Las Sombras De Una Fantástica Guerra. by Cristian at Inkitt
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Las Sombras de una Fantástica Guerra.

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Summary

Han pasado ya cuatro años desde que el imperio conquistó las tierras del Reino de Tierra Blanca, en el continente de Espalda Helada. Pero nunca hubo paz, ni un tratado de rendición, al contrario, una guerra tan larga como mortal, ha azotado a la región, que, durante este tiempo, se ha caracterizado por pequeñas escaramuzas y encuentros, peor ahora, un accidente en una corte cambia el juego en el papel y el campo. Ganará quien sepa mover bien sus piezas en el tablero

Genre
Fantasy
Author
Cristian
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 0: Lealtad

La Ciudad de Verimian.

Después de caminar un par de horas siguiendo el arroyo, los viajeros llegaron finalmente al último obstáculo antes de alcanzar la ciudad de Verimian: un majestuoso puente que cruzaba el río más importante del continente, conocido como “La Espalda Helada”. Tras la guerra, el puente había quedado bajo estricta custodia imperial. En la orilla del río se acumulaban restos de una antigua campaña naval; la corriente arrastraba pesadas embarcaciones, tanto grandes buques de guerra como naves menores, encalladas entre los sedimentos y ramas, como si la tierra se negara a olvidar el conflicto.

Los viajeros se detuvieron al pie del puente, donde se alzaba una enorme puerta de hierro resguardada por soldados del Imperio. El muchacho estaba en malas condiciones, por lo que el anciano suplicó a los guardias que lo llevaran a la ciudad para poder atenderlo. Sin embargo, los soldados se negaron: no podían abandonar su puesto, ya que, a escasos kilómetros, la armada de la coalición se preparaba para atacar el puente. Si lo lograban, Verimian —una ciudad amurallada y estratégica— caería, algo inaceptable para el Imperio.

El anciano insistió. No pedía escolta ni refugio, solo que lo dejaran pasar y acceder a la capilla donde podría sanar al chico. Pero los guardias mantuvieron su negativa: tenían órdenes estrictas de no permitir el paso a nadie. Propusieron una ruta alternativa hacia otra ciudad, más lejana, aunque todos sabían que este era el único puente aún funcional.

En medio de la discusión, una voz femenina, suave pero firme, interrumpió:

—Es curioso que un anciano y un niño hayan cruzado un bosque tan peligroso... y que solo el infante esté herido. No sé qué pretenden, pero aquí no pueden pasar.

La mujer descendía de un colmillar, un animal imponente, usado para misiones terrestres, y portaba una máscara extraña. Su uniforme era diferente al de los demás soldados.

—¡Hace semanas que estamos huyendo de los ataques entre facciones! —replicó el anciano—. ¿Qué alternativa teníamos? Quizá por los recientes enfrentamientos las bestias han salido a los caminos... ¡Hace solo unas horas enfrentamos una que ni siquiera maté! —hizo una pausa, respirando con dificultad—. Miras y no quieres ver. Solo somos viajeros atrapados en esta guerra. No pido oro ni armas. Solo ayuda para él... su brazo está muy dañado.

La mujer entrecerró los ojos.

—No portas armas, solo ese bastón. ¿Eres un mago? ¿Por qué no lo has curado tú?

—No tengo afinidad con la magia de curación. Solo puedo aliviarle el dolor con ungüentos.

Un silencio tenso cayó sobre el grupo. Finalmente, la mujer cedió.

—Puedes cruzar... pero no entrarás a la capilla. Todos los sanadores fueron enviados al frente. Tal vez encuentres alguno en la ciudad.

Con un gesto de su mano, las enormes compuertas comenzaron a abrirse, movidas por engranajes que crujían como si el puente mismo se resistiera.

—Verimian está a quince minutos a pie. Es toda la ayuda que puedo darte.

El anciano asintió, alzó al chico y comenzó a cruzar. El puente estaba repleto de soldados, maquinaria, bestias y tensión.

A medio camino, fue alcanzado por la misma mujer.

—Toma esto —le dijo, entregándole una carreta con un viejo caballo—. No puedo ser completamente dura con alguien tan necesitado.

Él la miró con una mezcla de sorpresa y gratitud. En su uniforme, leyó una placa dorada con un grifo bronceado y el título GIPOMAI.

—¿A quién agradezco este gesto?

—Kamika —respondió—. Que tengas buen viaje.

El anciano acomodó al muchacho y emprendió el trayecto.

Poco después, Kamika se dirigió a uno de sus soldados:

—Informa a la guardia de la ciudad que ya va en camino. El Alto Mando ya lo había ordenado.

—Sí, sargento. Su wyvern está listo. El comandante Coopernikow solicitó el informe del frente en la cordillera del Bosque de los Conejos.

—En mi escritorio está el reporte. Dile que va acompañado... por un Inmortal.

Al llegar a Verimian, los guardias los esperaban. Sin mediar palabra, los dejaron pasar, aunque exigieron la devolución de la carreta. El anciano cargó al chico y se internó en los callejones de la ciudadela hasta alcanzar una taberna llamada “El Príncipe”.

El lugar olía a tabaco y cerveza, con apenas una lámpara de alcohol iluminando a un grupo de jugadores de cartas. El tabernero, al verlos, les indicó que usaran la puerta trasera.

Subieron por unas escaleras y una mujer mayor los recibió. Al verla, el anciano sonrió débilmente.

—Vaya... por poco no te reconozco, Imelda. Envejecemos hasta parecernos otros.

—Mira quién habla —rió—. Antes parecías importante, ahora pareces más niñera que mago.

El anciano explicó lo sucedido con los espíritus del bosque. Imelda lo escuchó mientras preparaba una cama, ponía a calentar agua y organizaba sellos y hierbas.

—Todo cambió desde que el Imperio conquistó la Capital —comentó—. Cada semana llegan cientos de soldados desde el puerto de Vitalilla.

—Vi a una mujer especial en el puente. Montaba un colmillar, su máscara era extraña. Su placa decía GIPOMAI.

—¿Ya los conociste? Son la élite. Nadie sabe por qué están en esta guerra, pero no tienen remordimientos.

Imelda colocó sellos sobre el chico, aplicó hierbas, encendió velas y recitó un hechizo. Su libro flotaba mientras sus dedos trazaban símbolos en el aire. Los sellos brillaron en verde. El chico se estabilizó.

—Está sanado, pero necesita descansar.

—No tengo tiempo. Debo llegar a las montañas de Ehpilesto cuanto antes.

Imelda apagó las velas y abrió la ventana. La luz de la luna iluminó el cuarto cuando soltó una pregunta:

—¿Qué carga llevas que hace correr a un Inmortal por todo el reino?

El anciano se enderezó. Su bastón, por un instante, pareció una espada envainada.

—Una misión para doblegar a quienes profanaron nuestras tierras. En nombre de la cultura Sen Inmortal... te ordeno que me acompañes.

Imelda, sin titubear, sacó dos dagas y recitó un conjuro.

—Patrono liberado.

Su cabello se tornó rojo carmesí, un ojo brilló amarillo, sus dagas comenzaron a humear con magia.

—Dejaste de ser un noble. Aquí no tienes autoridad. Da gracias que el chico me conmueve, o estarías muerto.

—Veo que has cambiado demasiado —dijo él—. Alguna vez serviste a la corona Vel Inmortali. Ahora eres solo una sombra de lo que fuiste.

—Los tiempos cambian. Solo luchaba por dinero. Nunca fue mi pasión. Lárgate, y no vuelvas a buscarme.

—Que los dioses que venerabas te juzguen —le espetó—. Cuando el Reino regrese, tú serás de las primeras en pagar.

El anciano tomó sus cosas, cargó al chico y descendió en silencio. Se detuvo un instante en la puerta... luego salió. Al bajar las escaleras, en la penumbra, aún se escuchaba el llanto de una mujer.

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