Aunque no directamente, pero lo sentí primero. Era más bien un estremecimiento como si alguien hubiera soplado en la nuca de mi alma.
Me incorporé despacio, con esa lentitud cinematográfica que uno reserva para escenas donde algo se va al demonio. La gente seguía moviéndose, riendo, cayéndose, ajena a todo; no obstante, en medio de ese escenario, mis ojos encontraron algo que no encajaba.
Bajo uno de los puentes cercanos —de esos de piedra que parecen decorado gótico para turistas despistados— estaba una figura. No parecía parte del parque, ni parte del momento. Y no vestía como nadie más. Tenía traje oscuro, abrigo largo, sin gorro, sin bufanda, sin siquiera aparentar sentir frío.
Y lo más tenebroso: me estaba mirando. No como cuando alguien te reconoce de Instagram y duda si eres tú, era una mirada de esas que atraviesan, recuerdan o reclaman. Aunque eso ultimo no lo comprendo bien, pero se siente así. Porque esa figura, allá bajo el puente, tenía la misma intensidad con la que él me miraba en los sueños. Esa certeza maldita de quien sabe que volverás a sus brazos, aunque tengas que cruzar dimensiones para hacerlo.
Me paré en seco, apunté la cámara y ahí ya no había nadie. Me reí… por supuesto. Esa risa nerviosa y solitaria que uno suelta cuando todo dentro de ti grita esto no es normal, pero decides ignorarlo porque es lunes, estás trabajando, y ya bastante tienes con lidiar con sueños húmedos provocados por demonios seductores como para sumar alucinaciones diurnas.
Pero entonces sentí algo en la chaqueta, un peso que antes no estaba. Metí la mano en el bolsillo interior… y ahí estaba: una rosa negra. Y enrollado en su tallo, tenía un trozo de papel.
“No cierres los ojos esta vez, Maxwell. Voy a tocarte donde no llega la luz.”
Mi corazón latía tan fuerte que casi le hice eco al hielo cuando los niños se estrellaban contra él. Volví a mirar al puente que seguía vacío.
Él había estado aquí… y quería que volviera.









historia fascinante esa relación nacida entre sueños y realidad oculta una verdad que será muy interesante, me encanta
aaaaaaaa ya me enganchaste
malvada jijiji