Hilo de plata
Tenzin hizo los últimos ajustes en el panel de control de su máquina, a la que llamaba cariñosamente “La Catapulta Onírica”, pues le daba un impulso extra a la hora de llevar a cabo sus cada vez más frecuentes viajes astrales. No era un aparato lujoso ni de mecanismos complejos, pero cumplía su objetivo a la perfección, y eso era lo verdaderamente importante para el tibetano.
Sus primeros encuentros con el mundo onírico fueron a edades tempranas, en gran medida gracias a la crianza recibida por sus abuelos, quienes le ofrecieron guía en todo momento, hasta que una mezcla de ensayo y error —o error y error, como le gustaba decir— y años de desempeño lo convirtieron en un viajero experimentado.
Accedió a conocimientos que de otra manera jamás hubiera adquirido, recorrió lugares entre planos que superaban con creces cualquier película de ficción moderna, e incluso fue capaz de establecer contacto con sus padres, que habían fallecido antes de que su mente infantil estuviera lo bastante desarrollada como para retener memorias.
No obstante, la sed de saciar su curiosidad crecía cuando regresaba a su cuerpo terrenal. Y él, dispuesto a hacer lo que fuera por saciarla, aumentaba la frecuencia de las incursiones.
Eventualmente, el deseo de ir más allá que cualquier otro ser humano, incluso los maestros antiguos, se apoderó de su corazón. Este, junto a su mente brillante, gestó los planos para construir los prototipos iniciales de La Catapulta Onírica.
El primero estalló al ser encendido, el segundo funcionó sin demasiada potencia y el tercero superó sus expectativas. No solo facilitaba el proceso de desdoblarse, sino que le daba acceso a nuevas sensaciones y, mejor todavía, a rincones inimaginables del multiverso.
Hoy, mientras pulsaba el penúltimo comando en la pantalla de la máquina, decidió que quería extender su rango de acción. Activar la máxima potencia y descubrir qué tan lejos llegaría. Al fin y al cabo, si algo salía mal, bastaba tocar el cordón plateado y regresaría de inmediato a la tercera dimensión.
Las tres hileras de botones se iluminaron en verde, indicando que su creación estaba lista. Tenzin abrió la compuerta del aparato, se acomodó en su interior —que a simple vista hubiera podido pasar por una cámara de bronceado rústica, transparente y con luces brillantes— y esta se selló automáticamente.
Los característicos sonidos de La Catapulta Onírica le hicieron saber que las cosas marchaban bien, y al instante en el que sus ojos se cerraron, sintió cómo era empujado hacia afuera de la tercera dimensión.
Su entorno era exactamente el mismo en el que se encontraba, aunque lleno de diferencias sutiles. Los sonidos vibraban en su esqueleto, los colores adoptaron brillos y tonalidades imposibles, los olores iban más allá de simples estímulos, y el cuerpo en el que ahora se movía era translúcido, a diferencia del terrenal, que dormía plácidamente dentro de la máquina.
Enseguida, el viajero astral centró su atención en el verdadero propósito de esta incursión y flotó sin saber hacia dónde, únicamente manifestando ir más allá de lo alguna vez conocido. Se elevó por encima del humilde hogar donde habitaba, sobrepasó la bóveda celeste, y de repente, cruzó a través de lo que parecía ser una especie de túnel extenso y gris.
Al llegar al otro extremo de este, observó fascinado la nueva realidad que lo rodeaba: una especie de plataforma amplia e incolora que fungía a modo de piso, columnas que daban la impresión de haber pertenecido a la Antigua Grecia y un cielo plomizo sin nubes. No había paredes, casas, calles ni nada que se le asemejara.
Sin embargo, lo que en verdad lo impresionó fueron los habitantes de ese mundo tan lúgubre. No eran personas, eso estaba claro. Tampoco se parecían a ningún animal que él conociera. Ni siquiera aparentaban ser completamente del plano onírico ni del físico.
Eran siluetas humanoides con brazos larguísimos que terminaban en manos huesudas de dedos aún más delgados. De lo que debía ser la cintura para abajo, las piernas se difuminaban hasta dar la impresión de que levitaban en vez de caminar. Y sus rostros, deformados en una mueca exagerada e incluso teatral, permanecían inmóviles.
La energía que emanaban no era mala, sino más bien desoladora. Tenzin se vio golpeado por una tristeza que no recordaba haber sentido nunca y, consternado, fue hacia el ser más cercano.
—Tashi Delek, soy Tenzin —se presentó, sin saber muy bien qué decir—. ¿Qué universo es este?
La entidad, manteniendo la expresión peculiar de su cara y en absoluto silencio, movió las manos en ademanes exagerados que el hombre no comprendió.
—¿Intentas comunicarte conmigo? —preguntó replicando aquella extraña danza lo mejor que pudo, a lo que su interlocutor cambió el patrón de señas. Y aunque no era capaz de descifrarlo, el pánico que transmitía era innegable—. Yo —se tocó su propio pecho con el índice— no voy a lastimarte. Solo quiero saber más de ti.
El etéreo, ahora pasando casi a darle manotazos al aire, señaló la bóveda celeste, y el tibetano, arqueando una ceja, lo miró confundido. No había nada fuera de lo común, al menos para los estándares del lugar en el que estaban.
Fue entonces que una multitud de esos seres rodeó al viajero astral y, gesticulando al unísono, llevaron a cabo su extraño baile. Sin embargo, no daban la impresión de querer lastimarlo ni asustarlo. Solo se movían con una mezcla de urgencia, elegancia y misticismo que a él le pareció hipnótica. Querían darle un mensaje, no cabía duda. La verdadera pregunta era: ¿acerca de qué?
La respuesta se manifestó mucho antes de lo esperado, y quizá para Tenzin hubiera sido mejor no saberla.
El manto plomizo que fungía como cielo se desgarró, destruyendo los eones de silencio que habían dominado ese mundo. Las columnas se hicieron añicos y la plataforma gris en la que estaban posicionados se rompió en dos, causando que unos cuantos cayeran al vacío de lo desconocido.
Las muecas de los etéreos permanecían inmóviles, pero sus expresiones corporales chillaban de horror. Aun así, no huían. No buscaban escapatoria. Aceptaban su final sin oponer resistencia. No querían que su visitante corriera el mismo destino, aunque para ellos era demasiado tarde. Eso era lo que querían comunicarle a través de sus ademanes: que debía ir a casa y nunca volver.
Un ojo gigantesco se dejó ver a través del ya destrozado firmamento, como si quisiera contemplar a sus próximas víctimas. Parpadeó en repetidas ocasiones, adaptándose a la luz luego de eones sumergido en las tinieblas, y por breves instantes, se posó en Tenzin. No demostró interés particular en él, indiferente a si era oriundo de aquel plano o de otro distinto. Su único propósito era continuar alimentándose de civilizaciones, como hacía desde el inicio de los tiempos.
En un inicio, el viajero astral se paralizó del miedo sin comprender nada. No fue hasta que la pupila carmesí de aquella entidad se expandió para dar paso a una boca negra y llena de tentáculos que su instinto de supervivencia se activó.
El hombre, temblando de miedo, tocó su cordón plateado y este tiró de él para regresarlo a su plano de origen. Volvió a cruzar el tubo que lo separaba de ese mundo, flotó a toda velocidad por el cielo y, en un santiamén que creyó que nunca acabaría, estaba dentro de La Catapulta Onírica.
Jadeando, con chorros de sudor helado bajándole por la columna y el corazón latiendo tan fuerte que sentía que le iba a explotar, abrió la compuerta y cayó de rodillas sobre el suelo.
Había contemplado por sí mismo el final de una civilización, una que transmitía su conocimiento por medio de danzas que nunca volverían a ser ejecutadas. Una que seguramente habría sido distinta al entorno de desasosiego que se encontró. Una que, así sin más, había dejado de ser.
Y allí, en la soledad de su vivienda, temiendo que el delgado hilo del que pendía su cordura se rompiera, reparó en algo escalofriante: Si nada ni nadie los protegió a ellos, nada ni nadie protegería el suyo.
Aquella entidad no iba a detenerse, y tarde o temprano, su hambre insaciable la llevaría a nosotros. Cuando eso sucediera, los gritos tomarían el lugar de los ademanes, y el cielo, azul en este caso, se desgarraría para abrirle paso a un verdugo al que nuestra existencia le era completamente insignificante.
Quizá no hoy, quizá no mañana, pero incluso en la infinidad del universo, eso nos encontraría.
—No, no —balbuceó, hundiéndose en la locura. La mente de ningún Homo sapiens era capaz de comprender lo que Tenzin, en un anhelo por satisfacer su curiosidad, había presenciado—. Dios nos ha abandonado —dijo, antes de romper en llanto.
Fin.






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