CapĂtulo 1
DespuĂ©s de los grandes incendios solares y los colapsos de las estaciones orbitales, la Tierra no era más que un mapa de cicatrices. La frontera entre MĂ©xico y lo que quedaba de los Estados Unidos era ahora una franja desĂ©rtica, una lĂnea de ceniza interminable llamada simplemente “El Gris”. LucĂa Cervando naciĂł del lado mexicano, en las ruinas de lo que alguna vez fue Nogales. Su abuelo solĂa decirle que, en tiempos mejores, uno podĂa cruzar con una sonrisa y un papel. Ahora, cruzar significaba jugarse la vida. Al norte, en lo que quedaba de Arizona, Jonás Reed, guardia de frontera de lo que quedaba de los EE.UU. Vigilaba los puestos automatizados que el Gobierno de Emergencia habĂa dejado antes de abandonar el paĂs. No habĂa más Ăłrdenes. Solo quedaban quienes estaban.
Una noche, bajo la aurora boreal producida por la radiaciĂłn, LucĂa hallĂł un dron caĂdo. Dentro, habĂa mapas de zonas donde todavĂa quedaban pozos de agua limpia. SabĂa que no podĂa quedarse. La sequĂa mataba más rápido que cualquier bala. Con el dron al hombro, caminĂł hacia El Gris. Jonás la vio llegar. TenĂa Ăłrdenes obsoletas que igual seguĂa. Pero no reflexionaba; el mundo que habĂa dictado esas Ăłrdenes ya no existĂa. Cuando LucĂa cruzĂł, no levantĂł las manos. Ni siquiera pudo levantar las manos. Solo le mostrĂł el dron y una palabra en inglĂ©s pintada en su camiseta sucia: “Water” (que significa en inglĂ©s “Agua”).
Jonás bajĂł el rifle. Por primera vez en años, alguien no pedĂa paso. PedĂa agua.
Entre las dunas de arena, bajo un cielo con heridas abiertas, dos sobrevivientes entendieron: La frontera habĂa muerto. Solo quedaba el hambre y la sed... y quizás, la promesa de un nuevo comienzo.








