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Hasta Sangrar Tu Nombre

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Summary

Enzo no es un joven común; pertenece a los Hijos del Pacto, una temida asociación de asesinos marcada por un sistema único: cada víctima deja su huella en la piel de su verdugo. A los 18 años, Enzo ya es una leyenda con 79 muertes a su nombre. Pero su mundo da un vuelco cuando un nuevo nombre se graba en su brazo: Samantha Thompson. ¿Quién es esta chica, y por qué su cuerpo parece reconocerla antes que su mente? La respuesta lo lleva a recordar a la chica que, años atrás, hizo el ridículo frente a todo el instituto. Entre sueños perturbadores y una conexión inexplicable, Enzo comienza a conocerla... y a enamorarse de ella. Pero el Pacto no perdona ni espera. Cuando llegue la señal de que debe matarla, Enzo enfrentará la decisión más peligrosa de su vida: seguir las reglas de los Hijos del Pacto o salvar a la única persona capaz de despertar su humanidad.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

Desde pequeño sabía que había nacido para esto. Sabía que algo dentro de mí era diferente a los demás. Esa necesidad de ver siempre el último aliento de las personas era mi mayor vicio. Ver como la vida escapaba de sus ojos era magia pura. Así que cuando una niña comenzó a molestar a mi hermana pequeña en la escuela yo sabía lo que tenía que hacer, más bien deseaba hacerlo. Ahorcarla y ver su último aliento desesperado salir de sus labios mientras sus ojos me suplicaban qué parase fue la primera gran satisfacción de mi vida. No tuve miedo de que me atraparan ya que sabría que nunca encontrarían su cuerpo.

Aquel día sellé mi destino. En mi mundo, un asesinato cometido antes de cumplir los catorce años no es solo un crimen: es un pacto de sangre. Un vínculo que nos une a un propósito mayor. Las almas que arrebatamos no desaparecen; se convierten en cadenas invisibles, marcas imborrables que atan nuestra existencia al pacto que rige todo, conocido como El Vínculo. Desde entonces, mi vida dejó de ser mía y quedó al servicio de sus deseos.

Debo admitir que mientras más sangre corría por mis manos, más me aferraba a esa conexión. No estaba loco por matar, pero estaba desquiciado por el poder que traía ver a las personas rogando por piedad. Cada súplica, cada último aliento, era un recordatorio de que pertenecía al Vínculo.

Para cuando cumplí dieciocho tenía uno de los récords más altos entre los Hijos del Pacto: cuarenta y ocho vidas segadas en mi nombre. Me hubiera gustado superar al Custodio, pero alcanzar setenta y siete asesinatos perfectos en seis años no era tarea fácil, incluso para alguien como yo.

Este era mi mundo, y aquí pertenecía. Después de los catorce dejé de ser humano. No podía serlo, porque ser parte del Vínculo nos transforma. Ya no éramos personas: éramos Hijos del Pacto, y esa verdad lo gobernaba todo.
En mi mundo, El Custodio era la autoridad máxima. Él lo sabía todo: el número de muertes que cada hijo había causado, las que se cumplían por honor, las que eran solo por deseo de poder o venganza. Él no solo asignaba las presas, sino que las controlaba, las dirigía como si fueran piezas en un tablero de ajedrez. Con cada muerte, sentía cómo el poder fluía dentro de él, se alimentaba de la sangre derramada, del sufrimiento, de la desesperación. A lo largo de los años, El Custodio se volvía más fuerte, más resistente a las amenazas que se cernían sobre él.

Era una maravilla.

El Custodio no moría de manera normal. No. Él estaba más allá de eso. Las muertes que había causado, las vidas que había arrancado, eran su sustancia, su combustible. Con el paso del tiempo, se transformaba, se renovaba en un ciclo perpetuo. Un Custodio moría, y entonces el siguiente en la lista de los más letales ascendía al puesto, no por herencia, sino por mérito. Pero el poder de la posición no era solo simbólico.

Aspiraba a ser como él. A poder mirar a los ojos a quien me tenía que enfrentar sin vacilar, sin miedo. A saber que, sin importar cuántas veces los demás intentaran derribarme, sería invencible. La muerte se convertiría en mi aliada, tan fiel como lo era para El Custodio.

Cada vez que se me asiganaba una nueva muerte, y tenía que ver al Custodio, me preguntaba cuánto más podría soportar ese poder. ¿Cuántas muertes serían necesarias para alcanzar ese nivel de influencia? La calma que lo rodeaba, esa presencia que imponía, no podía ser natural. Pero no, no lo era. Era el resultado de años de muerte acumulada. Con el tiempo, fui dándome cuenta de que no importaba cuántas veces cometiera errores en mis asesinatos o cuántos nuevos asesinos aparecieran. El camino hacia el puesto de Custodio era claro. Solo era cuestión de tiempo antes de que, algún día, yo ocupara esa misma silla.

Que se te asignara una nueva presa no era como asignar una tarea en la escuela a cada alumno. Tenías que entrar en la vida de la presa, hacerla sentir especial, hacerla sentir que eras parte de su vida, para luego simplemente arrebatarle la vida cuando bajase la guardia. Y verdaderamente eso me encantaba, verlas sufrir por que una de sus personas cercanas les estaba arrebatado algo que creían preciado o que simplemente veian algo superficial era un premio.

Aunque claro, no todo podía ser tan perfecto. Las almas de las presas te perseguían, acechando en las sombras, arrastrándose tras ti como fantasmas sedientos de venganza. Había quienes no podían soportarlo. Aquellos con un status promedio, que no eran lo suficientemente fuertes para manejar la carga del pacto, o los hijos del pacto débiles, que no tenían la fortaleza mental para soportar el peso de las muertes que habían cometido. Los más frágiles, los que habían roto el código sin entender las consecuencias, veían a las sombras perseguirlos, escuchar sus susurros en la oscuridad, como si el eco de sus víctimas nunca dejara de rondar en su mente. Para algunos, la culpa era tan intensa que se convertía en una condena de por vida. Para otros, esos fantasmas se volvían demasiado reales, y la línea entre la cordura y la locura se desdibujaba por completo.

Como en todo mundo, también existían los débiles: Los Renegados. Eran aquellos que, de una u otra forma, cometían el peor pecado para un Hijo del Pacto: encariñarse con su presa. Para ellos solo había dos destinos, ambos igualmente aterradores.

El primero, un castigo reservado únicamente para quienes traicionaban abiertamente al Vínculo. Nadie hablaba de ello, pero todos sabían que era algo tan atroz que incluso el más fuerte prefería callar y mirar hacia otro lado.

El segundo, una muerte silenciosa y humillante. Aquellos que huían por amor o piedad estaban condenados a desaparecer en el olvido. La presa que intentaron proteger los olvidaría como si nunca hubieran existido, y ellos mismos acabarían perdiéndose, consumidos por la soledad y la culpa. Irónicamente, su sacrificio era en vano: la presa que intentaron salvar siempre terminaba muriendo en manos de otro Hijo. Porque el Vínculo nunca deja cabos sueltos. Nunca.

A simple vista, no éramos diferentes a ellos. Vivíamos entre las presas, caminábamos por las mismas calles, trabajábamos en las mismas oficinas, estudiábamos en las mismas aulas. Teníamos hogares, familias, sueños que parecían tan mundanos como los de cualquiera. Pero esa era solo una fachada.

Nuestro verdadero propósito se ocultaba bajo capas de normalidad cuidadosamente tejidas. Cada sonrisa, cada conversación trivial, cada gesto amable formaban parte del disfraz. Porque en nuestro mundo, la presa nunca debía saber que lo era hasta el último momento.

Era extraño cómo podíamos convivir con ellos tan de cerca, compartir espacios, incluso intimidades, sabiendo que en cualquier instante podríamos recibir una orden para acabar con sus vidas. Pero así era nuestro pacto. Ser invisibles. Ser sombras. Ser cazadores en un mundo que nunca nos vería venir.

En el mundo de los Hijos del Pacto, cada vida que arrebatas queda grabada en tu piel, como si el propio pacto reclamara el acto y lo sellara en ti. Estas marcas, invisibles para los demás hasta que se activan, son una constante en la vida de los hijos del pacto. No se eligen, no se planean, y no se borran. Aparecen solas, espontáneamente, y cada una representa una muerte consumada, una vida que ya no está.

El proceso de la marca es doloroso, breve, pero intenso. Tan pronto como la vida de una presa se apaga, una nueva marca aparece en la piel del asesino. La ubicación y el diseño de la marca no son predecibles: algunas son líneas simples, otras más intrincadas y complejas, a veces con símbolos esotéricos o patrones geométricos. Sin embargo, todas ellas comparten una característica en común: son visibles, como una señal de lo que el hijo del pacto ha hecho.

Las marcas se localizan en áreas visibles del cuerpo: los brazos, el cuello, las manos. La razón es clara: son una prueba pública de la vida que se ha arrebatado, una forma de que los demás vean el poder y la sangre que un hijo del pacto ha derramado. Las marcas no solo son un recordatorio para el portador, sino una forma de señalar su estatus dentro del Vínculo.

Cada nueva marca también tiene un propósito funcional. Cuando se activan, brillan levemente, como si respondieran a la presencia de una nueva presa. De alguna manera, el pacto hace que el asesino sea guiado hacia su objetivo, como si estuviera predestinado a eliminar a esa vida específica.

Esas marcas, sin embargo, no desaparecen. Con el tiempo, se acumulan, una sobre otra. Y mientras más marcas se tengan, mayor es el estatus dentro del Vínculo. Algunos hijos del pacto se jactan de las marcas visibles que llevan en su cuerpo, como medallas de guerra. Otros, sin embargo, ocultan las suyas, avergonzados por el peso que cargan.

Para los Renegados, aquellos que intentan escapar del pacto, las marcas se convierten en una maldición. El dolor de cada una se intensifica con el paso del tiempo, y es como si cada una de esas marcas los estuviera llamando de vuelta al Vínculo. De igual forma, las marcas se convierten en un recordatorio constante de que jamás podrás escapar de lo que has hecho.

Estas marcas son el precio de tomar una vida en el mundo de los Hijos del Pacto. Son la huella eterna de cada asesinato cometido, la señal de que has sellado tu destino y, al mismo tiempo, el inicio de tu viaje en busca de poder, o en la búsqueda de tu propia perdición.

Holaaa, espero haya sido de tu agrado el prólogo, ten en mente muchos de los puntos mencionados ya que te serviran para entender el primer capítulo. Los veo en el capítulo 1, gracias por leer!! y no olvides votar <3

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