CARTAS A LOS SUICIDAS

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Summary

Deivid lo tiene todo: el carisma, la popularidad y una vida que parece un desfile constante de éxitos y risas... Pero su mundo, pulido y superficial, se quiebra con los suicidios consecutivos de dos compañeros de Northwood High: Tristán Ferreira, su antiguo mejor amigo de la infancia, y Margareth Dubois, una artista silenciosa, la tragedia despierta en Deivid una intriga obsesiva: ¿por qué alguien elegiría la nada? Impulsado por una culpa oculta y la inquietante sospecha de que hay más de lo que se ve, Deivid se lanza a una investigación solitaria, su búsqueda lo lleva de vuelta a la vieja casita del árbol que compartía con Tristán, un santuario de la inocencia donde, para su asombro, establece una conexión etérea con el espíritu que se presenta como "Viento", le ofrece pistas crípticas y dolorosas verdades, revelando que las causas de las muertes están entrelazadas... El chico popular se ve obligado a confrontar el lado oscuro de su propia indiferencia y el devastador impacto de sus elecciones

Genre
Thriller
Author
Margaret
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El Despertar del Silencio

El sol de la mañana se derramaba sobre los pasillos del Northwood High School, pintando cada rincón con un brillo engañoso, para Deivid, de diecisiete años, la vida era un lienzo saturado de colores vibrantes, una secuencia ininterrumpida de momentos perfectos. Su cabello negro oscuro caía con despreocupada elegancia sobre sus ojos marrones, profundos y curiosos, tenía esa clase de belleza sutil, de la que no alardea, pero que se siente, que llena el espacio, era guapo, sí, pero no de una forma obvia o vanidosa, su atractivo residía en un magnetismo natural, una sonrisa encantadora que se dibujaba fácilmente en sus labios, capaz de desarmar una discusión o de encender una carcajada, no buscaba la popularidad; simplemente la poseía, un aura que lo convertía en el centro de cualquier reunión, el epicentro de las fiestas, el confidente informal de los dramas menores y mayores, era el chico que siempre tenía planes, el que recordaba tu bebida favorita sin que lo dijeras, el que disipaba tensiones con un comentario ingenioso, su popularidad no era un logro, sino una consecuencia inherente a su ligereza, a su aparente despreocupación por el peso del mundo

Pero esa mañana, la sinfonía caótica de la adolescencia se había silenciado, el zumbido constante de risas y murmullos se había transformado en un eco hueco, un silencio pesado, tan denso que casi se podía saborear, se había cernido sobre Northwood, no era el silencio respetuoso de un examen, ni el suspenso antes de un gran anuncio, era el silencio de un espacio vacío, la ausencia ensordecedora de lo que antes había sido, dos pupitres, el de Margareth Dubois en la tercera fila de Literatura y el de Tristán Ferreira al fondo de Matemáticas Avanzadas, permanecían desoladoramente vacíos, no, no estaban enfermos, no estaban de vacaciones, no se habían transferido, se habían ido, de la forma más absoluta e irreversible posible, se habían suicidado.

El primer golpe había llegado con Tristán, tres meses antes, la noticia había impactado a la escuela con la fuerza de un meteorito, dejando un cráter de incredulidad y dolor, Tristán Ferreira, el solo nombre le traía a Deivid una punzada, Tristán, su mejor amigo de la infancia, el chico con el que había compartido tardes enteras en la casita del árbol, construyendo mundos con piezas de Lego y sueños de exploradores, el genio del ajedrez, con su mente tan aguda que a veces parecía volar por encima de la realidad, y su habilidad para desarmar y volver a armar cualquier aparato electrónico con una paciencia casi infinita. Recordaba a Tristán con su cabello lacio que siempre le caía sobre las gafas, y esa mirada intensa, concentrada, eran inseparables, un trío con Luca, el mejor amigo de Deivid ahora, antes de que el instituto, con sus jerarquías invisibles y sus círculos exclusivos, los arrastrara en direcciones opuestas. Deivid hacia el centro de la popularidad, Tristán hacia los márgenes, hacia el club de robótica y las bibliotecas polvorientas, lo que el mundo popular consideraba el reducto de los "nerds".

Cuando la noticia del suicidio de Tristán se filtró –se había ahorcado en su propia habitación, dejando una nota concisa para sus padres, apenas unas líneas que no ofrecían consuelo ni explicación–, Deivid sintió un escalofrío que no pudo disipar. Era más que la conmoción general. Era una punzada de culpa soterrada, una que Deivid se apresuró a enterrar bajo la superficialidad de su vida cotidiana. Tristán era parte de su pasado, un fantasma de la infancia que había optado por desvanecerse. La vida de Deivid, en su burbuja perfecta, era demasiado ruidosa para fantasmas, se unió al coro de lamentos, ofreció sus condolencias a Luca –que estaba destrozado, pálido y silencioso como nunca–, y asistió al funeral con un nudo en el estómago que le impedía tragar, pero luego, la marea de la normalidad, con su inercia implacable, volvió a subir, los consejeros escolares dieron sus charlas, se ofrecieron líneas de ayuda, las flores en el casillero de Tristán se marchitaron hasta convertirse en un puñado de pétalos secos... Y la vida, en Northwood, continuó.

Hasta ahora, el vacío que dejó Margareth Dubois era el segundo golpe, y este no podía ser ignorado, Margareth, la chica blanca de cabello corto castaño y lentes ovalados, siempre mirando al piso, con el flequillo cayendo sobre sus ojos. Deivid nunca le había detallado, y apenas podía recordar cómo era su rostro más allá de esa expresión ensimismada, era la artista silenciosa de la clase de Literatura, siempre con su cuaderno de bocetos apretado contra el pecho, dibujando mundos que solo ella parecía habitar, su risa, cuando se atrevía a dejarla escapar, era como el tintineo de campanillas de viento, un sonido etéreo y casi inaudible, Margareth se había lanzado de un paso elevado en la autopista, justo antes del amanecer, la noticia corrió como un reguero de pólvora, más rápida y virulenta que la de Tristán, porque esta vez, la escuela estaba preparada para el pánico, la sombra del primer suicidio había preparado el terreno para que la segunda tragedia echara raíces aún más profundas

Deivid se encontró sentado en el comedor, el ruido habitual de las bandejas y las voces ahogado por el pesado velo del silencio, Luca estaba a su lado, los ojos rojos e hinchados, su rostro marcado por una desesperación que a Deivid le costaba ver, Cloe, su amiga con el cabello pelirrojo brillante y una energía contagiosa, mantenía la mirada fija en su comida, su vivacidad habitual reemplazada por una solemnidad inquebrantable, Leo, el deportista despreocupado, jugueteaba con su teléfono, pero sus dedos se movían erráticamente, sin rumbo, Sophia, la intelectual del grupo, había dejado su libro sin leer, su expresión preocupada, Marco y Émilie, los bromistas de siempre, no habían soltado una sola carcajada

_No puedo creerlo_murmuró Cloe, la voz apenas un susurro_Otra vez.

"¿Por qué?", preguntó Luca, su voz ronca y quebrada_No entiendo, Margareth... parecía tan tranquila ¿Y Tristán? Era tan... brillante. ¿Cómo alguien así?"

Las palabras de Luca pincharon a Deivid, la misma pregunta que había barrido bajo la alfombra con Tristán, ahora volvía, magnificada, ineludible... ¿Por qué? No un porqué superficial, no el de "depresión" o "problemas". Un porqué que desvelara el abismo de la desesperación, la razón última para elegir la nada. Deivid, el chico que siempre tenía la respuesta, la solución para todo, se encontraba ante un enigma que su popularidad no podía resolver, que su encanto no podía disipar. La idea de que una vida pudiera ser tan miserable como para querer acabarla le resultaba ajena, casi incomprensible. Él, que lo tenía todo, no podía concebir esa oscuridad.

En la clase de psicología, el profesor Giulio, un hombre con la barba canosa y una voz suave que intentaba infundir calma, habló sobre la importancia de buscar ayuda, de la salud mental, Deivid escuchó a medias, su mente flotando entre las palabras y las imágenes de Tristán y Margareth, no era la ayuda lo que lo intrigaba, sino el momento antes de la ayuda, el punto de inflexión. ¿Qué se sentía? ¿Qué los había llevado al límite? ¿Qué desesperación era tan grande como para apagar la luz de su propia existencia? No podía creerlo, no podía creer que alguien estuviera tan solo o tan desesperado.

Esa tarde, la casa de Deivid, normalmente llena de vida y de la energía de sus padres, Isabelle y Antoine, se sentía extrañamente vacía, sus padres, preocupados, le preguntaron cómo estaba, le ofrecieron hablar, Deivid les aseguró que estaba bien, que era solo el impacto, el shock, pero la verdad era que la pregunta crecía en su interior, un tumor de curiosidad que se negaba a ser extirpado.l

En su habitación, Deivid se sentó frente a su escritorio, sacó una libreta vieja, de esas que usaba para garabatos en clase, con su bolígrafo, escribió en la primera página, con una letra más decidida de lo que sentía:

"¿Por qué?"

Debajo, hizo dos columnas: Margareth Dubois y Tristán Ferreira.

Empezó a anotar lo que sabía, por trivial que pareciera.

Margareth:

* Blanca, cabello corto castaño, lentes ovalados, siempre mirando al piso, flequillo que ocultaba su mirada.

* Risa de campanas de viento

* Artista tranquila

* Dibujos melancólicos, el último "Vacío"

* Se lanzó de un paso elevado

* Rumores de acoso en línea

* Posibles pistas en una carta

Tristán:

* Antiguo mejor amigo

* Genio del ajedrez y la robótica

* Hermético, brillante, lógico

* Se ahorcó en su habitación

* Posibles pistas en una carta

* Murió 3 meses antes que Margareth

La lista era patéticamente corta, llena de vacíos, pero las cartas, los rumores persistían, susurros en los pasillos de que ambos habían dejado notas más allá de las breves explicaciones oficiales, los padres de Tristán habían sido muy protectores con los detalles y los de Margareth, gente reservada, apenas habían hablado con nadie, la policía, en ambos casos, había cerrado la investigación rápidamente: suicidio. Nada más que investigar, pero Deivid no estaba convencido, no podía ser tan simple, no podía haber una vida tan miserable

La intriga se convirtió en obsesión, Deivid se dio cuenta de que no estaba buscando respuestas para calmar su mente, sino para alimentar una necesidad más profunda, necesitaba entender, necesitaba saber qué llevaba a alguien a elegir la muerte. Y la idea de que había cartas con pistas, algo que nadie parecía querer discutir abiertamente, lo impulsó aún más, la oscuridad de esos actos era extrañamente magnética, un abismo del que no podía apartar la mirada.

Se le ocurrió un lugar, la casita del árbol de Tristán, no había ido allí desde hacía años, desde que sus caminos se habían separado irremediablemente, era el último lugar que habían compartido de verdad, un santuario de la infancia donde los secretos estaban a salvo. Quizás, si tenía suerte, encontraría algo allí, una caja vieja, un recuerdo, tal vez, una de las cartas. Un lugar donde un Tristán, más niño y más vulnerable, podría haber escondido algo del "nerd" que había llegado a ser.

Al día siguiente, en lugar de unirse a sus amigos en el comedor ruidoso, Deivid se despidió rápidamente del grupo que aún intentaba retomar una simulada normalidad

_¿A dónde vas, Deivid?_preguntó Luca, con una mezcla de curiosidad y preocupación

_Solo... voy a caminar un poco_espondió evitando su mirada, no podía explicarles, se sentiría como un traidor a la superficialidad que los unía, a la despreocupación que era su seña de identidad

Cloe lo miró con una ceja arqueada_Estás raro, Deivid, demasiado pensativo para tu propio bien

_Sí, este rol de 'chico serio' no te queda_bromeó Leo, tratando de aligerar el ambiente, pero su sonrisa no llegó a sus ojos

_Pareces un detective ¿Qué buscas?_ inquirió Sophia, su voz teñida de escepticismo

_Respuestas_soltó Deivid, sorprendiéndose a sí mismo por la honestidad, antes de encogerse de hombros y seguir su camino, sentía que una barrera invisible se alzaba entre él y sus amigos, una brecha que se ensanchaba con cada paso que daba hacia la verdad, no entendían su necesidad, su urgencia, lo veían como una debilidad, una excentricidad

Caminó por las calles familiares hasta el viejo vecindario de Tristán. El roble era aún más grande de lo que recordaba, sus ramas gruesas y nudosas extendiéndose como brazos antiguos. La casita del árbol estaba escondida entre el follaje, un poco inclinada, las tablas descoloridas por el tiempo. Subió la escalera de madera, sintiendo el crujido bajo sus pies, un sonido que le trajo una punzada de nostalgia agridulce.

El interior de la casita estaba lleno del polvo de los años y el olor a madera vieja. Telarañas colgaban de las esquinas. No había nada a primera vista. Solo la mesa pequeña, las sillas en miniatura, el pequeño estante donde solían guardar sus tesoros de niños, Deivid se arrodilló, revisando debajo de la mesa, detrás del estante. Nada. Sintió una punzada de decepción.

Justo cuando estaba a punto de darse por vencido, su mano rozó algo en la parte inferior de una de las tablas del piso, justo debajo de la ventana. Era una tabla suelta, apenas visible. Con la punta de sus dedos, la levantó con cuidado. Debajo, en el hueco oscuro, había un sobre de papel amarillento. Y una pequeña caja de metal, oxidada por la humedad.

Sacó el sobre. Estaba sellado, pero no con cera. Simplemente doblado. Su nombre, "Deivid", estaba escrito en una letra que reconoció de inmediato como la de Tristán. Con manos temblorosas, lo abrió.

Dentro, había una sola hoja de papel, doblada por la mitad. Y las palabras de Tristán, sus últimas palabras, golpearon a Deivid con la fuerza de un puñetazo en el alma.

"Deivid,

Si encuentras esto, supongo que ya me fui. No hay nada más que explicar, ¿verdad? Solo... cansancio. El mundo es demasiado ruidoso cuando tu propia mente es un silencio atronador. Solíamos tener nuestro propio mundo aquí, ¿recuerdas? Un lugar donde ser diferente no era una debilidad, donde un "nerd" y un "popular" podían ser solo amigos. Pero supongo que ese lugar se hizo demasiado pequeño para ti. O yo me hice demasiado pequeño para el mundo, para el tuyo al menos. La popularidad es un espejo que distorsiona la realidad, Deivid. Te quita lo que eres y te da lo que creen que eres. Y a veces, en esa transacción, pierdes lo más valioso. Y otros te pierden a ti. Sabes, lo que más duele no es el final, sino la distancia que se abrió entre nosotros. La distancia que tú creaste. No te culpo, Deivid. La vida es así. La gente se separa, los amigos crecen aparte. Pero... ojalá hubieras recordado la casita del árbol antes de que yo me convirtiera en un fantasma. Ojalá hubieras recordado al Tristán que conociste aquí. Había cosas que quería contarte, cosas que solo tú entenderías. Pero no había tiempo. No había puente. Lo único que me duele es que Margareth se va a sentir tan sola. Ella es la única que me ha entendido de verdad, la única que me ha visto más allá de los circuitos y los libros. Cuídala, Deivid. Ella es importante. Su risa suena a campanillas. Ella tiene su propia casita del árbol. Ojalá se encuentre con alguien que la vea de verdad.

Solo... sé amable. Y no te pierdas. Es fácil hacerlo en la multitud.

Tristán."

La carta cayó de sus manos. Deivid se sentó en el suelo de la casita del árbol, el aire frío y el polvo pareciendo ahogarlo. Sus ojos marrones, siempre tan desapegados, ahora ardían con lágrimas que se negaba a derramar. La distancia que él había creado. La distancia que él había permitido que creciera entre ellos, el abandono sutil de su amistad de la infancia por el brillo de la popularidad. Tristán no lo culpaba directamente, pero las palabras eran un reproche silencioso, un eco de una amistad olvidada, sacrificada en el altar de lo que Deivid había llegado a ser. La culpa que había sentido con la muerte de Tristán, esa punzada soterrada, ahora estallaba en su pecho como mil agujas. No podía creer que sus acciones, tan aparentemente inofensivas, hubieran tenido un peso tan devastador.

Mientras intentaba recomponerse, su mirada se posó en la pequeña caja de metal. La abrió. Dentro, no había joyas ni dinero. Solo una pequeña foto de los tres –Deivid, Luca y Tristán–, de niños, sonriendo, con la casita del árbol de fondo. Y un pequeño cuaderno de dibujo, de esos que Margareth usaba. Era un cuaderno sin terminar, unas pocas páginas llenas de bocetos a lápiz. En la primera página, escrita con una letra pulcra y delicada, había una nota: "Para mi mejor amigo, Tristán. El único que realmente me veía." Debajo, una fecha, de hacía poco más de un mes.

Margareth y Tristán. Mejores amigos. La conexión. Deivid sintió una nueva ola de conmoción. Los dos espíritus más solitarios de la escuela, aparentemente. Las palabras de Tristán sobre Margareth lo golpearon: "Ella es la única que me ha entendido de verdad... Su risa suena a campanillas." Tristán le había confiado su última preocupación. Y esa preocupación ahora era una realidad.

El sol de la tarde se filtraba por las grietas de la casita del árbol, pintando motas de polvo que danzaban en el aire. Deivid sentía una extraña opresión en el pecho, una presencia, una energía que no era la suya. Justo entonces, una voz, suave como el susurro del viento entre las hojas, pero clara y resonante, pareció materializarse detrás de él

_Él siempre me entendió, ya sabes, mejor que nadie, esta casita del árbol... era nuestro lugar después de lo suyo, yo venía aquí a veces, me sentía cerca de él

Deivid se giró bruscamente y ahí estaba, no una figura fantasmal, ni una ilusión borrosa, una chica. Su cabello, de un rojo vibrante, le caía en cascada sobre los hombros, y sus ojos, de un azul profundo como el océano, lo miraban con una melancolía que a Deivid le perforó el alma

_¿Quién eres?_ preguntó Deivid, su voz apenas un susurro, a pesar de sí mismo. Su mente racional luchaba por encontrar una explicación para su presencia en la casita del árbol ¿Una hermana de Tristán? ¿Una amiga que él no conocía?

La chica sonrió, una sonrisa pequeña, triste_No te asustes, Deivid. No te haré daño. Solo... he estado esperando. Y eres el único que ha venido a escucharme_sus ojos azules, tan intensos, lo escrutaban

Deivid retrocedió, golpeándose contra la pared de madera, sentía una conexión extraña, una familiaridad que no podía ubicar_¿Esperando qué?_logró articular, el corazón latiéndole con fuerza

_Esperando que alguien se diera cuenta, que alguien preguntara por qué de verdad_respondió la chica, su voz suave, como el eco de una risa lejana_Me llaman 'la chica de los dibujos'. Pero tú me conoces como "Te"

Deivid parpadeo "¿Te?", el apodo una simple palabra extraña y poética ¿Por qué le resultaba tan familiar, tan inquietante? No podía conectar el nombre con nada ni nadie que conociera ¿La chica de los dibujos? ¿A que se referia?, Deivid sentía una punzada de frustración por no poder ubicarla, por no recordar, había algo en sus ojos, en su sonrisa, que le resonaba en la memoria, pero estaba borroso, inalcanzable

_¿Qué... qué quieres?_preguntó Deivid, sintiendo un escalofrío que no era del frío

_Quiero que sepas la verdad_respondio, ahora con una urgencia apenas perceptible_Y que la cuentes... Él era el único que me vio, y yo la única que lo vio a él, al final, estaba muy solo, Deivid, más de lo que imaginas. Y tú... tú fuiste parte de su soledad, aunque no lo quisieras

Sus palabras resonaron con las de la carta de Tristán. "La distancia que tú creaste." "Parte de su soledad." Deivid sintió que el mundo giraba. La culpa que lo había carcomido por Tristán, ahora se sentía como una sentencia más pesada. Sus acciones, su ascenso a la popularidad, ¿habían condenado a su mejor amigo? Y ahora, esta chica de ojos azules, esta "Te", le estaba diciendo que él también tenía un rol en su propio destino. ¿Cómo podía ser? ¿Qué conexión tenía ella con todo esto?

El sol de la tarde se filtraba por las grietas de la casita del árbol, pintando motas de polvo que danzaban en el aire. Deivid sentía que no estaba solo. Tenía una carta de su mejor amigo que lo acusaba de abandono. Tenía el cuaderno de Margareth, la prueba de su amistad con Tristán. Y tenía a esta chica misteriosa de cabello rojo y ojos azules que se hacía llamar "Te", que le ofrecía la verdad, una verdad que ya le parecía demasiado pesada

Su búsqueda de respuestas había comenzado de una manera que jamás hubiera anticipado Los suicidios de Tristán y Margareth no eran solo tragedias distantes

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