Adicción by Exen at Inkitt
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Adicción

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Summary

Kim se sentía como la última persona en el mundo capaz de llamar la atención de nadie, o por lo menos eso era lo que pensaba. El mundo real nunca había sido el mejor lugar para ella, de hecho, se le hacía más fácil vivir desde la expectativa de historias ficticias y crear sus propios mundos a tener que enfrentarse a los verdaderos problemas tras la puerta de su habitación. Durante mucho tiempo se le hizo fácil actuar como si nada ocurriera a su alrededor, evitando a toda costa tener que relacionarse con el exterior, hasta que un día él apareció de la nada dispuesto a poner su mundo de cabeza; haciéndola romper con las barreras que su propia mente le había impuesto, haciéndola replantearse qué tan enfermo podría volverse salir de su burbuja. "El mundo simplemente existía, pero no me gustaba aceptarlo. A mi alrededor todo el mundo lo pasaba de la mierda, pero yo era la única que no miraba más allá, por miedo a ver, por miedo a que me vieran; La gente que amaba también sufría y peor que yo. Todos estábamos enfermos. Todos teníamos una adicción..." Historia empezada en Wattpad!

Genre
Young Adult
Author
Exen
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo.

— Kim...

La música sonaba muy baja, apenas audible, pero con el volumen suficiente como para concentrarme solo en ello y olvidar el resto.

— ¿Kim?

Mi lectura era en extremo lenta y pausada, como si con eso buscara incluir la música en la escena mental que me estaba creando aquel párrafo con el que me encontraba profundamente hipnotizada.

«How can you see into mi eyes like open doors?

Leading you dow into my core

Where I've become so nomb

Without a soul

My spirit's sleeping somewhere cold

Until you find it there and lead it back... home.»


Bring me to life de Evanescence explotó a través de las cornetas de la sala; explotó junto con la escena de mi lectura y de repente me sentí muy perdida entre aquellas insólitas palabras que pretendían describir muy gráficamente una escena erótica de las mejores que había leído nunca.

— ¡Kim!

Más tarde exploté yo.

— ¡¿Qué?! — grité antes de cerrar el libro con brusquedad.

— ¿Cómo que “qué”? ¡Que no me estás parando bolas!

Giré los ojos con todo el fastidio del mundo.

— Que sí.

— ¿En serio? Entonces dime, qué te dije.

— Si no sabes tú...

— Kim. — la amenaza en el tono de mi amiga era palpable.

Un suspiro cansado se me escapó.

— No sé, era algo sobre tirar o algo así.

Al instante se tapó la boca para ahogar la carcajada que le había producido mi mal chiste.

— No digas tirar, suena demasiado marginal.

— Coger, pues.

Negó con impaciencia.

— Marica, llevo media hora contándote mi super plan de conquista, y estoy jugando pool con las bolas que me estás parando.

Al final quién soltó la risa fui yo.

— Danna, por Jesucristo. ¿Qué tan difícil es acercarte, hablarle y ya? ¿En serio es necesario armar un escenario tipo: “chocan, se besan por accidente y se enamoran por los siglos de los siglos, amén”?

Mi amiga estaba escéptica, cerrada a todo tipo de consejos o sugerencias, ella quería hacer todo a su fantasioso modo todo el tiempo, y eso algún día iba a fallar en su contra.

Solo se calló y me ignoró, como si en ningún momento le hubiese hablado.

— ¡Danna, por el amor de Dios! ¿Tú me estás escuchando? Es estúpido. Hablas de planes y propuestas románticas como si estuviésemos fuera del continente latinoaméricano. — me rasqué la frente con impaciencia.

— No jodas. Me voy.

La muy obstinada, se fue sin siquiera ponerse los zapatos, se los llevó en la mano, y en cuanto atravesó la puerta pude oír la voz de mi padre.

— Dile a tu amiga que si regresa a poner sus sucias patas sobre mi piso, la hiervo viva.

No pude evitar reírme de su comentario de anciano obsesivo-compulsivo.

— Le harías un favor a todos los pisos del mundo.

Ambos volvimos a reír.

Estube a punto de irme a mi habitación, cuando mi madre me detuvo.

— Llama a tu hermano. — me ordenó. No sonaba precisamente amigable. — Llámalo y dile que sino aparece en máximo diez minutos, va a tener que comer calle.

Negué con la cabeza mientras esbozaba una sonrisa absurda.

— ¿Por qué te esfuerzas si sabes que no va a contestar?

Mi padre me hizo señas desde atrás de la mirada asesina de mi dulce madre, pidiéndome que por favor la obedeciera sin malas contestas.

Decidí ceder para que pudieran dejarme ir en paz.

Agarré el teléfono y marqué al contacto que tenía guardado como:

«Huevo sin sal🧂»

Repicó uno, dos veces y luego la típica:

— El número que usted marcó no puede ser localizado, por favor intente su llamada más tarde.

Definitivamente no pudieron escoger a una tipa que no tuviese la voz tan irritante como la de la maldita operadora de Movistar.

Le tenía más arrechera a esa tipa que a las llamadas ignoradas por mi estúpido hermano.

Sabía que no me iba a contestar, así que opté por dejarle un mensaje.

20:27 Yo: El que está en la calle, come calle.

No me respondió, pero se aseguró de dejarme en visto.

Giré los ojos restándole importancia, y cuando me dirigí a mi madre nuevamente, lo único que hice fue darle una negativa.

Ella se dejó caer con dramatismo sobre la silla del comedor, y con un aire más exagerado dijo:

— No sé si estoy criando un muchacho de bien, o un borracho de plaza.

— Ambos. — dijimos mi papá y yo al unisono riendo por la coincidencia.

Mi madre se levantó de su asiento refunfuñando de la rabia, pero de todas formas sirvió la comida en la mesa sin importarle el lapso de tiempo que le había dado a mi hermano para volver.

— Dios libre que me salgas torcida, carajita. Que el coñazo que te voy a meter te va a enderezar hasta el modo de caminar. — dijo mi madre con toda la serenidad y sutileza posible.

Mientras tanto mi padre trataba de cubrirse la boca para no mearse de la risa.

Él y yo sabíamos que esa mujer no mataba ni a una mosca.

Sus escasos 1.60 metros de altura no la dejaban ni alcanzar la harina PAN de el estante de la cocina, menos que menos iba a alcanzar a dar ni un pellizco.

Mi mamá era de las típicas mamitas que ladran pero no muerden.

Juntamos nuestras manos para agradecer la comida.

Esa noche, entre ambos habían preparado onigiris, camarones fritos con ensalada y jugo de arándanos.

Definitivamente amaba ser parte de una familia asiática, aunque yo no lo pareciera en lo absoluto.

Éstas cenas tan exóticas no eran muy constantes, de hecho solo comíamos comida “china” en ocasiones muy especiales.

La ocasión de esa vez era la despedida de mi padre, que al día siguiente tomaría un vuelo que lo llevaría hacia Seoul, Corea del Sur.

Apenas terminamos de cenar, mi teléfono vibró escandalosamente en el bolsillo de mi pantalón, en cuanto lo saqué para verificar de quien se trataba quedé desconcertada.

Respondí la llamada.

— Eres un huevo y de paso sin sal. — dije con irritación.

Esa era la frase con la que solía regañar al estúpido de mi hermano cada vez que se iba de rumba y se quedaba de vagabundo en la calle.

— Marico, no me lo vas a creer. — la borrachera se le notaba hasta en la forma de respirar. — Me perdí en el baño.

Tuve que apartarme el teléfono de la cara para que no escuchara la risa excesiva que me había provocado su estúpido chiste de borracho.

Afortunadamente mis padres ya se encontraban en la cocina fregando los corotos.

— Dios mío, ilumínalo o elimínalo, pero has algo. — clamé con vehemencia apenas volví a pegarme al teléfono.

— Mano, ¿Cómo salgo del baño?

Sin poder evitarlo me pegué mano contra la frente.

— No sé. ¿Por qué no intentas abriendo la puerta, imbécil?

— ¿La puerta de la ventana?

Respiré profundo, tratando de calmar mi temperamento.

— Mira pana, yo te voy a decir una vaina, si tú te llegas a aparecer por aquí en ese estado, ahí si es verdad que te van a perseguir por toda la plaza Bolivar con el palo del cepillo, así que yo te aconsejo que te quedes sanito en tu baño.

— Marico, yo te amo demasiado, demasiado, oíste, tú eres el amor de mi vid-... — en ese momento se escuchó la arcada que seguramente estaba sufriendo después de dos días de rigurosa borrachera.

Me imaginé que estaba muy ocupado vomitando, cosa que me produjo tanto asco que terminé colgando la llamada.

Definitivamente no quería escuchar el sonido que producían sus jugos gástricos al salir de su boca.

Me levanté de la mesa con mi libro en mano, y procedí a escabullirme hasta la habitación de mi hermano.

En cuanto entré, rebusqué entre sus cosas algo que me diera un indicio o una pista de dónde coño podría haberse metido.

Su cuarto era un desastre, sucio y desordenado, la cama desarreglada con un montón de libros y cuadernos enredados entre las sábanas.

Me acerqué a la cama, y en cuanto me topé con su laptop enseguida la encendí. El problema vino cuando me pidió que ingresara la clave para iniciar sesión.

Mama güevo, juro que cuando te encuentre te voy a meter el coñazo de tu vida.

Estaba apunto de ponerme a buscar en otro lado, pero la foto del fondo de bloqueo en la laptop llamó mi atención.

Jim era cuatro años mayor que yo, y apesar de la diferencia de edad y pensamientos, nos adorabamos, porque más que hermanos, éramos los mejores amigos o quizás algo parecido a ese término.

No les voy a mentir, lo nuestro era como una relación tóxica, ya saben: te odio, te amo, te hablo, no te hablo, te busco, no te busco, y así sucesivamente.

Lo amaba, él era mi familia, pero tenía que estar drogadísima para admitirlo en voz alta. Así como él hace un momento.

Tenía la mirada fija en esa foto, la última que nos tomamos en nuestro último viaje a Corea en las vacaciones del año pasado.

En la foto estábamos sobre un puente y se veía el inmenso mar detrás de nosotros. Él estaba sonriente mientras yo era todo lo contrario, en mi rostro se podía leer el pavor que me causaba estar en ese lugar, estaba fuertemente aferrada a su brazo, mientras él aprovechaba el peor momento para capturarme en una estúpida foto.

Odiaba los puentes.

Era una fobia extraña. Por alguna razón siempre que estaba sobre uno sentía que en algún momento se caería y me llevaría consigo al fondo del mar.

Talasofobia, le dicen.

Aunque teniendo en cuenta lo fatalista que solía ser, esa fobia se quedaba muy corta con respecto a otras más lúgubres y desagradables; tenía un don para armar escenarios en los que era probable morir de inmediato.

Puse el aparato sobre mis piernas y escribí mi nombre completo: Kim Lee Dan.

Al instante la pantalla se desbloqueó mostrando de inmediato el Instagram abierto de Jim.

Nuestro historial familiar era bastante gracioso.

Mi padre, Lin.

Mi hermano, Jim.

Yo, Kim.

Y mi madre... Elizabeth.

Sí. Pero no gracioso de risa, gracioso de raro.

Navegué por la página abierta en la PC, y descubrí que se trataba de un chat. Estaba vacío, solo mostraba la imagen de una invitación a una fiesta, en algún barrio de sifrinos en Lechería, y un mensaje aparte de la misma persona que se lo había enviado.

@soylindauwu: Vienes?🔥

No sabía quién era la muy perra y ya me caía mal.

Giré los ojos con fastidio.

Saqué mi celular y fotografié la pantalla del aparato, para luego cerrarlo y dirigirme, ahora sí, hacia mi habitación.

Con sumo cuidado guardé mi libro en el último cajón de mi gavetero.

Busqué en el closet mis poderosísimos Convers All Stars negros, me los enfundé y así, con mi camisa negra de Hello Kitty Zombie Halloween y mi pantalón del mismo color, – que me quedaban como cinco tallas más grandes – me peiné un poco el cabello hacia atrás, y una vez lista salí de mi habitación.

— ¿A dónde-...?

— Voy a buscarlo.

Mi madre me miraba fijo, como si se lo estuviese pensando mejor.

— Iré en su carro, siempre lo deja cuando sabe que no va a regresar la misma noche. — me apresuré a agarrar las llaves. — No te preocupes, apenas lo encuentre me lo traigo, así sea por las greñas.

Ella suspiró pesadamente, asintiendo con dificultad.

— No te tardes mucho. Y si no lo encuentras, es mejor que te regreses.

Asentí y al final salí de la casa.

Me metí en el estacionamiento para sacar el destartalado Corsa gris de Jim.

Al principio me costó encenderlo – así de mala debía estar la batería. –

Pero luego de unos minutos, logré hacer que el motor arrancara.

Manejé a una velocidad moderada, tenía miedo de que el carro se apagara y quedarme accidentada, cuando ni siquiera licencia tenía.

Sabía conducir solo porque Jim había insistido en que aprendiera, por alguna razón que nunca me comunicó.

Ahora entendía el porqué.

En la entrada de Lechería, no sé a qué dios le rogué para que el policía no me parara, pero gracias al altísimo, no sucedió.

Seguí por toda la avenida principal, hasta que llegué a la zona más lujosa de la cuidad.

Era justo la zona que estaba a orillas de la playa y sus áreas aledañas. Por ahí abundaban edificios, clubes, restaurantes, y otros lugares en los que necesitarías, como poco, diez sueldos mínimos venezolanos como para pagarte una botellita del alcohol más tierruo que el lugar te pueda ofrecer.

Conduje por la autopista más próxima a los canales de la playa, preguntando la dirección a personas equis, hasta que dí con el lugar.

Era un caserón, pero al mismo tiempo era como un club nocturno.

¿De dónde coño saca este sapo para pagar éstas salidas?

Con esa duda en mente me adentré en el lugar sin importarme una mierda como la gente me miraba. A medida que avanzaba recibí miradas despectivas, de burla, e incluso de incredulidad.

Claro, no debía ser muy común ir a rumbear con una camisa de Hello Kitty Zombie Halloween que me quedaba extremadamente grande al igual que el pantalón que evidentemente era de pijama; aunque, si hablamos de estilo, cuando salía “de fiesta” solía tirarme pintas aún más insólitas que la que tenía puesta, así que me importaba muy poco, yo definitivamente sí iría a rumbear en esas fachas.

Crucé varios grupos de personas, antes de toparme con la barra donde atendía el bartender – muy bello por cierto. –

Lo llamé con el dedo y el muchacho con el rostro lleno de curiosidad se acercó a mí.

— ¿Te sirvo algo, preciosura? — al instante me mostró su amplia sonrisa adornada con unos lindos y relucientes brackets.

Sus ojos brillaban bajo la luz roja de los reflectores, pero aún así no llegué a adivinar el color de sus iris, tenía el cabello peinado completamente hacia atrás, aunque tenía unos cuantos mechones cortos que se colaban en la frente; aún con eso, su aspecto tenía un toque de fantasía perfecta. Parecía irreal.

A pesar de que su gesto fue educado y por completo inofensivo, me produjo una sensación incómoda.

— No. ¿Sabés dónde está el baño? — fui tan directa y rígida que incluso el muchacho pareció notarlo.

Sin embargo, siguió sonriendo cuando me respondió:

— Al fondo del pasillo. — haciendo una seña con la cabeza como si fuese obvio.

Me giré para verificar, y sin siquiera agradecerle, me movilicé hasta allá.

Avancé por el pasillo tratando de esquivar al pocotón de parejas que se acorralaban contra la pared y parecían bastante ocupados chupándose la cara.

Un gesto escalofriante se me escapó.

Definitivamente tenía que encontrar a ese inútil y salir de ahí cuanto antes, o sino estaba segura de que tendría un ataque allí mismo.

Cuando llegué al final del pasillo asomé la cabeza por la entrada, pensando en que si no estaba allí, tendría que escabullirme dentro de la casa, y ni siquiera lo estaba considerando, sino lo conseguía definitivamente lo iba a dejar allí tirado.

A mi izquierda me encontré con el baño de damas, lógicamente a mi derecha iba a estar el de caballeros. Pero en cuanto me giré para comprobarlo, la imagen de una muchacha rubia aferrándose al cuello de mi hermano – debido a que era más baja – y chupándole hasta la existencia a través de el supuesto beso que le estaba dando, hizo que me perturbara en segundos.

Jim, literalmente le estaba manoseando hasta las tripas, mientras la apretaba más contra su cuerpo.

Maldito.

Yo preocupada y tú zampando, hijo de puta.

Ellos aún no se daban cuenta de mi presencia, y de acuerdo con la forma en la que se succionaban hasta el alma llegué a la conclusión de que sería bastante difícil separarlos de forma manual. Así que hice lo propio.

Me peiné los escasos mechones de cabello hacia atrás, respiré profundo, inhalando y exhalando pausadamente. Una vez lista, retrocedí un paso y con todo el aire acumulado en mis pulmones empecé a gritar.

Un grito largo y agudo, que alertó al par de tortolos e incluso a algunas parejas que permanecían cerca de mi escándalo.

Por el susto y la impresión del ruido, la chica se apartó de mi hermano tan deprisa que literalmente se pegó contra la pared de una forma brusca y dolorosa.

Ambos seguían aturdidos por el escándalo sin entender qué mierda acababa de pasar. Pero yo no perdí el tiempo.

Me fui contra la chica y con la mano abierta le crucé la cara de un cachetazo.

— ¡Puta! — le grité tan alto como mi voz me lo permitió.

En ese instante mi hermano reaccionó desviando su mirada hacia mí y reconociendome al instante.

— ¿K-Kim?... — preguntó incrédulo.

Volvió su mirada alternandola entre la chica que aún se sostenía la mejilla y yo, que exhumaba arrechera hasta por los poros.

— Mi amor, yo... Puedo explicar-...

Lo agarré por la oreja y lo jalé haciéndonos quedar cara a cara.

— Claro que me lo vas a explicar, mardito.

Que mi hermano me tratara como una novia cada vez que se emborrachaba me dejaba en la posición perfecta como para sacarlo a coñazos de cualquier lugar sin que nadie se pusiera obtuso.

Gracias a las luces bajas nadie siquiera podría ponerse a detallar lo casi “idénticos” que éramos – según las malas lenguas, que pensaban que éramos morochos, gemelos o mellizos, siendo que ni siquiera habíamos nacido en mismo año. –

Jim y yo nos parecíamos hasta en el corte de cabello, sí. Pero eso no quería decir que éramos iguales en todo, como la gente afirmaba.

Aprovechándome de que lo tenía agarrado por la oreja, empecé a arrastrarlo por todo el club sin importarme una mierda que la gente nos viera con burla.

Jim no dejó de quejarse de que le estaba arrancando la oreja, pero ni siquiera eso me detuvo.

De refilón capté la mirada del lindo bartender al que me había acercado apenas llegué; parecía decepcionado por la escena, pero eso no impidió que se le borrara esa extraña sonrisa; las luces de los reflectores apenas me permitieron apreciar el instante en el que me guiñó un ojo con picardía; en ese caso aproveché la ocasión para esbozar una sonrisa falsa hacia él y enseñarle la imperiosidad de mi dedo medio adornado con un anillo de resina con la cara de Hello Kitty.

En cuanto salimos del lugar, subí a Jim al asiento del copiloto casi que de una patada. Y mientras íbamos en vía no paraba de hablar de cómo esa muchacha se había ofrecido a guiarlo a fuera del baño, – debido a que se había perdido en él – y no dejaba de regañarme por haberla tratado así de mal.

El camino de regreso a casa fue tortuoso con un Jim que no se callaba, que se empeñaba en explicarme el desenlace de la situación en la que terminó metido, y que no dejaba de pedirme perdón por haberme “montado cachos”; como si hubiese olvidado que yo era su hermana y no su novia. Pero en fin, decidí no discutir con él, de hecho me iba a tomar la atribución de anotar todos los insultos que se me ocurrieran, y en cuanto estuviese sobrio se los soltaría uno por uno.

Llegamos a casa y nuevamente tuve que arrastrarlo para hacerlo entrar, ni siquiera nos quitamos los zapatos, solo lo arrastré hasta su habitación, y una vez allí lo lancé en su cama dejándolo completamente solo, y yéndome directo a la mía.

Me tiré en la cama, agotada por todo el agite que acababa de cruzar por ir a buscar a ese imbécil.

Tenía la garganta seca, el aire entraba de forma dolorosa a mis pulmones, los ojos empezaban a cristalizarse por el repentino esfuerzo que ahora suponía tratar de recolectar oxígeno.

Y ahí estaba, lo inevitable.

Un ataque de ansiedad.

Estiré el brazo como pude, tratando de alcanzar el frasco de clonazepam que reposaba sobre el gavetero, pero apenas lo rocé, este cayó al piso perdiendose bajo mi cama.

Rápidamente accioné el botón de alerta de mi celular. Lo apreté tantas veces que creí que en realidad se había apagado; eso hizo que el pánico aumentara.

Tenía la presión arterial disparada, la taquicardia apenas me dejaba pensar en otra cosa que no fuese el insoportable dolor en el pecho.

Apreté el botón con más ahínco, y en tan solo segundos mi madre ya estaba atravesando la puerta de mi habitación con el nebulizador listo para usar y mi padre detrás de ella con una inyección de midazolam preparada.

Me pusieron boca arriba me quitaron los zapatos para poder meterme bien en la cama, colocaron sobre mi nariz y boca la mascarilla y al encender el nebulizador empecé a inhalar y exhalar todo lo que me era posible.

Cuando empecé a recobrar el ritmo de mi respiración, al instante sentí el apretón en el muslo seguido del pinchazo de la aguja penetrando piel y músculo y liberando la dosis del ansiolítico.

La ola de calor que me invadió el cuerpo, envío oleadas de alivio a todo mi sistema nervioso, haciendo que me durmiera en segundos.

Me era bueno recordar los viejos tiempos.

Buenos porque aún sentía.

Buenos porque aún no tenía adicciones.



⚠️ADVERTENCIA⚠️

Contenido +🔞


En este libro encontrarás contenido explícito como: lenguaje obsceno e inapropiado, escenas con interacciones de alta connotación sexual (o sexo en su totalidad), trata temas delicados como: la disforia (transtorno de identidad de género), la ansiedad, la depresión (enfermedades y transtornos mentales en general), el feminismo, la homosexualidad (comunidad LGBTIQ+ en general), entre otros.


Esta historia está ambientada en Venezuela (incluyendo su dialecto), un país del tercer mundo (LATAM), por lo tanto también encontrarás temas que no suelen ser del agrado público como: la misoginia, el machismo, maltrato (en todo su esplendor), acoso, obsesión, manipulación, relaciones tóxicas, abuso (de todo tipo), homofobia, racismo, clasismo y todo tipo de discriminación que se me ocurra.


Cabe destacar que NO APOYO ESTE TIPO DE PREJUICIOS DE NINGUNA FORMA.

Pero como ya lo recalqué: al tratarse de un país tercermundista, este tipo de temas aún siguen siendo normalizados y aceptados a nivel social (sobre todo en países latinos) (que no debería, pero yo no controlo eso).


(Todo lo que aquí se lea habrá salido de mi imaginación, de alguna escena traumática de mi vida o de la vida de alguien más).


Así que si eres susceptible a este tipo de contenido, te recomiendo que no leas esta historia.


Si pretendes arriesgarte y quedarte a leer. Aquí un consejo: respire profundo y tómese su litro de agua, porque lo que viene es candela.


(Estaré aclarando puntos sobre algunas palabras que no se comprendan y traduciendo cuando sea necesario).

Si algún punto no ha quedado lo suficientemente claro, solo háganmelo saber y me esforzaré más en explicar.


Sin más que agregar: te invito a decaer en esta extraña adicción conmigo.♡

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